LA REALIDAD FRACTAL Y EL ORIGEN DE LOS UNIVERSOS MUNDANOS. JOSÉ CASTILLO

Imagen de portada: fachada de ladrillo blanco inmisericorde.

La fractalidad y los edificios. La fractalidad y la realidad. Cuando uno se sumerge en ese hecho, tiene que cuidarse mucho de no caer en su hipnótico embrujo. Conocer lo fractal enriquece el conocimiento, y eso conlleva coquetear con el vértigo y en ocasiones, experimentar la náusea de los hechos irrefutables.

Eric Barone perfila en sus estudios sobre la meditación, un inevitable acercamiento a lo fractal y lo akáshico, como esencia del cosmos y origen de todo lo que surgió desde el Big Bang. Casi nada. Empezamos en un barrio y terminamos en el origen del universo. Todo lo que tocamos o vemos está tocado por el dedo inevitable de la fractalidad. No en vano, Oscar Wilde aseveraba que la naturaleza imitaba al arte. La esponja de Menger como cliché, como paradigma de la esencia de las cosas, o de que todo se compone de infinitas ventanas. Windows, el avance tecnológico, el crecimiento exponencial de la tecnología. ¿Bill Gates, con un coeficiente intelectual superior, y un sentido exacerbado de la solidaridad? Nada de esto ha sido una casualidad.

Dese usted cuenta, querido lector, de que todo aquello que se pueda percibir con los sentidos, que se pueda intuir, o incluso, que sea capaz de  imaginarse, tiene naturaleza o apariencia fractal, subjetivamente reductible a un igual infinitésimo, y una sucesión de pequeños espejos que nos enseñan que aquello que el ojo ve, es una moneda de oro con dos caras: la convencional (la piel, el cemento, los alféizares, la violencia, el polen de la mediocridad, el reparto de la riqueza) y lo mágico (una mirada cómplice en la UCI, la música de las hojas en los álamos, el baile de la ropa tendida en los suburbios, la penúltima explosión de un cuásar) y un hombre, que en un momento del día, movido por una fuerza extraña, coge su pluma y escribe: Toma el cero integral / la hueca esfera / que has de mirar / si lo has de ver erguido / hoy que es espalda el lomo de tu fiera / y es el milagro del no ser cumplido / brinda, poeta, un canto de frontera / a la muerte, al silencio, y al olvido. Fue Antonio Machado, pero bien pudo ser cualquier otro.

Es por todo esto que, acercar la lente, el ojo, a la maravilla de lo minúsculo, también nos acerca a lo fractal. Las miserias y milagros de un bloque de viviendas, de cada habitación, cada rincón, cada sombra, allí donde anidan las pelusas fractales, los restos de aquel vómito de una madrugada del año ochenta y nueve, o el vestigio de vello público de una tarde de sexo joven y enérgico, todo ha dejado rastro de fractalidades, como testigos del tiempo y de los hechos. El I Ching, o adivinación del presente, ritual chino, se basa en las muescas que los actos del hombre han dejado en la vibración de las cosas, en la fractalidad de las hojas de milenrama o las monedas tiradas al aire. Esos “vestigios o residuos” de los que habla Daniel Zarza, se reproducen en los patios interiores, en las alacenas o en los cierres oxidados del comercio que se abandona, y que se convierte en una arqueología del fracaso.

Los eruditos están en lo cierto, las casas y el orden urbano, una fractalidad por necesidad, por cojones, el universo está hecho así, no se puede luchar contra ello, igual que no se puede parar a Juggernaut, por mucho que unos cuantos se empeñen en que “otro mundo es posible”. Lo inevitable es inmutable y el único ancla que tenemos ante tanta volatilidad. La solidez y tozudez de los locales traseros, con sus fractales cajas de gaseosa acumuladas, y leña desperdigada y dignísima. Esos calzoncillos que se suicidaron hace meses y que ya forman parte de un suelo misericordioso, fractales de la fatalidad y de la indiferencia que le supone a lo Eterno, los usos y las Ayusos, las diestras y las siniestras. El sustrato cotidiano infringe zascas sin piedad y sin pestañear. Los elementos urbanos campan a sus anchas por sus dominios, pasando ampliamente de Planes Generales de Ordenación Urbana y de Leyes de Suelo. Existe un orden superior, llámalo divino o humano, que se recoloca su hombro dislocado, como Martin Riggs, en cualquier esquina y sigue hacia adelante.

Capítulo aparte merece el concepto de “humildad fractal”, corroborado y comprobable, de manera irrefutable,  por todo aquel que haya dormido alguna vez al raso, en la era, o se haya despertado en una nave abandonada de Villaverde, con el cuerpo dolorido por la dureza del suelo. Nunca menosprecies al suburbio incómodo, de colmenas eternas como en La Concepción o de patios de luces, con olor a aliento de Belcebú, como en Entrevías. Los puedes mirar como si fueran pequeños mundos que caben en una taquilla de estación. Pero ¿quién te garantiza a ti, presuntuoso, que no perteneces tú a un universo que reside en otra taquilla, aún más pequeña?

Dice el carbonero de fractales, y dice bien, igual que el sabio o el poeta, utilizando bibliografía de velo blanco, como un velo de novia que ennoblece o una medusa que se escapa entre los dedos, no sin antes envenenar la mano. Fachadas, cierres de local, antenas que interactúan con un cielo de matrioskas, las escaleras descendentes siempre. Quizá uno se pueda caer por un vórtice fractal en Villarejo de Salvanés y salir como un géiser por la pequeña charca que languidece cerca de la fuente de Puerto Rubio. No hay límites. Reconforta hoy, y será siempre un alivio, saber que la vida nos suena tan familiar cuando conocemos su código fuente, y que dentro de la taquilla, en el patio de Pan Bendito o en el Monasterio de El Escorial, nuestros pasos siempre seguirán un patrón de hadas, camino del Gólgota.

José Castillo, escritor, funcionario, político y otras rarezas.

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