EXTRARRADIOS. FENOMENOLOGÍA Y POÉTICA URBANA. OTRA APROXIMACIÓN A LA CIUDAD NUEVA DE CUENCA (PRIMERA PARTE). FERNANDO SÁNCHEZ

Número de asiento en el Registro de la Propiedad Intelectual: 00/2021/645

Imagen de portada: calle Sánchez Vera (Cuenca).

Nota del autor:

A excepción del texto de César Fernández sobre el urbanismo colonial helénico, todos los contenidos de este libro que le presento a usted son anteriores a cualquier artículo de El urbano. Comencé a escribirlo en noviembre de 2019 (el grueso de la información fue desarrollado durante los primeros meses de la pandemia Covid-19) y puse término a esa empresa en otoño de 2020. Quizás, sin yo saberlo, todo ello fue el germen de este blog.

Este artículo contiene la introducción, el índice y la opción de descarga de la primera parte (introducción y capítulos 1, 2, 3 y 4).

A Herminio y a Nacho, profesores deI I.E.S. Fernando Zóbel, de Cuenca

“Hay un parentesco evidente entre la negativa de Rimbaud a seguir inventariando sus visiones y el eterno silencio escrito del Sócrates de las alucinaciones”(1)

INTRODUCCIÓN

Imagen: calle de Ramón y Cajal (Cuenca). Fernando Sánchez.

Me pasé 34 contundentes años de mi vida en los muy madrileños subconjuntos de Legazpi (cinco) y del barrio del Pilar (veintinueve), que no tienen apenas nada que ver ni en significado conceptual ni en callejero ni en praxis urbana. Después, la ciudad nueva de Cuenca me cogió de la mano y me llevó a dar un paseo. La idea es muy simple, ni hubo de rellenar instancia alguna ni tampoco se trató de contar cosas de ella a los conquenses (la prudencia lo aconseja, además están al tanto de lo suyo), mi pretensión era que los lugares de aquella espectral y desconocida ciudad por entonces, me contaran cosas a mí mismo. Se inició, en consecuencia, un inusual y relativo proceso de discernimiento, de introspección y (no necesariamente en este orden) de descreimiento, de agnosticismo y de certidumbre.

En los brazos de esa recordada protoexistencia conquense pues, la bonita deferencia de la anfitriona hacia su nuevo residente no era necesariamente una sinécdoque ni tampoco el fruto de un arrebato cualquiera, fue más bien el resultado de un proceso de coqueteo y de cortejo desigual en tiempo y en espacio. Por eso, en lo que a mi rutina ciudadana y afectiva se refiere, y parafraseando el proverbio bíblico, el individuo propuso hace 15 años y la ciudad dispuso, que parece más un lastimero aforismo de resabios y reivindicaciones percepcionistas.

Sin ánimo de adelantar acontecimientos, en el capítulo 2 de este libro (en el que exploro las posibilidades del enfoque fenomenológico) afirmo que “siento especial delectación por lo celular”, de ahí la perseverancia en las nanoescalas, un automatismo sujeto, claro está, a las exigencias del guion de los condicionantes externos (la poderosa escala supraindividual, las determinantes cláusulas sociales y antropológicas, y el componente estructural modelan a su antojo la más estricta subjetividad). Algunos pueden discutir razonadamente que se trata de un determinismo cocido al fuego lento del fatalismo, no seré yo el que lo refute. Desde que el mismísimo Edmund Husserl (2) propuso la vuelta “a las cosas mismas”, el proverbio es especie amenazada y en peligro de extinción. No es necesario ser ni siquiera una eminencia para entenderlo y asimilarlo.

¿Es realista y razonable, en consecuencia, la apuesta por un planteamiento terapéutico relativamente efectivo, que pueda cumplir con dignidad el papel de algo similar a una Blitzkrieg metafísica frente ese concepto tan abrasivo y polémico de alienación urbana? ¿No es más práctico aplicar vendajes y apañar al enfermo para ir tapando la hemorragia? En lo que respecta a la engorrosa noción de objetividad, siempre me he movido en la equidistancia del agnosticismo y de la irreligiosidad incondicional, y no pienso que sea el momento adecuado de argumentarlo a través de explicaciones estériles que no van a parte alguna. Con ello no quiero decir que ese concepto tan puñetero, a veces arma de destrucción masiva, no exista como abstracción. No creo en atractivas verdades absolutas ni dispongo de las pruebas que en puridad las demuestren, pero desconfío de lo objetivo y de aquellos que hacen gala de serlo a todas horas. Si escribo que “la objetividad no existe”, puede incluso dar la sensación de que soy hasta exagerado y soberbio, por lo tanto propongo el recurso iniciático de la jaculatoria “la subjetividad sí existe”, que parece más elegante y, sobre todo, más coherente con mis intenciones y objetivos de acercarme “a las cosas mismas”. La cognición de su esencia se antoja definitivamente inverosímil.

Extrarradios es un compendio de presunto sentido común (no es tendenciosidad barata, intento tomar las decisiones correctas dentro de un contexto urbano cambiante y de un marco teórico de todo menos estático), de puro experimentalismo (trabajo con mayor o menor éxito en nuevas formas de expresión, no niego la pesca en las aguas internacionales de la literatura experimental), de una pragmática despiadada (después de enfrentarme tanto al lenguaje, podemos llegar hasta respetarnos), de honesto falsacionismo (parto y aprendo de mis propios errores y también de mis aciertos), y de la controversia que pueda suscitar el antidogmatismo militante (hay que tener cuidado con la entelequia, la aceptabilidad del fallo puede constituirse en un nuevo dogma, se puede ser dogmático sin pretenderlo, se puede caer en un falso negacionismo de la cosa, de lo estrictamente axiomático a las extrañas fabulaciones hay un paso muy sutil).

Entre tantos “ismos” de diverso calado, el singular casco histórico de Cuenca (la hermana de edad provecta a la que se puede aplicar el calificativo de “bonita” observa desde arriba como resultado de una actitud más que de un proceso geomorfológico) tolera y satisface a los inquietos turistas y obtiene de ellos su beneplácito. Por otra parte, la ciudad baja, la imperfecta hermana adolescente a la que se podría considerar como “pobre”, sumisa, muy poco agraciada tal vez, parece más el soporte de nosotros mismos y de nuestros defectos imperecederos.

“Si hay algo que comparten las disciplinas que realmente pueden denominarse contemporáneas, es la indefinición a la hora de identificarlas, nombrarlas, estructurarlas y catalogarlas. Esas zonas indefinidas es lo que comúnmente llamamos extrarradios” (3).

En la concreción de esta extraordinaria propuesta del físico y escritor Agustín Fernández Mallo, y en lo que a determinados espacios de la ciudad baja de Cuenca se refiere (barrio de Casablanca, barrio del Pozo de las Nieves, los casuística de algunos lugares denominados duros como las calle González Ruano o la “placetuela de los flanes”, el edificio de los sindicatos en la calle Cardenal Gil de Albornoz y hasta toda suerte de parques y areneros) hablamos de extrarradios urbanos, en los que materia y mente tienden a encontrarse en un estadio avanzado y no necesariamente último: es aislamiento verdadero o creencia en ello o la parodia de esa ilusión de clausura. Se trata de lugares (o también de los no lugares de Marc Augé a los que haré referencia) que pasan inadvertidos y que pueden ser hasta obviados. Son extrañas fronteras, suburbios arrinconados, reductos de lo inaprehensible. Es lirismo indisimulado o aislamiento profundo, como digo, o ambas cosas a la vez, estímulos límbico-sensoriales, en definitiva, que hacen del enfoque fenomenológico no sólo un planteamiento inexcusable y adecuado, sino también la piedra angular del texto que les propongo aquí.

A vueltas con la matrioskización del entorno entonces y con una enorme cantidad de muñecas urbanas que en su propio seno se desglosan hasta infinito, con la compleja tarea de la delimitación asimismo de esos espacios indefinidos postmarginales, que a priori se antojan inabordables en forma y fondo, a lo largo de estas páginas aportaré una serie de experiencias y un conjunto de lógicas que permitan acercarnos a la poética que, siempre desde mi punto de vista, destilan ciertos extrarradios de la parte baja de Cuenca (no es necesario que se encuentren en las afueras, las periferias son refundición de sujeto paciente y objeto latente, no dejan de ser bordes cognitivos que trascienden lo meramente físico, momentos evolucionados de espiritualidad y volumetría) y que puedan explicar que en este entorno nada alambicado existen lugares que expresan algo más que mera imagen o deterioro, espacios en los que el individuo habría de abandonar el papel de consumidor pasivo y su incierto cometido de florero de salón al que ha sido aleccionado hasta la perversión en la llamada posmodernidad urbana.

Así pues, en este proceso de externalización y a la vez de desmaterialización y de progresiva abstracción de esta urdimbre significativa y debajo del yugo de las limitaciones externas que mediatizan casi todo hasta extremos insoportables, la poética urbana como medio y como fin de este tinglado psicometaurbano en ningún caso habría de concebirse como un conjunto de versos ñoños y de rimas pueriles sobre una ciudad. En este ambiente de intrusismo y de xenofilia, muy lejos de ese desagradable y triste reduccionismo, la poética urbana se halla dentro de los elementos, es una realidad molecular que va más allá de la poesía y la prosa, como ya he escrito alguna vez: “detrás del muro del sueño”.

Una cosa es la capacidad sobrecogedora y el stock de rimas asonantes, y otra muy distinta, el daño moral perpetrado, que suelen ser compañeros de viaje y que llenan de argumentos a la burlesque literaria. Se pueden hacer versos de cualquier cosa (no todo vale, hay determinadas líneas rojas que no se deben traspasar), se puede versificar en términos de producciones siderúrgicas incluso, pero no todos los poemas encierran poesía porque no todos sabemos gestionar el sentido de la representación figurada y por ello no es necesario molestarse en glosar el palimpsesto de lo abstracto, ni siquiera sabemos con certeza si las palabras que denotan existencia se corresponden sensu stricto con lo explicado. En cualquier caso, y a pesar de las fluctuaciones que ello provoca, que son las cosas del paseo y de la introspección, la ciudad nueva de Cuenca es un ámbito muy matrioskizable. Siempre he creído que abre sus puertas con mucho gusto para el deleite de una nueva experiencia.

Fernando Sánchez

NOTAS DE LA INTRODUCCIÓN:

(1) VILA-MATAS, Enrique (2000): Bartleby y compañía. Barcelona. Anagrama, p. 26.

(2) Filósofo y matemático alemán (1859-1938), fue el precursor de la denominada “fenomenología trascendental”.

(3) FERNÁNDEZ MALLO, Agustín (2009): Postpoesía. Hacia un nuevo paradigma. Barcelona. Anagrama, p. 93.

ÍNDICE:

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO 1: APROXIMACIÓN A LA IDEA DE EXTRARRADIO. DEL EXTRARRADIO PERIURBANO AL EXTRARRADIO MENTAL. LOS NO LUGARES DE MARC AUGÉ. SERES DEL RIZOMA. NUEVA ANTOLOGÍA DEL OTRO LADO DE CUENCA

CAPÍTULO 2: SOBRE LA EXTRAÑA IDEA DE MATRIOSKIZACIÓN URBANA. A VUELTAS CON LA NOMENCLATURA DE LA CIUDAD NUEVA, BAJA O MODERNA DE CUENCA. LA CALLE CARRETERÍA COMO METACONCEPTO

CAPÍTULO 3: FENOMENOLOGÍA APLICADA AL ANÁLISIS URBANO. MAURICE MERLEAU-PONTY. LAS ARQUITECTURAS MUY FENOMENOLÓGICAS DE FERNANDO MARTÍN GODOY. LA EXPERIENCIA SENSORIAL DEL EDIFICIO DE LOS SINDICATOS DE CUENCA

CAPÍTULO 4: LOS BARTLEBYS DE ENRIQUE VILA-MATAS. SOBRE LA PERVERSIÓN DEL LENGUAJE. POESÍA, POEMA Y POÉTICA. TRIBUTO A JOSÉ MARÍA FONOLLOSA. LA ENTREPLANTA DE NICHOLSON BAKER. LITERATURA EXPERIMENTAL APLICADA AL ANÁLISIS URBANO

NOTAS

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO 5: LAS ZONAS VERDES DE LA CIUDAD NUEVA DE CUENCA ¿POÉTICA O GENTRIFICACIÓN VERDE? FILOSOFÍA DE LOS LUGARES DUROS: LAS PLAZAS DEL ROMERO Y DE LA AJEDREA, LA “PLAZA DE LOS FLANES”, LAS CALLES RÍO CABRIEL Y CÉSAR GONZÁLEZ RUANO

CAPÍTULO 6: EL BARRIO DE CASABLANCA Y LA POÉTICA URBANA. LA DERIVA SITUACIONISTA. MUROS Y GRAFFITI. LA VÍA DEL FERROCARRIL MADRID-VALENCIA: IMPERATIVO FÍSICO Y SOCIOLÓGICO. LA POESÍA DE SANDRA SANTANA

CAPÍTULO 7: ACORDES DEL ROCK PROGRESIVO PARA LA EXÉGESIS URBANA (BEHIND THE WALL OF SLEEP). METAFÍSICA DEL MURO: MÁS ALLÁ DE LA IDEA DE EXTRARRADIO. EL MURO DEL POZO DE LAS NIEVES.

POSTLECTIO

NOTAS

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Extrarradios. Primera parte
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