EXTRARRADIOS. FENOMENOLOGÍA Y POÉTICA URBANA. OTRA APROXIMACIÓN A LA CIUDAD NUEVA DE CUENCA (SEGUNDA PARTE). FERNANDO SÁNCHEZ

Imagen de portada: barrio del Pozo de las Nieves (Cuenca). Imagen tomada por el fotógrafo Pablo Alcocer, El poeta del solar abandonado.

Nota del autor: este artículo contiene el capítulo 5 y la opción de descarga de la segunda parte (capítulos 5, 6 y 7, y Postlectio).

CAPÍTULO 5: LAS ZONAS VERDES DE LA CIUDAD NUEVA DE CUENCA ¿POÉTICA O GENTRIFICACIÓN VERDE? FILOSOFÍA DE LOS LUGARES DUROS: LAS PLAZAS DEL ROMERO Y DE LA AJEDREA, LA “PLAZA DE LOS FLANES”, LAS CALLES RÍO CABRIEL Y CÉSAR GONZÁLEZ RUANO

«Plaza (o placetuela) de los flanes» (Cuenca, entre las calles Colón y Princesa Zaida). Fernando Sánchez.

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En septiembre de 2018, el periodista Gorka Díez (89) exponía su punto de vista sobre la situación de los parques de la ciudad de Cuenca. En un interesante y concluyente artículo de prensa, Díez hablaba del “deteriorado estado en que se encuentran la práctica totalidad de los parques de la ciudad […] y en especial los areneros”:

“Unos parques que en el caso de barrios como los de Las Quinientas y el Pozo de las Nieves se han convertido, según denuncian los vecinos, en un peligroso nido de excrementos caninos […] Aunque, incluso, los hay que consideran que este tipo de parques, construidos en su mayoría hace ya más de treinta años, sean sustituidos por otros de caucho, un material mucho más higiénico e igual o más seguro para reducir el impacto de los golpes o caídas que inevitablemente se suelen producir de vez en cuando. Se da la circunstancia de que este material está cada vez más extendido por todo el territorio nacional pero en el caso de Cuenca está presente en muy pocos parques, básicamente en el de Carretería, inaugurado hace cuatro años, el de la Plaza de España y los de alguna zona de más reciente construcción como Santa Mónica; sí son más frecuentes en urbanizaciones privadas. “Es verdad que el suelo de caucho también exige una labor de mantenimiento porque se deteriora igual, como ha ocurrido en el de Carretería, pero algo más higiénico resulte”, considera Jesús González, presidente vecinal del Pozo de las Nieves, que denuncia la aparición continua de excrementos en los dos areneros con que cuenta este barrio de la capital y su abandono. “El parque de Las Quinientas está lleno de cacas y huele a orina que trasciende, aunque también hay animales que pasan a los parques de caucho como el de la Plaza de España”, advierte por su parte la presidenta de Las Quinientas, Elena Castillejo”

En el interior de este fenómeno de fragmentación sociofísica que es la parte moderna de la ciudad, en contraposición a los llamados duros, cuyo ejemplo paradigmático es el de las plazas que por tradición han seguido ese canon (aunque en también existen, muy desperdigadas, algunas zonas que pueden considerarse como duras), se ha desarrollado toda una amalgama de espacios blandos en cuyas categorías se podrían incluir los parques en sentido clásico, los jardines, las arboledas y toda suerte de áreas verdes, además de la vegetación propia de las riberas de los ríos Júcar y Huécar, que delimitan el casco histórico. En el informe ya mencionado Estrategia DUSI Cuenca 2022, se advertía lo siguiente sobre las zonas verdes de la parte de abajo:

“Los espacios verdes en el interior del tejido urbano, los parques y jardines, tienen trayectorias y significados bien diferenciados. Algunos de ellos están plenamente integrados en el paisaje urbano (parque de San Julián, Vivero, parque de Los Moralejos). Otros están en fase de hacerlo, tal como ocurre con el Parque del Huécar […] o pequeños parques de los nuevos barrios de la carretera de Valencia […] El casco histórico por las características de su origen y emplazamiento carece de un sistema de espacios verdes propiamente dicho […] Por otro lado, los espacios de ribera, en concreto el del río Júcar, muy valorado en la imagen de la ciudad, adolece de cierta falta de conservación, lo que dificulta su apropiación por los ciudadanos en términos de uso. Siendo Cuenca un término municipal rico en superficies forestales y espacios especialmente protegidos, presenta sin embargo ciertas carencias en cuanto a plazas y parques en el área urbana se refiere. De acuerdo con los datos recogidos en el documento Agenda Local 21 de la ciudad, la zona urbana consolidada de Cuenca cuenta con sólo alrededor de 5 m² de espacios verdes por habitante, muy por debajo de la recomendación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de 10 a 15 m² por habitante” (90).

En lo más profundo del Madrid histórico, en la calle Doctor Fourquet, que se halla en el aún castizo, cada vez más contracultural y asociacionista, y siempre eterno, barrio de Lavapiés, hay un graffiti extraordinario. A día de hoy, el que más me ha seducido de todos los que he contemplado, sin perjuicio de muchos de aquellos “Muelle” con los que conviví durante mi adolescencia, pintados por el fallecido y recordado Juan Carlos Argüello a lo largo de los años 80 en un incalculable número de paredes de Madrid.

En marzo de 2017, anduve por Doctor Fourquet con mi esposa. No hemos vuelto allí desde entonces, por lo que puede deducirse que ha pasado ya mucho tiempo. El muro servía como caballete de la repulsa hacia la gentrificación del distrito y estaba aderezado por un lacónico y extraordinario “Fuera modernos”. Sin embargo, en una secuencia de la película Dolor y Gloria (2019), dirigida por Pedro Almodóvar (91), se ve que ese graffiti está alterado y pudimos contemplar con cierta estupefacción que habían tachado el prefijo “in”, dejando la reivindicación y el acto de rebeldía como “gentrificable”, lo que pervierte a todas luces y de forma grosera su objetivo de partida. “Gentrificable” proviene del término inglés “gentry”, que hace referencia a la nobleza británica de menor rango o de linaje más bajo y define el proceso de elitización social y económica de un barrio degradado. En estrecha relación con ese concepto, se habla también de la idea de “gentrificación verde”. Isabelle Anguelovski (92) lo identifica con precisión quirúrgica:

“En las ciudades, se ha visto una asociación entre la exposición a los espacios verdes y a la naturaleza urbana con una mejor salud física y mental, por lo que los epidemiólogos medioambientales demandan que la ciudad del futuro sea verde, activa, social y sana. Sin embargo, hasta ahora, no se ha medido la distribución social y racial de esta mejora vinculada a los espacios verdes urbanos. ¿Quiénes se benefician realmente de estas nuevas ciudades verdes? En la planificación urbana, los investigadores hablan de gentrificación verdeo ecológica para caracterizar el proceso por el cual el hecho de crear zonas verdes se asocia con especulación, desplazamiento y exclusión” (93)

Según el informe Estrategia DUSI (94), en la parte baja de la ciudad de Cuenca existen grupos sociales desfavorecidos (ancianos, individuos de etnia gitana, población inmigrante), barrios con infravivienda (Tiradores Bajos y Altos, San Antón y algunas áreas de la Zona Centro que, según este documento, empiezan a registrar procesos de degradación social y urbana) y una relevante problemática social que reside por regla general en el analfabetismo, el desempleo, el fracaso escolar y el consumo y tráfico de drogas ¿Camina, pues, nuestro urbanismo verde de la mano de una imagen poética hasta cierto punto intrínseca?

El simbolismo, el efecto psicológico y el carácter evocador de lo verde (disciplina espiritual, relajación, armonía, quietud, equilibrio), así como los incuestionables valores ecológicos y terapéuticos que trascienden al cromatismo y que se les supone a todas estas zonas ajardinadas (práctica de paseo y deportes, zonas de juego y descanso, posibilidad de relación social) hacen de ellas, además de un lugar profiláctico de referencia, un elemento básico de ordenación urbana y de la promoción inmobiliaria. ¿Se ajusta entonces la ciudad nueva de Cuenca al estrecho corsé de la llamada “gentrificación verde”? Si los parques, atendiendo a los argumentos de Anguelovski, pueden dar lugar al aumento del precio de la vivienda, ¿contribuye esta coyuntura al desplazamiento de algunos grupos sociales a otras zonas de la ciudad más baratas y/o degradadas?

Las zonas verdes de la Cuenca moderna no se ajustan a un patrón estético concreto o clásico, más bien se han adaptado muy camaleónicamente al caótico y desmembrado plano urbano de la ciudad y gozan en cierta medida, como ya escribí hace tiempo, de la “erótica de lo incomprensible” (95). A pesar de su mayor o menor degradación, la casuística de las relaciones causa/efecto de lo verde y de las secuelas de la perturbación determinadas por la heterogeneidad de los espacios ajardinados de la ciudad baja, es diversa y difícilmente clasificable. Nadie duda de que en términos generales el parque es el arquetipo moderno de zona verde urbana, en especial el que responde al modelo hipodámico, racionalista y despersonalizado que se asocia al desarrollo actual ultrarresidencial. Sin embargo, frente a la ocupación del espacio, no es desdeñable la interiorización de su vivencia.

Desde mi punto de vista, a efectos de análisis fenomenológico y de percepción, el elemento “parque” entendido como zona de colonización (a pesar de ello, ese parque vivido y observado en distintas franjas horarias del día retrotrae en cualquier caso a la idea de Monet en Rouen) apenas tiene que ver con una zona verde como elemento de introspección. Los microjardines del barrio de Casablanca, los esotéricos, exuberantes y apenas transitados pasillos verdes del interior del barrio (de la) Fuente del Oro, los espacios de la Diputación Provincial de Cuenca, el parquecito solitario y ascético que hay a espaldas del CEIP Federico Muelas o incluso algunas y recoletas áreas del propio parque de San Julián (a excepción, claro está, de la superficie de arena de su parte central), entendidas como proceso de prospección celular y como matrioska verde rodeada de altos bloques de cemento y hormigón, son (no) lugares más o menos blandos que nos abren nuevos escenarios de liberación del gravamen cotidiano, una variante de El derecho a la ciudad (1968) al que se refería Henri Lefebvre (96). 

El sujeto determina una secuencia (1)dónde estaba-(2)dónde pasa a estar que es la que transforma ese espacio verde de lugar para sentarse en lugar para pensar (incluye permanencia)/lugar para interpretar y, en último estadio, en paraje incierto, extrarradio o no lugar, como supo descodificar Augé ¿Hasta qué punto, en consecuencia, puede hablarse en Cuenca de exclusivización zonal como corolario de la creación de parques y jardines en las nuevas zonas residenciales? Si el parque es más un medio que un fin, ¿puede hablarse en último término de gentrificación o de poética verde?

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Al tiempo que se establecía ese presunto matrimonio de conveniencia de zonas verdes y especulación inmobiliaria, las llamadas “plazas duras” invadieron el paisaje de al lado y se pusieron de moda desde los años 80 en el marco de las políticas urbanísticas de muchas ciudades. Estudiosos, arquitectos, periodistas y opinadores utilizan el concepto para definir aquellos grabens hipodámicos de losetas, que también pueden hallarse en ágoras, calles peatonales o rellenos intra o inter residenciales, que salpican muchos escenarios urbanos y tienen una decidida vocación universal, a la vista de su multiplicación sin límite. Empleado en este contexto, el epíteto duras, al igual que el de blandas, puede resultar por lo menos insólito, extravagante, prescindible, cursi tal vez, pero no se me ocurre otra nomenclatura mejor para conceptualizar estos lugares que la que atiende a su consistencia y rigidez.

Los lugares duros se prestan a la exaltación de la piedra -que es símbolo de lo duradero, como en el arte Románico-. Su paisaje se halla desprovisto de cualquier distracción simbólica, apenas un arbolito o un banco, poco más, que son fagocitados de manera irreversible por la atmósfera yerma y gélida, que es esencia el grado superior de abstracción de estos espacios tan distintivos. En la ciudad moderna de Cuenca los hay, por ejemplo, a espaldas del hotel NH en la calle César González Ruano, en la plaza del Romero entre el Grupo de la Paz y la calle Julio Larrañaga, en los intersticios de los edificios de la calle Río Cabriel (entre la calle Río Turia y la avenida del Mediterráneo), en la plaza de la Ajedrea (al lado de la estación de autobuses de la calle Fermín Caballero) o en el pasaje del Sándalo.

De igual forma, siempre me ha llamado la atención una especie de corredor o travesía que pone en contacto la calle Colón y la calle Princesa Zaida, y que se halla muy próximo al hotel Torremangana. Este espacio interior abierto al tránsito, que no tiene nombre oficial porque no dispone de puertas delanteras (sólo hay algunas traseras), es conocido en su barrio por “plaza o placetuela” de los “flanes”, seudónimo que viene determinado por esa forma tan particular de sus tres jardineras con arbolito.

Con el concepto “arquitectura disuasoria” varios analistas se han referido de forma recurrente a aquella que tiene como objetivo concreto y consciente la expulsión del individuo de las áreas en las que se ha perpetrado con tal fin. Para algunos, los lugares duros no son otra cosa que hornos en verano y neveras en invierno, y por lo tanto espacios de carácter estacional. Alberto Barbieri, redactor para Lavanguardia.com, TV3.cat y El País, entre otros, y colaborador del Eleuropeo.es, reflexiona sobre el control de las conductas cotidianas mediante la arquitectura:

“La arquitectura hostil, o defensiva, es una tendencia de diseño urbano donde los espacios públicos se construyen o alteran para desalentar su utilización indebida. La protagoniza un ‘mobiliario a vocación disciplinaria’, según la definición de algunos sociólogos. Los más afectados por esta estrategia son las personas sin hogar y los que más explotarían los espacios de agregación: los jóvenes […]. Si a la planificación de espacios públicos hostiles, se le añade el impacto que han tenido los terribles atentados de los últimos años, el resultado es el nacimiento de una cultura de la seguridad, percibida más que real, que repercute en lo que llamamos espacios de agregación. No solo no podemos, sino que ya ni queremos agregarnos.” (97)

En esa línea, la periodista Patricia Gosálvez escribe el artículo Ciudades que pinchan. En relación a la ciudad de Madrid, formula el siguiente comentario:

“La arquitectura disuasoria busca, con más o menos disimulo, evitar ciertos comportamientos creando barrera físicas. Un paseo por el centro de Madrid, mirando con ojos de quien busca —no ya solo dormir, sino sentarse, ir al servicio, socializar, beber y comer sin tener que sentarse En una terraza— descubre decenas de ejemplos. Es una ronda fascinante, porque el peatón ha naturalizado estas triquiñuelas que hacen la experiencia de la ciudad más incómoda para todo el mundo […] Algunas soluciones son seudodecorativas; otras son simples mallas metálicas colocadas de manera improvisada sobre huecos o recovecos. La tipología de los bancos es muy variada. Algunos están divididos para evitar que te tumbes, otros son simples bloques sin respaldos ni brazos, y algunos, en vez de planos, están inclinados y para sentarse sin escurrirse hay que hacer fuerza con los pies” (98)

Esta afirmación podría ser exportable a otros núcleos urbanos, entre ellos la ciudad de Cuenca. En la parte de abajo, la plaza del Romero, los bancos y las coníferas dan la sensación de que han sido absorbidos por la intemperie y los muros de alrededor. En la plaza de la Ajedrea, los edificios conciben un espacio de asepsia y aislamiento. Por otra parte, en la calle González Ruano, los escasos bancos cuadrangulares de cemento, sin referencia vegetal alguna, invitan al tránsito rápido. Y, en los patios y en los intersticios de los bloques de la calle Río Cabriel, el silencio es conceptual ¿Qué clase de espacios son estos, entonces, tan obviados, tan estigmatizados, e, incluso, rechazados? ¿Acaso un prodigio de la indiferencia? ¿Son un tipo de no lugares a priori o a posteriori? Como significante, a la vista del aprovechamiento urbano, da la sensación de que son cuatro superficies sin apenas relevancia, pero en la búsqueda de significado no son ni mucho menos desacertadas ciertas interpretaciones.

En la ciudad baja de Cuenca y por extensión en el seno de muchas ciudades de todas partes, para algunos de sus habitantes estos espacios duros no dejan de ser en realidad sino una aburrida y monótona sucesión de losetas (blancas y rosáceas en su mayoría, en el predio urbano conquense, distintas al blanco y negro de sus aceras) sin más importancia que la que tienen para el movimiento del ciudadano corriente: son terrenos inhóspitos y esteparios.

Otra interpretación, a mi juicio más razonable, es aquella que dice que se conciben con la intencionalidad de derivar el ruido, de arrinconar las molestias a los vecinos o de desplazar la sociabilidad a otros lugares, pudiese ser que por razones de economía en los gastos de mantenimiento de zonas verdes o por otros argumentos, pero para el que quiera ir un poquito más allá, si se piensa de otra forma, existe también la cara B, la versión más distópica, que es la que afirma que con la construcción de estos lugares se impide a la ciudadanía que se reúna o que piense en común. No es descabellado. Serían, desde este punto de vista, espacios antisociales poco o nada habitables, de cimientos un tanto espurios, la muestra más palpable de un urbanismo despiadado y grosero.

Repelentes o no, atendiendo a criterios conceptuales y estéticos, pueden entenderse como extrarradios de manifiesta sencillez, sometidos a un proceso de depuración geométrica y espacial. No suponen otra cosa que el despojo de lo accesorio y la recuperación de lo estrictamente esencial, un estilo de vida que defienden los estadounidenses Joshua Fields (1981) y Ryan Nicodemus (1981), gurús de este movimiento minimalista.

La propuesta del Colectivo Metrópolis, madrileño, surgido en 2016, es la búsqueda de la simplicidad. En su obra Minimalismo urbano, afirman que “en fotografía el minimalismo se reduce, nada más y nada menos, que a buscar un retrato fotográfico a partir de los elementos más simples”. Su objetivo es “crear imágenes que nos curen del barroquismo y del ruido de la vida cotidiana” (99) ¿Es posible en términos urbanísticos, por lo tanto, una apología de la nada, de la sobriedad más ortodoxa o de la geometría más elemental? En relación a la génesis y significado de las “plazas duras” y por la experiencia sensorial que de ellos se deriva, es más que sugerente echar un vistazo al soberbio artículo de Manuel Delgado en El pais.com:

«La plaza dels Països Catalans […] de 1984 […] fue una de las pioneras de lo que a partir de ese momento se empezó a llamar plazas duras, superficies de granito, cemento u hormigón en las que la presencia de vegetación y mobiliario urbano es escasa o nula. Sería interesante pensar sobre cómo, al margen de otras consideraciones no por fuerza elogiosas, no cabría reconocer un ascendente oriental en este tipo de iniciativas urbanísticas […] Aún más obvio ese lazo cuando lo protagonizan arquitectos orientales como Tadao Ando, Arata Isozaki o Toyo Ito, que han conseguido trasladar a las ciudades occidentales el aire efímero y el culto a la vacuidad –la forma es el vacío; el vacío es la forma– que caracteriza el tratamiento del espacio del zen. Una de las ilustraciones más espectaculares de estos toques budistas en la geografía urbana en Occidente la tenemos precisamente en esas plazas duras que se han prodigado por todo el mundo y que convierten en lugar la lógica del zazen (100), ese estado contemplativo que deja pasar los pensamientos sin atraparlos, que, en este caso, invita a pasar a los viandantes sin darles la oportunidad ni la posibilidad de detenerse, puesto que apenas se prevé el punto en qué hacerlo […] Nuestros arquitectos de vanguardia acababan de inventar un tratamiento del espacio que los monjes japoneses llevaban cultivando desde hacía 800 años (101)

Cabe la posibilidad, por lo tanto, de una interpelación a la filosofía, como es natural. Teniendo en cuenta estos sólidos testimonios de Delgado, nos estaríamos refiriendo de esta forma a espacios de meditación y contemplación, dentro de una estética de franja o de borde ¿Hay espacio más allá del binomio residente/visitante, hay lienzo suficiente para que pueda dar sus brochazos el que ejerce esta labor cívico-vivencial de interpretante? ¿Se puede afirmar, en definitiva, que gestionamos espacios que pertenecen a otra dimensión, digamos, posturbana? Los lugares duros, y por extensión, los lugares duros de la Cuenca baja, son muy fenomenológicos, pertenecen al espectro de la publicidad subliminal, se tocan (o no), su olor impregna las conciencias, controlan las conductas e influyen para bien o para peor en los comportamientos, sobre todo cuando da la sensación de que la inmunidad viene de serie y de que uno no tiene ni la más remota idea de ser mediatizado por ningún elemento de paisaje.

NOTAS:

(89) DÍEZ, Gorka (2018): ¿Areneros o parques de caucho? Las noticias de Cuenca. En https://www.lasnoticiasdecuenca.es/cuenca/areneros-o-parques-caucho–36936.

(90) Ayuntamiento de Cuenca (2016) Estrategia de Desarrollo…, p. 57.

(91) Almodóvar, A. (productor) y Almodóvar, P. (director). (2019). Dolor y gloria [Cinta cinematográfica]. España. El Deseo.

(92) Isabelle Anguelovski es profesora, investigadora y experta en planificación urbana y medioambiental en el Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales (ICTA-UAB), donde co-dirige junto con el sociólogo y geógrafo James Connolly, el Laboratorio de Barcelona para la Justicia y Sostenibilidad Ambiental Urbana (BCNUEJ).

(93) ANGUELOVSKI, Isabelle (2017) Gentrificación verde. Revista El.lipse. en https://ellipse.prbb.org/es/gentrificacion-verde/

(94) Ayuntamiento de Cuenca (2016) Estrategia de Desarrollo…, p. 66.

(95) SÁNCHEZ, Fernando (2012): Antología del otro lado. Cuenca, p. 27

(96) Henri Lefebvre (1901-1991) fue un filósofo marxista francés.

(97) BARBIERI, Alberto (2018): El control de las conductas sociales a través de la arquitectura.Lavanguardia.com. En https://www.lavanguardia.com/vivo/20180406/441983305139/control-conductas-sociales-arquitectura-hostil.html

(98) GOSÁLVEZ, Patricia (2014): Ciudades que pinchan. Elpais.com. https://elpais.com/sociedad/2014/06/13/actualidad/1402683725_100674.html

(99) COLECTIVO METRÓPOLIS (2018): Minimalismo urbano. Madrid, p. 3 en https://www.blurb.es/b/8980374-minimalismo-urbano

(100) Zazen, en japonés, significa “meditar sentado”.

(101) DELGADO, Manuel (2019): Las plazas duras y el budismo. Elpais.com en https://elpais.com/elpais/2019/05/15/seres_urbanos/1557947086_293332.html  2019.

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