METROS DEL MUNDO BIZARRO* (CON RAMONES EN EL ANDÉN DE LA NOSTALGIA). FERNANDO SÁNCHEZ

Imagen de portada: interior del Atomium (Bruselas). Elaboración propia.

*Bizarro: bizarría significa lo mismo que valentía, pero la palabra también se puede emplear como sinónimo de extravagante, extraño.

Für meine Frau/Pour ma femme/Voor mijn vrowv

Mitología ramoniana

En 1976, Ramones editó su primer álbum, que lleva por título el nombre del legendario cuarteto de punk rock. Uno de los temas de esta pura excepcionalidad, que va más allá de lo meramente musical, no es otro que I don´t wanna go down to the basement (en castellano, “No quiero bajar al sótano”), porque, argumentaban, There’s somethin’ down there (“hay algo ahí abajo”).

La canción es sólo eso -como si ello fuera poco-, todo repetido a intervalos regulares, aunque, en lo que a mí respecta y a pesar de tan draconiano ramonismo, mi claustrofobia secular no ha sido óbice para bajar al subsuelo de la ciudad en cualquiera de sus modalidades. Históricamente, aquellas que se han erigido en el grueso de mis razzias han sido por supuesto el trastero de mi casa, como es natural, y el Metro de Madrid, que me siguen dando cosica con el paso inexorable de los ya estrictos cinco decenios.

Ramones en el Metro de Nueva York. Imagen del CD Ramones (1976), Warner Bros. Records and Rhino Entertainment Company.

Dentro de esta casuística tan caprichosa, la nostalgia parece irrevocable y se corre el riesgo de resbalar hacia lo lacrimógeno y a la narración barata y pueril. Sin embargo, en pequeñas dosis yo le puedo asegurar a usted que no es del todo perjudicial, sino revelador, en especial si viene a colación del primer traslado en suburbano del que uno tiene constancia tierna y adolescente.

Si nos remitimos a aquel coqueteo con la banalidad entonces, yo debería comenzar diciendo que aquel muchacho –El urbanito– salió del barrio del Pilar con 13 o 14 años y que la performance fue la consecuencia de su primer viaje sin papá ni mamá a través de ese Metro de Madrid. Su acompañante era esta vez una pequeña maleta, que ejerció como algo parecido al mecenazgo. Recuerda que en Plaza de Castilla, cogió la línea 1 hasta Sol. Después, tomó la amarilla y se dirigió al paseo de las Delicias, fin de trayecto.

Preparó con detalle el recorrido, se trató con mimo en cada transbordo, se dedicó cada estación en el lombriceo capitalino y el lobregueo en general. Una emotiva aventura de muchachos no fue otra cosa que el preludio de esta obsesión por las cosas bajo tierra, a pesar, como he manifestado, de esa claustrofobia de manual. Por encima, se ve el paisaje. Por debajo, se llega antes, como los Ramones.

Ansiedad en Nueva York

He viajado en algunos trenes del mundo. Le confieso a usted que me encantaría visitar el suburbano de Pyongyang, la capital del régimen totalitario de Corea del Norte, pero de momento me tengo que conformar con algunas imágenes en Google y, sobre todo, con los dibujos y comentarios del periodista y dibujante canadiense Guy Delisle (1966) en su cómic Pyongyang (Astiberri Ediciones, 2015): “sepultado 90 metros en el suelo […], puede servir de refugio nuclear”, escribe. “Un palacio subterráneo a la gloria del transporte público”.

Imagen del cómic Pyongyang, 2015, Astiberri Ediciones.

En otra galaxia, en lo que respecta al de la ciudad de Nueva York (EE.UU.), en su excelente blog de viajes Cuatro en ruta, Enrique Sánchez advertía que es “uno de los metros más complicados”, en los que “es imprescindible que te descargues la app de la Metropolitan Trasnportation Authority (MTA)” porque evitaría “que tu viaje en metro” fuese “un auténtico caos”. Así, estando unos días en Manhattan en septiembre de 2014, teníamos que valorar muy bien qué tren coger -unos hacían parada y otros, no- con el objetivo de no terminar en una u otra punta de la ciudad así, tal cual. Mi esposa y yo cogíamos el bicho no sin cierta ansiedad, asustados por tan terminalicio concepto, arrojados a la alberca de ese extraño substrato psicológico de las cosas del macabro sótano ramonianoRamones, por cierto, fueron una banda de origen neoyorkino (vinieron al mundo en el distrito de Queens)-.

También he transitado, entre otros, por los raíles de Barcelona, Praga, Lisboa, Múnich (hacia Dachau) o Estambul (el imponente tranvía desde Sirkeci hacia el Palacio de Topkapi). Todos ellos pueden dar fe de esa querencia por el ferrocarril, se halle en el sótano o en las afueras. Sin embargo, hay dos que aún a día de hoy, sigo recordando con especial delectación no exenta de interesantes cuotas de desasosiego. Después de varios años, padezco todavía los efectos secundarios del surrealista metro de Bruselas (julio de 2012) y del ultraurbano S-Bahn de Berlín (julio de 2009), pero nadie nos informó en el prospecto ni a mi esposa ni a mí, afortunadamente.

El belga correoso

La comprensión de estas dos ciudades está indefectiblemente unida a la vivencia del metabolismo de estos elementos a través del intestino y por la epidermis urbana. Ambos destruyen, despojan o mediatizan el concepto de lo real y de lo figurado en su hábitat urbano o arropados por periferias bizarras, incrementando esa poética de la ciudad de forma exponencial y manifiesta.

En lo que respecta al belga intestinal (o a lo que quede de esa ficción llamada Bélgica, en la que tomamos tren de igual forma desde la capital hacia Brujas), el punto de partida era ese hormiguero siniestro, desolador, de puro aturdimiento llamado estación de Gare du Midi. Allí, había una sucursal de una empresa de alquiler de coches, regentada por uno de los tipos más secos que he conocido en mi vida, un rubio cementoso, estepario e inerte.

Tramo adoquinado de Cysoing a Bourghelles, París Roubaix, Francia. Elaboración propia.

A pesar de todo, nos entendimos con ese personaje, y alquilamos un Peugeot negro con el que nos pudimos dirigir hacia algunos tramos de pavés de la clásica ciclista París-Roubaix (la comuna de Cysoing –hacia Bourghelles– y el Carrefour de L’Arbre, en el norte fronterizo de Francia con esa entelequia llamada Bélgica) y al sacrosanto Muro de Grammont o Kappelmuur en la zona flamenca, icono a veces profanado de la no menos decana Tour de Flandes. Y desde Gare du Midi, también tomamos rumbo hacia el Atomium, cerca de laestación de Heysel, a través de uno de los trayectos más fantasmagóricos, paranoicos, extravagantes e inenarrables que hemos disfrutado (o padecido, no sé bien qué) a lo largo de nuestra vida, juntos y por separado.

El Atomium

El Metro de Bruselas (o al menos el segmento que conocimos de él), en el que cada estación es distinta a las demás en fondo, forma y concepto, tiene la virtud de empequeñecerte y de reducirte a tu mínimo común múltiplo personal. Es una cosa filosofal de John Carpenter, que adquiere la forma obscena de cualquier anfitrión para poder sobrevivir. Escribía Juan José Millás (Miedo, El País, 2 de junio de 2017) que “hacia la mitad de la escalinata [del metro de Sol, Madrid]” imaginaba que una señora con carrito, a la que ayudó, “en vez de un bebé, llevaba una ametralladora”. Preguntó a esa señora si le “dejaba ver a la niña” a lo que ella respondió “¿es usted un perverso o qué? […] con una mirada de odio” que le “cortó el aliento”. “Desapareció por un túnel [concluía Millás]” y él se dio la vuelta: “¿dan o no dan ganas de quedarse en casa?”.

Un andén del Metro de Bruselas. Elaboración propia.

Dio la sensación, pues, de que aquello fue un ejercicio cercano al masoquismo en los manglares de la vida común de Bruselas: con la boca abierta, y al poco de interiorizar esa cosa tan kitsch, vintage, espectral y necesaria que es el Atomium, aún quedaba el viaje de vuelta (de tuerca más) y otra sacudida mental por los trasteros de la capital flamenca y valona.

Las salchichas al curry y reflexión final

Unos de los momentos sintéticos del S-Bahn de Berlín (abreviatura del alemán Stadtschnellbahn, que viene a significar en castellano “tren rápido metropolitano”) fue precisamente el que transcurría por debajo de él en el cruce con la Friedrichstrasse (“calle de Federico”). En los bajos del Leviatán urbano, nos pedíamos a menudo aquellas deliciosas currywurst, en el no menos delicioso y angosto establecimiento, incrustado entre la calzada y el viario de la parte superior (eran las salchichas más urbanas del mundo hasta entonces conocido, créame).

Tienda de salchichas en la Friedrichstrasse, Berlín. Elaboración propia.

El caso es que cogimos cariño a esa ratonera (con perdón, ya sabe usted) y a esos embutidos, que estaban brutales. Y al S-Bahn (S-7, desde la Friedrichstrassestation hasta la Warschauerstrasse), que nos habría de llevar al Muro de la ciudad. Después de bajar en esa última estación, nos dirigimos hacia la denominada East Side Gallery, uno de los pocos recuerdos del Muro que están aún en pie (un mural decorado por artistas, de algo más de 1.300 metros de longitud).

El S-Bahn es muy auténtico, muy berlinés y muy de la escenografía del Telón de acero. Es un medio de transporte aseado, tiene mucho de símbolo y de metáfora de una existencia gris y atribulada, con dos dictaduras, la nacionalsocialista y la comunista y viceversa, a sus viejas y gastadas espaldas. Llama la atención la austeridad de las cosas. Un tren de resabios, vaya.

East Side Gallery, Berlín. Elaboración propia.

Así que, con lo carpenter de Bruselas y las emulsiones del hobbesiano Berlín termino este breve artículo y perdóneme si al final me ha salido un panfleto turístico, pero esto no es otra cosa que un sencillo acto de lujuria. Bajar abajo (no necesariamente de la superficie) tiene cosas interesantes. Por regla general, doy un consejo cada cien años -no me gusta que me los den y, sin embargo, me encanta pedirlos-, pero hágase un homenaje conradiano, hágase un Willard y busque a su propio Walter Kurtz en su misma agencia de viajes. Confíe en usted y adéntrese en el substrato de su vida epidérmica: después de 45 años (y los cuatro miembros originales de Ramones, muertos) ¿Qué anomalía existía realmente en aquel sótano de la casa de Queens?

Si a usted le gustan los temas relacionados con el suburbano, le invito a que lea Otro día perfecto, un relato corto que edité en El urbano/categoría Extrarradios.

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