OTRO DÍA PERFECTO II. FERNANDO SÁNCHEZ

A mi prima Mari Carmen, por estos 50 años a mi lado.

La pillaron en unos chinos de Usera (de sus casas, dice Trapiello que “no ha visto uno un catálogo más surtido”, Madrid, Destino, 2020). La jaula es funcional, sobria, sencilla y está algo deteriorada. Es un aparato de base rectangular, fabricado a base de finos barrotes blanquecinos horizontales y verticales, de aluminio. La parte de abajo, de plástico, es de color rojo, está herméticamente cerrada y tiene 4 centímetros de altura (la jaula parece del Atleti, yo creo). Su estructura está ligeramente abovedada, como en arco escarzano. Tiene un bebedero algo translúcido con el agua un poco revenida. Y un comedero con semillas de mijo y avena (también hay un trocillo de manzana pasado de rosca, en el suelo, entre la mierda). Un palo cruza la cosa un poco en transepto de la caja. Hay una puerta en un lado corto, que se abre con facilidad.

1

Nunca me canso de ser reiterativo y ya he dicho hasta la náusea que la estación del tren regional de Cuenca y sus aledaños conforman un frágil sustrato de carácter ecuménico y trascendental.

La historia que voy a contar (un relato hasta cierto punto correctillo y regularizado) es fruto de mis obsesiones cotidianas y es asimismo una precuela de “Otro día perfecto” (El urbano, junio de 2021) y una relectura de una de las cosicas que incluí en Prosopografía de Dante (detrás del muro del sueño), que edité en Cuenca en 2013.

2 (7 de la mañana)

Le comento a usted que un hombre había tomado el tren en la estación de Tarancón, cuando la línea funcionaba en condiciones y llegaba hasta Valencia. El guest star de esta movida, hijo de uno al que llamaban Sándwich de peces (en realidad hay apenas protagonistas e hijos de Sándwich de peces en los cuentos de hadas), se apretó el desayuno, salió de la calle Colmenar Bajo en el barrio de San Roque y se fue andandico a esa estación, un requetespacio que se había daumierizado por decreto/ley.

El tren llegó de Madrid y el hombrecito accedió al interior de uno de sus vagones. Se sentó, levantó el almendruco y miró a su alrededor. Cerca de él, se había aposentado una tal Dionisia Parra y uno de la República Checa, que llevaba una jaula con un periquito al que había puesto de nombre “Flojo”. Al anciano le dio tiempo a descalzarse y a poner mal cuerpo a la de detrás, que se levantó un poco de esa manera y se fue a otro vagón con un personaje de Barajas de Melo. Sin embargo, disconforme con su latitud y longitud, el hijo del Sándwich de peces se fue poner el huevo en otro rodal.

3

El viejo, como digo, se reseteó en otro lugar del tren, que ya había pasado por la ermita de la Virgen de Riánsares. Cerca de él, estaba Molero I El suburbanita, que escuchaba Two minutes to midnight, de Iron Maiden, mientras (re)leía a Fonollosa. Algo más apartada, apoyada en una ventana, se hallaba Mari Carmen Ruiz un poco en somnolienta. Y en el óbito de la noche descarnada, el obstinado de manual se quitó las J’Hayber otra vez.

El de Tarancón llevaba diecisiete mantecados en una bolsa blanca del Codi. De ella, extrajo un potente ejemplar, diríase que el semental de los mantecados, y se dirigió al Molero, que se quitó sus auriculares: “¿Quiere usted un mantecadillo?”. “No”, dijo el otro. “¿Hacia dónde va usted, hermosón?”, preguntó el anciano. “Voy a Cuenca”. “¿Le gusta a usted Cuenca?”. “No porque no tiene metro”, respondió el de Madrid. Mari Carmen, que escuchaba la conversación, se quedó un poco como sorprendida y miró de nuevo hacia la ventana. “Entonces, ¿a qué va?”, pensó ella. El tiempo era muy desapacible, pero en el interior el calor era opresivo, como cocido en puchero a fuego lento.

El taranconero se comió el mantecado de una sentá. El revisor pasó por ese vagón y pidió los billetes, menos al anciano, que ya se lo había enseñado donde la Dionisia. “Señorita, su billete, por favor”, le dijo a Mari Carmen. La de Moratalaz, que no lo encontraba, se empezó a poner malísima. “Tranquila, suele pasar”, comentó el empleado. En la balaustrada ya del paroxismo, Mari Carmen se dio cuenta de que el papel se le había caído al suelo. El revisor por lo tanto supervisó el billete y a la propia viajera, víctima también del sofoco.

El inspector se largó. El olor a pies, denunciable. Aquello se transformó en un manglar desafecto de carácter vitalicio. Así, el Molero se incorporó, se dirigió al taranconero y le dijo “He escarbado en una vasta panoplia de ecosistemas, pero la coyuntura me ha hecho desistir de este medioambiente insostenible”. “¿Qué?”, preguntó el viejo. Y Molero se largó sin decir nada más, al vagón de la Dionisia, que parecía un agujero negro.

Mari Carmen fue más discretita, se incorporó sin hacer ruido y se fue a otro rodal inhóspito. El empleado volvió a pasar, miró de soslayo al hombrecillo y sonrió. Como ya escribí en Prosopografía de Dante, “el de la RENFE” había visto de todo y también comenté que una baza, además, había pillado “a dos en fornicio, cerca de Cuevas de Velasco”. En fin, que al final, menos el de la RENFE y la conductora del tren, todos –menos Mari Carmen- se quedaron fritos.

4

El tren entró en la estación de Cuenca por la vía 5. Y allí, se apearon el anciano, Dionisia, Molero, Mari Carmen y el de Barajas de Melo. El de la República Checa, que también se dirigía a la ciudad, se despertó poco después, ya en el extrarradio (esa expresión que al propio Trapiello le parece tan “ultraísta”). Como en una celda de Cube, el joven pegó un salto con pértiga, corrió hacia la puerta y se asomó al otro lado de la nada en modo “He just stares at the world” (1). El revisor se marcó un pasaporáhi. El joven de Praga había tirado la jaula al suelo, la puertecita se abrió y el Flojo comenzó a dar vueltas por el vagón.

5 Fonollosa

“Me gustaría hacerte los espárragos/que tanto te complacen. Ahora es tiempo/No creas que en el súper estén caros/Hay muchas cosas buenas en la vida.” (Ciudad del hombre, José María Fonollosa, Rambla de Sant Josep 2, p. 164, Poesía Edhasa, 2016)

6

El viejo cruzó las vías y se fue a mear a la tapia de la calle San Antonio, aunque luego se dio un guantazo contra el suelo y se puso perdido de mierda, incluido un temilla de un perro suelto que caminaba entre las traviesas, el barro y los raíles. Sin embargo, el tío se levantó como en una rebelión cósmica, se limpió y se largó (tenía hora en el oncólogo, en el hospital Virgen de La Luz). Fuera de la estación, Molero (ojo a esto) se echó un sigaro y esperó a Mari Carmen.

– Perdona, ¿sabes dónde está el bar Xúcar? –preguntó el de los Maiden.

– ¿Eh?

– Que si sabes dónde está el bar Xúcar.

– Ni idea –contestó ella con recelo y con mucha educación-. No vivo aquí.

– Ok –contestó Molero.

“Qué tío más tonto”, meditó. Y desapareció por la urbe.

El anciano se dirigió a un bar de Fermín Caballero y se clavó un café y tres porras. Al fondo del local, ya estaba Molero, que cumplió con un leve e insoportable movimiento de cabeza. El viejo levantó una mano y respondió esta vez entre la cortesía y cierto desdén, y ya no volvió a sacar mantecados, excepto en la consulta de oncología, donde, aún con quistes de mugre en el gabán, prorrateó los dulces de Tarancón entre la multitud.

7

En la sala de espera, una muy impertinente y maleducada señora que molestaba en modo metástasis, le preguntó al hombre “¿pero están buenos?”, después del ofrecimiento.

NOTAS:

(1) Del tema Iron Man, Black Sabbath, Paranoid (1970): “se queda mirando al mundo”.

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