EUTROFIZACIÓN, PERFORMATIVIDAD Y METALENGUAJE. FERNANDO SÁNCHEZ

Todas las imágenes: elaboración propia.

Aproximación a la comunicación enferma: de los “bares raros” a la necesidad del juego comunicativo

En mi texto no publicado que lleva por alias Después del Pozo de las Nieves (2019), a uno de los relatos que segmentan esa estructura, le concedí con mucho gusto la distinción de “Bares raros”. El capítulo estaba dividido a su vez en cuatro partes en las que yo contaba la historia de tres jóvenes que iban a un bar (raro), unos tíos que habían sido fagocitados por el significativo matrimonio propietario de ese local. Sin embargo, a efectos prácticos, lo verdaderamente interesante fue la (in)definición o la inexactitud a todas luces de ese concepto bar raro, que desglosé a duras penas en la muy áspera introducción de mi propio libro. No sé si al final resultó una insensatez, pero la pura verdad es que disfruté con aquel sudoku sintáctico, que venía a decir lo siguiente:

<<Normalmente, un bar es un recinto donde puedes comer o tomarte algo a cambio del pago de una cantidad de dinero. De la palabra “raro” siempre le van a decir a usted cosas como […] “inusual”, “extravagante”. Si ensamblamos el sustantivo y el adjetivo en la expresión “bar raro”, el resultado es algo raro e inquietante en sí y da la sensación de que ello está viciado desde el origen. Esta posible perversión socioliteraria lleva consigo necesariamente la idea de oxímoron. La idea de bar […] no debería verse intoxicada en principio por la cualidad “raro”, ajena al sujeto que describe […]. La expresión habría de ser un epíteto necesariamente o un pleonasmo como “bajar abajo” o “bajar al bar de abajo” […]. Si la tesis es “bar” y la antítesis es “raro”, la consecuencia inmediata es una “no síntesis”, lo que es extraño intrínsecamente después de la interacción de dos opuestos aparentes […] Por lo tanto, si decimos “me voy a ir de bares raros”, la cosa ya se pone chunga>>.

Cuenca (pintada desaparecida).

Me importan algunas historias, pero cada vez me interesa más la exégesis de las posibilidades lingüísticas de las movidas que cuento (en este caso, la deferencia tiene como destinataria una expresión fecunda en ámbitos objetuales como lo es la de “bares raros”). De esta forma, si asumimos como punto de partida el axioma Entre el personal y su ciudad existe una comunicación enferma, no parecería lo mismo rediseñar una prosopografía de esa localidad que refundarla a través de una sintaxis, digamos, orgánica, psicosomática. En consecuencia, para comprender la gestión de sus cosas, deberíamos aprender a leerla con un poco de sentido común, con la condición sine qua non de proceder con la indagación sobre uno mismo -un proyecto de prospección altamente funcional y transmisor-.

Silvia García y Jesús López, de la Universidad Central de Venezuela (1), hilvanaban una muy curiosa correspondencia entre los presupuestos del escritor William Shakespeare, las cosas de Ludwig Wittgenstein, el pensamiento del dibujante Maurits Escher y las ideas del lógico matemático Kurt Gödel.

Madrid.

En base, pues, a un singular cigüeñal cronológico y conceptual, las tragedias de Shakespeare eran “verdad performativa” y ambigüedad relevante (la representación, explicaban ambos autores, era más importante que la expresión). Los dibujos de Escher contribuían a tener una idea de “cómo el juego crea a los jugadores a medida que estos crean el juego”. El Teorema de la incompletitud del matemático definía “la imposibilidad de que los jugadores dispongan de un único método ‘coherente’ y ‘completo’ de ‘resolución’ de un juego”. Y, en opinión de García y de López, la idea del lenguaje del propio Wittgenstein permitía imaginar las obras de Shakespeare “como una ‘familia’ de juegos del lenguaje, donde podemos observar la representación del juego de los personajes o jugadores” desde el punto de vista de ese mismo lenguaje (p. 180).

En relación a estos supuestos y como paso previo e imprescindible a la implementación de una lógica proposicional adecuada para la interpretación del hinterland urbano, estaríamos hablamos de protoespacios seminales, como los de esos locales extraños. En ellos, siempre desde mi punto de vista, existiría una indiscriminada tendencia a la eutrofización, un proceso de densificación conceptual -no necesariamente pernicioso, tampoco es físico en puridad-, que permite (y exige) el acercamiento a través de múltiples enunciados, que pueden ir incluso más allá del “textocentrismo” o de la “certeza semántica” (2). Vamos a referirnos a ellos como “juegos” entonces, como en el caso de aquel sudoku de mi introducción más o menos insensata.

Eutrofización, declamación y “mensaje poético”

A fuer de ser honesto, no es mi intención transformarme en un visionario y tampoco tengo una vocación estrictamente sacerdotal. Sólo expreso mi opinión a mis lectores y lectoras a través de un sencillo deporte de aproximación “a las cosas mismas” (Husserl), un ejercicio muy cuestionado por una comunicación insana o indecente, que está mediatizada en cualquiera de los casos por cuatro condicionantes básicos:

  • Es una aproximación de resultados inciertos por la propia naturaleza fractal y objetual de lo representado (eutrofización sistémica). De acuerdo a la Teoría de los ensamblajes de Manuel DeLanda (3), existen multitud de componentes, escalas e interacciones (más allá del mero reduccionismo que hace del individuo y de la sociedad, los agentes exclusivos de los procesos sociales), además de una distancia que puede ser hasta sideral entre lo que es la realidad y lo que nosotros llegamos a percibir sobre esa realidad.
  • Se trata de un contacto muy condicionado por el contexto psicosocial (eutrofización real).
  • Está subordinado al uso del propio lenguaje y a la recepción del propio “mensaje  poético” (eutrofización enunciativa).
  • Es de carácter contingente en el sentido más amplio de la palabra.
Cuenca.

Hace poco tiempo, leí un pequeño libro del poeta Julio Monteverde titulado Materialismo poético, aproximación a una práctica (2021). Siempre desde una perspectiva materialista, el autor concebía la realidad como una especie de Leviatán totalizante, represivo, predeterminado y excluyente que tenía que “encajar sus piezas a toda costa” (p. 17).

Desde esta perspectiva, una cosa siempre será la ciudad que nos quieren vender (instrucción, publicidad) y otra cosa es la que desearíamos entender sin anuncios y sin que nos cuenten milongas. Esta concepción holística de sustrato material no habría de estar reñida, sin embargo, con la deconstrucción objetual de los propios componentes del sistema (precisamente las “piezas” a las que hace referencia el mismo Monteverde), pero hablamos de una urbe en clave resabiada que nos mantiene a raya y que muchas veces está sujeta a los mecanismos de la narración tradicional, en ocasiones insensible, aunque como usted puede colegir, yo estoy utilizando algunos de sus rudimentos en la confección de este texto, lo que puede resultar hasta una hermosa paradoja.

Tarancón (Cuenca).

En referencia a las relaciones causa/efecto, el filósofo Friedrich Nietzsche afirmaba con demasiada lucidez que describíamos mejor, pero explicábamos igual de mal que todos aquellos que nos habían precedido (p. 175, La gaya ciencia, Edaf). En este contexto, la polémica noción de “postpoesía”, que tanto he gestionado ya en mis escritos y que parece dar a priori la misma relevancia a una señal de tráfico sobre un par de árboles que a un poema de, por ejemplo, Antonio Machado, abre un abanico de posibilidades lingüísticas enormes y permite la democratización de ese ejercicio interpretativo (y la mejora en el uso del lenguaje).

Jugar a ser poeta (o a no serlo) puede perturbar a los gurús de la poesía en un momento dado, pero todos tenemos derecho a poder escribir o representar lo que nos dé la gana sin necesidad de intermediarios. El propio y grandioso acontecimiento de guardar silencio incluso, frente a un local urbano abandonado por ejemplo, además de ser un ejercicio de introspección muy inteligente, es un derroche de todo este tinglado que se ha tenido a bien llamar “psicopostpoético” y/o “performativo”.

Madrid.

Esta psicopostpoesía no deja de ser lenguaje y no deja de ser, en su caso, pura poesía no recitada. Como ya mencioné en mi ensayo Extrarradios […] (El urbano, agosto de 2021) el propio Agustín Fernández Mallo, autor del célebre Postpoesía (Anagrama, 2009), escribía que no decíamos “que un poema no deba poderse declamar, sino que no sea la declamación la prueba última para que un poema entre en las zonas de legitimación” (p. 85). Por lo tanto, si nos atenemos a esos espacios densos de esa realidad ‘tirando a’ 1984 que nos rodea, su interpretación no debería ser la prueba última para que cualquier lugar (una urbanización de pensamiento único llegaría a tiempo de ello) no entrase en esas áreas “de legitimación” que preconceptualiza muy bien el físico coruñés.

Sobre este lecho inestable en el que reposan esos canales enfermos, Monteverde defendía la cercanía de las cosas para la implementación de la experiencia poética, que era “ella misma existencia agotándose en su soberanía” (p. 36), que se podía dar en cualquier lugar y de muchos modos distintos -sobre todo a través del juego- en aras de una meritoria emancipación (me viene a la cabeza de nuevo el impagable método Queneau en su muy recomendable Ejercicios de estilo, de 1987, de sorprendente utilidad didáctica).

Londres.

En este caso, sin embargo, Julio Monteverde había optado por la liberación a través de una microescala, mediante la subversión de uno de esos componentes o pequeños mundos en los que parece redimirse esa realidad que no atinamos a discernir. De cualquier forma, el vacío que deja la pérdida de perspectiva de uno mismo es atiborrado automáticamente por los mecanismos obsesivos que retratan los aspectos fundamentales de la propia muerte real de las cosas (y representada), una muestra fehaciente de que se ha muerto en vida, en el medio ambiente de una poesía que se encuentra “exhausta” (Monteverde, p. 63).

Dentro de todo este subconjunto de inconvenientes entre emisor y receptor, se hace necesaria una breve referencia al concepto de eutrofización ya planteado, que en líneas generales no es otra cosa que la abundancia anómala de nutrientes en un ecosistema acuático. Sin embargo, en nuestros contextos orgánicos tan próximos hay muchos dispositivos eutrofizados por interpretar y por descifrar, que quedan al amparo de todos esos condicionantes antes descritos. De esta forma, nuestra ciudad podría parecer una entidad muy ajena a sus propios moradores (la ciudad intrusa). A través en consecuencia del trinomio poesía/lenguaje escrito (o no verbal)/silencio podríamos cambiar las cosas desde dentro: “no por callar se conoce el silencio, de la misma forma que no por hablar se pronuncia la palabra”, defiende la filósofa Chantal Maillard (4) ¿No resulta todo ello realmente poético?

Madrid.

Sobre la muerte del lenguaje urbano

El filósofo y ensayista José Luis Pardo (5) afirmaba que “el lenguaje no es sólo un instrumento a nuestro servicio con el cual podemos decir lo que queremos decir, sino que más bien es una red que nos señala lo que podemos –y también lo que no podemos- decir” (p. 15). Decía Pardo que parecía que había siempre algo más de lo que podíamos expresar y que teníamos que hacer lo posible por evadirnos de esa “prisión lógica” (p. 22)

Fernández Gonzalo es doctor en Filología Hispánica. En su excelente Filosofía zombi (6) decía que el zombi representaba “un autómata” que nos provoca el horror “porque él vive la muerte […]. El zombi [explicaba] ha conseguido apropiarse de su propia muerte y prolongarla en el tiempo como acontecimiento”. Y por supuesto que al hilo de este testimonio tan contundente, voy a mencionar también al ínclito Wittgenstein (en realidad habría que hacerlo en cualquier texto que trate de cualquier cosa, sin ánimo de repetir tanto cliché) (7), que especificaba que los límites del lenguaje significaban los límites del propio mundo del que opera con ese lenguaje. De esta forma, no podríamos pensar lo que no podemos pensar y tampoco podríamos decir lo que somos incapaces de pensar. Ya no hay lenguaje, en cambio ha quedado todo reducido al discurso, afirmaba el propio Monteverde (p. 43).

Múnich.

Sabemos que la recta de los números reales es densa y que da la sensación de que esa coyuntura es uno de los condicionantes matemáticos de esta aproximación que-nunca-llega al objeto, en el ámbito de esa dialéctica perpetua entre lo que es y lo que parece ser. ¿Hablamos en consecuencia una lengua muerta? ¿Nos estamos refiriendo al deceso del propio lenguaje?

Cuando Umberto Eco (8) desglosaba las que él consideraba líneas fundamentales del “mensaje poético” (pp. 108-113), diseñaba una inteligente y a la vez inquietante identificación del propio “lector” o receptor, que venía a ser un “criptoanalista” que se veía obligado a descodificar no sólo ese mensaje, sino también el contexto de esa propia información. Argumentaba Eco que ese lector estaba tan comprometido y tensionado en esa (ardua) tarea, que su atención se desplazaba “de los significados a los que podía remitirle el mensaje, a la estructura misma de los significantes”, un mensaje [afirmaba] “ambiguo porque se propone a sí mismo como objeto principal de la atención”. Sin embargo, apuntaba el semiólogo, a larga “el mensaje poético encuentra al receptor de tal modo preparado (sea porque lo ha experimentado ya muchas veces, sea porque en el ámbito cultural en el que vive millares de divulgaciones y comentarios se lo han hecho familiar), que la ambigüedad del mensaje no lo sorprende”. Con todo, al final, resume Eco, ese lector optaba por la interpretación corriente y el mensaje perdía así “su carga de información. Los estilemas de la obra en cuestión se han se han consumido”.

En esta controversia lingüística de ese vacío enunciativo aparente y espacial del dentro/fuera, una hipotética muerte del propio lenguaje (o al menos un coma inducido) nos podría llevar incluso a la falacia de una lectura fatalista de esta irrealidad poliédrica tan cercana, tan eutrófica y tan inaprehensible a la vez.

La retórica del autocuestionamiento permanente, de cuya familia reconozco que formo parte, induce a esa obsesión en describir la propia muerte (de las cosas) cuando no sabemos de lo que en realidad trata, cuando parece que está fuera de ese concepto tan groseramente estereotipado que llamamos “vida”. A este respecto, tanto en el icónico Nocilla Dream (Candaya, pp. 129-130) como en el mencionado Postpoesía, Fernández Mallo retrataba la “experiencia reveladora” de Tony Smith, el ideólogo del Land Art, poco después de un viaje a través de los espacios en construcción en el extrarradio de Nueva York. A partir de ese momento, escribía el físico, Smith cambió sus puntos de vista acerca del arte. Hablaremos sobre esta actitud.

Cuenca.

El matemático y filósofo Alfred Tarski (1901-1983) era de la opinión de que el lenguaje habría de ser analizado desde fuera. Entonces, por extensión y dadas todas estas premisas de base, ¿en qué medida cambiaría el sentido metaproposicional con el desarrollo e interiorización de una comunicación lúdica en aras de aniquilar ese miedo a la muerte, al zombi que llevamos dentro y a la propia transmisión de ideas?

Lo de Smith podría parecer una tontería, pero no lo es. Fernández Gonzalo se preguntaba qué rol habría de jugar ese zombi en una sociedad como la nuestra “animada por una falta de relación con sus vecinos pero perfectamente mediatizada”, que es capaz de saber lo que ocurre en otras partes del mundo de forma automática, “pero no a quien está más cerca de uno”. “El no-muerto es la personificación apocalíptica de lo desconocido hecho hombre, del hombre hecho amenaza para sí mismo”, sentenciaba el autor (p. 194), ahogados como estamos en un hábitat de crisis permanente, donde el miedo ha virado hacia lo ya puramente conocido.

Buenache (Cuenca).

Lenguaje performativo vs. Muerte del lenguaje

“Sufro del performativo [escribía Paul B. Preciado].Me avergüenzo de mi escritura. Me avergüenzo del ajuste entre mi vida y la escritura. Me avergüenzo de la distancia entre la vida y la escritura. Frente al lenguaje, soy vulnerable” (9). A mí no sólo me encanta buena parte de lo que él dice (ya sea en una macro o nanoescala), sino que también tengo la extraña sensación de que incluso yo puedo llegar a ser la principal amenaza para mí mismo, por lo que se podría inferir una postcerteza de que existe el miedo a uno mismo no declarado.

Y cuando me refiero a la superación del lenguaje binario que Preciado tanto detesta, me refiero a la posibilidad de establecer algo a medio camino entre los números 0 y 1 en esa densidad per se de los números reales, que adquieren el rango de aplastante metáfora por el mero hecho de la praxis semiótica. El lenguaje plástico, por ejemplo, permitiría superar ese binarismo de manual mediatizado por el fabuloso lenguaje matemático (que da y quita con delectación): recuerdo las palabras del pintor y catedrático José María Albareda, cuando me decía que le encantaba que yo hablara del blanco y negro como colores. Él lo tenía claro (“de hecho pinto con ellos”). A él –me comentaba- le costaba siempre trabajo convencer a la gente de su presencia e importancia en nuestra vida como colores y no como parte de un espectro (tratando en definitiva de superar aquellos prejuicios seminales, sirviéndose incluso de ese propio binarismo zombi).

Madrid.

En un tremendo artículo titulado Ciencia, Matemáticas y Poesía (10) -uno de estos textos con los que te alegras de haberte conocido- Pedro Poitevin, matemático y poeta, hablaba sobre los puntos de contacto entre las ciencias y la poesía (lo que en este blog venimos conceptualizando también como “extrarradios de extrema pureza”). El ensayo de Poitevin da para muchas reseñas y es punto de partida para otras cosas más. El autor destaca la “antipoesía” de Nicanor Parra y de Elias Petropoulos (en base a la “intuición de la oposición entre materia y antimateria” que, según la física de partículas, provoca “la aniquilación de ambas”), la obra de Juan Almela (inspirada en la Química), los escritos del Anthony Etherin y la –desde mi punto de vista- inefable obra del matemático y poeta Christian Bök (estos tres últimos autores, dice Poitevin, desarrollan “esquemas formales” de alto grado de compenetración con la ciencia o la matemática). Y por supuesto que se cita en esa relación al propio Agustín Fernández Mallo.

Aún no sé cómo calificar la performance de Bök (Xenotest, 2015), quizás esté en otro canal distinto al que estamos acostumbrados, a lo mejor está en otra galaxia del “mensaje poético” que tan bien ha definido Eco. Es compleja, irreverente, alucinante. Es difícil de digerir. Dice Poitevin que la idea del canadiense era “crear un poema, cifrado en ADN, que se reproduciría dentro de la imperecedera bacteria Dienococcus radiodurans hasta posiblemente después de la desaparición de la civilización humana. El proceso es el siguiente: primero Bök introduce ADN con su poema cifrado en una bacteria; la célula responde transcribiendo el ADN introducido a ARN. El ARN puede ser descodificado utilizando una cifra diseñada por Bök, y la idea es que la respuesta de la célula sea también un poema  (Vaidyanathan 2017)”.

Tarancón (Cuenca).

En relación a este en cualquier caso superperformativo manifiesto (o a este manifiesto de la superperformatividad), Fernández Gonzalo, esta vez en la no menos buena Guía perversa del viajero en el tiempo, hablaba de la necesidad perentoria de construir narraciones “simbólico-ficcionales” [yo creo que la propuesta de Bök lo es al fin y al cabo] para combatir la perturbación de Lo Real y para sacarlo a la luz (de las tinieblas de nuestro contexto cotidiano) (p. 30).

El propio filósofo explicaba que “los enunciados performativos, según rezan las teorías de J. L. Austin (2004), no se limitan a la caracterización de un fenómeno, a su mera descripción verbal (llueve, hace frío, dos más dos son cuatro, etc.), sino que irrumpen en la realidad transformándola sustancialmente. Aquellos enunciados que ofrecen algún tipo de compromiso (<<yo prometo…>>, <<yo juro>>) o que aseguran la factualidad de un hecho dentro de un contexto institucional específico (<<yo te bautizo>>, <<yo te declaro culpable>>, etc.) revelan nuestra intervención verbal como un acto con consecuencias reales dentro del mundo fenoménico. (p. 129).

Navacerrada (Madrid).

En Análisis del discurso (11) se explica que los enunciados performativos “no tienen valor de verdad” y que se utilizan asimismo “más para hacer que para decir” (p. 61), con referencia (obligada) al propio Austin como uno de los demiurgos de esta sugestiva conceptualización del decir/hacer (p. 175). Los autores de Análisis […] hablan también de interacción no verbal, de representación (la oración “Afirmo que Breton fue el sumo pontífice del surrealismo” es uno de los ejemplos citados). De igual forma, se hace referencia al mismo Wittgenstein, del que comentan que “aboga en sus últimas obras en favor del <<lenguaje ordinaro>> y en contra de las pretensiones de un formalimo a ultranza” y que “hace hincapié en la obra de <<jugar>> como actividad ciertamente regulada, pero también creadora de normas” (pp. 172-173).

Esa performatividad habría de guardar necesariamente una estrecha correspondencia con la “poesía fenomenológica” defendida por Maillard, cuyos cimientos quedarían establecidos por el gesto, el instante y la inmediatez, que al mismo tiempo deberían guiar al ser humano al descubrimiento de sus propios límites (pp. 220-224). Aquí entraría en juego por supuesto esa “imagen pública” que debería proyectar el individuo performante como muestra palpable de la comunicación no verbal (Manuel DeLanda, Teoría del ensamblaje).

Estructura matemática, más Wittgenstein y “bares raros” otra vez

“Una primera consecuencia que podemos inferir de la existencia de una competencia textual [se afirma en ese interesantísimo Análisis del discurso]  es la capacidad de captar (o atribuir) la coherencia de los textos independientemente de su forma lingúistica (…), y ello redunda en la idea de la experiencia como condicionante, que el propio Eco considera como un tipo de “hipercodificación” (pp. 20-21).

De esta forma, la presencia de ese subconjunto de costumbres/código, del contexto a veces inasequible y por supuesto del ludismo y de la posibilidad de implementar este tipo de actitudes performativas, nos podría llevar a reconsiderar/alterar los postulados-no definidos de Lo Real. En esta biosfera, parece encontrarse la filósofa Maillard, que reitera la necesidad de ese procedimiento lúdico (y basado en el silencio) en un proceso que ella denomina de construcción (no de interpretación –lo subrayaba-). “¿Qué realidad social pueden establecer unos individuos que no se han detenido a escuchar su propio ser haciéndose?” (p. 103) “¿Describir significa explicar? ¿Está contenida la explicación en una definición?”, (p. 186).

Cuenca.

El texto tiene su marco (12), pero el lector tiene la posibilidad de cambiarlo: “el lector puede leer el Telediario como un western. Y aún más, a través del enmarcar en términos de western lo que en otro nivel (no metacomunicativo) sería un conjunto mosaico de noticias (y entrevistas) diversas, puede asignarle incluso una coherencia (los elementos dispersos se interrelacionarían en un sistema definido por el marco). Esta operación de cambios de marco, de lecturas <<aberrantes>>), nos remite una vez más al lector” (p. 28).

Dentro de una presunta (y asumida) fatalidad, la figura del sujeto (paciente) parece desconocer e incluso ignorar esa súper capacidad transformadora de la que puede hacer gala en un medio ambiente hostil de crisis permanente (pasaría entonces a ser un sujeto plenamente activo), que ha quedado configurado en su eje axial a través del bombardeo de los medios de comunicación de masas, cuyo proceso de demolición de los demás es definido en modo obra de arte por el propio Eco: “los mass media se dirigen a un público que no tiene conciencia de sí mismo como grupo social caracterizado; el público pues, no puede manifestar exigencia ante la cultura de masas, sino que debe sufrir sus proposiciones sin saber que las soporta. Dan pues al público únicamente lo que desea o, peor aún, siguiendo las leyes de una economía fundada en el consumo y sostenida por la acción persuasiva de la publicidad, sugieren al público lo que debe desear” (p. 57).

Cuenca.

Escribía Poitevin que la “autorreferencia en la poesía puede aparecer de forma explícita o sutil, pero a menudo está ahí […] en la experiencia de su lectura. Quizá sea esta la razón de la atracción que algunos matemáticos sienten por la poesía”, teniendo en cuenta “el hecho de que la arquitectura de la poesía ofrezca la posibilidad de relaciones (rimas, resonancias, proximidades conceptuales, paralelismos) entre los distintos niveles de la construcción del poema”, en el contexto de una estructura de conjuntos (líneas, sílabas, metáforas, imágenes, letras, relaciones “no triviales” entre elementos, etc.). Ello coquetea a plena luz del dia con las ideas ya planteadas por Markus Gabriel (los ámbitos objetuales de Por qué el mundo no existe) y ensamblajes (el propio DeLanda), que traen consigo la noción de eutrofización sistémica que ya planteé con anterioridad.

Por lo tanto, a través de estos mecanismos del juego proposicional -y fuera de esta vorágine del delito a gran escala-, dispositivos que habrían de hallarse en los eslabones de todos estos claroscuros hibridados conceptuales y enunciativos, podremos desarrollar una nueva sensibilidad hacia los elementos y, sobre todo, podremos darnos cuenta de que podemos desarrollar esa sensibilidad hacia esas cosas que nos rodean, en las que la performatividad habría de jugar un papel icónico y relevante (con el silencio y el mute como unos de los pilares de todas esas historias).

Madrid.

Wittgenstein afirmaba en tan simbólico –y clínico- aforismo que de lo que no se podía hablar era mejor callarse. En opinión de DeLanda, tendríamos que mantener separados los conceptos de lo significado por las palabras y de lo significativo de estas. Una frase que no tiene significado es absurda, pero una frase que no es significativa es trivial” (p. 76). ¿Acaso lo es “irse de bares raros”?, me pregunto.

En consecuencia, estamos invitados al teatro de un lenguaje como trasunto de una realidad de pequeños eslabones, frente a la percepción que tenemos de ese mismo lenguaje (la realidad que construimos de eso al fin y al cabo, como es obvio). A través de los bares raros o de cualquier otra realidad (o de Smith) construimos enunciados y nos servimos de un lenguaje-objeto para elaborar metalenguaje, que es a la vez lenguaje-objeto para el lector/receptor, en una portentosa (y fractal) hibridación de escalas, que sería muy del gusto por cierto del antropólogo Bruno Latour (13).

“La poesía postpoética habla más bien de la naturaleza de las metáforas que sirven de soporte al poema, y no de los medios técnicos con los que este es abordado (que también)” asegura Fernández Mallo, (pp. 31-32.). Si asumimos la ciudad como entidad orgánica, ¿por qué no utilizar un sistema de comunicación, digamos, orgánico, psicosomático? El mismo Fernández Mallo afirmaba no sin cierta ironía y siempre con soberana prudencia que “para escribir como en el siglo XX siempre estaremos a tiempo”.

NOTAS:

(1) Gödel, Escher, Shakespeare y Wittgenstein ¿Qué los une? Jesús López1* y Silvia García2 1 Centro de Estudios del Desarrollo-Universidad Central de Venezuela, Caracas, Venezuela. 2 Indiana University, Bloomington, Indiana, United States of America. *Autor para correspondência. https://www.researchgate.net/publication/270086838_Godel_Escher_Shakespeare_y_Wittgenstein_Que_los_une

(2) “El rechazo de la narratividad o de la certeza semántica. ROSA MARÍA BERBEL GARCÍA. LAS FRONTERAS DEL GÉNERO: INTERMEDIALIDAD Y PERFORMATIVIDAD EN LA POESÍA DE LOLA NIETO.

(3) DELANDA, Manuel (2021): Teoría de los ensamblajes y complejidad social. Tinta Limón. Buenos Aires.

(4) MAILLARD, Chantal (2021): La razón estética. Galaxia Gutenberg.

(5) PARDO, José Luis (2001): Estructuralismo y ciencias humanas. Alak. Colmenar Viejo (Madrid).

(6) FERNÁNDEZ GONZALO, Jorge (2011): Filosofía zombi. Barcelona, Anagrama.

(7) WITTGENSTEIN, Ludwig (2012): Tractatus lógico-philosoficus. Alianza Editorial, Madrid.

(8) ECO, Umberto (2001): Apocalípticos e integrados. Ed. Limón, Tusquets Editores. Barcelona.

(9) PRECIADO, Paul B. (2019): Un apartamento en Urano: crónicas del cruce. Anagrama. Barcelona, p. 123.

(10) Pedro Poitevin. Ciencia, matemáticas y poesía. Figuras revista. Salem State University https://orcid.org/0000-0003-0657-1528. https://revistafiguras.acatlan.unam.mx/index.php/figuras/article/view/116

(11) LOZANO, Jorge; PEÑA-MARÍN, Cristina y ABRIL, Gonzalo (1999): Análisis del discurso. Hacia una semiótica de la interacción textual. Cátedra. Madrid.

(12) VV.AA (1999): Análisis del discurso…

(13) LATOUR, Bruno (2007): Nunca fuimos modernos. Siglo XXI Editores. Argentina.

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