UN SPAM DE TARDE NOCHE Y EL JINETE SUPERSÓNICO. FERNANDO SÁNCHEZ

Imagen de portada: Rostock (acrílico sobre lienzo, Fernando Sánchez, 2009).

Hace varios años, el pasajero Henk volaba de Madrid a San Juan de Puerto Rico, constreñido y desdibujado en un enjambre de mantas y de asientos de color azul. En un momento dado, una agradable azafata de aerolíneas Air Europa se le acercó y le dio un plato para el jale. “¿Qué desean, pollo o pasta?”, preguntó.

“Pollo”, contestó el hombre, que viajaba con su esposa. “Retire el pan, por favor”, ordenó la azafata. Henk la miró un poco de reojo y se quedó como pensativo, en medio del andamiaje transoceánico.

Al cabo de unos segundos, la mujer insistió: “¡retire el pan, por favor!”. El passenger, aturdidísimo ya, la volvió a observar, pero daba la sensación de que le habían dado un poco al mute. Poco después, la empleada del avión se lo volvió a repetir, eso sí, un poquito más en hosca, más en destemplada. “¡Huy!”, dijo él, y lo retiró (hasta el desatascado, el tipo había asumido que lo que había en el plato no era el pan, sino una patata cocida). Ahora, sustituya usted Henk por Fernando Sánchez, y escuche de fondo el “La, la/la, la/la, la, la, la” de Iggy Pop (The passenger).

El legítimo arte de escrutar el pan nuestro de cada día en forma de procelosos gazpachos de letras y con todos mis respetos a todo aquel o a toda aquella que desarrolle el papel de azafata prudente y doliente a mi alrededor, me hace ser cada vez más consciente de la trascendencia del previo de cualquier performance o cohabitación con cualquier complemento circunstancial. El destierro de la displicencia se antoja como espacio sustrato, impregnado de un honesto afán de autocrítica y de muchas ganas desde la vesícula de conseguir alguna sonrisa de una parte del personal, sobre todo de los/las que quieren que les saque esa sonrisa y se muestran predispuestos hacia ello desde el origen de los tiempos.

La performance en la que me sentí protagonista y que disfruté e interioricé en muy alto grado (nada que ver con verbos como ver, contemplar, visitar, etc.) recibía el curioso encabezamiento de No me hizo Joan Brossa y se implementó en la iglesia de San Andrés (Cuenca). A través de unos objetos móviles sobre una plataforma fija, los autores (el dúo de artistas sonoros Cabosanroque) desarrollan un concepto que puede y debe ser interpretado por la concurrencia de la forma que desee, a las afueras de los (corto)circuitos me siento y me como lo que me dan de comer, como en los aviones.

No me hizo Joan Brossa (Cabosanroque, enero de 2022, iglesia de San Andrés, Cuenca). Elaboración propia.

Sin embargo, en el prospecto de ese ofrecimiento tan refrigerante, quedaban incluidos asimismo el aparcar en cinemascope, la escasa o nula distancia del aparcamiento a la iglesia, un potente anticiclón de invierno y, en especial, nadie en la puerta ni por supuesto dentro del recinto. Es un planteamiento ultrainductivo. La predisposición, como puede colegirse, no fue la misma que si hubiese pisado antes una mierda de perro, por ejemplo, porque ya estaría dando vueltas al perro y a su dueño o a su dueña. O a la perra.

A la hora de hablar de muchas cosas a la vez, es recomendable hacer al menos un par de reverencias al extraordinario e irrepetible capítulo del cómic de culto Cowboy Henk (creado en 1981) que lleva por título “Los regaladores de caballos” (1). Mediante una sencillísima y personalísima utilización del ancho, del largo y del alto, sus autores Kamagurka y Seele se las han arreglado para concebir espacios allende la realidad y la ficción. Sin embargo, tomando como punto de partida esa perspectiva tan queer (que es la que intento desarrollar con mayor o menor éxito, y que por supuesto nunca se aproximará al nivel Dios de esa idea tan perspicaz), me pasa como al solista de Depeche Mode, el ilustre y atribulado David Gahan que, entrevistado en La Vanguardia, decía que padecía el Síndrome del impostor (léase la última frase de mi artículo Metropolis).

Así, cuando ha transcurrido un áspero quinquenio gramatical desde la autoedición de mi libro Tú me has preguntado y no te he dicho nada (2016) -del cual hay una reseña en este blog, reseña que es terapia de largo alcance-, aún sigo dando vueltas básicamente a lo mismo. Yo no me encontraba demasiado bien (suena a excusa ¿a qué sí?) y escribí una novela que ya no me gusta en absoluto, pleno al 15 de vacuas pretensiones, con multitud de absurdas (¿?) referencias a la mierda –cuando la verdad es que la hay a todas horas y por todas partes-.

Ni siquiera me ha gustado escribir novelas. Si yo le cuento a usted que hace muchos años, Henk y unos compañeros de carrera buscaban en la madrugada de Estambul una tienda para comprar alcohol, que se toparon con un policía que invitó al propio Henk a entrar en una comisaría que estaba en esa misma calle, que en aquel recinto lóbrego y austero conoció a otros cinco policías más, que uno de ellos le puso al teléfono con otra persona, que esa persona le indicó dónde estaba ese lugar y que Henk se despidió cortésmente de todos ellos y que el policía de la entrada le acompañó más feliz que unas Pascuas a la puerta, ¿hace falta realmente una novela para contar toda esa sucesión de acontecimientos que nos remite indefectiblemente a la excepcional –y al parecer, inexacta- El expreso de medianoche?.

A lo que voy: ¿cabe la posibilidad de que haya algo que no sea realidad o ficción o que no sea ni realidad ni ficción definitivamente? Si obviamos Tú me has preguntado y hacemos caso a la propuesta de Kama y Seele, Cowboy Henk es una movida que se halla en la bisectriz del surrealismo realista y del realismo surrealista, bastante más allá en cualquier caso de la lumpentransgresión. No obstante, quisiera entender más cosas de él, pero quien quiera comprender las líneas maestras de El urbano, debe leer “Los regaladores de caballos”, un manual de folclosofía que descompone la realidad en factores primos y los vuelve a reunir con extrema integridad fuera del ancho, largo y alto de toda la vida.

Cowboy Henk, Autsaider Cómics. Tebeosfera.

Soy un escritor afincado en San Ciclotímico de Abajo –lo sé, no pasa nada-, que vive obsesionado por la exégesis de los límites entre esa realidad y aquella ficción, lo que implica asimismo infligirse a-sí-mismo esa especie en extinción que es el autocastigo, en el maravilloso teatro del cartón piedra que intentan meternos por la patilla. A veces, me encantaría que nadie me entendiera, pero trabajo todos los días (lectivos) para que se me comprenda, por lo que no tengo remedio. Hay algunas personas que dicen estar muy seguras de que veo más allá de las cosas, pero lo que yo creo en realidad es que son las propias cosas las que se acercan a mí con mayor o menor cautela, como Cowboy Henk, un manual de inteligencia vs. Síndrome del impostor. También comento que los turcos –al menos, los que yo conocí- son gente estupenda de verdad. A veces, me marco un Willard por la selva, con resultados bastante inciertos.

“¡Queremos detalles!”, exigía el iracundo conejo Pompón a los perros Max y Duque en la maravillosa Secret life of pets, como en hilo musical en hogar durante las pasadas navidades. Por eso y de cara a mis lectores/as, me veo en la sanísima obligación de recurrir y retornar a la inefable prosa poética de Pablo Gonz, todo un detalle en abundancia, que deja caer lo siguiente como el/la que ve llover por la ventana:

“Un una hombre mujer entró estaba en en un un bar bar y y vio vio sentada llegar a a una un mujer hombre muy muy hermosa atractivo. Se Ella acercó pestañeó a con ella gracia,, la le miró miró a a los los ojos labios y y se se besaron de una forma inaudita.” (“El el beso beso”, p. 31, en La saliva del tigre) (2).

Gonz escribe de maravilla (no se pierda, por favor, el detalle de las dos comas) y esto se lo quiero enseñar a usted y de verdad que me encanta mostrar el grueso de ese tinglado como un escenario postlingüístico que nos conduce por las buenas a la periferia de los hechos mismos, aunque sólo sea un poquito. Es una relectura de nuestro entorno, en definitiva, que hubiese hecho por supuesto las delicias del filósofo Richard Rorty (1931-2007), hablamos de un denostado lirismo de la ética que tiene como punto de partida el propio lenguaje, sujeto como es obvio a múltiples matices y en oposición al ensimismamiento de la propia prestación filosofal.

Cartel en la estación del tren regional de Cuenca. Elaboración propia.

La referencia a la necesidad de la puesta en marcha de ese juego lingüístico no es ni mucho menos nueva en El urbano (ver “Eutrofización, performatividad y metalenguaje”). El lenguaje es un procedimiento habitual que permite llegar a donde no llega el propio lenguaje – el lenguaje, como en “El el beso beso”, es una indecente paradoja que nos remite indefectiblemente a nuestras propias y deliciosas circunstancias-.

Y retornando a la infalibilidad del antecedente (¿qué les parece “RetorNando”?), reconozco que todo lo que existe entre la entrada del aeropuerto (a) y la salida del aeropuerto (b) es un verdadero calvario para la mi ya de por sí vulnerable existencia, pero me sentía como Cowboy Henk en aquel avión, pendiente del siguiente gag entre la filigrana conceptual y la erudición metafísica. Y al rato, las azafatas de Air Europa del vuelo Madrid-San Juan de Puerto Rico volvieron con la merienda.

La esposa de Henk preguntó la hora. “Las 10 menos 5, hora española”, respondió una de ellas. “¿A qué hora llegamos?”, volvió a preguntar él. “A las 12 y cuarto, hora española”, comentó la señorita del pan, esta vez más relajada. Y el cowboy de la panificadora correspondió con otra sonrisa un poco más específica, entre la penitencia y la decencia preceptiva, pero cuando mostró al resto del mundo sus horribles piños, pronto se coscó de que los tenía impregnados de virutas de pastel de manzana y de trozos de pollo al curry y, por lo tanto, de que estaban llenos de mierda.

NOTAS:

(1) Cowboy Henk es un cómic de los autores Herr Seele y Kamagurka, creado en 1981. He trabajado con la edición de Autsaider Cómics.

(2) GONZ, Pablo (2010): La saliva del tigre, 20:13 Editores.

Si lo desea, puede leer una reseña sobre La saliva del tigre en El urbano/Fonollosa (reseñas): https://elurbano.org/2021/03/02/gonz-en-el-limite-borde-extrarradio-antologia-del-nanorrelato-metaurbano-fernando-sanchez/

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