MANOTERAS. FERNANDO SÁNCHEZ

De alguna forma, este artículo precisa (y procesa) algunas de las ideas que ya publiqué en El urbano, en el texto titulado Eutrofización, performatividad y metalenguaje. Es un premio a la constancia que yo tengo el gusto de concederme, a pesar de que a veces me entren las ganas de dejar de escribir de todo esto y de importunar a la banda. Perdonen la molestia, pues, pero el medio ambiente de este nodo de Manoteras es tan piranesiano y goza de tanta autonomía conceptual, que la ocasión está que ni pintada para acometer otra pequeña interpretación (atonal) de la vida misma.

Me encontraba en el campo de fútbol del Club Deportivo Spartac de Manoteras (Madrid). Apenas habré estado allí dos o tres veces, no lo recuerdo bien. No me gusta el fútbol, pero me encanta mi sobrino, así que me iba a verle jugar y, mientras, me daba tiempo a dejarme llevar por el espacio tan arrollador que hoy comparto con usted. Miraba así como un poco de reojo a la cosa, atraído por las circunstancias, y extraía conclusiones, que ahora le ofrezco algo más de un año después de aquel encuentro.

Hay un campo de fútbol entonces y unas viviendas de carácter eminentemente social que lindan de tal manera con el terreno de juego, que parece que forman parte de ese terrazgo tan evolutivo. Ambos conjuntos están separados por una valla de gran altura, que protege de las inclemencias del juego (balonazos, elementos de origen indeterminado y tal). Sin embargo, la franja que se halla entre la pared de color blanco y la valla/césped es un fenómeno de la renovación urbana, un espacio al que meter mano definitivamente. Esa tapia metálica y las paredes descritas han creado una antimateria espacial, que ha dado lugar a su vez a una antimateria lingüística, pero ellas aún no lo saben.

“Es difícil reducir todo el cosmos a un gran relato, la física de las partículas subatómicas a un texto, todas las estructuras sociales a un discurso […]. El único medio de escapar a las trampas simétricas de la naturalización y la sociologización consiste en conceder al lenguaje su autonomía. ¿Cómo desplegar sin ella ese espacio intermedio entre las naturalezas y las sociedades para acoger en ella los cuasi-objetos, cuasi-sujetos?”, se preguntaba Bruno Latour (Nunca fuimos modernos, p. 98). En efecto, las cosas no son como son, las cosas son un llegar a ser. Si nos damos un baño relajante en el spa de lo hibridado, en el campo del Spartac se producen más cosas alrededor de un balón de las que llegamos a comprender. De igual forma que el cielo no es azul, y que el azul es un pigmento difícil de encontrar en la naturaleza. Pero el “azul” del cielo es tan urbano o debería ser tan sumamente ciudadano, que se desayuna lo demás como una tuneladora. En la imagen, verde, blanco y azul, que transmiten armonía, espiritualidad y perfección (¿?), colonizan nuestra almendra y nosotros a lo mejor aún no lo sabemos.

Después de una radiografía del tórax de este complejo, existen hallazgos geométricos muy significativos, una sucesión de rectas en el espacio, un cubo de Escher hecho niño en Manoteras. No se trata –créame- de un lugar hermético, los que parecen cerrados en esencia son el campo de fútbol (a/a la futbolista y al público no les importan las incidencias del interior de las viviendas) y los bloques (a las personas que se echan la siesta o ven Sálvame Naranja o Deprisa, Deprisa no les preocupa si fulanito o menganita están en fuera de juego).

Por eso, da la sensación de que esa franja que ya he mencionado es la más abierta de todas y permite y pide a gritos un análisis, digamos, adimensional, en esta sucesión de segmentos de la propia vida. Aun así, la recta no es sinónimo de nada, aunque se le pueda colocar el cartel de “perro peligroso”. Pérez Andújar (Diccionario enciclopédico de la vieja escuela, p. 340) decía que “El nuevo hombre libre es como Alfredo Landa en fin de semana: no tiene plan. ¿De qué ha servido calcular tanto el área del polígono? No hay nada que averiguar porque todo está roto […]. Qué ingenuidad buscar el número de lados si no hay otro que el lado salvaje”.

¿Cómo definir, pues, ese híbrido de Manoteras? Lo importante de la recta es todo lo que hay fuera de esa línea recta, esos eriales tan proteicos. De ahí el derecho a la vulnerabilidad porque todo está roto.  A ver si ahora resulta que a la intemperie es como mejor se está, en el exterior de esa línea de puntos, en ese espacio tan interesante que ha sido determinado por dos bloques aparentemente intrascendentes. Relacionarte con lo demás es lo más cívico del mundo porque sólo hay que aparentar con el terreno, al que tú realmente le importas un bledo. El espacio en sí se retrolimenta (retroespacio) y agranda las posibilidades de coexistencia con la cosa y, sobre todo, le permite a uno coexistir consigo mismo. En definitiva, nos encontraríamos ante un flagrante caso de rizoma/alien, cuando parásito y hospedante se confunden, pero eso aún no se sabe.

Si no somos capaces de definir ese lugar tan específico o de concretarlo mismamente, estaríamos hablando de esa antimarteria lingüística, consustancial a esa autonomía/llegar a ser de la vida misma. Hay, en consecuencia, un híbrido entre los muchachos que juegan a lo suyo y una lavadora puesta, por ejemplo. O entre el técnico que arregla esa lavadora, mientras el propietario de ese quely echa un vistazo a este artículo en su ordenador. Ese aparente oxímoron determina ese (no) espacio y esa (no) literatura, que abren otras puertas y que son pura y densa eutrofización, a pesar de todas estas tentativas más o menos infructuosas de interpretación de mi propia ciudad. Influían, yo qué sé, las ganas de salir de un recinto amurallado, de volar como un pájaro.

Las niñas y los niños juegan y la gente vive en sus casas, que no llegan a ser palcos (qué maravillosa perífrasis verbal “llegar a ser”, ¿eh?), sino complementos agentes de toda esta actividad subatómica por decreto. En el fragor del combate hay tiempo para la reflexión, que a su vez me permite meterme en el 2 a 3, por ejemplo. Imagino que ganarían o perderían (el empate no es rizomático), pero a mi sobrino le vi feliz. Lo importante es “no quedarse en fuera de juego”. Y perdón por las faltas al borde del área y por el topicazo insoportable, llevaba más de un año dándole vueltas.

Enlace al artículo Eutrofización, performatividad y metalenguaje: https://elurbano.org/2021/12/04/eutrofizacion-performatividad-y-metalenguaje-fernando-sanchez/

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