CIUDAD POP VS. CIUDAD DE CULTO: RADICALIDAD, ANTINOMIA Y MUERTE URBANA. FERNANDO SÁNCHEZ

Todas las imágenes: elaboración propia.

Bergman y los recursos para el currículo urbano

Hace algunos años, me quedé asombrado con la inteligente proposición didáctica que lleva por título El séptimo sello, obra maestra –afirman- del cineasta Ingmar Bergman.

El séptimo sello, de 1957, se sienta a comer en el palco V.I.P. del exiguo subconjunto de films que te dejan esa colección de sedimentos tan sutil y duradera, y yo creo que todo esto es lo que realmente nos debería interesar a la hora de hablar de ese mismo genotipo de engendros tan subjuntivizados. No es otra cosa que la idea de la voluptuosidad útil.

Para quien desconozca el argumento -una mezcla fractal de realidad y alegoría, desplegadas en un momento puntual de la Edad Media- un guerrero cruzado retorna a su Suecia natal. Al llegar a la costa, el hombre de las Cruzadas se topa con la Muerte, a la que reta a una partida de ajedrez para salvar su vida. Uno y otra acuerdan que la victoria del primero traería consigo esa absolución y que, de lo contrario, moriría.

Ya no cuento más. Dicen que el director del film se inspiró en un mural de la iglesia de Täby (al norte de Estocolmo), obra de un tal Albertus Pictor en el siglo XV, en la que un caballero y la propia Muerte disputan esa partida en un tablero.

Ciudad pop y ciudad de culto

Hace pocos días, sin embargo, caminaba con mi hijo mayor por uno de los predios capitales de la ciudad baja de Cuenca, que está comprendido -diría que emparedado- entre la avenida de los Reyes Católicos, la calle Coronel Algarra y la casa cuartel de la Guardia Civil, y me vino la inspiración. Según los libros del Apocalipsis, el séptimo –y último- sello es el sello del silencio (que dura media hora, en el cielo), que siempre procuro procesar y asimilar en aquel extraño ecosistema. Da igual a la hora que vaya, soy perfectamente consciente de que, para dicha mía, me voy a encontrar la misma rave urbana en líneas generales.

Desde que resido en esta ciudad (junio de 2005), Cuenca se me ha aproximado sigilosamente como una localidad muy dejada y las autoridades competentes no han hecho nada para evitarlo. El viario está hecho mierda, y luego hay un apócrifo mundo de roturas, residuos y descomposición en el sorprendente tablero del ajedrez político municipal.

Existe una noción que podríamos denominar ciudad pop, con hitos fundamentales como el centro comercial a las afueras, los espacios para los cumpleaños infantiles, las Turbas, la Semana Santa, la calle Carretería, los parques vallados de Izaskun Chinchilla -donde, dice la arquitecta, “el control y la seguridad tienen más importancia que el disfrute o el desarrollo integral” (1)- e incluso los supermercados a los que Augé se refería en acto de contrición como “otro ejemplo de invasión del espacio por el texto” a través de etiquetas, máquinas para las tarjetas de crédito, (in)comunicación con los cajeros o el “Gracias por su visita” (2). Sin embargo, frente a esta idea de temática éticoproductivocolectiva, es posible redefinir a Cuenca como ciudad de culto (y no precisamente por su casco histórico), buena parte de ello motivado por esa dejadez tan orgánica, por esa potente escenografía del residuo.

Cuando caminaba por el suelo (hasta el momento me es imposible andar por el aire, de verdad, aunque a veces me dan ganas de hacerlo), me acordaba de la película de Bergman, de las autoridades competentes y de la propia muerte del usuario urbano. El silencio apocalíptico me hace retornar asimismo a los argumentos del periodista Héctor García Barnés que escribe para El confidencial. Barnés hablaba de “populismo pedante” y explicaba que “poco a poco, somos cada vez más los que tenemos la sensación de que la cultura popular presume de haberse sacudido todos sus complejos al mismo tiempo que exhibe más sus complejos que nunca” (3).

En efecto, se trata de un genotipo de cultura pseudoestadística de carácter funcional. En la ciudad hay mucha gente que no conoce a mucha gente y hay mucha gente que pasa de la banda en general. En consecuencia, no hace falta ir muy lejos para deducir de manera cuasi automática que ese el mayor de los silencios y esa, la mayor de las imposturas, por eso es bueno guardar la compostura ante las apariencias, está bien empezar a quitarse esos complejos de serie B de los 80. La ciudad, como las pre-pinturas negras de la madrileña ermita de San Antonio de la Florida, amenaza con ser el mayor desimportódromo de todos.

Ajedrezado social

Me encanta recorrer esta porción de la Cuenca baja callado, en un callado apenas reventado por algunas cosas que le digo a mi hijo, como que no corra, como que no cruce sin mirar y eso, y que no se tropiece con un viario presuntamente destrozado. Si nos atenemos a la estricta cohesión de las baldosas, da la sensación de pueden ser hasta el reflejo del aglutinante social en un momento dado. Al fin y al cabo, cada uno/a arregla el pavimento y las grietas de su casa y nada más ¿A quién le importan las reformas en la de los demás? La ciudad se exhibe como un complejo de complejos y se muere de manera irreversible en la sala de paliativos ciudadanos.

Por ese motivo, mientras andaba por allí, me sentía con muchas ganas de desligarme de mi condición de usuario/peón, al que sacrifican el primero en la partida de ajedrez. El peón no es capaz de volverse atrás, está domesticado por y supeditado a la nobleza de medio y alto rango, que a su vez se inmola o no en virtud del movimiento de la reina del otro lado -ganar o morir, tablas pactadas tal vez para ganar o morir otro día (¿?)-. Me permito ofrecerles una imagen de ese tablero, que (presten atención) parecía incluso en condiciones para pasear y desde luego que para meditar, como así ha parecido ser. Al menos, mi hijo y yo salimos indemnes de allí y regresamos al suelo de nuestra casa. Nadie dice que no te puedas tropezar en el hogar, sin embargo.

El “TrashDeLuxe” y los telones blandos

Tomé algunas fotos de aquel espacio clausurado para posterior reapertura sentimental. Las seriación de las viviendas populares de abajo, en coexistencia con pequeños edificios más modernos/cucos/funcionales merecen mi consideración, pero las vetustas y abandonadas casitas unifamiliares de la hilera de arriba acaparan todos mis respetos, acaso sea por los galones urbanos de los que alardean, todo ello híper concentrado en el interior de un pequeño laberinto no binario con varias entradas y salidas, del que apenas se tiene noticia si a uno no le da el punto de transitar por esa zona y poner las etiquetas que quiera en el lugar que desee.

Como ya es sabido, la conexión Eisener Vorhang (Goebbels)/Iron Curtain (Churchill) (”Cortina de hierro, Telón de acero”) se utilizó para hacer referencia a la barrera física y psicológica en la que había quedado dividido el continente europeo tras la Segunda Guerra Mundial (el bloque socialista y el bloque capitalista). Sin embargo, y a pesar de la trasnochada geometría a gran escala, existen telones llamémosles blandos por todas partes (los espacios vacíos a los que Bauman hacía referencia, por ejemplo).

Eloy Fernández Porta hablaba del TrashDeLuxe (4), “basura de lujo […] elevada al rango de verdad absoluta por medio de un envoltorio que recubre la escoria y le confiere una pátina pop […]. En su vertiente estética este auge de los objetos degradados dio lugar a un culto que tiene sus seguidores, sus especialistas y sus teóricos, hasta el punto de configurar una exquisitez de los restos”. En este caso, no habría de confundirse el resto urbano con lo vulgar o con la insensatez contracultural (el “cateto rebozado de estrella” al que hábilmente se refiere el propio Porta). El residuo/reliquia emerge con elegancia frente a la consumación pop de la vida cotidiana. Mientras cientos de turistas (di)vagan por el casco antiguo de Cuenca, nos consta que hay una poética urbana clandestina que permite la desmaterialización del bloque, teloneando blandamente a fin de cuentas.

Percepción, antinomia y lenguaje heredado

En ocasiones, hemos repensado en este blog todos estos bloque hechos de bloques compuestos a su vez por otros tantos, que han densificado el espacio y que han traído como consecuencia el desarrollo de un interesante proceso de eutrofización urbana (no tiene que ser nocivo, ya lo dije), que hace posible la reconversión ciudadana. La planificación de la ciudad es a su vez paradoja de esa decrepitud existencial, navegando en ese tablero espectral de blancas y negras tan característico del suelo conquense. Procedemos a desmontar una realidad ya desmontada, aunque pueda ser un contrasentido. Amar para ser amado. Lo increíble al fin y al cabo es la homogeneidad conceptual de este rodal elaborado a base de retales episódicos y la disonancia del tiempo asimétrico que levita por el fondo del corral de su propio agujero negro secular.

Si analizamos este ecosistema propuesto desde el punto de vista estructural, nos daremos cuenta inmediata de que existen varios edificios/entidades autónomas absolutas, sin apenas planificación y constreñidos, como digo, en una especie de Ley de sujeción al marco (como en las portadas romanicogóticas). Si atendemos, en cambio, a la perspectiva psicopostpoética, hablaríamos de espacio sustrato, de un sistema red en el que conviven restos de otra época (que ya es presentismo y futurismo radical atávico) que a algunos nos atañen y nos mediatizan. Aquello era un espacio caótico, espiritual y por supuesto apostólico, en el que decidí jugar mi propia partida contra la muerte urbana a través de la implementación de la táctica de dejarme llevar entre todos estos cascotes, digamos, blandos (un dejà vu paranoicocrítico, un amartizaje forzoso).

Nuestros condicionantes heredados y la ciudad agresiva que nos abofetea cuando vivimos gustando a los demás (que ignoramos, que ni siquiera conocemos) o cuando nos gustamos onanísticamente imponiendo nuestro criterio al resto de la gente, hacen necesaria la hibridación no binaria en una nueva ciudad pre-sintáctica y, sobre todo, más humana.

Maillard y la (necesaria) defensa de la razón estética

La filósofa francesa Chantal Maillard (5) se preguntaba cómo podemos suponer que nos entienden y cómo los demás pueden dar por buenos (o únicos) sus discursos, amén de las trabas epistemológicas de ese lenguaje heredado que puede resultarnos tan fútil. El silencio como concepto, pues, no parece tan apocalíptico ni tan intrascendente como podría darnos a entender en algunas ocasiones, en esta ciudad de masas. “El mal que nos aqueja –escribe Maillard- es un mal lingüístico, pero este, a su vez no es sino la expresión de un mal psicológico, el viejo mal de siempre: el terror a sentirse, a saberse sin asidero. Es frecuente que los que van a morir se aferren a un objeto cualquiera […]. Todo nuevo paradigma es una nueva codificación […] y ello su pone la aparición de nuevas zonas de oscuridad. Comprender, presentar el universo de una determinada manera significa trazar contornos <<reificar>>, destacar ciertas <<cosas>> o las relaciones que guardan etas cosas entre sí […]. Para ello, para mostrar algo, es necesario utilizar las sombras, utilizarlas o inventarlas, como el pintor inventa la línea”. Como puede colegirse, Maillard defiende con solvencia la impagable razón estética como el arte de hacer las cosas comprensivas: “que nada coagule en conceptos, que siga siendo líquida la palabra, que no pierda su ritmo ni su resonancia: el don de la sugerencia. Ideas, sí, pero nunca fijas”.

Hay un parquecillo vallado muy prosaico, que era lo habitado en exclusiva a las 12:30 de aquel domingo. Toda la gente de aquel reducto de Cuenca parecía estar allí metida con los niños y las niñas. Y por supuesto seguía sin haber nadie por la calle como eremitorio en estadio ulterior de los buenos. Y lo mejor de todo ello es que se puede guardar silencio frente a la barbarie deshumanizadora, en medio del todo vale o del todo a 100 hipocultural. A ver si algún día me da por entrar en esos parques corralíferos, en contra de mis ideas inamovibles muy bien implantadas.

El silencio y las patatas

Estaría muy bien escuchar el sonido del silencio del ciudadano, al menos durante media hora. A más de uno o de una le daba un pasmo. El silencio de Dios –como en el film de Bergman-, el silencio de las autoridades –como en la película de Cuenca– y el silencio de estas callejuelas se solapan en esta partida de ajedrez diario. Me dejo llevar por el primitivismo de arriba, por los cascotes, la hierba, por una posible subversión intelectual hacia mis adentros, por la heráldica del abandono en plena urbe.

A pesar de algunas cosas manifiestamente mejorables y a pesar de ella misma, la ciudad de Cuenca es generosa. Decía Jaime Lerner, uno de los teóricos de la llamada “Acupuntura urbana”, que la ciudad no era el problema, que la ciudad era la solución a ese problema y Cuenca me permite seguir escribiendo y me permite identificar algunos coeficientes parabólicos para calcular el vértice de la opulencia posturbana. Lo realmente contradictorio de esta ciudad ensimismada es lo verdaderamente pantagruélico de sus residuos y el trampantojo cinematográfico de sus formas deformes decisivas. La organicidad del paisaje de allí me daba como resultado una nueva posibilidad de pensar y de escribir, maniatado a lo Sunn 0))) por mis propios condicionantes emocionales y simbólicos. Escribir es, pues, un hábito perverso.

Al final, después de aquello, nos fuimos a casa y cociné un caldillo de patatas muy rico y muy típico de las entonces matanzas de cerdo de mi pueblo. Lleva patatas, cebolla, ajo, cominos, pimentón dulce y huevos, lo que también es sustrato, rizoma y red.

NOTAS:

(1) CHINCHILLA, Izaskun (2021, segunda ed.): La ciudad de los cuidados. Ed. Catarata. Madrid, p. 65.

(2) AUGÉ, Marc (2017): Los no lugares. Gedisa. Barcelona, p. 104.

(3) La era del populismo pedante que vende gominolas como si fuese caviar. El confidencial. 27 de marzo de 2022. Héctor García Barnés.

(4) FERNÁNDEZ PORTA, Eloy (2008): Homo sampler. Barcelona. Anagrama, pp. 19-20.

(5) MAILLARD, Chantal (2017): La razón estética. Barcelona. Galaxia Gutenberg, pp. 172-180.

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