EL «HOMO SAMPLER» Y LA NOCILLA. FERNANDO SÁNCHEZ

Homo sampler. Tiempo y consumo en la Era Afterpop es un libro escrito por el profesor universitario y ensayista Eloy Fernández Porta (Barcelona, 1974). Ediciones Anagrama, Barcelona, 2008.

Imagen: Anagrama Ed.

Ando a vueltas con el expediente “Generación Nocilla”, que a algunos de sus moradores nos les gusta un pelo la titulación exprés de “Generación Nocilla”. Necesitaba asimismo unas dosis narrativas de Fernández Porta, uno de los demiurgos de esta –vamos a llamarla así- “corriente-de-escritores/visionarios/innovadores-con-algunas-coincidencias-estilísticas-y-conceptualès”.

Surge más o menos a mediados de la primera década del 2000. Lo de “Nocilla” tiene su razón de ser en una referencia a la famosa trilogía Nocilla del físico Agustín Fernández Mallo (Dream, Lab, Experience), un autor de sedimento muy espeso en un servidor de la generalidad. A mí no es que me guste demasiado esa denominación de origen sugerida. Esas cosas, para la prensa. La Nocilla, para el pan, en rebanada.

Llamar a la puerta de Homo sampler, en cambio, es como comerte una tostada de muchos y sabrosos ingredientes, que te sobresalen por la boca, que se te caen por las comisuras de los labios, que manchan el mantel hasta la irritabilidad, o que tienes que coger del plato y llevártelos al pan otra vez. O al cielo de la boca (la Nocilla se queda quieta, trabada, es de otra consistencia). Es lo bueno y lo malo de este libro de sinergias. Es un poco como una hamburguesa de varios pisos esta propuestísima de Eloy Fernández Porta. Qué buena está, pero a ver cómo te la comes, quicir.

Es un libro muy útil, muchos quilates he visto yo ahí. El cuadro de El Bosco de Porta es una jugosa matriz de ideas, aunque (hablo desde mi experiencia/perspectiva) a veces es extenuantemente bueno, un full de una variopinta categoría de elementos sujetos al corsé de una literatura demoledora, elevada, pero llena de ironía y de humor elegante y desenfadado a la vez. Y de honestidad. Lo complejo y lo didáctico –y lo pantagruélico- parecen jugar también a La gallina ciega (1) en este progresivo y manifiesto polo de atracción.

El libro contiene estética, erótica incluso, literatura, música celestial, filosofía, cine, publicidad, cómic y Fernández Porta, que aglutina y deconstruye las movidas haciendo gala de una capacidad analítica exhaustiva y admirable. Y sobre todo, hay una interesantísima interacción con el lector/la lectora, al/a la que él concede con extrema generosidad una cuota espacial de protagonismo, fuera de las lecturitas zurraspa o del vómito morfosintáctico habitual. Muy performativo ergo muy sugestivo y agradable, aunque a veces cueste su lectura. Es bastante denso, la verdad, pero hay que leerlo y hay que aprender a quererlo.

La solemne obsesión por lo hibridado sin miedo a las represalias, la cohabitación de lo franco y lo confuso, el simbolismo rizomático, la adoración a la herencia contextual de lo inestable, la sucesión de sintagmas de historias en permanente evolución, la idea de metamorfosis perpetua y de no dar absolutamente nada por sentado, la pretensión de reflexionar sobre lo reflexionado, y el cuestionamiento y el autocuestionamiento como modus operandi general han dado lugar a una obra de muchas coincidencias con, llegado el caso, las del propio Fernández Mallo (entiéndanse Postpoesía y Teoría general de la basura, muy trabajadas en este blog). Hay gente que no las comprende y lo entiendo también, de verdad de la buena, como una jugosa rebanada de Nocilla. Las revoluciones de contenidos circulan a veces por senderos un tanto tortuosos, por el hiperespacio de los circuitos turísticos, pero a mí me encantan por encima de muchas literaturas de usar y tirar. Soy así y ni lo puedo ni lo quiero remediar. Decía que andaba demandando una dosis de este autor, de Fernández Porta, pero en cambio una sobredosis te puede dejar huérfano de lo que sea por otra parte, cuidado.

Habiendo desechado por lo tanto el componente/encabezamiento sofistotribal de todo este conjunto de escritores/as (Mallo no es Porta y al revés, ganas de meter a la banda en el mismo saco, caaaachiiiiiis…), técnicamente, como en análisis multipaidético, esta insurreción de conceptos y de mecanismos de deconstrucción de realidades ultracromosómicas toma forma en Homo sampler -aunque sea un tanto antinómico- y abarca una extensa, difusa y profusa red de elementos llamados a ser desentrañados (o no) por el lector, que forma parte de esa madeja en rebeldía, casi sin saberlo, como un actor más de su propio mundo objetual (gracias, Markus Gabriel, por tus cosas tan guays). Homo sampler es también una visita al dentista, un placer asincrónico y un desafío, que potencia la ya de por sí conspicua e inconclusa noción de goce maxiestético.

¿De qué trata el libro? Se habla entre otros asuntos de la gestión del escombro cultural, de la redefinición de la cultura de masas, de microculturas mutantes, del uso del tiempo en la percepción y el consumo de la cultura, de la imposición del occidentalismo, del UrPop (“emergencia inesperada de figuras, valores o emociones primitivos en un espacio ultramoderno”, p. 14). Se reflexiona sobre las modalidades de la cultura pop, sobre inconsistencias estéticas, sobre los regímenes relacionales de los sujetos y de los objetos de la cultura, sobre el concepto “pueblo”/”comunidad” (qué es, a quién pertenece la cultura popular), la imaginería de nuestros días y el soundtrack asociado, las formas de experimentar la temporalidad, o la diferencia entre samplear y plagiar (lo de hacer literatura sampler no tiene precio), la reiteración del techno como elemento a tener muy, muy en cuenta, la diferencia entre relojes mecánicos (vivos) y digitales, el proceso de compra de las películas porno o la reformulación estructural de las tiendas de chuches. Al libro, como digo, hay que saber llevarlo.

Se hace referencia explícita a, por ejemplo, Torrente (y la confrontación con la cultura bakala, “trifulca de subestilos”, p. 49), a las bandas de música Napalm Death y Sunn 0))), al Homo faker (“un esteta de lo inauténtico”, p. 77), a la miel de la Granja San Francisco, los relojes Swatch, a Gombrich, Diedrichsen y a la idea de movimiento perpetuo. También a la NBA (lo de la yuxtaposición de tiempos es de escándalo), al Cobralingus de Jeff Noon (la aplicación de las técnicas de la composición musical a la elaboración literaria), a Matt Groening, a la serie Padre de Familia, al propio Quim Monzó (uno de mis escritores de referencia), a Gran Hermano y Mercedes Milá (los “moralistas inmorales”, afirma Porta), a Disney o al McDonalds y a Orson Welles.

Samplear -explica el autor- no sólo es tomar materiales ajenos y usarlos, es ser creativo y autónomo con ellos, es comportarse de forma sensible: el sampleador “hace suyo (…) un instante que le había sido robado” (p. 161). En consecuencia, Fernández Porta ha predicado con el ejemplo en un contexto en el que –dice- todos y cada uno de nosotros nos creemos lo máximo en exclusiva, definiéndose así la propia colectividad por la suma de singularidades de carácter crítico.

Decía Antonio Valdecantos (2) que “no se entendería muy bien una cultura compuesta de individuos con una coherencia perfecta entre todas sus creencias”, de ahí la necesidad de la mística de un libro intermodal o transgénero (me valen las dos cosas), como el que ha sido propuesto por Fernández Porta. El análisis desmedido y acertado de este homo puramente sampler en sentido estricto no es otra cosa que una inteligente forma de contracultura. No es Nocilla. Léalo y sea indulgente con esta obra singular.

NOTAS:

(1) La gallina ciega o El pelele es un cuadro de Francisco de Goya.

(2) Contra el relativismo. Ed. La balsa de la medusa, 1999, p. 80. Antonio Valdecantos, filósofo y ensayista, nació en Madrid en 1964.

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