LOS INVITADOS INVISIBLES DE KING DIAMOND. FERNANDO SÁNCHEZ

Imagen de portada: Them. El cuartel del metal.

¿Cómo te encuentras de la ciudad? Tengo la textoestima bajísima y delgadísima. Hecha un fistro, vamos.

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Hace algunos años, puse de manifiesto no sin cierta y calculada ambigüedad que no volvería a redactar jamás sobre la mierda. Sin embargo, el alienselregreso es inevitable, sobre todo si viene a colación del truño de novela que publiqué y que lleva por título Tú me has preguntado y no te he dicho nada (2016). Teniendo en cuenta todo este sincretismo de manual, le comento que un hombre que está cagando (gotelé con fanatismo) escucha un ruido extraño debajo de su casa de la urbanización de pensamiento único y se asoma por la ventana del retrete.

Con el calzoncillo bajadísimo, quizás con una morfosintaxis de Nocilla de dos sabores en la coyunda, y con los ademanes del que corre con el textil entre los pies, se asoma un poco como en recato y tal, y observa a un tipo que está tomando fotos de una pared de ladrillos cualquiera y piensa “va un pringao, no tie otra cosa que hacer a estas horas…”. Cuando el fulano regresa a la taza, en medio de una oscuridad apenas desvirtuada por la luz crepitante de una farola cabezona de Villarrobledo, se tropieza con algo muy grande de origen indeterminado y se pega un hostión de narices, un hostión de carácter top contra la taza del váter (Los invitados invisibles). Aun así, lo que acabo de escribir sigue siendo un truño considerable de párrafo ¿no le parece a usted? Había pensado reconsiderar este texto con un De Floro a King Diamond. A lo mejor le hubiese dado algo más de lustre.

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Después de hablar con Nani/Naniná/Fernando Castillo/Fructuoso Bartol, que me sugirió que escribiera algo de tal forma que me gustara leerme (asunto harto muy delicado), retorné al mitificado Mortal y Rosa, de Paco Umbral, que mencionó el propio Todo en nuestra Sacra conversazione del 25 de abril. Entre otras historias entre corrientes y absurdas, en Tú me has preguntado […] yo me refería a la preparación para la colonoscopia de un tal Enrique, un personaje que yo creé y con el que preferí guardar distancia en el ámbito de lo never, never binario. Me lo han preguntado muchas veces ya: ese tío era un poco payaso, no sé. El personaje tenía un cáncer de colon en Estadio B de Dukes, el invitado invisible. Y cagaba como en cascada después de tomarse los sobres que correspondían a esa preparación (cagamos a todas horas y parece que nos avergonzamos de cagar, qué cosas). La literatura no debería ser un verdión, debería ser milmesetaria sin embargo.

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Hace tiempo también, leí un libro que me gustó bastante y que se titula Bartleby y compañía (el nihilismo del escritor para consigo mismo, la negación de la literatura básicamente), una obra de la que hablo abiertamente en este blog (Extrarradios. Fenomenología y poética urbana). En lo que a mí respecta, como el bartleby de manual que soy o que aspiro a ser (indicio de autoestima entre baja y bajísima), he desarrollado un miedo también de manual a escribir en los arrabales (o en la plaza mayor, usted decide) de la incorrección política y por supuesto que nunca voy a tener lo que se necesita tener para escribir lo que me salga de las narices (¡ni siquiera para mí!). Nani me pidió que le dijera los motivos que yo tenía para ponerme a escribir cosas y no le pude contestar (él me preguntó y no le dije absolutamente nada).  

King Diamond. Imagen tomada de Rockaxis.

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¿Quién hay en los cuartos de baño que tanto nos atormentan? Los invitados invisibles.

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“Quizá la literatura sea eso. Desaparecer en la escritura y reaparecer, gloriosamente, al ser leído. Por eso no hay que hacer evidente el esfuerzo del pensamiento al escribir. Para no entorpecer la resurrección de la carne que glorifica al autor cuando es leído. Toda lectura tiene, por lo menos, ese doble fondo. Hay una superficie de prosa, de ideas, y debajo, como una figura inmovilizada dentro del hielo, está el autor. Lo apasionante, quizá de la lectura, no es lo que se lee, sino la posibilidad de asistir al espectáculo único de un hombre trabajando […]. El lector también tiene algo de mirón. Me he parado a ver trabajar a un hombre” (Mortal y Rosa, Francisco Umbral, p. 110, Cátedra/Destino). Como escribe Umbral: “veo muy claro el libro que nunca escribiré” (p. 114). Pues eso.

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Late that/Night I/Awoke from my sleep/Hearing/Unknown/Voices laughing inside/Grandma was one/Oh, its/Coming/From the room next to mine […]

Extracto de The invisible guests, King Diamond, Them, 1988.

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Mientras hago las fotos a la pared de ladrillo, oigo un estruendo que parece tener el diafragma en una ventana de un retrete de mi urbanización de pensamiento único. Es late night, es extraño escuchar algo o a alguien a esas horas, pero me hace aligerar un poco el lastre del sopor tremebundo. Hay algo o alguien a esas horas rarísimas y apetece mirar por la mirilla, cuando la relación emisor/receptor parece quedar hecha pedazos. En esta atomización de la existencia, a lo mejor, la mujer que me mira desde el tercero se está comiendo una bolsa de mantecados (confieso por otra parte que me siento bien cuando escribo que hay una señora que se está apretando una bolsa de mantecados, queda potente eso de los mantecados).

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Sobre la taumaturgia (o no) de Dios, King Diamond se expresaba en los siguientes términos (Wikipedia, ojo, que lo ha sacado a su vez de The Metal Circus, 2000): «Tenemos diferentes dioses y nadie todavía ha sido capaz de probar al resto del mundo que creen en el dios correcto y que ese es el dios real, si existe en realidad. Lo que me asusta es que somos capaces de matarnos el uno al otro por creer en diferentes dioses. No podemos probar su existencia, pero aún nos matamos por ello. Respeto a la gente que cree en Dios, en diferentes dioses, pero creo una locura que una persona mate a otra por algo que está en tu propia mente. Nadie sabe cómo son, nadie sabe el significado de la vida. No sé cómo es Dios, pero lo que sí sé es que no voy a gastar los próximos 20 años pensando en ello. Es una locura”.

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Ahora, sustituya usted la palabra Dios por (la) literatura.

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En 1988, King Diamond produjo y lanzó el magnífico álbum que lleva por título Them. Está compuesto por una introducción y 11 temas, que en el orden que él ha propuesto cuentan una historia –dicen- de ficción. King Diamond, su madre y su hermana Missy reciben a la abuela, que viene de un asilo. A partir de entonces, una serie de fenómenos paranormales se origina en el interior de la casa. La segunda canción del disco no es otra que la insuperable The invisible guests, a mi juicio uno de los temas más currados, más armónicos y más cohesionados que he escuchado en mi maravillosa historia con el heavy metal, bajo la didáctica de los palillos del después Motörhead Mikkey Dee (Suecia, 1963). También hablé de estas cosas con Nani. Nani y yo lo mismo hablamos de King Diamond que de Soren Kierkegaard o del pisto o de la fuente de la plaza.

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Cuando uno escribe, se lee, se relee y vuelve a tirar la poca dignidad que le queda al cubo de la basura, y todo esto me parece una insuperable desgracia y una violenta muestra de narcisismo. Por ese motivo ya no me planteo qué inquietudes tiene la banda para ponerse a escribir, sino por qué no lo hace. “Importa –y es lo más moral de un libro-, el espectáculo del hombre trabajador”, escribía Umbral. Les dejo por lo tanto con el bálsamo de la abuela del atribulado solista, la antítesis del truño por excelencia.

The invisible guests:

2 respuestas a «LOS INVITADOS INVISIBLES DE KING DIAMOND. FERNANDO SÁNCHEZ»

  1. cón respeTo & aL respecTo, Tuve Lá oporTunidá dé poder charLar o mejor dicho chapurrear, por mí maL ingLés, cón mikkey dee, én ese momenTo Lé pregunTé sobre ún compañero dé carrera, musicaL, cLaro esTá eL Tipo én cuesTión era phiL rudd, baTerisTa dé ac/dc & mé conTesTó cón gesTos dé sú profesión haziendo «Air baTery», GRÁN Tipo &GRAMDE raTo echamos, pasammo’s una MÜY büenna veLada cón uno’s Tragos, ahora esTá ejerziemdo ém scorpions, inPARABLE esTe mikkey dee, agur!

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  2. Cuando voy a leer algo escrito por Fernando Sánchez, Fernandaco, quiero ver la propia autenticidad de esa persona, de ese escritor. Quiero su historia contada por él y no otra. He ahí el porqué del apunte caprichoso de «escribe lo que te gustaría leer tal como te gustaría verlo escrito» ¿es necesario contentar a alguien? Y si lo fuese ¿se te ocurre mejor manera de intentarlo? Así somos los genuinos.
    Eres muy grande, macho.

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