SATURADÍSIMA. FERNANDO SÁNCHEZ

Para Ascen Jiménez, en el año en el que se va a Villamalea y en el que, por lo tanto, nos deja. Con mi cariño y con el de muchas personas más.

En una entrevista que leí hace tiempo, a Ray Loriga le decían que la banda le había encasillado en una porción del “realismo sucio” de nuestro país. Él respondía a esa moción de censura que Wikipedia no lo comprendía, que Charles Bukowski, por ejemplo, nunca fue considerado como parte de esta tendencia por la crítica que, según el propio escritor, incluye a gente como los americanos Raymond Carver o Richard Ford. Loriga argumentaba que una cosa era escribir de “putas” y de “pollas” y que, “en cambio el término estaba acotado a unos escritores que hablaban de una realidad átona”, de la nada, de la pesadumbre, de la falta de identidad. En el umbral de este relato, dos personas se deslizan por las tripas de un bar de la calle Diego Jiménez.

CAMARERO: hola, ¿qué os pongo?

PERSONA 1: dos botellines.

PERSONA 2: que no se me olvide darte eso… Por cierto, me encanta este bar. Y me encanta ese tío que está viendo la tele. El parroquianismo en grado extremo. La excelencia de la excrecencia o viceversa.

1: qué puñetera y angustiosa manía de clasificar las cosas porque sí.

C: ahí tienen. Ahora les pongo el pincho.

El mismo Richard Ford, que era entrevistado por Juan Carlos Galindo en El País, afirmaba sin complejos que el concepto “realismo sucio” fue una artimaña de la publicidad que “proporcionó grandes y duraderas audiencias a los escritores a los que pretendía promocionar. Pero nunca fue pensado para ser tomado en serio”. Y Alberto Olmos en El confidencial era de la opinión de que se “imitó mucho en los 90”, más bien en los concursos literarios “donde la gente mandaba su bukowski y un Félix de Azúa [recuerda Olmos] desechaba el cuento después de leer la primera frase. En España se cortó de raíz la epidemia del realismo sucio porque así se ponía a escribir cualquiera y era un follón”.

La escritora Tery Logan define esa epidemia estadounidense de los 70 como un estilo literario simple, mezquino a veces, minimalista, antirredundante, desprovisto de adjetivos, y pleno de descripciones soeces y vulgares. Logan afirma que son los propios autores los que prefieren que sea el propio contexto el que dé “profundidad a su obra”, metidos ya de pleno como estamos en el inefable mundo de la mediocridad atonísima.

2: tengo que ir al AhorraMas, a por salmorejo, que no se me olvide tampoco. Me lo bebo de una sentá. Y, eso, que mañana te llevo el libro.

1: el de La máquina de follar ¿no?

2: sÍ. El de Bukowski. A ver quién encasilla a ese enjambre de avispas de la literatura contemporánea.

1: todo se mueve entre lo admisible y lo creíble. ¿Tú te imaginas a Bukowski escribiendo en o sobre este bar?

2: no, imagínatelo mejor en el AhorraMas comprando salmorejo. Y que tiene ganas de cagar y tal y se le sale la mierda por las orejas.

Estamos hablando en consecuencia de la existencia de un minimalismo de libro que discurre de forma directamente proporcional (y ética) a la permisividad con esa intuición tan saludable. De la misma manera, cabe la posibilidad de que el lector/la lectora deseche esa historia por ser una mera idiotez, que la persona también está por supuesto en condiciones de preguntarse qué diablos es eso de la mediocridad sísmica.

Si llevamos estas premisas al borde del precipicio, podríamos hasta encontrarnos escribiendo haikus sucios o guarros (el Noctámbulos del pintor Edward Hopper reúne desde el nihilismo todas esas características que Logan propone y que Dios dispone). A priori, un continente tan esquemático parece ser el portador asintomático del virus de un contenido en puridad pecaminoso y permite ampliar esa capacidad de formular entelequias o de fabricarse pajas mentales, un limbo al fin y al cabo que hace que el lector/la lectora culmine la comprensión de lo medianamente inasequible con su propia suciedad (o pulcritud) mental. El hecho paradójico es que la descripción parece zamparse a la insinuación y es a la vez papá y mamá de ella, la cuida, la lleva al parque de atracciones. La borrachera conceptual es maravillosa con sólo dos trazos terriblemente sucintos que en la vorágine contextual se han metabolizado en puro ácido y que nos lleva hacia un ideal, como cariacontecidos.

El parroquiano: me voy. ¿Qué te debo, figura? –le pregunta al camarero.

C: dos ochenta, caballero.

1: no te rías –dijo por lo bajini.

2: lo prometo.

EP: me voy a casa. Viaver si compro cebollas enelmoroesedeahi.

1: hoy he tenido la ocurrencia de citar en un artículo un fragmento de uno de los poemas de Fonollosa y apropiarme de él con otro vocabulario y voy a titularlo Destrozando a Fonollosa. El extracto del poema dice lo siguiente: “Las mujeres que quiero van con otros/Cuando pasan prendidas de otros brazos/miro a la que se apoya en mí y compruebo que yo me he equivocado de mujer”.

2: ¿de dónde lo has sacado?

1: el poema se titula “William Street”. De Ciudad del hombre: Nueva York.

2: ¿y qué cojones has hecho?

Otro que andaba por allí, como apagado, daumierizado, como en mute, escuchaba la conversación, en el piélago, eso sí, del anonimato perverso y truculento. En el espesor traumático de la cotidianidad.

1: primero, sustituyo la palabra “mujer” por la de “política”: “Las políticas que quiero van con otros/Cuando pasan prendidas de otros brazos/miro a la que se apoya en mí y compruebo que yo me he equivocado de política”. Ahora, hago lo propio con la palabra “manzana”: “Las manzanas que quiero van con otros/Cuando pasan prendidas de otros brazos/miro a la que se apoya en mí y compruebo que yo me he equivocado de manzana”. Parece una tontería, pero no lo es, más allá incluso del propio apropiacionismo de andar por casa.

2: ¿otro botellín?

1: sí… Otros dos botellines, por favor.

C: voy.

Otro depredador –o jauría de depredadores- que ha comido de las tripas aún calientes del llamado “realismo sucio” es el celebérrimo Montero Glez, que parece darle la vuelta a las cosas de la vida desde la perspectiva de la suciedad ideal, llamémosle así, venga. En Besos de fogueo, el autor escribía: “Por si no lo he dicho antes, estamos en navidades, dentro del pasaje subterráneo que cruza la calle Alcalá a la altura del Banco de España. El antedicho pasaje es domicilio obligado de la gallofa madrileña y cuadro de soperones, lampas y tuberos que conviven dejados de la mano de Dios o del Diablo. En días tan significativos como son los navideños, provocan en el transeúnte una rara mezcla de asco y piedad” (p. 38). Apenas he visto un aguaceite de tal enjundia, que transmuta las palabras, que hace incluso de esa inmundicia un exilio breve hacia las haciendas del idealismo como tal. Enrocados en Besos de fogueo, nos hallamos en una ratonera que nos lleva por defecto a las movidas de lo platónico en un cúmulo de mensajes subrepticios y a la vez tan diáfanos como la vida misma (no como la misma vida, por favor).

2: mira… ¿Ves a ese que está en la ventana con su mujer? Es Fernando, profesor del Zóbel. ¿Lo conoces?

1: sí. No es mal tipo, pero no me gusta cómo escribe. No sé…

2: ¿por qué?

1: no me gusta.

2: ¿por qué?

1: porque no me gusta.

2: ¿pero por qué?

1: ¡que no me gusta, coño!

2: ah…

1: oye, tengo una duda, si yo escribo la oración “El hombre vivía solo entre la mierda de su casa del bajo B”. ¿Es necesario hablar de penes, de vaginas y de prácticas sexuales para ser un realista sucísimo? ¿Es de obligado cumplimiento para ser realmente guarro y beligerante?

2: yo creo que hay un primus inter pares semántico entre la soledad, la mierda, el bajo B y, sobre todo, entre las rutinas del propio hombre, que no sabemos quién es ni a qué aspira. Ese guayabo no interesa ni sabemos a quién le interesa. En lo que a mí respecta, la verdad es que me importa un carajo todo eso ¿Te imaginas que alguien escribiese de nosotros, aquí, tomándonos unos botellines, y del parroquiano ese, que se ha ido?

1: atisbos de mundos penetrados sin órganos sexuales. Si yo redactara también “La inmensa mayoría de los políticos de nuestro país son detestables”, piensa en ese pedazo de sintagma nominal para tan pequeño y universal atributo, ¡el adjetivo se come a la oración de un viaje!.

2: venga, déjalo… Que tengo ganas de cagar, como Bukowski.

1: ¿perrete asomando el hocico, tal vez?

2:  cállate, coño, ja, ja…

Cuando uno lee a Michel Houellebecq, por ejemplo su Ampliación del campo de batalla, y se cosca de que el protagonista frecuenta poco a los seres humanos, podría pensar que deberíamos tener algo más de paciencia para tener el atrevimiento de afirmar que hay cosas limpias y cosas sucias, las cosas reales son, eso, reales (el término “realismo sucio” puede ser desde un sinsentido hasta una tautología). Por eso, si nos afanamos en buscar esa presunta suciedad, al final puede que no haya otra cosa que un acopio de vanas intenciones. Es un estilo contradictorio y por lo tanto humano, urbano. No deberíamos renegar de un concepto tan nuestro, teniendo en cuenta la lejanía a años luz de eso que llamamos “lo real”.

A todas horas, escuchamos conversaciones normales, banales, cotidianas, incluso mediocres, groseras y fuera de tono. Hay días, semanas, en las que sólo interiorizamos (y vomitamos) exactamente lo mismo. Nuestra vida no es mejor ni peor que la del/la de la de enfrente, sólo por el mero hecho de que nosotros llegamos a ser los de enfrente para los demás. Les ofrezco –vamos, que me he venido arriba- un fragmento de un poema de Roger Wolfe (Algo de lo más extraño): “Estábamos en la cocina/Preparando la comida/Se asomó por la ventana y dijo:/<<Acabo de ver follar a dos palomas>>.  No dejamos entonces de ser un instante semántico, de ahí la importancia del lenguaje en nuestras movidas fenoménicas.

2: en estos tiempos de corrección y de estulticia política –que parece ser la suciedad más hedionda de todas- y de abundantísima mierda por lo tanto, de tsunamis de mierda que atascan las cañerías hasta romperlas, se necesitan fontaneros contra la censura. Haz algo, anda…

1: el realismo complejo camina indefectiblemente hacia el idealismo de manual. Hay cosas muy simples que no se entienden en esta concepción asintótica. Oye, que me ha quedado que te cagas eso de “asintótica”….

En el interim de los tragos, el camarero colocaba unas botellas en la nevera. Un tipo bastante robusto, que estaba fuera, entró a pagar. Y bastante vulgar. Daba cosica.

2: ¿por qué no pones eso en un título?…

1: correcto.

2: si tu elaboras una redacción cuyo contenido es “La reina caminaba por una alfombra en su palacio”, cuyo título a su vez es La reina caminaba por una alfombra en su palacio, no parece que deje de ser realista. La acción descrita es breve, simple, cotidiana, grosera y desprovista de adjetivos. A pesar de ello, esa performance me parece muy sucia sin necesidad de penes y de otras cosas plurisexuales. ¿Entiendes?

El filósofo mexicano Manuel de Landa, como ya dije una vez en otro artículo, expresaba con solvencia desmedida que una cosa era lo significado y otra, lo significativo de ese significado (que una frase que no era significativa era banal, decía). ¿Qué diablos habrá entonces entre el realismo y el idealismo como consecuencia de esta hibridación de escalas del lenguaje? Me gusta jugar a ser Dios y a mirar también entre la basura. Ahora resulta que ese realismo tan patético y tan banal nos va a abrir las puertas a los patrones de la imaginación y al mundo de las estrellas.

Una mujer accedió al interior del garito. Una tía con una borrachera de escándalo. Saturadísima. Pero saturadisisisisisísima. Daba para una fabulística entre muy agresiva y extremadamente naif. La vida es un cajón de oportunidades y de pronto aparece esta señora rascándose el culo, repartiendo voces a fuer de ser honestos.

No hay moraleja plausible. La mujer iba con una bolsa de La despensa. Daba la sensación, además, de haberse caído en unos cardos (por los pinchos, por la herrumbre). El hadita de andar por casa era el paradigma de la folclosofía. Con vaqueros rancísimos y guarrísimos. Con alpargatas rosas de Cenicienta, con una camiseta de la Caja Rural (dos tallas más grande, eso sí), pilladísima por supuesto en términos de la más absoluta estratosfera. Qué derroche de activismo conceptual, por Dios…  Pues eso, que entró y comentó un poco en alto y tal: “¡os voy a regalar un libro de Wittgenstein a todos, payasos!”.

Para algunos de los feligreses allí presentes/ausentes, la señora no tenía apenas dignidad. Para otros, en cambio, la tenía por las nubes. Un tal Escher Martínez, del rodal, se dirigió con educación a la persona 1: “Tenemos habilidades sobrehumanas para cagarla. Y también para cagarnos encima de los demás”.

El camarero se volvió.

Y ya.

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