G.P.U. FERNANDO SÁNCHEZ

Imagen de portada: 28 de agosto de 2022, 10:31. De manera inexplicable, la verja del CEIP Fuente del Oro (Cuenca) se ha aproximado a un vaso con cerveza, que alguien había dejado casi lleno en mitad de la calle.

Les invito a que lean cuatro extraños fragmentos de mi libro Prosopografía de Dante (detrás del muro del sueño), editado en octubre 2013 en la ciudad de Cuenca, un texto prologado (Prelectio) y epilogado (Postlectio) por el profesor/escritor/compositor Alberto González, del I.E.S. San José. Alberto decía que «él estaba tan a gusto sentado en los laureles» y que yo le venía «a turbar con este catálogo de ensalmos». Hubo también un conato de interlectio, que hubiese sido lo máximo.

Solanópolis

Así, con el riesgo y el honor de pisar los charcos de aquella ecuación tan voraz y despiadada que fue resuelta por un método sofisticado y enteramente concluyente llamado con certidumbre “paranoico-crítico”, puesto en boga por Salvador y definido por Bretón como “de vital importancia” (ya será menos), es factible discernir en la calle que se ve por la ventana o en la de al lado, además, la singular tendencia a una conceptualización del todo intrínseca y, en consecuencia, no extrapolable, que hace de esta partenogénesis un carnaval en la cuaresma, un espectáculo sin parangón. A lo que voy, que Cuenca es un panal de rica miel y Solano es el zángano que busca a la reina, aun a riesgo de ser fagocitado.

Quimioterapia de sueños (elogio de la clase media)

G.P.U.: del inglés Graphics Processing Unit (Unidad de Procesamiento Gráfico) y otras cosas también.

El hardware implementa en la coyunda su cosmogonía habitual de un tiempo a esta parte y contribuye en exceso al control del caos que se quiere ver, pero que en realidad no existe. Contribuye en demasía al desarrollo narcisista de sus pares, ordenados en torno a microintervalos experimentales gestionados con un propósito general de letargo de alta velocidad. Es, pues, la geometría de la estética la que parece tejer la urdimbre cartesiana que veo a menudo, sometida al proceso pertinaz de antialiasing, resultante de los mencionados propósitos del vértigo, que considero que también podrían aplicarse a determinados argumentos sociales.

El vértice del plano inclinado, también llamado Directorio Z, el jodido Directorio Z, pareció erigirse en el microprocesador de todas las unidades segmentadas desde el Trabuco y de la matemática social del vértigo, de arriba hasta abajo, como en la urdimbre experimental del frío. Se insiste en la gestión del microintervalo en los procesos históricos de raigambre matemática, de funesto recuerdo y de pretensiones euclidianas. El polígono responde al compendio de unidades funcionales, como Narciso.

Historia de un hombre que se llama Enrique, que iba andando por la calle de Eras del Tío Cañamón y de repente, para sorpresa suya, recuerda que se había dejado su iPad en su casa

Mientras caminaba por Eras del Tío Cañamón, Enrique se dio cuenta de que había olvidado su iPad en casa.

(¿?)

Hay una calle que no está bien asfaltada, algo irregular, un poco escarbada, con baches, que atraviesa un pequeño barrio. La calle tiene cierta pendiente y es de doble sentido, aunque los coches suelen estacionar en el margen izquierdo, subiendo desde la vía del tren. La casita parece emerger de su letargo como en un parto difícil y asoma su fea carita al exterior, con cierta timidez, con decoro. Parece que hay indicios de abandono, pero no sé. Una puerta con un triste y roído tapiz de color rosa tiene debajo un umbral atectónico, compuesto por cuatro bonitos azulejos de color azul celeste. El color se prolonga por el abocinamiento hasta el techo y por las paredes, como a dos cuartas de la acera, un damero de baldosas negras y blancas, como en arlequín, pero en blanco y negro, cercenado a su vez por una oxidada apertura de algo que debe de ser del alcantarillado. La puerta es el centro geométrico de la fachada (blanca, amarillenta) y está flanqueada por dos ventanas, clásicas en cierto sentido, con sus persianas verdes bajadas y su enrejado negro pretérito. La cal parece desaparecer y ello es evidente en la parte inferior, acaso por la humedad, por el agua. La techumbre es de tejas, que vierten todas a la calle, aunque el chorreo es recogido por un canalón de policloruro de vinilo en forma de “u”, que recorre todo el frontal al borde del alero para llevar el caudal hacia la bajante, que desemboca en el damero y, en consecuencia, en la calle, en la reguera, junto a una señal de prohibido parar y estacionar, que parece reclinarse sobre la pared, pero ya donde el vecino. A un lado de la puerta, hay un contador, protegido, del que sale un cable que asciende pegado al muro, hasta el techo. En el otro, una mancha de cemento de forma y propósitos indeterminados, y arriba, el número de la casa, algo inclinado.

Bueno, pues allí volvió a vomitar el de las speedy-pizzas.

«El predestinado» es un artículo que Alberto González escribió para El urbano: https://elurbano.org/2021/01/03/el-predestinado-alberto-gonzalez/

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