HELMET. FERNANDO SÁNCHEZ

Nota preliminar: “Helmet” es un remake del antiguo “Bares raros”, que formaba parte de un texto denominado Después del Pozo de las Nieves, un libro que edité en El urbano, pero que felizmente eliminé de él.

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El personaje está obsesionado con el tema Biscuits for Smut. Todos los días, el hombre completa su desayuno con el vídeo de Biscuits for Smut. Cuando se levanta de la cama, lo primero que hace es cagar, generalmente duro. Y luego, se toma un café solo potente y se come unas pastas o unos mantecados de Tarancón y lo ve hasta tres o cuatro veces, por ejemplo.

2

Junio del año pasado. Calonge Rodríguez ―Tripa― y Manuel Medina ―Joselito―  quedaron en la “U” de la calle Hermanos Becerril, paradigma del racionalismo urbanita y elogio de la clase media conquense a la vez. La nomenclatura es muy popular y el lugar tiene bastante arraigo en el vecindario. Se refieren a esa cosa en aquellos términos porque la trama se dispone a través de tres segmentos, uno largo y otros dos más cortos de igual longitud, que forman un ángulo recto con la calle. En la célebre “U”, como en displasia moderada, se ha reproducido una insípida y turbadora baldosa, aunque hay dos hermosos árboles con algunos arbustos irreductibles que rompen un poco la monotonía y la asepsia del predio aquel, un espacio rectangular saturado de bares y restaurantes, aunque hay también otros negocios y empresas. Los colores de los edificios son el verde y el marrón, que le dan a toda esa historia un terminado muy particular.

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Eran las ocho y diez de la tarde. Se estaba bien. La banda pillaba sitio en las terrazas. En la cuarentena intrascendente, cinco niñas de unos diez o doce años orbitaban en torno a uno de los bancos que ornamentan el rellano hipodámico, por donde el sotobosque. Las chicas, muy arregladitas y tal, como de inmaculado de domingo puro, jugaban un poco al pillado con unas reglas un tanto anómalas y, sin embargo, sugestivas. En el improvisado decorado, como corolario de esa realidad entre disoluta y meramente cotidiana, el bochorno por excelencia se había erigido en el mínimo común múltiplo de esas jóvenes. Era el sofocazo que tenían de las carreras que se estaban dando, del degradado, del anaeróbico próximo al reventado, como con tamo. Sus padres se habían desentendido del tema con algunas dosis de indolencia manifiesta y se tomaban unas cañas en un bar de allí, fuera, y hablaban de lo “burda” y “machista” que es la película de Torrente, en opinión de una de las tertulianas que, un poco indignada y con la sevesa en la mano, discutía sobre el brazo tonto de la ley. Que vomitó una baza con eso del “cocido con la colilla del sigaro”.

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Es una banda estadounidense de metal alternativo. “Page Hamilton lo borda en la canción”, reconoce la vecina del dueño del bar. Aunque de manera un tanto vaga, la mujer lo lleva oyendo en el piso de abajo desde hace 30 años.

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Al lado de las niñas, se hallaba Calonge, un guayabo de Cañada del Hoyo, que esperaba a su colega. El muchacho estudia segundo de Trabajo Social en Cuenca y vive con sus tíos. Las cosas estaban rarunas. Para el tío Alfonso, el chaval había sobrepasado con holgura los límites de lo estrictamente insoportable y por lo tanto había entrado en ebullición o eso es, por lo menos, lo que dice al primero que se encuentra. Todo lo cuenta. Alfonso y la tía Julia la habían tenido ya en alguna ocasión, se habían tanteado, se habían dado voces. Dentro de los postulados de la más estricta y pueril dramaturgia, amagan con el divorcio y da la sensación de que estos derroteros parecen un poco exagerados, sí, aunque ello añade un punto de cocción más extático y deseable por aquellos que son capaces de darse un beso después sin rubor ni miramientos. Que si estoy harto, que si quieres acabar conmigo, que si quieres que pierda la relación con mi hermana, que esto va a acabar con nuestro matrimonio, que el otro día te dije que compraras salmón ahumado y me trajiste trucha, etcétera. En fin, un programa de festejos con anuncios. Siempre en clásico enrarecido.

Una vez, la tía Julia se fue al hospital. Poco antes de las ocho de la mañana, dejó la comida para su marido en la encimera de la cocina, pero su sobrino Calonge se lo clavó para el almuerzo porque le salió de los huevos y nada más.

Es una tontería, pero la tengo que contar.

6

Eran unas albóndigas con salsa de tomate, cebolleta y cominos, que estaban congeladas. Julia las dejó en la mesa para cuando volviese el Alfonso de currar, pero con un Post it con un “Te quiero, Alfonsito”, ¿sabe usted?

Alfonso lleva más de 20 años en una empresa del polígono de La Cerrajera. Estajanovismo con trazabilidad desde el origen. Sin embargo, ese día ocurrió lo que pudo resultar hasta cierto punto predecible. Calonge estaba (normalmente) cansado, el muchacho tenía ganas de comer y se piró de la Facultad. Atravesó el parque del Carrero y se esfumó hasta llegar a la cuesta de Julio Larrañaga, hasta arriba del todo. Abrió el portal y subió a casa de sus tíos, tiró en la cama un par de libros, se aproximó hacia la nevera, se sacó un botellín fresquito y cerró. La culpa fue de las albóndigas, que se acercaron a verle. Calonge quitó el Post it y lo pegó en la mesa, cogió el táper, lo metió en el microondas y, poco después, se lo apretó con media barra de pan que había comprado por supuesto la Julita a primerísima hora donde siempre. Y con el botijo que había sacado del frigorífico, se bajó hasta las cloacas.

Cuando la mujer regresó del hospital, se dirigió hacia la cocina y, después, al salón. Allí, observó a su sobrino, que estaba tumbado en el sofá. “¿Qué haces con ese táper ahí?”. “Que me he comido las albóndigas”, contestó, mientras se sacaba la viruta de la boca. “Pues eran para tu tío, ¿es que no sabes leer?, tú tienes menestra de verduras, majo. Además, te lo dije antes de ayer, te dije que me iba al hospital a cuidar de tu madre”. “No me gusta la menestra”, replicó el Tripa, que tenía un carrillo rojo, como de alergia, de urticaria. “¿Y tu tío? ¿Dónde está?”.

7

Smut es el nombre de la perra de la novia o de lo que sea del Calonge.

8

Al Alfonso le encantan las albóndigas, en especial las que hacía su madre, con panceta, en Tragacete, pero cuando regresó de La Cerrajera, entró en cólera. Se acercó al saco de manteca, que mantenía una dialéctica un tanto cerrada con un helado de chocolate de marca blanca (el joven se mostraba asombrosamente indiferente a todo lo que gravitaba en torno a él y cambiaba de canal con rapidez y también con indiferencia). No hubo protocolo. El tío, maltrecho ya del día, le quitó el mando y lo tiró al suelo, le sacudió un bofetón a mano abierta y le dijo “Como se lo cuentes a tu tía, payaso, te mato, cacho carne”. Como usted puede colegir, uno no se pone así por unas albóndigas en salsa. Llovía sobre el suelo mojado que anegaba el niñato con el paso extraordinariamente lento y cansino de los meses.

Calonge es un haragán, una rebanada de ternera, el portero titular del Real Club Deportivo Salami, aunque da para mucha literatura contundente y absurda. En la “U”, Calonge se comía una bolsa de gusanitos. Al rato, vino el otro mancebo y se largaron de allí.

9

El Manuel ese se apretó una vez con dos amigos 15 cochinillos en 26 días. Es un incondicional del cine de Pajares, sobre todo el de primeros de los 80, cuando trabajaba junto a Esteso, hasta La Lola nos lleva al huerto. Quien le conoce, asegura que posee una de las colecciones más completas de Castilla-La Mancha. Comentan también que es acérrimo seguidor de Joselito, que tiene un montón de sus películas. Y que El ruiseñor de las cumbres se la ha visto por lo menos nueve veces.

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Calonge dejó de hozar en la bolsa de gusanitos. Los amigos, eso, abandonaron la “U” y se largaron a un bar raro. A Medina y a Calonge les gusta ir de bares raros de manera más o menos semestral. Es una vieja y, en ocasiones, desaconsejable costumbre por lo impertinentes que se ponen los tíos y las gilipolleces que dicen. Su sórdida pretensión se metabolizó esta vez en la exploración de la mayor anomalía, de lo más rancio, de lo máximo. Cuenca da mucho de sí para bares extraños, insólitos e infrecuentes, Cuenca está llena de bares de toda condición y por todas partes, puedes escribir doce o trece páginas en Times New Roman 12 con todos los garitos que hay, pero la ciudad no tolera ni las extravagancias ni las charlotadas y los jóvenes siguieron su marcha hasta que llegaron al local, que se halla en la barriada de “Las Quinientas”. Por allí, les esperaba Apolinar, un chico que vive en La Melgosa.

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La vecina se diluye en un pequeño piso de toda la vida. La mujer escribe un libro desde 1996 (hasta hoy, ha redactado unas 270 páginas más o menos). Dice que lo terminará cuando crea que se vaya a morir, que se lo indicará la Virgen de Riánsares.

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Apolinar Brox es la metáfora de la hiperposmodernidad. Quiere, pero le tratan con desdén, a excepción de Manuel y Calonge, que no le quieren, pero le toleran y le llevan bien a tiempo parcial. Apolinar Brox es un chico inteligente, pero apocado. Es bastante entusiasta, pero tiene ademanes enfermizos. Es un tanto habsbúrguico. Es voluntarioso, pero débil. De él, afirman también que es una dioptría viviente a la vez y a sus viejos no se les ocurre otra cosa que endiñarle esas gafas tan grotescas y tan zafias, tan nauseabundas, debo decirlo. En definitiva, los nenes parecen “freaks” en el imaginario popular, del subsuelo, desechados por no se sabe bien qué relación causa/efecto. Son, dicen de ellos, una Parada de los monstruos “de flipar”, la mítica y breve película que les surte de ignominia y desazón, no se sabe bien si reflejo del colectivo que les arropa y les da un besito de hasta mañana.

Los tres jóvenes entraron al bar y se coscaron de que en la barra no había ni tapas ni na, que las bandejas estaban vacías. De lo pulcrísimas que parecían, daba hasta cosica. La dueña se acercó a sus inesperados clientes, que hablaban del tinglado aquel por lo bajini. La rectora del local se dio cuenta, claro, y endureció la modulación, que son paladas de hormigón de forma habitual, que vienen de serie. El bar era angostito, típico, estaba bien iluminado. Tres Marcas en la barra, como amontonados. Calendario de una empresa de pozos y sondeos en la pared.

―¿Queréis algo?

―Ea, pues claro ―respondió Manuel, que progresaba adecuadamente.

―Bájame el tonito, hermosón, que yo te pongo lo que quieras. Pero bájame el tonito, cielo.

―¿Hermosón de qué? ¿Por qué me dices “hermosón”, tía?

Pa empezar, ni tú ni yo compartimos una línea colateral ascendente/descendente de tercer grado por consanguinidad. Además, eres un payaso.

―¿Qué?

―¡Que me bajes el tono, gilipollas!

―¡Pero qué tonito!, si yo te lo he dicho bien… ¿Hay tapas?

―Claro que las hay. Igual que cuando le he oído comentar a tu coleguita, este que tienes al lado, que me parezco a la que dice “¡Boquerones, sardinas, es mu rico!” en Torrente. ¡Ángel! ―llamó muy brava a su marido―, ven un momento.

―¡Voy volando, pichurri!

Apolinar se jiñó y cerró la boca para toda la vida.

―Dime, cariño ―dijo hombre con un sobrado insoportable.

―¿Hay tapas dentro?

―Las estoy haciendo ―respondió―. Hay cacahuetes. Es lo que tienen los bares raros ¿Os pongo algo o no?

Maribel se fue a mear. El reloj de Cruzcampo indicaba las nueve menos veinte de una bonita tarde de junio.

―Bueno, figuras ¿queréis algo o qué?

Nadie respondió.

—¡Que si queréis algo, toláis!

—Oye —dijo Calonge— ¿eso que está sonando es Helmet?

13

Ángel el Cholas, es un morteruelo supuestamente incongruente y perjudicial de hombre encantador y de varios depósitos de aguas fecales de principios de septiembre. El ánade chapotea con estilo en las ciénagas del trapi, entre los manglares de la malquerencia, la bizarría y el éxtasis cotidiano. Es un tío con soltura. Dicen de él que es un entendido del suprematismo y de la Bauhaus. Dicen también que el rector de la infamia llegó a promover una pelea de perros en un corral que tiene al fondo del bar y que se llevó allí a una parva de somarros, con gradas y palcos VIP, pero no está comprobado empíricamente. Luego, tiene clientela y la gente habla bien de las tapas y del jale. “Me preocupan los necesitados”, comenta papá con frecuencia, aunque no se lo preguntes.

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La vecina del Cholas escribe en el capítulo XXIV del libro que ha titulado El hombre del bar de abajo: “He escuchado todo lo que se ha perpetrado en ese lugar como para poder contar todo esto, pero nunca he entrado allí. Apenas he hablado con ese tío, pero en el fondo le deseo. Mi vecino de abajo es un coleccionista de sí mismo, una calcomanía desvirtuada, un juguete roto. Escucha Biscuits for Smut todos los días. A veces, oigo decir a su mujer que se le aparecen sus ancestros en una chopera que hay cerca de su pueblo, en Tarancón, y que habla con ellos por intercesión de la Virgen”.

Los muchachos pagaron sus botellines y se fueron.

Final alternativo: los muchachos se pusieron ciegos de botellines y de magro con tomate, y se fueron.

VÍDEO DE BISCUITS FOR SMUT: https://youtu.be/gWdCX9FXx5Y

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