(MUY) CERCA DEL FUEGO DE GONZ. FERNANDO SÁNCHEZ

Nunca me canso de leer a Pablo Gonz. Cerca del fuego (Sloper, 2022) parece que pasa de puntillas, da la sensación de que pide disculpas cuando entra, pero tardé bastante poco en rebasar la meta del ensimismamiento y de la (in)conclusión final.

En esta novela, hay terquedad compositiva y tramposa. Cerca del fuego es un epítome de hábitos literarios saludables o no y se hace necesario entonces explicar a los lectores esa aparatosa e indecente paradoja. En otra reseña que ya escribí en El urbano sobre el Erótica rural (Ed. La Discreta, 2004) del ya fallecido Adolfo Martínez, yo hacía referencia explícita al denominado “tremendismo ilustrado”, una aparente antinomia que había sido diseñada con mucho tino y con toda la intención del mundo por el profesor y escritor José Ramón Fernández de Cano (Venus venerada II, Editorial Complutense, 2007). Tomando como punto de partida esas haciendas tan fecundas, Gonz habría cruzado de manera muy poética esos límites ya de por sí extramundanos y de hecho ha perpetrado un engendro en el que la tensión expositiva, las atmósferas asfixiantes y el martillo pilón de unas propuestas gramaticales tan irrespirables han traído de la mano otro concepto que les propongo bautizar como “tremendismo atmosférico”. A veces el lenguaje es traicionero, rastrero, pero no tengo la capacidad de parir otra ocurrencia mejor para revelarlo. Atmósferas de cuchillo y tenedor, microclimas de olla exprés, literatura aérea.

Envidio a este hombre. A través de un lenguaje muy astuto, desprovisto de excrecencias y de mecanismos innecesarios y falaces, todo muy hopperiano tal vez, Gonz ha desarrollado una teoría del absurdo híper realista o del híper realismo absurdo (dos extremos que se ven, y que sin embargo se tocan). En un pueblo o pequeña ciudad provinciana, no sabemos su nombre (da lo mismo, podría ser cualquiera), la opresión narrativoespacial ha sido consensuada mediante un baile prolongado y enojoso entre la soledad siderúrgica deconstruida y el coqueteo con los mismos contornos de lo deforme, haciendo de esta atractiva propuesta literaria una bajada a los infiernos.

Escribía Friedrich Nietzsche que sabíamos describir, pero no explicar, aunque pronto te sobreviene un estremecimiento repentino porque Gonz se ha propuesto hacer añicos esta dicotomía tan maniquea como inteligente. La narración que él presenta con ese plus de aniconicidad y por supuesto con bajo cero concesiones a la misericordia, se establece a través de un irreverente muestrario de compartimentos estanco, de celdas verdaderamente, de personajes enterrados en vida entre los que pudiese encontrarse el propio espectador como juguete asustado y anestesiado escondido en el interior de esa cárcel mohosa.

No reviento la lectura y sus aledaños si les digo que hay un final y que el lector avezado presentirá que hay un final –digámoslo así, también se advierte en la contraportada del libro- al poco de meterse en esta espuerta de residuos, en este biohazard de orgasmos y de mugre, pero a este tipo de obras como Cerca del fuego no les hace falta ningún tipo de enmiendas, y si no hubiese existido final, tampoco hubiera pasado nada. Dentro de sus arquetipos habituales, Pablo Gonz se explica tan bien que no le es necesaria ninguna guarnición.

En las tripas de ese repertorio, cada capítulo, agarrado en consecuencia a esa atmosfericidad y turbiedad ya planteadas al principio de esta reseña, constituye la radiografía de un momento larguísimo. El tiempo se congela, el vacío se corporiza, el autor se recrea en las llagas de la (in)acción, lo mejor que le puede pasar a este libro es que estás deseando que se acabe de una puñetera vez. Con apenas tres, cuatro rudimentos narrativos, acontece lo exasperante, la irrealidad del andar por casa, el agravio. Con fuertes dosis de sexo cósmico a la vez (de terribilitá sexual incontenible), esa intención cinematográfica de la que ha hecho gala el escritor se ha transformado en carne y con ella, la podredumbre medioambiental de personajes muy simples, pero muy bien implantados y de alto valor residual.

Con dos o tres elementos, como digo, el autor ha creado esencia, ponzoña, metástasis. Gonz implementa como pocos esa extraña habilidad para desenvolverse con frescura en las afueras literarias, muy lejos del contexto amurallado marchito y desagradable de la propia corrección política palaciega: “Todo transcurre a su alrededor como en una película” (p. 35) es el síntoma de ese trampantojo de imágenes que se retroalimenta en cada esquina de esta flamante propuesta literaria.

El autor ha provisto de autonomía a los objetos, sean meramente físicos o de índole espiritual, la pesadumbre humana coexiste con el aislamiento urbano y con esos escenarios de pesadilla, cenáculos, cenobios, agujeros negros que se alargan hasta el extremo, en los que el tiempo parece desdibujarse en esa retrospectiva del absurdo real, un contexto elemental pero abrumador.

La novela es un acto de contrición. En el pecado de leerla, lleva la penitencia de arrastrarla. El autor te seduce en la red de una realidad procesal en la que uno se efectúa a sí mismo ese juicio tan sumario. En consecuencia, el incauto lector necesita ser indemnizado por daños y perjuicios, o al menos ser advertido al principio con un “Parental/Advisory” o algo de ese estilo. Hubiese sido todo un detalle por parte de Pablo (nótese la ironía), aunque para detallazo del escritor, aún existe en su haber otro final subyacente a cualquier trama o disquisición, que no es otro que la concesión graciosa de salir intacto de ese abismo cuando uno termina de leer ese libro, lo cierra y se dedica a otras actividades.

Hablamos en consecuencia de una novela paralela o transversal al propio texto, que nos plantea la desgracia, que penaliza el mirar para otro lado y que desdibuja la frontera entre lo que es y lo que debería ser (un metatexto, en definitiva, un juego macabro). Final técnico y final alternativo/performativo después de esa reprimenda exagerada y a tiempo. Esos azotes tan mal vistos como eficaces. Autor benevolente, beneplácito manifiesto, orden sacerdotal. Me quedé, por lo tanto, muy cerca del fuego por decisión del escritor, que decidió que me alejase de él, al menos momentáneamente.

Quemaduras de quinto grado. Honrado y agradecido. Sea bienvenido a este blog otra vez.

Imágenes: mi agradecimiento a Casa del Libro.

“Pablo Gonz: antología del nanorrelato metaurbano”/Fernando Sánchez/El urbano es una reseña sobre un libro del autor titulado La saliva del tigre: https://elurbano.org/2021/03/02/gonz-en-el-limite-borde-extrarradio-antologia-del-nanorrelato-metaurbano-fernando-sanchez/

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