
Las novelas gráficas Estamos todas bien (2017) y Todo bajo el sol (2021), ambas de la ilustradora valenciana Ana Penyas (Valencia, 1987), son fantásticas y terriblemente suyas, pero este artículo no es una reseña propiamente. Me han interesado más, en cambio, las posibilidades que ofrece la vivisección de los recursos de los que se ha servido su autora para la hilatura de los mecanismos en ellas presentes y por supuesto, el retrato desalmibarado de los contextos urbanos ausentes y de los (pedazo de) interiores, unas postales que dan por sí mismas para una tesis doctoral. Animo desde este blog a quien se lo proponga.

En Estamos todas bien, siempre desde una perspectiva feminista y, por supuesto, entre los fundamentos de la expresión cosmológica del drama cotidiano, la ilustradora describe diversos momentos de la existencia de sus abuelas Herminia y Maruja, en referencia a su día a día y también a su pasado, a través de varios flashbacks muy bien colocados, soberbios, que vienen muy a cuento. Por otro lado, en la posterior Todo bajo el sol, la cosa ha experimentado un viraje hacia la comprensión y explicación de los efectos de la presión inmobiliaria desde los años 70 en el Levante peninsular. En cualquier caso, hablamos de la recreación fundamental del aislamiento y de la perversión humana en cualquiera de sus vertientes, que configuran el eje axial del expresionismo gráfico de la valenciana, un conjunto de propuestas aún vivas, siempre enérgicas y de un lirismo brutal, aunque de primeras pueda parecer lo contrario.

En mi opinión, el modus operandi de Ana Penyas guarda grandes dosis de costumbrismo punk. La narración de las tribulaciones de los de abajo (un costumbrismo muy acusado) es un engranaje de cualidades minimalistas, reivindicativo, simple, potente, descarnado, hasta agresivo y nihilista, con retazos de un rabiosísimo cubismo sintético a cuestas (es decir, un punk de manual). Aclarado esto, ya puedo empezar diciendo que en Estamos todas bien, el urbanismo suburbial se ha desplegado con una uniformidad absoluta (la que viene determinada por unos edificios distintos unos a otros, de 5 a 7 plantas, en la madrileña Alcorcón, por ejemplo), de ventanas a ras de suelo y terraguero. A ras de los bloques, apenas hay aceras –o no se quieren poner aceras, lo cual me parece bastante intuitivo y por supuesto inteligente-. En esa localidad del suroeste de Madrid, los espacios son enormes y solitarios, de tintes opacos. En una de las viñetas, se dibuja la monotonía existencial de la abuela Maruja, que ocupa una pequeñísima parte de la imagen (un fifty/fifty sorprendente y hermoso de personaje y de tramoya, dos mundos que coexisten a la larga en un círculo vicioso estremecedor).

En la Alcorcón obrera hay terrazas corridas/comunes. Siempre me han llamado la atención. En esos corredores aparece un menda apoyado en la reja, una unidad proverbial como medida de los brotes verdes en medio de todas las cosas muertas. La narración de las nadas se halla asimismo en la oscuridad de la localidad de Las Navas del Marqués (un municipio de Ávila), como corolario metafísico de la posguerra ni menos ni más. Nada mejor que ese bar/célula/mojón en mitad del vacío, que es exactamente el mismo que se dibuja en las afueras de la valenciana Gestalgar y el que se presiente, por ejemplo, en la carretera de Valencia (lo del cartel de Motilla/Honrubia es para enmarcar): a través de estos recursos, la autora ha logrado muy cuidadosamente la recreación plausible de ciudades (y de espacios no precisamente urbanos) de matices sórdidos. Son entidades simples, aletargadas, asépticas, distantes. Y al tiempo, tan puras, tan nuestras.

Los maxicastigos hacia el Levante, agredido desde los años 70, son un retrato prodigioso de la presión social, económica y ambiental bajo el sol (abrasador). Todo lo que se encuentra bajo ese sol guarda similitudes con su predecesora (el culto al objeto cotidiano, la redacción del anonimato, la recreación del personaje/ecosistema y de los ciudadanos a solas de la mano de ese hábitat fustigado, las paredes como elemento principal del retrato, el trazo y las combinaciones psicológicas entre esos actores y sus propios contextos), pero también establece algunas diferencias notables con la primera de las entregas.
En Estamos Todas bien, el repertorio de colores se reduce (o se extiende mismamente) a la paleta del rojo, el negro, el blanco y el ocre, no le hace falta ninguna cosa más en esta protesta tan esquemática como elegante. En Todo bajo el sol, por el contrario, las tonalidades estallan en un horror vacui asfixiante de tendencia muy fauvista y naif. A mí me gusta más lo primero, pero es cuestión ya de gustos. En cualquier caso, los interiores de ambas propuestas se agarran a un realismo que muerde, como ya he comentado, junto a un muy cuidada referencia a las cosas que nos rodean (o que nos envolvían): alfombras, útiles de cocina, crucifijos, imaginería diversa, sillones tapizados, tapetes, recuerdos de otra época, los suelos, las colchas, el desfile de estampados/ajedrezados, la obsesión por la vestimenta como en ese TAC con contraste que ya desglosé en mi artículo sobre el parque de la Fuente del Berro, de Madrid. Los dibujos de Penyas, barnizados de ese punk tan lírico, destilan como alambicados una desaforada pasión por el collage que incluye la técnica de la transferencia fotográfica (la disposición de las figuras levantinas que hace Penyas, a veces me recuerda al mejor Edvard Munch en su poderoso Muerte en la habitación de la enferma, el expresionismo general conceptual vacila entre el Metropolis de Georg Grosz y las figuras de Otto Dix).

En estas novelas gráficas, los contrarios se abrazan como si no hubiese mañana. En consecuencia, los espacios y las historias de esos lugares se agarran a una fuerte dialéctica, en buena parte determinada por algunas de las plásticas heredadas de un Juan Gris o de un Pablo Picasso y por supuesto mediante la brillante percepción que la autora guarda celosamente de esas cosicas de nuestro hinterland inmediato. Con esta sucesión de pronombres personales (yo, usted, el nosotros, las ellas, las terceras personas) y con la reducida (o extendidísima) gama cromática, la propuesta visual es virulenta y te llega hasta la médula, el resultado de un tipo de alquimia que ella posee para utilizar el color a su antojo. La contraposición de lo personal y lo impersonal en el mundo levantino, la ciudad podrida al tiempo que viva y coleando, la soledad frente a la vida en familia y el uso frecuente de la publicidad como sucesión de iconos de épocas pretéritas tan familiares y a la vez como hilo conductor en espacios yermos, dejados de la mano de Dios, resultan memorables. Las incidencias de Alfonso a solas con el paisaje (Todo bajo el sol), así como las movidas de Maruja y de Herminia, y como las de la propia ilustradora que se incluye en su propia tarea, no sólo reflejan el genotipo de la tristeza, sino que también nos indican que todas ellas (y ellos) están bien, frente a la cultura de la sospecha y el desarraigo, y sobre todo, frente a la gilipollez.

Nada ha quedado al azar. Despertar del letargo. Perplejo me he quedado con esas personas que pululan por las páginas de Penyas, que son en definitiva demoledores estereotipos que resultan hasta inquietantes. Estamos todas bien es más intimista, Todo bajo el sol es en cambio más aparatosa, más febril, la ilustradora transmite una potente sensación de calor, de agobio, de pegamento con el lector/la lectora. Entre los despojos del extrarradio, Penyas ha sabido captar la presión socioambiental del contexto playero y de las masas deformes y, en definitiva, de la congoja. He observado con fruición asimismo la tendencia a la repetición (muy estudiada) de las mismas postales urbanas y de las casas de labor. Por favor, véase en Todo bajo el sol la descripción silenciosa del portal 19, o del de la misma Maruja en un portal 7 de la Alcorcón del llamado “Cinturón rojo” de Madrid. OJO, SPOILER: al final de lo levantino, frente a los cachalotes urbanos, Amparo -la mujer de Alfonso- le pregunta si se acuerda de cuando aquello era huerta, en una escena que vale como prelectio para otras cosas de la vida misma.

También me mola mucho la tragaperras o el cartel de El Fary del bar de carretera de la hoy A-3, que tiene mucho de rancio, de desparpajo y de hilarante, y, como ha ye dicho, la interesantísima recreación de esos portales desde fuera o desde dentro, que nos habitúa casi sin quererlo a la contemplación espartana de las ciudades monólogo o de las estructuras cenobio de masa madre. Como un asunto vocacional desde el origen, la voracidad en cualquiera de sus expresiones al uso permanece en un estadio de ida y vuelta, como en un círculo perverso, despojado de sus ornatos más elementales. En las obras de Penyas no hay comienzo ni final y ni falta que hace.
Felicidades, pues, a Ana Penyas por la trituradora gráfica y por la transgresión expresiva. En el sistema circunferencia de la valenciana, lo etéreo se condensa hasta el paroxismo y se hace de la simplicidad, virtud. Ahí, se reivindica en grandes cantidades con recaditos claros y potentes, como debe ser. En ambas partituras, dibujo y narración van de la mano en perpetuo romance con el lector/la lectora y se dan de comer punkamente. Claro que sí. En la misma relectura de los hechos, se hace necesario retornar a cada esquina de sórdida elegancia, en las que el tiempo se congela. Y a los portales, por descontado. Cómo me gustan esos portales, joé.


