Sánchez dice:
<<Introducción a la movida. Román Gubern (1) explica el argumento de un film irreverente, La parada de los monstruos (1932): en la película, el público –afirma Gubern- se aproxima a una mazmorra de feria “que exhibe a un monstruo que no vemos” y después viene un “flash-back” en el que una trapecista se enamora de un enano de esa feria por dinero, lo mata y es “bárbaramente mutilada por los restantes monstruos del circo”. Así las cosas, se retorna al presente y ya se nos deja ver al “monstruo”, que no es otro que esa misma trapecista mutilada, un monstruo artificial que constrasta en blanco y negro con el resto de personajes de la exhibición rodante, “naturales” y “bondadosos”. Así, como por arte de sortilegio, Tod Browning [el director] ha subvertido los estereotipos: “el monstruo artificial produce terror, mientras que [el resto de] los monstruos son vistos como seres humanos normales”. De esta forma, el cineasta ha diseñado una teogonía del fracaso y de la hostilidad, que adoptan formas a su antojo en un espacio perenne de polución y de alquimia descontextualizado.
El pasado 16 de diciembre, hubo un hallazgo urbano muy significativo: una combinatoria de 5 palabras escritas con mayúsculas rodeada de un marco en estado embrionario, dentro de una cabinilla de electricidad de color gris a la intemperie, a las afueras de Cuenca. Mi esposa paseaba por el extrarradio y me envió ese texto con celeridad y con mucho amor. “EN REALIDAD, TODOS HEMOS FRACASADO” era el contenido de esa proposición (la imagen de portada). Honestamente, el fracaso y el éxito me importan un bledo, me basta con no cometer errores, pero aquello me sacudió en mi vasta zona de confort.
Aproximación a la proposición de las afueras. Si aislamos el fracaso de ese enunciado sintético ya ordenado, como un suceso que ya ha tenido lugar, en lo fracasado parece adivinarse una tendencia a la abstracción (no sabemos qué es y desconocemos si ese enunciado es siquiera verdadero, aunque no carece de lógica). Nuestros sentidos entonces pueden aproximarnos a la idea de fracaso como entidad emancipada, libre de ataduras. Como advierte Jorge Fernández Gonzalo, atendiendo a la fenomenología de Husserl, “el cerebro puede ser comprendido como una unidad de almacenamiento que procesa la información sin necesidad de determinar en un primer momento la veracidad o no de tales percepciones, pues estas constituyen, por sí solas, una dosis parcial de verdad en la medida en que alguien las experimenta” (2). Hay un componente platónico, “monstruoso”, cavernoso, pero hay posibilidades que se nos ofrecen como sustento (nunca deberíamos agarrarnos a ellas como a un clavo ardiendo).

Aproximación a la idea de un tiempo deconstruido. Si damos un abrazazo a Browing, el fracaso habría de ser en esencia una actitud/ensimismamiento que ha maridado con un huésped, que transmite a su vez parte de su ADN al patógeno en cuestión (quítenle cualquier pulsión negativa). De esta manera, se ha engendrado una identidad imprecisa a la vez que un tanto samsiana y espacial. La redacción reformula la presunta gangrena y ante todo le da un punto de elegancia. En la proposición, el fracaso ya ha ocurrido, aunque no sabemos con certeza si seguirá ocurriendo en adelante: por ello el texto tiene matices hipersticionales. No se asusten. “Hiperstición” es un novedoso concepto de filosofía punk (Nick Land, 1962-, filósofo y gurú de la cosa) que combina el hype inglés (exageración, turbulencia de ideas) y superstición, que ya la conocemos. Básicamente intenta convertir la ficción en real, es una liberación de la ortodoxia, es una desinhibición de lo jerárquico que suministra una nueva relación presente/futuro (que alimenta a ese presente y se reivindica a sí mismo en su propio devenir). Ello traería consigo una deconstrucción de lo temporal -o bien una unificación de pasado, presente y futuro- y una nueva fracción generatriz del tiempo, que pasa a interpretarse con otros bríos. Manuel De Landa (3) habla de “combinatoria no lineal”, de la realidad “como flujo continuo de materia”, de “transiciones críticas”. “EN REALIDAD”, pues, es una rareza entre pretérito perfecto, presente y futuro, o una redacción que viene del futuro mismo quizá. La lógica preposicional entonces se reinventa a sí misma con cada visita y eso tiene que ver con la hiperstición, que espero haberles explicado medianamente bien.
Aproximación a la locución adverbial “en realidad”. “EN REALIDAD” ha venido para modificar la oración entera, pero eso se lo dejo a la especialista (Mónica Olalla), que lo borda. Si la proposición hubiese sido “Todos hemos fracasado”, la cosa ya no sería igual ¿Qué hubiese pasado si se hubiese escrito “en irrealidad”? Me acojo entonces a la cláusula “Fernández Gonzalo”. Podríamos hablar de fracaso en sí o, por el contrario, de fracaso como imagen de algo que entendemos como fracaso, aunque a fuer de ser honesto, es preferible verlo despojado de la adrenalina del éxito o del denominado “Complejo de Jonás”. El autor/la autora del texto respeta al fracaso en su domicilio particular, lo ha dejado en paz. En la oración hay hedonismo, paradoja y ruptura (o reconsideración) del espacio/tiempo y en especial, mucha sensatez. “El presente perpetuo [afirma Fernández Gonzalo] se propone como una herramienta de control represivo: <<vive el presente>>, <<aprovecha el tiempo>>, etc., ¿no son ejemplos de una dictadura cronológica? El motivo del Carpe Diem encarna el lema totalitario idóneo para una sociedad de goces hipermediáticos y placeres efímeros” (4).
Aproximación a la proposición como lenitivo (¡jamás, moraleja!). Jacques Vassal dice de Leonard Cohen (5) que es “un poeta, un creador”, un tipo que quiere transformar el mundo en base a la “subjetividad misma del individuo que ha comprendido que no se puede estar libre en un mundo en el que los demás están encadenados. Toda acción revolucionaria, tal como Cohen la concibe, tendrá por consiguiente, una liberación total de la subjetividad […]. No se trata de seguir una doctrina del exterior, sino, al contrario, de ser el creador permanente de la teoría revolucionaria […] en un futuro abrasivo” (pp. 76-77). “EN REALIDAD” es pues un acto elegante de fricción, que redacta un supuesto pasado y que proyecta un futuro hipersticional y teleológico. El fracaso ha de litigar pues contra los elementos que le subyugan, para ello es condición sine qua non la perpetuación a través de sus anfitriones -una especie de Parada de los monstruos revisitada es lo que mi esposa contempló el otro día-. Faltaría por dilucidar quién o quiénes son los “monstruos”, fracasables o mutilables según Browning, en el teatro de nuestras cosas (y quiénes son los espectadores que se asombran con espanto de nuestras desdichas). El fracaso adopta muchas grafías y no sabíamos cuál era la “real”. Enhorabuena al autor/a la autora del enigma –fíjese-, que nos observa en el extrarradio. La proposición no es ni mucho menos deshonesta, es en cambio de una factura impecable, es un acto multisexual contra el pánico y, casi sin quererlo, deja una puerta abierta al futuro subversivo. Les dejo con Mónica>>.

Olalla dice:
<<¿Analítica del fracaso o del éxito o bien un juego de opuestos? Me gusta este enunciado, oración, texto unidad comunicativa, función representativa, aspectos referenciales y pragmáticos que iré desbrozando. Cuando Fernando me propuso una reflexión conjunta, paladeé un dulce sabor porque sus ideas siempre son osadas, locas, maravillosas y no puedo negarme. Un nuevo reto, precioso, amable y generoso.
Si tenemos en cuenta la división filológica, como primer indicador, habría que dilucidar su extensión para apoyar el argumento anterior en cuanto a la denominación. Cualquiera es apetecible, cualquiera nos permite bucear en la palabra implícita o explícita y en su sentido y significado. ¿Hablamos de sintaxis, de pragmática, de semántica? Todos hablamos de todo sin tener conciencia de ello. Sujeto, sujeto actante A1, lo performativo y el complemento omitido después del verbo, todo ello abre nuestro abanico de posibilidades al completar en lo que hemos fracasado como soldados o peones de un ajedrez lingüístico donde los étimos adoptan formas humanas, vivas reales. Galdós nos narra esta extraña sinfonía de alfabetos al igual que Love of Lesbian en su cometa Halley: “Acojo palabras en mi hogar / que he encontrado abandonadas en mi palabrera / examino cada jaula y allí / ladrando vocales y consonantes / encuentro sucios verbos que lloran / después de haber sido abandonados por un sujeto/. Dar paso a las palabras, darles vida es darles muerte al mismo tiempo una vez que han sido dichas y pronunciadas. Lo escrito perdura frente a lo oral y a pesar de que perdemos algo, esto alimenta nuestra imaginación de una forma tan hermosa como irremplazable.

Si analizamos el aislamiento de este fracaso, hubo un antes y un después en esta oración, un contexto micro o macrotextual que aporta una serie de elementos para “atar cabos”, relacionar a través de inferencias a quién o qué nos referimos. Los mecanismos anafóricos, pronominales y la abundancia de supuestas elipsis nos adentran en un bosque donde, en un principio, parece no haber luz. Este “todos” mayestático, aunque no sea una primera persona del plural, tiene una finalidad persuasiva ¿por qué no? que te incluye a ti, lector mayestático, te hace partícipe de una acción que tú has de recuperar con referencias intertextuales. ¿Qué ocurriría si el valor pronominal prófugo y genérico de este “todos” no fuese tan explícito? ¿qué suerte de mecanismos de elipsis discurriría en nuestras neuronas? Habría una diferencia sustancial entre: “Hemos fracasado” con un sujeto nosotros propio de su acción que no tiene porqué incluir un “todos” y ese elemento explícito que aclara a dicho sujeto. ¿Un sujeto es siempre una persona? ¿todos somos individuos o somos otra cosa propia o ajena? ¿estamos o existimos? Cuando lo elíptico entra en nuestras vidas es para quedarse, la inclusión en un enunciado da por hecho que existimos, aunque no estemos presentes. Hay quien puede pensar que esta incongruencia pragmático discursiva no lo es si hablamos de sintaxis gramatical pura y dura. Sin embargo, la supuesta disolución del yo o del tú en la colectividad ¿elude nuestra responsabilidad de no haber evitado este fracaso y su importancia? El sujeto se recupera y además habría otro elemento que podríamos completar con un complemento de régimen: “En realidad, todos hemos fracasado (en algo)”. Intentémoslo, juguemos con esta posibilidad a pesar de que sea sin pronombre con un mecanismo anafórico o catafórico de por medio como un invasor de cuerpos o un alien aparentemente ajeno. Este plural metonímico como referente extralingüístico no está exento de afectividad y de amor por los demás, es un rasgo de tolerancia. Los actores, el hablante, el lector como receptor de este mensaje y acto comunicativo están unidos en perfecta comunión. Por otro lado, en las diferentes modalidades de sujeto, estas salen de una chistera cual mago en un truco con pañuelos, una paloma o un objeto sorprendente, un sujeto engreído que se olvidó de su amo que es el verbo. Verbo como acción. Verbo como nombre. Un verbo casi infinito que ha llegado a su fracaso performativo al tener un aspecto ya finalizado, no a modo de perífrasis de participio sino de una relación espacio-tiempo sin remedio, donde nada puedes hacer para retrotraerte a otro pasado simple o a un presente histórico amorfo y visceral con fracasos.

Los signos de puntuación como bellos animales ensalzando nuestra dicción tienen un punto sensorial muy llamativo estructurando nuestra percepción y nuestra adquisición del lenguaje desde que nacemos. Tradicionalmente son pausas para “oxigenar” nuestro cerebro en la lectura, pero sin ellos también nuestros sentidos y significados serían riquísimos en matices, incluso salvarían la vida de un reo como hizo el mismísimo Carlos I de España y V de Alemania firmando una sentencia que no tenía la coma escrita donde debía …. ¡Cómo no hablar de la maravillosa literatura de García Márquez sin comas o un Muñoz Molina heredero del “flujo de la conciencia” al estilo de Proust! Virgole, virgule, coma, beba y regocíjese, lector, rescate de su cárcel puntos y comas, puntos suspensivos, esas interrogaciones y exclamaciones maravillosas que llaman a su puerta diariamente, péinelas, cuídelas porque son únicas al inicio y al final sin fracasar en su plano de vida. Esa coma después del “realidad” aportaría una pausa estilística y bella que conforma un cuadro artístico de paseante frente al espejo. Rizando el rizo, este concepto modal y temporal a la vez podemos analizarlo con sospecha de conector por su sentido subjetivo, complemento circunstancial errático y, en cierto modo, casual y supraoracional. Un relacionante A^B con su particular entonación ¿podría ocupar otro lugar? La llamada de atención ocurre en ese illo tempore destacando una realidad antes que el fracaso, al contrario de un “todos hemos fracasado en realidad” cuyo complemento circunstancial de modo no necesitaría una coma. Una realidad al final de la realidad o palíndromo ABA, que no terceto poético. También como locución adverbial nos remite a una expresión rica en matices que deja el modo y la manera en suspenso. ¿Y si “en realidad” fuera un “realmente”, “así” o “definitivamente”? ¿qué parcela privada de mi tiempo habría finalizado? Puede ser un final, this is the end, my friend al estilo de The Doors en Pére Lachaise con unas cervezas y guitarras buscando el otro lado de las cosas. Tema, rema, tópico, foco y comento. Subtema de estructura encuadrada pero abierta que, al ser incluida en un discurso mayor, cambiaría el tono, el color, el ritmo y nada sería lo mismo. Si una preposición, un sustantivo, una coma, un pronombre y un verbo se atraen, que su romance continúe. Todos encontraremos un punto de inflexión para seguir hablando, compartiendo y escribiendo. Una realidad intangible e infinita por la que brindar.
Bibliografía de Fernando:
(1) Gubern, R. (1989); La imagen pornográfica y otras perversiones ópticas, Akal, p. 117.
(2) Fernández Gonzalo, J. (2016); Guía perversa del viajero en el tiempo, Sans-Soleil, p. 358.
(3) De Landa, M. (2017); Mil años de historia no lineal, Gedisa, pp. 14-21.
(4) Fernández Gonzalo (2016); Guía…, p. 396.
(5) Vassal, J. (1978); Leonard Cohen, Júcar, Los Juglares, pp. 76-77.
Revista Xenomórfica, número 1, junio de 2020: ¿Quién teme a la hiperstición (de izquierdas?.

