Todos los itinerarios mentales, las vías de conocimiento intelectual o emocional, tienen su transmutación terrenal en un universo paralelo palpable. Creo firmemente que es por esta “verdad inmutable”, por lo que el desarrollo del urbanismo, en todas sus vertientes, ha ido siempre ligado a la evolución de la mente humana, la civilización, y por analogía, a la búsqueda de esa perfección que nunca llega.
La felicidad es un camino, no es un lugar. La felicidad se alcanza con una actitud, una voluntad. Caminante no hay camino, se hace camino al andar. ROCIGALGO.
He aquí que, fijado el objetivo a alcanzar, que solo nos servirá para tener un referente, nada más, la senda iniciática será la que vaya forjando la personalidad, el conocimiento, la experiencia, y por supuesto, el más alto valor que todos podemos alcanzar en esta vida: el amor, en todas las variantes y vertientes en las que podemos expresarlo.
Yo, a menudo, lo experimento en Alcoba de los Montes. Cada rincón de esa localidad tiene una conexión con mi consciencia, y a menudo pienso que no es por casualidad que haya visto mi destino ligado a ese pequeño pueblo. El magnetismo de la tierra y de la carne tiene similitudes que nos sorprenderían. Fue Neil de Grase, el famoso astrofísico estadounidense el que aseguró que “El hierro de un meteorito y el hierro de la sangre tienen un origen común en el núcleo de una estrella”. Aunque solo fuera una frase bonita ya merecería la pena; pero es que, en el fondo, siento y percibo que es una certeza poco refutable.

Pues bien, una de las rutas iniciáticas, otra senda estelar es la que se puede recorrer desde el comienzo del camino de las cañás hasta el alto “Olimpo” que alberga el asiento encementado, posterior a los depósitos de agua. Dicho así, parece una ocurrencia o una afirmación sin ton ni son, pero cualquiera que haya estado allí, aunque carezca del vínculo cósmico que unos cuantos privilegiados tenemos, lo puede percibir aunque sea levemente.
Los itinerarios sagrados y las ordenaciones urbanas tienen una forma común: la línea recta. Alrededor de ella surgen como setas el florecimiento, la prosperidad y el fru-frú de la vida. El camino de Santiago, la vía Láctea, la Ciudad Lineal, no tienen el espigamiento rectilíneo por un capricho de la naturaleza. Ahí operaron y siguen rigiendo las inteligencias conocidas y telúricas, y sobre esas líneas se dejaron la vida tanto Dionisos como Arturo Soria, se desvivieron por su proyecto Hermes Trimegisto y Le Corbusier. En el caso del camino de mi pueblo se desconoce el proyectista, aunque se percibe la misma ontología en la disposición de las delicatessen y de las paradas, fondas y lugares de obligada visita.
Una vez comenzado el camino, y al llegar al primer puente, se va ensanchando Castilla, en este caso La Nueva, cuando puedes girar la vista a la derecha y verter la mirada hacia poniente, atraída toda nuestra melancolía acumulada por La Quejiga. Pocos saben dónde está exactamente, pero es el quinto punto cardinal de nuestro micromundo. Algún día habrá que rendirle cumplido homenaje al lugar donde el sol se guarda por las puertas falsas de Navalpino. Es la primera sensación, y no será la última, donde la sangre se convulsione y, como dijo Herman Hesse, el hombre maduro busque más certezas que en los libros.

La travesía de nuestro particular desierto discurría, normalmente, por el tramo del camino hasta llegar a la piscina. Desde pequeño se ha hecho eterno ese trecho, y en él, tanto el niño como el adolescente ha repasado mental y reiteradamente, sus haberes y sus debes, tentado por el demonio del calor aunque nosotros, desconozco el porqué del privilegio, estábamos inmunizados contra sus rigores. Como una especie de camino iniciático, el dantesco recorrido tenía una etapa de permanencia en la dehesa de encinas salpicada por barbacoas y mesas de madera sin desbastar, en cuyo parque temático de la risa y el retruécano dedicamos horas de tanto gozar y retozar.
Plano inclinado en el medio del mapa vital, Highway to hell y en forma de avenida franca de urbanismo prehispánico (e iberoamericano, los universos se atraen) estoy seguro de que, en un vórtice del espacio tiempo, de los que limitan las partes traseras de las librerías en Interestelar, se mantienen en una densa gravedad cero, bailando a su amor, chirimbolos de guardia civil, tiras de panceta olvidadas, chustas de “poro”, chapas de Mahou a medio oxidar, carnets perdidos como excusa atropellada, polvos a medio echar y otros consumados, litronas vacías con su melancólico color oscuro, y por fin, en la esquirla de la memoria, un mamotreto de cemento como servicio unisex, homenaje a una subvención que no ha servido para nada.
Ese broche urbanístico impulsa el relato hacia arriba, remedando unos Campos Elíseos o una Ciudad de la Plata, franca y decidida hacia el mito sagrado de los pilones. Recientemente han adquirido una tonalidad bermeja que los reviste de sacrilegio, más que de atentado a la arquitectura rural. Arturo Soria no vino a este mundo para que la raza humana soportara semejantes crímenes. Gaudí no dio con sus huesos debajo de un tranvía para esta “greguería de la estulticia”.

Una mano pasa por encima de las espigas del trigo, el polígono amorfo que se adivina a la derecha, tiene un magnetismo especial. En el tejado crecen los jaramagos, alguna aulaga, bastantes tréboles. Llega la sensación de haber alcanzado el final del camino, y siempre nos ha embargado una paz inexplicable. En el antiguo Egipto, y para los paseantes que coronan habitualmente este santuario cósmico, ha llegado el momento del pesaje de las almas. Psicostasis en proceso, Stonehenge, pirámide escalonada y en mi pueblo, depósitos de agua de consumo humano. Uno de los primeros recuerdos de mi vida fue el del pavor. Por la rendija que dibuja el arco de medio punto de la puerta, bullían en el interior los murgaños. Sus largas patas y ese cuerpo estilizadamente demoníaco hicieron que este hipogeo se me quedara grabado a fuego en la memoria. La danza de cientos de arañas, sacerdotisas de un templo olvidado, preservaron el magnetismo.
Caminante, no hay camino, sino estelas en el mar, ondas de un agua que has de beber, y que adquieren su condición de elixir dentro de esta arquitectura singular. Lo urbano, lo profano y lo divino, conviven en la ciudad lineal, en la columna vertebral que forja “perfecciones” e “iluminaciones” en este eje de abscisas y ordenadas en el ángulo oscuro de los Montes de Toledo.
Pesadas las almas, el veredicto ha sido “pureza”. Sentado en la plataforma de hormigón, ya puedes mirar hacia abajo, contemplar el pueblo, respirar suavemente, y morir en paz.

