CUANDO LA OCASIÓN LO EXIGE. CONJETURAS SOBRE “ESTÉTICA NOSTROMO”, BY FERNANDO SÁNCHEZ. PABLO CONTRERAS IGUALADA

Conocer realmente a otra persona es una tarea compleja, puede que imposible. Este hecho no impide que el animal curioso que somos, haya desarrollado diversas herramientas, algunas realmente sofisticadas, para intentar acercarse a ese objetivo inalcanzable. Probablemente, la que más lejos consigue llevarnos, es la literatura. Leer a alguien es penetrar en su mente y en su mundo, rompiendo barreras culturales e incluso físicas, como el tiempo y el espacio. Igual que un falsificador domina la pincelada del gran maestro al que copia, un buen lector llega a reconocer al autor al que lee. El problema de la literatura es que, para cumplir esta misión, primero, debe existir un autor dispuesto a exponerse; segundo, debe poder hacerlo de una manera técnica y lingüísticamente eficaz y tercero, debe tener algo interesante que contar, al menos lo suficientemente interesante, como para que alguien esté dispuesto a leerlo. Fernando Sánchez tiene agallas (cojones) para lo primero, lecturas para lo segundo y atractivo para lo tercero.

Estética Nostromo es un título tan elocuente como punk, en el sentido lovecraftiano del término. No hay contradicción en ello. La posmodernidad no está reñida con el equilibrio estético y editorial de la obra. Es un libro (blanco) de lectura ágil y agradable. Es un libro compacto con un salto de página rápido y horizontal que recuerda en eso al This is water de David Foster Wallace; lo cual crea un impulso impaciente que sólo aplaca la relectura a la que ocasionalmente me invita. Es un libro bien estructurado en siete bloques más un bis. Es un libro etimológicamente estimulante porque un xenófilo es buen invitado pero mejor anfitrión. Es un libro anaeróbico, que te exige, pero no te hace trampas. Es un libro que es un buen rato. Supongo que la experiencia es subjetiva y aquí está la mía.

De todos los espacios geográficos posibles, Fernando se obsesiona con los urbanos; de todos los urbanos, siempre se fija en aquellos que en principio tendrían menos que ofrecer: zonas de entrevías, periferias, barrios populares. El pavimento quebrado, el grafiti sin pretensiones, el ladrillo desconchado, las terrazas con sillas de chapa, el toldo verde descolorido, el patio de vecinos con sus aparatos de aire acondicionado polvorientos y la abstracción que crean tres docenas y media de chicles de colores pegados en una alcantarilla del año ochenta y dos, son el eje cartesiano en el que ubica sus divagaciones. Sus personajes serían serios candidatos a novela norteamericana: solitarios, escépticos con un punto pesimista, introspectivos y resignados, pero insumisos. Son dignos. Huelen a tasca currela de banderilla picante y un poquito de serrín en el suelo. Son castizos sin matices burgueses porque no hay lugar para la impostura.

El libro resulta una aleación entre el espacio melómano, bibliófilo, cinéfilo y por supuesto estético del autor, que nos traslada a su universo generacional, y su propia personalidad literaria muy encaminada al análisis, construcción y deconstrucción del lenguaje. Se nos plantea la dicotomía entre el ser irreflexivo (muerto) sujeto a la configuración predeterminada, frente al hombre que piensa, analiza y explora su entorno y realidad -también lingüística-. Ahí están la semiótica, la sociología o la geografía, más allá del puro goce literario. Yo sólo he leído un poco a Žižek y nunca a Fernández Mallo o Wittgenstein, aunque a este último le reconozco el atractivo físico que aporta la intelectualidad; pero sí he disfrutado de Ridley Scott, Carpenter, el mito trágico del actor que enamoró a Meryl Streep y murió a los cuarenta y dos después de protagonizar cinco obras maestras, o del reboteador excéntrico que sedujo a Carmen Electra sin dejar nunca de ser un niño timorato. Y ahí reside parte del encanto del universo de Fernando: mezcla con franqueza las referencias más elevadas con el culturetismo mitómano pop/punk de barrio madrileño -la capital, siempre la capital- de las últimas décadas del siglo pasado; porque hay cierta nostalgia en lo que él escribe, y eso revela madurez. Yo no llego a todo ni lo pretendo. No es mi generación ni mi ecosistema, pero sí me dejo envolver por la atmósfera personal que crea y que me permite conocer y reconocer al escritor y a la persona. Es un crimen que a un buen libro breve no le haga justicia una reseña demasiado extensa, así que concluyo. El vuelo de una mosca nunca dio para tanto.

Pablo Contreras Igualada es profesor de enseñanza secundaria.

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