OTRO DÍA PERFECTO. FERNANDO SÁNCHEZ

Hace poco más de 20 años, un compañero de trabajo me pasó algunas cosas de Tool, una banda de ruack de culto. Hasta ese entonces tan significativo, yo no los había escuchado nunca, válgame Dios. Entre esos CD`s, se hallaba su álbum de estreno Opiate (1992), un E.P. de seis canciones que acoge al atractivo e imperativo Sweat (tr. “Suda”): un acto creativo denso, trabado, enrarecido, metalúrgico y con aires de progresividad. He leído por la Red diversas interpretaciones acerca de ese apoteosis fundamental: un mensaje contra la censura, la descripción misma de un orgasmo y una última, según la página Música.com, que afirma que el cantante –Maynard J. Keenan- se halla retenido en el interior de una especie de sueño en el que se frecuenta a sí mismo, dentro de un estado contemplativo y de agitación. El vocalista, siempre según esa fuente, parece que está buscando además un lugar familiar, amable, seguro. Es un lujo de tema.

En cualquier caso, la mística y la retórica de ese truculento y con ese punto excesivo Sweat la percibo cuando bajo al Metro de Madrid -en general a cualquier underground, pero les hablo en concreto del subsuelo de Madrid-. En ocasiones muy señaladas, sueño con el Metro de Madrid. No hay otro igual. Les hablo de un sucedáneo de pesadilla que acontece en la boca de túneles siniestros, viejos y desordenados, un inhóspito y obsceno territorio en el que tengo la sensación de que me van a pillar los trenes que pasan a velocidad de vértigo, que –eso- circulan como piezas de mortero y que paran donde les sale de los huevos, si es que se detienen alguna baza. El plano del Metro de Madrid de mis desastres oníricos se asemeja en cierta medida al de todos los días de agosto, aunque he de reconocer que ese margen de distorsión es bastante disuasorio e inquietante en realidad. Me pierdo en consecuencia en mis delirios de noche cerrada y salgo por tornos que no llevan a parte alguna, lo más remotamente posible por descontado de mi destino. Me despierto angustiado, baba en las comisuras de la boca, con una opípara ración de sweat. La gente que hay en los raíles es jodidamente turbadora, qué asco de banda, aunque parece aletargada. Y dentro del anonimato más irreverente, los trasbordos, como usted puede deducir, terminan por convertirse en espectros sin salida.

En fin, he buscado en Internet qué significa en puridad todo eso de soñar con viajar en Metro o, en perspectiva, con ver pasar la vida de noche en el interior de un transporte público y te hablan de permutas, de necesidad manifiesta de coger nuevos caminos (como el trayecto de Keenan), de reminiscencias del pasado (trenes desfasados/elogio de la bizarría), de la escenografía de la inseguridad desde el momento en el que no es posible coger ese vagón que te abuchana. Son muchas cosas en espacios reducidos, acaso el trasunto de la esencia febril que nos acorrala por las mañanas. A veces sueño que no puedo pagar el viaje y se sugiere que eso es por algo que deseamos, pero no logramos conseguir. Entonces, es mejor el perfil bajo. Las dificultades físicas y volumétricas en las haciendas de esas hipótesis, añadirían un poso más de incertidumbre al asunto de un Metro de Madrid absolutamente terrorífico a las cuatro de la madrugada.

Me cuesta conciliar el sueño otra vez y doy la vuelta a la almohada, horadada por mis espesas secreciones de calidad. Es decir, según los testimonios que tengo el gusto de leer en Google, yo estaría un tanto mierder y perdido. Y bastante sudado. Añado a ese laboratorio suburbano mi arraigada claustrofobia de siempre, aunque el pródromo no es óbice para sumergirme como un incauto a decenas de metros de profundidad debajo de la superficie de la urbe. He ahí una paradojita. El suelo de Madrid parece suavizar las asperezas. Comentan asimismo que el airazo que te tumba a la entrada del suburbano viene consensuado por un principio básico de la termodinámica. Vamos, que don Viento siente la necesidad de escaparse por ese hueco y te zarandea, te encoge, te embriaga, hasta te da un poquito de gustillo. Dicen que la banda que siente pánico por el metro, padece siderodromofobia (como ven, hay fobias para todos) y yo lo pasé muy mal en una ocasión en la línea 2 del Metro de Madrid, en pleno verano, como Dios manda, entre la contemplación y la agitación asimismo, en un vagón hasta arriba de gente a la que yo le importaba un bledo. Y a la que a mí me importaba lo mismo en realidad.

Pasó la pandemia (redactado así, parece un cuento de hadas punk). Hacía por lo menos dos interminables años que no había cabalgado a lomos de mi Metro de Madrid (les comento que era julio de 2022) y me daba la sensación de que todo parecía ser un poco más extravagante de lo normal, cuando cogía el suburbano de joven hasta para ir al cuarto de baño. En esas, comencé a reflexionar sobre este anteproyecto de cosmovisión de Madrid, sobre el Metro, sobre Michel Houellebecq y la cuestión esa del dichoso bozal rectangular. Me aprovechaba un tanto de la coyuntura subterránea para ventilarme la Ampliación del campo de batalla, del escritor francés. De su simplicidad emana exuberancia y se puede ser muy feliz con ese libro, a pesar de los houellebecquismos tan enquistados, tan elevados. Ampliación es de igual forma un subconjunto de espermatozoides desechados por un óvulo. O el mismo espermatozoide que pasa de todo y que desdeña el Santo Grial final. Se produjo por lo tanto una sotanización de la lectura, en medio del ecosistema granítico del subsuelo de Madrid, falocéntrico, de cavidades por llenar de –digamos- algo decente. Yo me hallaba a la espera de ser fecundado por esa obra de tantos quilates, cuando, de forma repentina, siempre ocurre lo inesperado (esto no es de mi barbecho, es en cambio un título de André Malraux).

Había una vez entonces una preciosa mascarilla pegada al brazo de un personaje del montón. Por lo tanto la culpa fue del antifaz terapéutico punk, que se bajó de la boca de ese tipo tan prescindible y fugaz. La mascarilla no aceptó la superioridad moral de nadie y por supuesto que relativizó el ex abrupto en ese extraño y prolongado instante hasta extremos insospechados. Y me encontré de repente con varios inconvenientes en mi campo de batalla particular, extendido en su concepto doctrinario por la persona que pulso el botón de emergencia e hizo detener el tren entre las estaciones de Banco de España y Retiro. Nos damos cuenta después de que uno/a no llevaba colocada la puta mascarilla en su jeta (hasta ese sábado de julio, al menos, era obligatorio).

Hay que ser tonto del culo para perpetrar esa parada por ese motivo. Y yo comencé a percibir los mismos síntomas de Keenan en su premonitorio Sweat (“Sweating, breathing, staring, thinking, sinking”, nos dice él) y empecé con mi sweat particular en los entresijos crueles de aquel carruaje de una sola pieza que iba hasta las trancas, con la gente hasta los cojones/ovarios de casi todo (entre lo que se incluye los subconjuntos malévolos de los consigos mismos y las consignas del personaje de la Ampliación de Houellebecq). El tren se paró en mitad del túnel, la banda se confundió, el conductor abandonó momentáneamente la cabina y se dirigió como muy funcionarial hacia la trastienda de aquel Abyss madrileño. A pesar de todo, me llamó positivamente la atención que el abnegado empleado hubiese concebido su vida laboral como un trámite, diligente, como que estaba de vuelta de todo. Qué jefe. Fue una cucharada de Bisolvón. Lo que les cuento, que alguien había dado al botón de emergencia básicamente: es una cuestión de óvulos y espermatozoides desnortados, cariacontecidos y hastiados a priori como el eximio narrador de Houellebecq.

En cualquier caso, deseaba escapar de ese tren saturado (aún no sé si mi claustrofobia es tridimensional o social), prisionero de mi propia sordidez quizás, entubado en ese ataúd a media escala. Y a nuestro lado, de nuevo, una mascarilla encadenada al brazo de un tipo de dudoso gusto estético y de parquedad de miras macroscópicas, discutía con una mujer de edad provecta. Al menos hasta aquella mañana, esas mascarillas, como digo, eran inexcusables en el interior de los vagones, y no será por advertencias, créanme. Y hablamos en definitiva de la existencia de un bozal rectangular anexado a aquel hombre –parecía como equilibrarlo- que se largó al final en la estación de Retiro, donde todo ya parecía fluir. A nosotros nos gusta viajar en Metro y a veces ese acto tan proceloso lo concebimos más bien como fin que como medio, por eso también esta performance de carácter lírico y lúdico se hubiese podido reconciliar en buena medida con una de las aclaraciones mencionadas en párrafo uno, que tiene como cimientos el mismísimo orgasmo. Pero bueno, que nos mola mucho bajar y ya está, con eso es suficiente.

Les comento que me dieron muchas ganas de decirle algo al gilipollas integral de la mascarilla azul, pero no tuve espermas suficientemente aptos. El tipo que allí se hallaba se declaró no culpable de todos los cargos que se le imputaban, a través una sorprendente, pero en el fondo muy torpe soltura, por lo que deduje que la culpa la tenía su excelso correaje, impoluto -eso sí-, que deambulaba como ya sabe usted por las calles desiertas de las extremidades superiores de ese personaje entre atectónico y nauseabundo. Qué tío más tonto, joder. Nadie pareció darse cuenta de lo poético (y tantálico) de aquella situación grosera y absurda. Pero bueno, que dejé de sudar. Y sobre todo, dejé de pensar. He llegado a la conclusión de que el Metro de Madrid es más pretérito perfecto que presente de subjuntivo. El tren arrancó, pareció que me sentía mejor dentro de ese féretro de índole patrimonial, mi mujer y yo intercambiamos apenas alguna comunicación entre punk y discreta, y la gente volvió a lo suyo, si es que alguna vez se largó de sus putas cosas.

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