ICONOCLASTIA E ICONODULIA EN LA CIUDAD BAJA DE CUENCA (TRIBUTO A PABLO CONTRERAS IGUALADA). FERNANDO SÁNCHEZ

Todas las imágenes: El urbano.

A muchos conquenses, que mucho me han dado (y me han aguantado).

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Después de 19 años viviendo en Cuenca y desbrozando las cosas de Cuenca, aún sigo con la mirada de indiscreto de manual hacia esos elementos tan vituperados de la ciudad a la que llaman Impertérrita. A las cosas –pienso- les falta cariño, y me las llevo al salón de actos de la redención. No es preceptiva pa lo de hoy la perspectiva de la lágrima, sólo hallo en la ecuación a Pablo Contreras Igualada –en adelante, Pablo-.

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En cierto sentido, el texto que adorna esta seriación de iconos publicitarios de Cuenca (siempre en referencia a la ciudad baja, como debe ser) tiene un poco de regresión, aunque sólo sea de canto, al espíritu indecente de la conferencia que impartí en su momento en la Real Academia Conquense de Artes y Letras (R.A.C.A.L., octubre de 2018) y en mi propio instituto, el I.E.S. Fernando Zóbel (enero de 2019): “Geografía urbana de la ciudad baja de Cuenca: las matrioskas y sus posibilidades literarias y artísticas” no fue sino el encabezamiento de la cosa consumada, un titular algo espesito, ininteligible tal vez. Por entonces, yo aún no conocía al eximio Pablo, un cordón umbilical que pone en contacto los vectores del término municipal de abajo, una persona poderosamente umbilical (por encima de su mismísimo personaje, que a fin de cuentas es el que nos creamos todos en el tráfago cotidiano, en la calle Colón por ejemplo, en el conjunto de Las doscientas).

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Honestamente, si hoy tuviese que dar ese discurso (la conferencia, me refiero), es bastante probable que la idea de matrioskización hubiese desaparecido de él de forma fulminante y desagradable. En la actualidad, la tengo en desuso. Ahora, mi perspectiva es distinta, los actores cambian (Pablo) y las representaciones del entorno, también (iconodulia). La idea había sido un tanto pretenciosa y no pasó de ser una cuestión meramente cosmética. Hoy, en efecto, ese concepto no es más que una auténtica mierda. Por otra parte, me gusta comenzar los textos con el adverbio “honestamente”.

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La ciudad baja de Cuenca es la antítesis de parque temático, se ajusta al modelo rizoma deleuziano. Hay gente que me dice que es “muy fea”, pero es de todo menos parque de atracciones o escenario de cartón piedra y eso ya es un poco de mucho. A una porción del público asistente a mis charlas, ese atrevido concepto de matrioskas le pareció “original”, “interesante”, “novedoso” y toda esa suerte de adjetivos honrosos con los que se puede ser ciertamente indulgente. Otra parte del auditorio, en cambio, no lo entendió y me lo hizo ver educadamente. En todas las direcciones sin embargo, agradezco (mucho) la oportunidad que me proporcionó mi amigo Chema Albareda, pintor, catedrático de Dibujo y miembro de la R.A.C.A.L. mencionada.

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En cualquier caso, todo aquello que generó la dichosa matrioska supuso un salto cualitativo ciertamente relevante en mi proceso creativo y en mi querencia hacia la contemplación urbana, y generó un abundante sedimento, un poso que hoy sale a la superficie en forma de letreros, logotipos y marcas de toda la vida de la ciudad. Pablo es un conjunto de pablos, hay varias reproducciones de él. Si no, no sería posible explicarlo desde la espistemología o desde la perspectiva del horizonte de sucesos. Pablo es asimismo una especie aventajada de servidumbre de paso en cualquier rincón de la impertérritamente baja.

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Ya son muchos y largos los paseos por el descuidado y, en ocasiones, destrozado pavimento de aquí (una localidad postergada, desprotegida, desatendida por sus políticos de toda índole, a la intemperie). Aunque muy dejada, Cuenca tiene mucho que ofrecer, además de un casco histórico Patrimonio de la Humanidad. La Cuenca baja es pura gula y tendente a la entropía.

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Comparto con ustedes toda esta suerte de rúbricas de establecimientos comerciales que aún viven o que ya han sido enterrados y homenajeados con dignidad, iconos de locales de acusada filiación (quiero decir con esta expresión que el ciudadano conquense los conocerá mucho mejor en puridad que yo y sabrá más cosicas de esos entretantos urbanos). Al fin y al cabo, en el contexto se exhibe una bizarra sincronicidad. A corto y largo plazo, el autorretrato, como en Rembrandt es, no obstante, una muestra muy diáfana de periodicidad narcisista.

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En aquellas conferencias, contaba que el profesor y escritor Antonio Santos había escrito Los casos de Mauricio Romero, el detective de Cuenca (Ed. Alternativa Luz de Luna, 2012), una novela negra salpicada de territorios comunes de la ciudad de abajo. En una entrevista, le preguntaban a Santos por los bares y antros de sus novelas, y por el “impenitente codo de Mahou”. Él respondía honestamente: “Los bares que aparecen lo hacen, creo, que bien reflejados y con cariño porque son los bares a los que yo soy o he sido en algún momento o periodo de mi vida asiduo. Para mí son los mejores bares de la ciudad y claro, supongo que la gente pensará que conozco todos los bares […] y quizás no es así, pero me gusta aprender y nunca es tarde si la dicha es buena: acepto invitaciones de quienes me quieran presentar sus bares favoritos”, decía el autor.

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En el libro del detective Romero, el Bar Roco, el Café Liceo, Almacenes Barcelona, el Bar Guerra, el Bar La Fama, la rotonda del Bricoking o las puertas del I.E.S. Santiago Grisolía han dado lugar a una pirotecnia hiperrealista de lugares muy del aquí mismo, bajo los auspicios de una asombrosa cotidianidad. Romero también hacía referencia explícita al “kiosko de Gloria” (Kiosko mercería Cristina). Decía de él que “es, sin lugar a dudas, el mejor de toda Cuenca y un sencillo viaje por la historia de barrio de España” (p. 68).

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Hablar de Cuenca a los conquenses es sin embargo, tendencioso, complejo, delicado, hasta arriesgado. Escribo de Cuenca, sobre todo, gracias a Cuenca y, a veces, a pesar de Cuenca.

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Pablo es un personaje de otro libro de Antonio Santos: La ruta de las ratas, un caso de Mauricio Romero (Al revés, 2014): “quien nunca haya estado en un bar como El Roco, es imposible que lo entienda. Pablo Contreras y sus amigos, jóvenes habituales del templo […], siempre dicen, entre tantas risas como tercios, que hay cuatro tipos de hombres: los heterosexuales, los homosexuales, los metrosexuales y los rocosexuales” (p. 46).

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En definitiva, les hablo de simbolismo antes de la depuradora. Hay algunos iconos que no están lamentablemente, pero los que se hallan aquí me molan un montón: el (macabro) criterio de selección es la apetencia o el apego emocional o el encontronazo violento y con eso podría ser suficiente. Decía Marc Augé (Los no lugares, Gedisa, 2017) que era “necesario agregar también que hay espacios donde el individuo se siente como espectador sin que la naturaleza del espectáculo le importe verdaderamente. Como si la posición del espectador constituyese lo esencial del espectáculo” (p. 91).

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La Confitería Ruiz es revelada en Voces de Cuenca. El poeta conquense José Luis Lucas Aledón, fallecido en 2015, escribió el artículo Historia de una calle: Carretería (segunda parte). Hablaba de “un confitero jareño”, que abrió la “Cafetería Confitería con su apellido, Ruiz,  al modo y moda de la cadena California en los madriles, con guapas y elegantes señoritas de camareras. Virgilio Ruiz, siempre  vigilante atento, sin perder la sonrisa […] atrajo a selecta clientela”. Eso también lo comenté a lo largo de mis conferencias.

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La Despensa es una cadena de supermercados que tiene sedes en Cuenca. A día de hoy, hay 4 establecimientos. Llegué a contar en su momento 7, cuando recibían el nombre de Alconsa (Alimentaria Conquense S.A.). Cómo me molaban los Alconsa, oye, eran hálito de barrio y corolario de esa interpelación a través de la palabra y del texto. Y a Pablo te lo puedes encontrar en ese súper o fuera de ellos (Chema Albareda siempre dice “yo no busco, encuentro”). Por ese motivo, Cuenca tiende asimismo a la sinonimia en medio del desorden. Y Pablo redefine los itinerarios a través de su geometría variable. Pablo es acto de desagravio: lo de las matrioskas no me quita el sueño, pero fue un resbalón (tuvo un poco de impostura y fue una grosería hacia mis conciudadanos).

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