A mi querido Rubén Fernández Santos. Así da gusto vivir, insisto.
Honestamente, al final, me encuentro frente a las contradicciones que suscita un turista de mierda en el diálogo silencioso del binomio “paisaje-texto”, establecido por Marc Augé (Los no lugares, Ed. Gedisa, 2017). Aclarado lo del número, no me gustan los aeropuertos (angustia pura). Me aturdo, entro en modo-voy-delante-de-Ed-Gein desde el quel. Cuando leí el fabuloso y realmente perturbador Cosmética del enemigo (Amélie Nothomb, Anagrama, 2003), y desde el momento en el que me dejé arrastrar en el embudo perpetrado por la escritora a través de la dialéctica opresiva, truculenta y obsesiva entre dos personajes que se encuentran de forma presuntamente fortuita en una de esas terminales mundanas, me pareció hallarme repentinamente en el fondo del ciego de uno de esos locales a medio camino de la cordura, una escenografía al fin y al cabo que me recordó a uno de los tugurios del film El expreso de medianoche (Alan Parker, 1978): qué momento, por el amor de Dios, cuando contemplas algunos de los prisioneros dando vueltas en ese nido de cucarachas, alienados, hacinados, poseídos, lobotomizados, animalizados, enterrados en vida.

Hoy, les hablo de “sobremodernidad” a propósito de una iglesia de la ciudad de Lisboa. Esta mañana, me he levantado como Parker, con ganas de hacer algo solvente (las fechas de caducidad me las endiñan sin remedio). Dentro de mi artículo “Un Spam de media noche y el jinete supersónico”, editado en EL URBANO en febrero de 2022 (y borrado), yo les comentaba a ustedes algunas mamarrachadas de mi añada más codiciada que se implementaron en el interior de un avión con destino a San Juan de Puerto Rico, pero nunca les hablé de los aeropuertos como entidad conceptual e independiente. De ellos, dice Augé que no dejan de ser un producto de esa misma “sobremodernidad”, un concepto que él mismo crea, amasa, cría y reproduce. Augé afirmaba que en esos mismos aeropuertos, el pasajero de esos no lugares “sólo encuentra su identidad en el control aduanero, o en la caja registradora. Mientras espera [prosigue], obedece al mismo código que los demás, registra los mismos mensajes, responde a las mismas apelaciones. El espacio del no lugar no crea ni identidad singular ni relación, sino soledad y similitud” (p. 107).

Y a propósito de esta soberana y sombría deconstrucción de matices carcelarios y parkerianos, por supuesto que me acuerdo del viaje a Berlín (julio de 2009). Faltaría más. Sin saberlo (de verdad), llevábamos un DNI caducado y eso nos lo hacen saber y tal en el aeropuerto de Barajas (Madrid) y ya entra el sofoco por la puerta con muy mala educación. En el contexto del máximo desconcierto posible y asimilable, nos comentan que podemos volar, pero que ya no saben qué puede ocurrir con nuestras vidas cuando aterricemos en Berlín (desde nada hasta deportación). Cogemos el avión en cualquier caso. Y cuando llegamos al aeropuerto de Tegel, se gesta con pocos mimbres un decorado parecido a la salida de Léon (Jean Reno) en El profesional (Luc Besson, 1995) que, triturado, camina por un pasillo, se dirige a duras penas hacia la calle (se hace pasar por un policía malherido) y al final es tiroteado por un tal Stansfield (Gary Oldman). De esta forma tan profesional, rebasábamos las salas una después de otra hacia la salida del recinto sin que pasara absolutamente nada reseñable, con cierto desparpajo realmente, esperando a un Stansfield que nunca apareció en el horizonte de sucesos. Por ese motivo, mirando como ensimismado a través del espejo retrovisor, me da la terrible sensación de que esa terminal –y cualquiera por extensión, como la de Lisboa, de la que salí vivo- es muy nothombiana. Sentarse con alguien, aunque sea en la cola del médico, es muy nothombiano. Sentarse uno solo es, no obstante, lo más nothombiano que hay porque te comes la cabeza como uno de los ínclitos personajes de esa Cosmética tan furibunda e impagable. En definitiva, como un gilipollas.

Estuve en Lisboa hace 22 años y volví a sus brazos hace varios días con los ademanes de niño muy correcto, muy en expectativa de destino, buceando en mis recuerdos vagos y bastante desgastados. Y me vino al torrao todo eso de la Saudade, palabra de origen mismamente portugués que guarda una intestina relación con la cuestión de la distancia/la nostalgia, un metaconcepto un tanto difuso, aunque profético, pero no me voy a detener en ello, créanme. Comprobé no obstante otra vez que mi adorada Lisboa hace alarde de postpoesía con toques de escenario de cartón piedra, aunque rebajados. Esta vez, me encontraba aparentemente bien en el metro de la Encarnaçao, por decir un lugar que me llamó la atención en el subsuelo. Sin embargo, cuando estuve en la ciudad en 2002, estaba con nosotros el cáncer de colon que yo llevaba en las vísceras, pero aún no lo sabía. Otro nido de cucarachas entonces, otra cárcel de Parker, tan cerca y tan lejos (saudade), un patrón glandular indiferenciado, pero de eso no tenía ni puta idea como ya he comentado (saudade, segunda parte, sin ánimo de más secuelas ni de otro alien).

¿Qué distancia hay entonces entre lo que llamamos “postpoesía” y los elementos inherentes al turismo de “sobremodernidad” que nos asolaba y del que formábamos una minúscula parte aunque esencial, sin embargo? ¿Cuál es el intervalo entre, por ejemplo, los dos personajes de la Cosmética de Nothomb? ¿Cuántos kilómetros se cuentan entre la ignorancia y el conocimiento de las cosas mismas, que incluye las mismas dosis de escarmiento y desenvoltura, cuando te encuentras de forma brusca y acojonante con una iglesia quemada y reconvertida? En líneas generales, recorremos las distancias con ciertas ínfulas y con dosis de presunción, pero luego todos somos una puta mierda. Hasta la de cualquier súper mercado (en este caso, llevaba el nombre de Continente), establecimiento en el que dice Augé que existe un “diálogo más directo pero aún más silencioso: el que cada titular de una tarjeta de crédito mantiene con la máquina distribuidora donde la inserta y en cuya pantalla le son transmitidas instrucciones generalmente alentadoras, pero que constituyen a veces verdaderos llamados al orden (<<Tarjeta mal introducida>>, <<Retire su tarjeta>> […], <<Gracias por su visita>>, <<Buen viaje>> […]), no importa a quién: son las que fabrican al “hombre medio”, definido como usuario del sistema vial, comercial o bancario” (pp. 103-104).

El antropólogo propuso el concepto “sobremodernidad”, que no tiene mucho que ver con el de “posmodernidad” (el relativismo o incluso el perspectivismo a fin de cuentas). “Sobremodernidad” va cogido de la mano de las súper abundancias y de la saturación de lo que conocemos como modernidad en lo que a la uniformización y rebosamiento de las propuestas vomitadas por los medios de (des)información se refiere, también en relación a la virtualización de la existencia y a la creación de individuos sometidos y alienados (como en el cuasi documental de Parker, como en el aeropuerto o como en la caja del barrio), que abrevan en el manantial de la pasividad y de la inanidad (nostalgia –les comento- en resumidas cuentas, apunto a la diana del turismo, como pueden colegir).
¿Hablamos pues de ese turismo como corolario de un acto sangrante de posesión y alienación? En mi opinión, Lisboa se había uniformizado y globalizado 22 años después, pero dentro de la iglesia quemada de Santo Domingo, me pareció respirar como en la salida de Tegel, con lo cual me encontré delante de mi rincón postpoético, además de considerarme como un número, como digo, o como una puñetera guirnalda, así como en diversos (no) lugares de la ciudad, como en la (aún auténtica) Alfama. Me la presentó mi esposa. Entré 6 veces a verla, lo juro, a lo largo de los 3 días en los que Ana y yo estuvimos allí. El recinto guarda celosamente ese punto esperpéntico y espectrópico (que diría Jorge Fernández Gonzalo en su Espectropías) y asimismo residual y comercial: como afirma Agustín Fernández Mallo, “el <<puro uso>> de un objeto, y ya sea este un objeto material o intelectual, es un imposible, sólo entendible como límite metafísico. En otras palabras: en mayor o menor medida siempre hay consumo” (Teoría general de la basura, Galaxia Gutenberg, 2018, p. 347).

Del lisboeta barrio de Alfama , se dice en el blog Cuatro en ruta/www.cuatroenruta.com que tiene un «encanto decadente muy particular». Lo de su autor es un epítome imbatible. Si lo aplicamos al impresionante recinto eclesiástico medio calcinado y analizamos desde dentro de ese polinomio los términos “encanto” (noción que rebaja cualquier experiencia desaforada y por lo tanto inabarcable), “decadente” (un espacio tétrico, siniestro, inquietante, lúgubre, abismal) y “particular” (la iglesia ha ejercido contra y desde su propia memoria esa distancia nostálgica con los elementos y, sobre todo, consigo misma, en su lucha por no desaparecer en el cubo de la mencionada posmodernidad a pesar del consumo), nos da como resultado la gestación incólume de una de esas rendijas de las que el filósofo Graham Harman, del Realismo raro, reseñado en este blog, nos comentaba que nos pueden acercar a ese ambiente absolutamente mundano y a la vez excepcional de borde, de frontera. Yo entré 6 veces allí y me quedé asombrado. El ambiente fantástico y onírico encubría mis ansias de desnumerización en el fondo del piélago del anonimato.

Aún había esperanza de agarrarme a un clavo ardiendo y de desdecirme de lo idiotesco y de lo estrictamente numérico, insisto. La iglesia se quemó en 1959 y en ella se mantiene buena parte de lo calcinado (pueden verlo en las imágenes que, no obstante, ocultan manifiestamente esa (ir)realidad tan potente). La iglesia fue asimismo lugar de ajusticiamiento, de asesinatos y de autos de fe. Dos bomberos, muertos en el incendio. Luego la iglesia tiene de todo. En definitiva, les estoy hablando muy educadamente de caducidad y de contextos perecederos, les estoy diciendo de forma muy correcta que quizá nos hallemos en medio de urbanidades que se están metabolizando en no-lugares sin saberlo. Por ello quise comprobar si esa iglesia trágica y sombría es conjunto de espacios de comunicación anónima, de paso, de no-interacción. Sin embargo, lejos de transformarme en el dichoso número y a pesar de esa gigantesca y tremebunda “pantalla texto”, me sentí bastante bien dentro de la congoja suscitada. Y sobre todo, me sentí yo mismo y perdón por la cursilada irreversible. La gente iba a su aire y nosotros fuimos al nuestro 6 veces en medio del desasosiego que sentí al profanar (y al percibir) toda aquella performance. En cualquier caso, hicimos del anonimato, virtud.

De la mano del de “Sobremodernidad”, “No-lugar” también fue neologismo introducido por el mismo y prolífico Augé: a pesar de los protocolos incendiarios, presentí que teníamos la libertad de entender las cosas como no-lugares (o como lugares o como todo lo contrario a los dos anteriores) bajo la aterciopelada manta de una encantadora discreción (o después de una cucharada del jarabe del realismo raro orientado a los objetos quemados de la iglesia).¿Qué diferencia existe entre un aeropuerto y una iglesia en la que coexisten fieles y turistas incautos agarrados a sus propios procesos sintagmáticos de uso y consumo? Después de Santo Domingo, entré 5 veces más a Santo Domingo. Y hace dos días exactamente, estuvimos disfrutando de la inauguración de una exposición de pintura del profesor, artista y amigo mío Rubén Fernández Santos (“Lo que está debajo”, Sala Iberia, Cuenca). Juan Membrillo, comisario de la muestra, al que tuve el placer de abrazar de nuevo, escribía en el prólogo del libro que la introduce que esa exposición no es sino “una visita guiada que nos transporta silenciosamente a un espacio de contemplación y pensamiento sobre lo que se esconde […]. Un espacio de interacción donde lo oculto puede emerger y lo visible es cubierto”. Y mientras escuchaba a uno y a otro expresar sus sólidos y honestos argumentos en aquella presentación del miércoles, olvidé por momentos que yo había sido un turista de mierda en Lisboa, o a lo mejor no tanto, y de manera no tan casual y siempre con delectación, recordé las hostias mentales que me dio aquella iglesia portuguesa escondida en medio del gentío, en la que me pude acercar, aunque a hurtadillas, a todo lo que “estaba debajo”.


