GALERÍA «LE GRAND GARAGE». FERNANDO SÁNCHEZ EN COLABORACIÓN CON RUBÉN FERNÁNDEZ SANTOS

Como un adelanto de los días (en secuencia irreversible al tiempo que orgásmica y alentadora), Rubén Fernández Santos me puso en la pista del hallazgo de una galería en la ciudad de Cuenca con la que yo iba a flipar realmente, como que estaba hecha a precisa medida de uno, muy en crudo y desadjetivado, y me encuentro con muchas ganas de cultivar de significados el huerto de los significantes adheridos a la praxis. Ese local entonces me tenía que decir algo relevante sobre nuestra cuantificación del intervalo cotidiano, que está muy de moda en esta plataforma. Nuestras objeciones a todo lo demás no habrían de ser óbice a la asimilación de ese subconjunto de oportunidades que llaman a tu puerta con delectación. Las cosas coexisten en el mismo ecosistema sin necesidad de beber en el mismo pilón, me refiero. Adrián Mena, su gurú e ideólogo, primero vio, luego interpretó, después transformó sirviéndose en bandeja de su cualidad visionaria del reparto de roles, en este caso todo muy bien aseado en el subsuelo, como digo, de Cuenca. Es una mentalidad de cojones con retranca transfronteriza. Adrián aprovecha la frankensteinización de la calle (65 edificios distintos entre sí a lo largo de 600 metros) para transmitirnos su propuesta a través de la diáfana manifestación geométrica de un sótano, de paredes blancas y neutras que son en sí mismas un objeto debajo de esa realidad frankenstein.

Como le dije al propio Adrián, les hablo de un postpunk anti comercial con reminiscencias de mi añorado Matadero Madrid, con fuertes cargas escenográficas quizás propias de esos locales industriales esgrimidos en los videoclips de Combichrist (Get your body beat) o de The Prodigy (No good/start the dance, en un garito recorrido por la banda con cierto desdén y voyeurismo), ocultos en el trastero de un edificio corriente, un iglú espectroscópico de manual. Espacio (entidad abstracta) y lugar (algo físico ocupado, afirma el antropólogo Miguel Delgado) se funden en un local subterráneo cuya entrada sólo se percibe si se presta máxima atención en el portal: el letrero de Le Grand Garage, en madera, y el nombre de la exposición en una cuartilla. No me gusta llamarlo “contracultural” porque la noción lo hace necesariamente dependiente incluso subordinado a la misma cultura. Hubiese sido hasta de mal gusto. Prefiero decir en consecuencia que en base a esa simplicidad y reduccionismo post punk, el planteamiento de Adrián era simplemente conmovedor.

En manos del mito del ensamblaje, como en Frankenstein, lo obvio es que nunca somos ni buenos ni malos, ni lo llegaremos a ser y ni falta que hace. Adrián da la sensación de ser de primeras un visitante dentro de su propia creación, con la que parece guardar incluso una correctísima y pedagógica distancia, como el ínclito Viktor, el creador de la criatura legendaria dentro de la obra de Mary Shelley (1818). Arriba, la calle ha sido dejada al libre albedrío por sus productores. Debajo, la realidad Grand Garage es un fruto de la propia epistemología de su conectividad física y de la soledad de la borrasca postpunk: una comunicación multiunívoca y multilineal, las partes muy por encima del todo en el interior de ese ecosistema aparentemente compacto, aunque tremendamente fragmentario. En una tira cómica de Cowboy Henk (en adelante C.H.), el pistolero le dice a su vecino a través de un muro de ladrillo: “Buenos días, vecino ¿Le parece si hablamos un ratito del tiempo?”. El vecino contesta “¡Con mucho gusto!” y C.H. responde “Vale, espere, voy a por mi texto” y el vecino se queda mudo ante la actitud de C.H., que a fin de cuentas es el reflejo de un subconjunto frente a la totalidad, lo que nos induce en definitiva a la ilusión frustrada de la transgresión y al deseo de cambio social. En el texto de Cowboy Henk se hallan los arranques alucinatorios de cualquiera de nosotros en medio del discurso de la monotonía.

Dice Rubén Fernández Santos (1) de Le Grand Garage:

“Este singular espacio, que actúa como un transgresor injerto vital en el epicentro del conquensismo profundo, se inauguró en noviembre de 2023 con la muestra Tangéreme del pintor Adrián Mena, alma máter del proyecto y autor de algunas de las mejores exposiciones realizadas en Cuenca en los últimos años. Muchos recordamos con nitidez la energía que desprendían sus propuestas en Lamosa (El ojo olímpico, La imagen que se abolla), Kanoko (Lo que sé de las piteras) y la Facultad de Bellas Artes (Los minutos de la basura).

Se trata de un lugar insólito, ubicado en lo que fue un antiguo gimnasio de artes marciales, sin horarios ni ventanas. Tiene el deje brutalista de los sótanos hápticos y ese aroma de decadencia underground que sólo poseen aquellos negocios gestionados por los propios artistas. El local funciona como un estudio compartido, más cercano a una hermandad química que a un desangelado coworking, y combina su esencia de punto de encuentro con la de galería de arte.

Hasta ahora, todas las exposiciones realizadas en Le Grand Garage —Paréntesis, de Toni Serrano; Fuck The Margin, de Esperanza Collado y David G. Casado; y la ya mencionada Tangéremede Adrián Mena— reflejan el potencial del lugar y su apuesta decidida por un comisariado artístico que dejaría en evidencia a muchos espacios de Carabanchel Alto o Ruzafa. ¡Larga vida a Le Grand Garage!”.

En la expo Fuck the margin, inaugurada el 7/11/24, según reza en la información que el propio Adrián me proporcionó, el medio ambiente es performativo, en el folleto se refiere a que se trata de “una cuestión formal, en el sentido en que las obras rebosan a nivel conceptual los márgenes de su propia exhibición, como a una cuestión simbólica […]. Por otro lado, las piezas pueden considerarse como parte de un conjunto, pero a la vez conservan autonomía por sí mismas como ejercicios separados, piezas que no necesitan del conjunto”. Joder el margen o jode el margen o la frontera o el límite (con los debidos respetos de traducción) es en sí otro perímetro lugarizado y espacializado, un texto que es útil para poder tener garantías plenas de completar el discurso del tiempo que pasa delante de mis ojos exactamente igual que el parade los elementos de esta galería (la construcción inconsistente que hace objeto de lo impensable en las entrañas de una calle de Cuenca como ha podido ser en otra cualquiera). En referencia a un espacio isotópico como puede (y debe) ser el de Le Grand Garage, afirma Jorge Fernández Gonzalo a propósito de Rem Koolhaas y su libro Espacio basura (2005) que los residuos no son sobrantes, sino “un factor intrínseco a la propia capacidad de reproducción estructural de la ciudad” (Espectropías, p. 198).

Adrián construye a su criterio la esperanza de otra ciudad invisible, en los estertores del ámbito lingüístico y borroso de la mera compraventa, en el margen en cualquier caso. Desacomplejado e intelectualizado retrospectivamente, el local es una especie de Beuys explicando cuadros a una liebre muerta (1965), un artista ajeno presuntamente al conjunto de espectadores que contemplaba aquello con estupefacción, al tiempo que la brecha inconsistente se objetivizaba por el mero hecho de la puesta en acción de aquella pedagogía de realismo rarísimo y de conexión con el transeúnte, como palo y zanahoria conceptuales básicamente. Adrián, entendiéndose a sí mismo tal vez como una parte más de su objeto exhibido, me comenta que llevaban más de un año con el proyecto, que aquello era concebido como una “cooperativa” y que la conceptualización había cogido el relevo de las cosas mismas. En definitiva, él creó el régimen contestatario frente a la falacia y permitió hacer. Quizá buena parte de su éxito sea dejar que su criatura crezca y que se defienda con uñas y dientes, como el monstruo de Viktor, debajo de una de las calles más insólitas de cualquier localidad.

(1) Rubén Fernández Santos es pintor y profesor. Otros artículos de Rubén en El urbano: https://elurbano.org/2024/10/14/exposicion-lo-que-esta-debajo-del-30-de-octubre-al-17-de-noviembre-de-2024-sala-iberia-cuenca-ruben-fernandez-santos/

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