CIUDAD PEGASO. FERNANDO SÁNCHEZ

Hace unos días, estuvimos en una exposición de algunas de las obras del artista Alfonso Berridi (1958-2013), dentro del Mercado de las Artes Luisa Sigea de Tarancón (Cuenca). Tras visionado, me quedé bastante sorprendido tanto por el tratamiento como por la exhibición de la monotonía periurbana, de la iteración volumétrica, de la plasmación sensual y a la vez austera de una Moratalaz de carácter sintético y sistémico, de la multiplicación del hexaedro: me dejé llevar en definitiva por el caudal de la exaltación la celda. En el libreto de la muestra, publicado por el Ayuntamiento de la localidad, se dice que el autor “hace referencia a los habitáculos humanos multitudinarios” y que “la enumeración de la multitud se hace mediante estos bloques pintados”.

«Bloques». Alfonso Berridi: la doble raíz San Sebastián-Cuenca. Mercado de las Artes Luisa Sigea de Tarancón.

A propósito del éxtasis consumado y hormigonado de la seriación de estos compartimentos estanco por obra (maestra) de Berridi, les hago referencia asimismo a un delicioso, aterciopelado texto al que me he entregado también y que lleva por título Utopías urbanísticas, 44 paseos por las colonias de Madrid (Altamarea, 2024). En un primer coqueteo con él y después de mirarnos un poco con ojitos y tal, me sumergí a pulmón libre en las aguas mansas del capítulo dedicado a la Colonia Ciudad Pegaso. Les hablo de un libro redactado por el filólogo y periodista de El País Pedro Zuazua Gil (1981): “Las primeras casas de Ciudad Pegaso –dos avenidas, once calles- se entregaron en 1956 [escribe]. Estaban destinadas a los trabajadores de la Empresa Nacional de Autocamiones (E.N.A.S.A.). Que luego fue Pegaso. Que hoy es Iveco. Y que está a poco más de diez minutos en coche –o en camión- de aquí”. Un hombre llamado Alejandro Hernández le explica a Zuazua que “el modelo de este barrio” se había copiado “del que había hecho la F.I.A.T. en Italia. Un modelo social en el que la empresa lo hace todo, de tal manera que la única preocupación del trabajador sea trabajar. La colonia se definió con colegio, iglesia, cine, piscina, médico…” (p. 169).

En relación a todo ello, se comenta en varios foros que el precio del alquiler era pequeño (siempre que se fuese de probado servilismo hacia el régimen) y que la venta de todas esas casas, que tuvo lugar en los años 90, se efectuó a través de precios de saldo para los inquilinos que en ellas residían. Había por lo tanto edificios para los currantes (las abejas obreras en mayor número), viviendas unifamiliares para las profesiones medias (zánganos, dicho esto sin acritud, entiéndanme) y los chalecitos para la casta superior de la empresa (el exiguo catálogo de abejas reinas, como suele ser habitual). Hablamos entonces de la panalización de la existencia. Las manos del fantástico Berridi lo habían implementado a su demoledora manera en sus “Bloques”, tomando como base una excelsa sucesión de esquemas monogeométricos y siempre y por descontado en torno a esa taumaturgia del dogmatismo febril y a una muy acertada e indiscutible abstracción de lo banal.

Utopías urbanísticas han sido recorridas en bicicleta por Zuazua y han sido procesadas a fin de cuentas después de “conversaciones con vecinos, arquitectos, historiadores o antiguos alcaldes” (reverso de la publicación). El caso es que hace pocos días también, nos desviamos desde la A-2 por la calle Alcalá y accedimos a esa singular Ciudad Pegaso, un prodigio del racionalismo, un concepto macerado y amasado en las ollas de lo euclidiano y La Bauhaus, y de la calma absoluta que se exhalaba entre los extremos de aquel lapso anticiclónico, que es cuando uno se puede consagrar como si no hubiera mañana a la exégesis de todos estos asuntos mundanos. Las calles de la colonia tienen nombre de números, salvo alguna excepción. El lugar (que pertenece al barrio de Rejas, que forma parte a su vez del distrito de San Blas-Canillejas) se halla constreñido entre los ejes de la mencionada A-2, de la M-40 y de la M-14, y da la sensación de ser un islote de hombres (no tan) libres hoy, en un régimen de semi aislamiento que lo hace diferente a sus movidas circundantes, como para tenerlo en brazos, arroparlo y darle un beso de buenas noches. El acceso a uno de los edificios (de los obreros) fue providencial, yo diría que hasta extático: las puertas abiertas en canal, el vacío existencial y la ausencia de una señal de warning que indicase lo contrario, nos hizo hasta coger el ascensor y subir a una de sus plantas, coqueta y muy aseada toda entera. No era otra cosa que una cuestión de higiene comunal y de correspondencia elemental con sus desconocidos inquilinos.

Les hablo de algunos de los modelos urbanos implantados por Franco en Madrid desde los 50, usufructuarios de las protocolonias capitalinas de los 10 y de las Casas Baratas de los 20. En Ciudad Pegaso, la gente se levantaba de la cama como todo el mundo y cogía los autocares que iban hacia E.N.A.S.A. Después de la jornada laboral, eran devueltos a la colonia (de interesante afinidad con el concepto ida y vuelta de la Colonia del Pico del Pañuelo/barrio de La Chopera, en la que yo residí mis primeros 5 años, una comuna en la que se alojó a los trabajadores del Matadero próximo). El sentimiento de pertenencia cuasi religioso, la instrumentalización de la existencia en líneas generales, el fraccionamiento en habitáculos más o menos decentes y la adscripción absolutísima trajeron consigo el modelo usurpación: el poder tiránico de la comunidad patrocinada por el Estado, explicitada en esa unicidad hasta cierto punto monstruosa del archipiélago en el que se convirtió (mi) Madrid desde esos años 10, sacralizada asimismo en lugares en los que tanto burgueses como obreros albergan esa ilusión de prosperar (la percepción del nacer/crecer/reproducirse en la realidad del trabajo y del dinero, cuando nada ocurre sin permiso del Estado).

Ni en el estado fascista ni en el comunista ni en el del capital ocurre nada y acontece de todo en cambio: como en tantas otras ciudades pegaso, los currantes quedaron subyugados a la sociedad estructurada por esos mismos sólidos obreros: su única significación en el mundo es solo de trabajadores, su deber social para con un régimen y para con una empresa de camiones en este caso, en definitiva. “El trabajador no quiere franquear el trabajo más que para eximirse del trabajo […]. Sólo es una carga, un deber, una tarea, y recíprocamente, su Sociedad no le satisface porque no le suministra más que trabajo” (Max Stirner, El individuo y su propiedad, Sexto Piso, pp. 193-194). Hay por tanto tantas Enasas como sociedades. Como afirma el propio Stirner: libre no se es en ningún Estado.

Según se comenta en el libreto de la exposición mencionada, los “Paseos Geométricos” [de Berridi] están realizados sobre cartón o en cartón sobre madera […]. Una visión sublimada del aspecto de los modernos bloques de vivienda”, una percepción en consecuencia inmediata de nuestros parques temáticos de producción en serie, de la escenografía cotidiana de la futilidad. Sólo hay una línea de autobús que conecta Ciudad Pegaso con el resto de Madrid, pero aquel reducto de la constancia nos gustó en amplias dosis, se recorre enseguida y muy pronto te haces una idea muy intuitiva de él (reconozco que no tengo la capacidad de imaginar todo aquello cuando estaba en mitad de la nada técnica). Eximida de amenazas exteriores por tres carreteras de mierda y corolario a su vez de su propia simbiosis sentimental, estética y antropológica, Ciudad Pegaso es más por lo que no es que por lo que resulta ser: un pequeño rodal residencial berridiano en hibernación de orden de clausura, un lujo no obstante para los sentidos urbanos, un nombre que desde que yo era un niño madrileño me pareció seráfico y espectacular.

Todas las imágenes: elaboración propia.

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