Como recuerdo de nuestra amistad, con todo nuestro cariño para María Ester Pérez Arguisuelas.
Es justo y necesario.
A.G. y F.S.
Alberto escribe Berlín, ciudad de cicatrices hermosas. Fernando escribe Currywurst.
Berlín, ciudad de cicatrices hermosas
Berlín es una ciudad que respira con los pulmones abiertos del pasado. No camina, flota entre ruinas y reconstrucciones, entre susurros de historia que aún se cuelan por las rendijas del presente. Sus calles no se recorren: se escuchan, se leen, se sienten. Berlín es una herida convertida en puente.
Desde la cúpula del Reichstag, el ojo de vidrio del Bundestag mira al cielo como si le pidiera perdón y permiso al mismo tiempo. Aquí la política se hace bajo la transparencia, con turistas que caminan en espiral, como en un útero cívico. Es un edificio que no olvida que fue quemado, que fue símbolo de poder y ruina, de dictadura y renacimiento. Las piedras del parlamento son testigos mudos del siglo XX, pero también son palabras del XXI: democracia construida desde las cenizas. Desde ahí se ve todo: el Spree como una vena lenta, las cicatrices de la ciudad, los árboles quietos del Tiergarten, la bruma de la mañana sobre Alexanderplatz.

Y en el corazón gris del recuerdo, se alza el Memorial a los judíos asesinados de Europa. No se mira, se recorre. Como un sueño geométrico, sus bloques de hormigón emergen del suelo en oleadas de silencio. No hay nombres. No hay palabras. Solo pasos perdidos entre columnas que crecen a medida que te adentras, como si la memoria pesara más cuanto más se recuerda. Es un bosque sin hojas, un mar de piedra donde cada sombra es una historia. Berlín aquí no se enorgullece, ni se lamenta: se detiene. Y en ese detenerse hay una belleza que estremece.
Muy cerca, el Tiergarten se abre como un suspiro verde, donde la ciudad se permite olvidar por un momento. Aquí la guerra parece imposible. Las ardillas juegan en los troncos, los estanques reflejan una calma que no es mentira, y las estatuas de poetas, reyes y filósofos se esconden bajo los árboles como si quisieran descansar de tanto tiempo observando. El parque no pregunta quién fuiste, solo te deja pasar, como un refugio abierto para el alma. Es un pulmón que no juzga, que da aire sin condiciones.
Y luego está Alexanderplatz, donde el tiempo corre de otra manera. Allí, entre tranvías, vendedores, y antenas de televisión que miran desde las alturas, late la ciudad joven, rápida, ecléctica. Los adoquines han oído manifestaciones, amores, despedidas, y aún tiemblan bajo el paso apresurado de turistas y berlineses. Es un caos con ritmo. El reloj mundial gira como un corazón mecánico que marca todas las horas y ninguna. Y la torre de la televisión —como un faro del este— sigue vigilando la plaza como si aún esperara algo que nunca llega.

Berlín no se define, se intuye. Es una ciudad que vive en la tensión entre lo que fue y lo que quiere ser. Una ciudad donde los monumentos no son sólo piedra, sino preguntas abiertas. Donde el pasado no es un ancla, sino un mapa. Y en cada rincón —del Bundestag al memorial, del parque al mercado— hay una lección en voz baja: que la historia no se borra, pero puede aprenderse.
Berlín no busca belleza. La encuentra en su verdad.
Currywurst
Por debajo del áspero manto de la apariencia que dan los años (julio de 2009), aún me resulta un tanto complejo redactar algo de cierta envergadura sobre la cuidad de Berlín, les hablo de antimateria que oscila entre lo stendhaliano, la Ostalgie y lo terriblemente ridículo. No obstante, dejando de lado el epítome de mi estulticia, el compendio de lo real no fue otra cosa que lo que Fernández Gonzalo denomina con mucho desparpajo “la espectropía”, que se hizo Belén viviente muy especulativamente en las afueras de un establecimiento de salchichas de la ciudad, al amparo mismamente de las vías del tren, en la Friedrichstrasse (calle de Federico) del presunto parque temático del capitalismo y del comunismo, y de un muro que ya casi no existe –al menos de manera presencial- como aglutinador on line excesivo y purificador de esa miscelánea muy potente cocinada con gotitas de Karl Marx y con especias de Adam Smith.
Esa por entonces entrañable salchichería formaba parte del agregado de lugares de culto, impuros, hasta insípidos. Y, pues eso, que me daba cosilla, que ya era hora de escribir en EL URBANO sobre Berlín, válgame Dios, en los términos no tan opacos por ejemplo de una Deutschland amargamente retratada por la banda musical Rammstein entre el amor en todas sus vertientes y esa seriación de amores otra vez más, como es habitual en el grupo de esta tal Berlín, desde el origen y desde su denominación (1994). Su aliento es “frío” –cantan- “joven” (jung) y “viejo” (alt), sin embargo. La tienda estaba regentada por un hombre cualquiera que pareció poner los huevos del cuco en el nido esa Deutschland narcisa y saturada de sí misma. Deutschland vive en brazos de la cautelar. Y la Berlín de recursos humanos, una ciudad que ha llorado mucho (“du hast viel geweint”), de alguna forma lo hace también sin excusas que valgan.

Dentro de la verborrea lagrimal de la capital alemana, merodea una ingente cantidad de elementos categóricos que interaccionan en el marco de un exiguo marco espaciotemporal, como las dos líneas de adoquín que les muestro y que se hallaban enfrente de una cadena de cafés, que indicaban que el Muro (die Mauer) pasaba por allí. Mis piernas reposaban a ambos lados de algo que fue pared una vez y que ha servido para salvar las formas indelebles del turismo, para que vayamos allí y para que yo flipe y escriba sobre todas estas cosas de una puñetera vez -el adoquinado penetraba muy sexualmente, sin sutilezas, en el interior vaginal de la franquicia o la franquicia se lo hacía con el adoquinado abierto en canal, qué más me da-.
Adoro Berlín, joder, igual que uno que vive en la cara B de una vía del tren, de un río o que reside separado del vecino por una verja, que es otra muestra de realidad/ficción, pero en cortometraje. Si los muros no existen, habrá que inventarlos. En definitiva, uno siente y padece la sensación de sentirse cortejado por las cosas de la cotidianidad, como el adoquín y la franquicia cafetera. Como ya les he comentado, unos de los momentos sinteticoálgidos del S-Bahn de Berlín (abreviatura del alemán Stadtschnellbahn, que viene a significar en castellano “tren rápido metropolitano”) no fue otro que el que transcurría por debajo del ferrocarril en el cruce con la Friedrichstrasse. En los bajos de lo más urbano del mundo, nos jalábamos a menudo aquellas deliciosas currywurst. Recuerdo el angosto establecimiento de aquel hombre superior después de ser o estar tan cuco, incrustado entre la calzada y el viario de la parte de arriba, eran las salchichas más curradas del mundo hasta entonces conocido.
El hinterland inmediato se adivina muy bien, la interacción es pura lujuria, las cosas de la protosexualidad. Escribía Roberto Calasso a propósito de Max Stirner, que la gente buscaba su burdo y falaz encasillamiento como “el camino más seguro para neutralizar su monstruosidad única”. Esa “secuencia de posiciones” (p. 50) también es un agravio para Berlín, por eso me cuesta tanto escribir acerca de sus movidas, que han venido establecidas por el consenso macabro de dos dictaduras, la nacionalsocialista y la comunista y al revés, a sus viejas y gastadas espaldas. Algunos me dirían también que no mola eso de la equidistancia, pero yo no soy equidistante y ni falta que me hace, yo digo las cosas como (creo que) son: ¿no dan ganas de quedarse en casa?


