«NO GOOD (START THE DANCE)»: UN SPAM, UNA CASA PARA HOWLETT. FERNANDO SÁNCHEZ

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Para dentro, al final, todo termina (o comienza) en el retrete. Los veo en el Mad Cool (Madrid, 2023) y me siento como en casa. En 1994, The Prodigy (big beat, rave, hardcore y por supuesto punk) emiten Music for the jilted generation. No good (start the dance) es una de las pistas del álbum. A lo largo del videoclip, la banda de Inglaterra (por entonces Keith Flint –fallecido en 2019-, Maxim Reality, Leeroy Thornhill, Liam Howlett) parece que deambula como fuera de lugar, a la expectativa, a través de las habitaciones de un local descuidado, umbroso, un tanto industrial, despojado de cualquier dispositivo y condición (me recuerda a algunas naves de Matadero Madrid). Dentro de esas salas, la gente baila, la gente va a lo suyo, no parecen los anfitriones más adecuados, da la sensación de que no han percibido que unos aliens han entrado allí. La canción dice (tr.) “no eres bueno para mí/no necesito a nadie/no eres bueno para mí”. La casa es un amor punk. Yo también bailo en el Mad Cool, mientras veo The Prodigy (en general, me gusta bailar: cero).

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Para fuera, me acerco en 2021 a una casa/discurso de la localidad de Vilafamés, en Castellón. Sus coordenadas se hallan más allá de la provocación de un estremecimiento cualquiera. Me aproximo con la cautelar hacia esa anomalía urbana: la irrupción brutal y frugal de esa casa sin habitar en apariencia, armada de puro cemento como arma de destrucción masiva, de planta de finísimo isósceles truncado, condensa un alto grado de autarquía y distorsión. La casa hace gala de una pujante fantasmagoría, exhibe una terraza muy hostil, insinúa un espanto agradable y suministra un atávico sentimiento de supervivencia -existe una rara sincronía en la que concurren la sotanización de la superficie y la desvanización del subterráneo-. Por lo menos, la casa es ella misma. No necesita a nadie, ni siquiera me necesita a mí. Mi tránsito hacia ese spam viene a ser algo similar al recorrido que The Prodigy efectúa a lo largo de ese local desaliñado.

La casa (Vilafamés). Elaboración propia.

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La casa de Vilafamés. Me siento atraído por su proximidad, a pesar de esa exagerada atectonicidad y puesta en escena glitch, que cualquiera calificaría en su sano juicio como horribles. Afirma Slavoj Žižek en referencia a unas ideas de Hubert Dreyfus que, en relación al compromiso con la vida, esa responsabilidad siempre está abierta “a revocación [cuando se concibe como una partida/juego de la que te puedes largar], mientras que en un compromiso existencial sin reservas, si cometemos un error lo perdemos todo, no hay escapatoria”. Žižek habla del “caparazón”, como la necesidad “del refugio seguro de una casa que es específica de los seres humanos” -el cuerpo blando y viscoso de caracoles y crustáceos como “figura perfecta de lo Real”, que “es lo <<casi nada>> que soporta el desajuste que separa a una cosa de sí misma”– (Repetir Lenin, Akal). En la casa de No good, alguien le quita la chaqueta a Liam Howlett. El músico se queda sin ropa de cintura para arriba y accede a uno de esos cubículos. Entonces, otro alguien le proporciona un martillo, con el que derriba uno de los muros. En ambas escenas, sólo se ven las manos de los cooperantes. Y a Howlett, claro, que escribe y produce No good (start the dance). Howlett perpetra ese recorrido de una dirección, aunque de doble sentido. Si no, la acción deja de tener sentido.

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La casa de Castellón es una vivienda viscosa y explica esa desarticulación/distancia consigo misma, que la hace irrepetible. A pesar del repliegue de facto, la vivienda no es insolidaria. Por lo tanto, después de la suma de sus sotanismos y desvanismos (los “desajustes” a los que Žižek hace referencia), acaba por humanizarse/naturalizarse y te recuerda que la vida de alrededor (no necesariamente de ese pueblo) se deconstruye a través de los artículos de una normativa perversa de opiáceos/opioides: un partido de fútbol, un porro, un vaso de vino, un líder político, el centro comercial, el reality, las fiestas del pueblo, la iglesia, el ChatGPT, la playa, los parques temáticos que solo muestran el caparazón, aunque no el cuerpo blando glutinoso. Siempre dejan una casa a donde ir, más o menos como a la “prole” de Oceanía, de la novela de 1984 (George Orwell, 2025, Ed. Debolsillo), publicada en 1949. Entonces, The Prodigy ¿Qué es? ¿Es una casa o es en cambio un opiáceo? Si atendemos a las proposiciones de Isaiah Berlin (Dos conceptos de libertad y otros escritos, Alianza Editorial), es correcto anular el deseo de lo que no se puede conseguir, es aconsejable dejar de depender del tirano que destruye tu propiedad (entendida de muchas maneras) y retirarte por lo tanto a tu habitación. La liturgia se gesta en el Mad Cool de 2023 porque no me gustan las muchedumbres y los suelos encharcados de meado, aunque consigo bailar de una puta vez y encerrarme en mi casa. En definitiva, está muy bien ser muy dichoso en una marisma de orín. Se descarta serlo a la manera de los demás, en definitiva. La casa de aquella localidad resulta ser, entonces, muy estratégica. Es lo mismo que bailar cada 30 años. Parece una gilipollez, pero no lo es.

Fotograma de No good (start the dance).

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Recostados en un sofá, se expresa “qué a gusto se está en casa”: no deja de ser un tópico de carácter iterativo, una tautología sin contenido. En cambio, la casa es material y debe ser un dispositivo periférico. Regresar (o acudir) a la casa que diseña Gastón Bachelard y llamar a la puerta de Gastón Bachelard supone concebir el hogar como nuestro asidero, nuestro primer universo, pero con el paso del tiempo (y de los golpes), este se diluye y se construyen otros muros/otras casas de costes muy elevados. Los agentes externos se aprovechan de esa casificación y edifican nuevos hogares artificiales a los que hay que rendir pleitesía (gentrificación y homogenización de barrios dentro del concepto masa común, los corralitos verticales y orwellianos a los que Izaskun Chinchilla hace referencia (La ciudad de los cuidados, Ed. Los libros de la catarata, 2020) –que se multiplican en los pretéritos parques en peligro de extinción-, los centros comerciales como nuevos lugares de culto, por ejemplo). Conscientes de la importancia capital de la casa -y de la eliminación de la memoria, como ocurre en 1984-, esos actores extrínsecos fabrican otras nuevas a las que dotan de centralidad y de argumento. La dualidad que Gastón Bachelard determina -que al final, no lo es tanto- viene establecida por el “desván” mencionado, que proporciona una coartada (que vendría a ser la metáfora de lo de arriba y de los de arriba, de la coacción que uno se hace a sí mismo), y el “sótano”, que suministra el miedo irracional hacia las cosas (La poética del espacio, Fondo de Cultura económica, 2015). El Mad Cool de 2023 se celebra en la Colonia Marconi, en el distrito de Villaverde (Madrid). En la periferia, por supuesto.

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En el libro de 1984 y por descontado en el año de 2026, se asignan nuevas paredes (o se reconsideran) y se teatraliza el formato de la presencia y de la ubicuidad: la no emancipación de los jóvenes y de los más viejos resulta de la propuesta del cupo de casas en las que permanecer (las de su gusto), se traduce por la negación del acceso a una vivienda digna en la que se pueda construir casa -ya no eres el dueño de tu entorno, el estar paraliza el ser, te dicen en cambio que amamantes a través del cordón umbilical-. Esa casa común viene consensuada en 1984 a través de los ministerios y de las propias viviendas de sus funcionarios, convertidas ya en compartimentos estancos de mierda. No parece muy exacto eso de ficción distópica para 1984 porque 1984 no es ni ficción (muestra, en cambio, una realidad) ni es por supuesto distópica (no representa un futuro opresivo apocalíptico y asintomático, por el contrario hace referencia a esta tarde mismo). Si nos remitimos a la novela breve Carcoma (2021, Ed. Amor de Madre), escrita por Layla Martínez, el elemento casa, que se halla hasta arriba de escombros en forma de sombras, fantasmas, apariciones, presagios funestos e historias terribles –y, sobre todo, de odio, no lo olvidemos- no deja de ser para sus protagonistas el hogar más entrañable de todos (abuela y nieta coexisten en modo ángel exterminador, es, ante todo, su hogar, su zona de confort, su ámbito de proximidad que coquetea en cierto sentido con la opulencia).

Portada de Music for the jilted generation.

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1984 es un warning, es un manual que se debería dar a cada niño/a en las escuelas (aun a riesgo de que el acto mismo sea entendido como un rito de carácter orwelliano y un mito propio de las ramificaciones explícitas de la presencia de un Hermano Mayor, incluso como un opiáceo). Howlett accede hasta el interior de esa extraña cochambre (se reproduce la idea de sótano, que camina de la mano de una diáfana penetración sexual asimismo). La estación del final sexuada se concibe como un altar, hay dentro de ella una deificación de la performance suscitada (desde ese instante, se asimila entonces al concepto de desván). La casa de Vilafamés y la de las mujeres de Carcoma son interferencias glitchpunk que se agitan tecnológicamente en el cuerpo de un aparato periférico que se halla dentro del mismo pueblo (uno de Castellón y otro, de Cuenca): son –o al menos lo parecen- un lugar pleno de distorsión, aunque 99% seguro.

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El sujeto confirma su dignidad en un concierto de Villaverde, en una habitación mohosa o dentro de su quely. La obstinación no depende de las condiciones inadecuadas para asimilar un espectáculo, se propone la puesta en marcha de una energía del recogimiento. Como en el local de No good, Josep María Esquirol (La resistencia íntima, Acantilado, 2025) convierte la casa en lugar (y a la vez en espacio) de resistencia, que lidera una revolución existencial que se despoja a su vez de la tentación dependentista. La “prole” de 1984 vive en la creencia de que es libre y además se le hace creer que lo es, se podría argumentar que hallarte incluso en tu propia casa, traiga consigo que te reboces en los brazos de esa ilusión, pero lo único que hace tu habitación es potenciar el aprendizaje de estar contigo mismo -lo viscoso- y de considerar que no estás disponible en todo momento. ¿Haces lo que te sale de los huevos en tu casa o crees que haces lo que te sale de los huevos en tu casa? Esquirol afirma que “el desierto está en todas partes y en ninguna: en medio de la ciudad, por ejemplo” y que “quien va al desierto es, sobre todo, un resistente. No necesita coraje para expandirse sino para recogerse y, así, poder resistir la dureza de las condiciones exteriores. El resistente no anhela el dominio […]. Quiere, ante todo, no perderse a sí mismo pero, de una manera muy especial, servir a los demás. Esto no debe confundirse con la protesta fácil y tópica; la resistencia suele ser discreta. Resistir no sólo es propio de anacoretas y ermitaños. Existir es, en parte, resistir”.

La casa (Vilafamés). Elaboración propia.

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Además de que Orwell escribe muy bien (como es su costumbre), expresa mejor que nadie el sentimiento del desánimo al nivel de tormento. Sobre las necesidades del Partido (de evidente similitud con el desván y con la comodidad resultante de lo que se pide a cambio de un puñetero voto), el británico cuenta que “había toda una cadena de departamentos dedicados a la literatura, la música, el teatro y en general todos los espectáculos proletarios. En ellos [el autor se refiere a la prole] se producían periódicos basura que solo contenían noticias deportivas, de sucesos y astrología, noveluchas sensacionalistas de cinco centavos, películas que rezumaban  sexo y cancioncillas sentimentales […]. Había incluso toda una subseccíon […] encargada de producir pornografía de ínfimo nivel”. Dice Orwell también que las “telepantallas”, que controlaban con voracidad la vida en las casas, no podían observar sin embargo en la oscuridad. En tu casa no te pueden ver, aunque saben que estás allí. La oscuridad es la alegoría del estar sentado en tu despacho o en tu taza del váter, un lugar (y a la vez un espacio) en el que tu memoria permanece intacta. Esquirol entiende la casa no como refugio climático, sino “como refugio ante el hielo metafísico” y afirma que “la separación dentro-fuera determinada por las paredes y por el tejado, además de relativa, no supone ni cierre ni aislamiento, sino al contrario, la condición de la posibilidad de salida”.

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Liam Howlett implementa una identidad simbólica, material y experimental de manual, y gestiona el concepto de casa en los límites de un lugar/espacio seminal en el que lo marginal adquiere protagonismo absoluto, demuestra no obstante el éxito de la contaminación: ¿Es posible imaginarse el viaje de vuelta del músico desde ese altar hasta la puerta por la que entra? Se debe hacer porque hay que hacerlo. Howlett ejecuta en sí mismo esa contingencia de la escapatoria. Esquirol cree que “la vida puede ser perfectamente profunda desde la marginalidad, porque lo que cuenta es poder ser inicio, que cada cual sea inicio”. Los que ya estaban en No good apenas son capaces de interactuar (la paradoja reside en que respiran fuera del agua a través del baile rave y al mismo tiempo parece que se hallan como alienados). La letra de la canción es un sample de un tema de Kelly Charles (1987). Su representación es la profecía del residuo/spam, que revela la artificiosidad del orden establecido. La música y la imagen son irrepetibles.

Fotograma de No good (start the dance): Liam Howlett (i.) y Keith Flint (d.).

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Tomando como base toda esa escenificación tan autónoma, Howlett construye los cimientos de su casa, recuerda que la vida es una sucesión de rupturas big beat, retrata los espectros de su propia inseguridad y consigue a través de ese tránsito (que puede ser de ida y vuelta, -como digo, de una casa se sale y se entra-), dejar constancia de su más exclusiva impronta: a fin de cuentas, se trata de la gestación de una célula que aparece en un cuerpo, que no la percibe, y que se multiplica hasta que acaba con su anfitrión. Howlett se emancipa en el interior de esa casa de resabios ya impuestos. Por ese motivo, replegarte sobre ti mismo/no necesitar a nadie más, no te convierte necesariamente ni en un ser asocial ni en un gilipollas: puedes hacer lo que quieras con tu caparazón, lo mismo la casa se puede (re)construir/reivindicar durante un concierto de The Prodigy, rodeado de otras células, presentado en sociedad, en medio de un retrete a media escala y de un ecosistema en apariencia tan opresivo (y en apariencia tan opiáceo).

Enlace al videoclip:

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