LAS BARRANQUILLAS (CARA B). FERNANDO SÁNCHEZ

Imagen de portada: Macarras interseculares (cómic). P. 92.

Las clases acomodadas amamantan del sistema. El acomodado, por lo tanto, no es el que tiene más dinero, sino el que ejerce la subordinación hacia el poder. Con las cartas que le dejan, el acomodado juega la partida en aras de ver quién se queda fuera de ella -en lo básico, quién es barrido del mapa de los usos cotidianos-. El exterminio es un procedimiento lento, pero efectivo: con el apoyo de los medios serviles (todos), se presenta al adicto como un “yonki” (la imagen de la jeringuilla en suelos públicos, por ejemplo, el inerte que merodea por esos lugares que ahora veremos), un individuo al que diseñan como una amenaza social, desde el momento en el que se le asigna un propósito punible. Con el traslado a un descampado de las afueras (de Madrid, en este caso), se borran las huellas de la manipulación y se hace creer que estos (que fueron) humanos toman el control de su destino y que deben tomarlo: ello viene a decir que si se quieren morir, es culpa suya, cuando lo que se está implementando en cambio es un suicidio asistido, aunque normalizado porque el sistema naturaliza lo que quiere y lo prepara en cápsulas de fácil digestión. Por otra parte, el acomodado desarrolla el regusto por los muertos vivientes (de verse en el espejo de Jacques Lacan, como analizaremos también), porque percibe de primeras que él es el propio zombi, el que vive asustado, oprimido, estresado, y ello le genera la desconfianza suficiente para no pasar a la acción. No es otra cosa que la imagen simbólica predecible y repetida, que provoca indiferencia hacia el que la va a palmar, el comportamiento que se espera de ese espectador inane.

Afueras de Madrid, como decimos. En una pequeña banda de pocos kilómetros, en la carretera de Villaverde a Vallecas, desde mediados de los 70, primero fue el poblado La Celsa (“bautizado” por la fábrica de cerámica homónima). Luego, el de La Rosilla (al que llegó el narcotráfico de otros poblados de desalojo, como por ejemplo desde Los Focos –ahora, una parte de la urbanización de Las Rosas, de San Blas-). Cuando La Celsa /La Rosilla fenecieron (1999/2000), la actividad se trasladó a Las Barranquillas (un aglomerado que había comenzado como unas casitas con huerto). Del chabolismo primigenio, se pasó a la venta profesionalizada de heroína en los 80 y en los 90, dominada por los clanes (en los 70, en la capital, el trapicheo se  circunscribía a determinados individuos con elevado poder adquisitivo). Atendiendo al concepto “biopolítica”, ideado por Michel Foucault, desarrollado más tarde por Achille Mbembe a través de la “necropolítica”, esos poblados de la droga serían espacios un tanto ambivalentes: en ellos coexisten la intervención policial y el abandono estructural premeditado, potenciado por la implementación de una imagen icónica en la que verse.

No existe negligencia. En cambio, se generan categorías en cadena de forma calculada, que justifican el arbitraje por la razón de que no interesa eliminar esos espacios. Desde esa perspectiva por lo tanto, la exhibición de los poblados de la droga no solo no produce espanto, lo que realmente sugiere es una indisimulada satisfacción. Desde aquellos enfrentamientos con las autoridades a finales de los 90, el realojo de la cosa –como vemos- se llevó a cabo en Las Barranquillas, que se volvieron a vaciar entre 2007 y 2010, y el cambio de cromos se hizo al final con la Cañada Real, en Valdemingómez. Y dentro de Madrid, hoy también están Pitis (al norte), los narcopisos de Puente de Vallecas y zonas de Pan Bendito, Usera o Villaverde, por ejemplo. Los vecinos de allí se quejan de los obstáculos legales (extremos) para que se haga algo de una puñetera vez (acoso, violencia, insalubridad, ley del silencio), a pesar de la acción policial continuada.

Hay un pequeño documental de Las Barranquillas que circula en YouTube, de algo más de dos minutos, cuyo titular es “Víctor García León”, editado en junio de 2009. En él, una mujer de ese poblado dice: “Aquí venimos a morirnos, que lo sepáis”. Ello es cuando menos sobrecogedor en tanto la persona que lo dice reconoce ya las cartas que juega dentro de la valoración taxonómica de la violencia activa y pasiva. El órdago es que se ha dado cuenta de su propio yo manipulado en los arrabales del Madrid transformador y complejo, y sabe que su lucha está perdida en el interior de ese contexto que da comienzo en los estertores de la dictadura y asienta sus posaderas en la etapa prólogo de esta democracia de aún hoy aspecto burdo, corrupto y patibulario. En una entrevista (Zenda, XL Semanal, 11/12/2020), en relación a la violencia capitalina de aquellos años, Jesús Fernández Úbeda le preguntaba a Iñaki Domínguez, autor entre otros del formidable Macarras interseculares (Melusina, 2020) “¿por qué el ecosistema era tan violento?”. Domínguez respondía que “era un ecosistema real, para empezar. La biología humana es violenta. Somos agresivos [afirmaba]. Cuanto más urbanizas el terreno y cuanto más civilizas, entre comillas, menos violento es, pero también es más irreal”.

Las Barranquillas no solo fueron un infierno (que lo eran), sino también la puesta en escena de falsos mitos que no escondían otra cosa que la intemperie humana, el teatro para el regocijo de las masas ufanas. De fondo, la exhibición encubierta de la falacia del concepto “tolerancia”, que oculta de forma truculenta y nunca espontánea el de respeto hacia la condición humana y, en definitiva, el estabulamiento de elementos no deseados, la tribalización en reservas de los seres molestos e inservibles como paso previo a la exposición en los medios. La propiedad transitiva de la (des)igualdad se determina en tanto los políticos son votados por los votantes, los políticos programan la necrosis en estos poblados, los votantes aplauden como focas. ¿Dónde está la ultraviolencia, entonces, dentro de aquella ultrafragmentación de la idea y de la imagen barranquilla? Se obtiene, pues, el dibujo de un jardín de las delicias posmoderno en el que se regulariza la fosa séptica en la que se convirtió la capital de España en los años viejos del siglo XX. Domínguez ha establecido en Macarras una segunda vía, que no es otra que la exploración de ese macarra que todos llevamos dentro (por analogía, con el famoso aforismo del “nazi”): la ultraviolencia gratuita, refinada y educada resulta ser la más abyecta de todas las posibles. El macarra, el “yonki” no están ahí porque quieren. Más allá de la emergencia del lumpen más degradado, Las Barranquillas no fueron sino el espejo de los habitantes del centro, transformados en el público VIP de su propia y exclusiva función.

Macarras interseculares tiene asimismo su proyección en un cómic, también llamado Macarras interseculares (Astiberri Ed., 2025), ilustrado por Marina Cochet. En el capítulo de Las Barranquillas, se define con admirable elocuencia la angustia, el miedo y sobre todo, la ansiedad y la estupefacción. El tratamiento del espacio –siempre, de noche- es brutal, desdibujado y está despojado de sus elementos prescindibles, en la acción subyace la idea de que se creó la conciencia de que estos poblados eran algo corriente y tolerable -los dos sujetos que van a pillar lacanianamente lo hacen, en principio, con el desparpajo de saberse por encima del bien y del mal, pero desconocen cuál es su papel real-. En consecuencia, se aprendió a convivir con la existencia de estas escombreras dentro del imaginario popular (“Menciona un sitio campestre yanqui, un robusto y ordinario enterrador pueblerino y un desastroso problema relacionado con una tumba [escribía H.P. Lovecraft en Necronomicón], y así nadie esperará una lectura que no sea de naturaleza cómica”). Hablamos entonces de la híper codificación de un estereotipo. A Las Barranquillas, como sabemos, se le puso el divertido y entrañable sobrenombre –al igual que a La Celsa, a La Rosilla y a tantos otros- de híper mercado de la droga, que ocultaba los argumentos por debajo de la manta de los prejuicios. Los fantasmas que fueron humanos a la deriva, resulta que iban a hacer la compra a los estantes de un súper, y lo más siniestro de todo es que pudo hacer hasta esa gracia, la que Lovecraft pone de manifiesto con el entierro. Lo lacaniano, en lo que ahora entraremos, supone entender el caldo de cultivo de lo binario 0/1 y la recreación de antagónicos artificiales y ancestrales, reflejo de esa actitud del ciudadano medio a la expectativa, la que da salida a ese macarrismo/violencia que se halla mismamente en la cena de Navidad más distinguida y más cara. El sistema miente, entre otras cosas porque tiene que sobrevivir. En definitiva, cenas y súper mercados resultan ser maneras de consumo exacerbado promovido por las instituciones que a unos y a otros tienen felices y contentos.

Crematorio (Anagrama, 2007) es un tratado de metalenguaje (no había otra forma de narrar la acción de la maquinaria urbanística del litoral y los entresijos de la depravación humana, en esa especie de relectura de la Metropolis grosziana, pero en costero). Al final, resulta que Rafael Chirbes, su autor, nos hizo un favor. “Lo mismo puede decirse de toda esa arquitectura de casas iguales de la costa. Han creado un personaje colectivo, que no sé si llamarlo el jubilado, o el eterno veraneante, como el que quería ser Brassens en la plata de Sète: un ser fantasmal, único y vacío, intrascendente, que no aspira a nada, ni espera nada que no sea retrasar la muerte lo más posible”. ¿En qué tipo de espectralidad nos movemos entonces y porqué somos seres fantasmales a fin de cuentas? La clave de ese binarismo propuesto es que el sujeto persiste con delectación en las entrañas de ese bucle. La iteración de la imagen que divide a ese sujeto sustituye al futuro sombrío sin habernos dado apenas cuenta y no deja de ser una simple evidencia contra una linealidad que pretende asegurar ese posterior que realmente no existe. La necropolítica es en sí antiheterotópica y se manifiesta en el hecho de que el poder opta por la política de contención, que nada tiene que ver con asegurar los derechos básicos de esos seres que vagan y que se mueren en el inframundo.

La gestión diferencial del poder decide qué es lo prescindible y lo que no. Si tenemos en cuenta al individuo de Jacques Lacan, el “yo” termina por constituirse en una estructura binaria: el espectador que está condenado a consumir continuamente/automáticamente y que no es lo que cree ser (no es dueño de sí), que intenta encajar en la representación que de él se ha construido, aunque, en definitiva, no deja de ser una proyección de él mismo. El ya personaje no controla, por lo tanto, la teatralización (el deseo no es sino del Otro, traducido en lo que se espera de nosotros). Las Barranquillas, como el resto de poblados controlados, fue un espacio que garantizó la imagen de normalidad. A través de la repetición de un lenguaje, se concibió como el exterior necesario, aunque se halló muy dentro del sistema: el ciudadano en consecuencia se ve atravesado por ese símbolo, que lo precede. En líneas generales, la droga y lo que hay fuera de la droga parecen funcionar como ese deseo de algo a lo que nunca se llega (“nuestra condición de espectadores se consuma en la espera de esa imagen imposible que no acaba de sucederse”, afirma Fernández Gonzalo –Guía perversa del viajero en el tiempo, Sans Soleil, 2016-), algo que parecería cerrar una herida que sangra a borbotones. En esos lugares, no obstante, el hombre dividido participa de ese pseudoorden social con normas y redes propias -una especie de protoutopía-, espectador a su vez de su propio deceso (las palabras de la mujer del documento representan esa fractura que nos abre a todos en canal). En definitiva, se trata de la puesta en escena de las bases de la repetición: en voz pasiva, el margen (Las Barranquillas) es el espejo incómodo que demuestra la existencia de ese público de fuera que experimenta ese oscuro objeto de deseo inconsciente. Cuando el de fuera mira al “yonki”, en realidad se está observando a sí mismo, al macarra que lleva dentro.

Como dice Fernández Gonzalo, en la acción política existe mayor poso de ficción que en las distopías. El futuro (apocalíptico) es, sin embargo, la gestación del presente. En Las Barranquillas, como paradigma de la antilinealidad, los cuerpos deambulaban sin rumbo y expresaban el apocalipsis sin apenas habernos dado cuenta. Se hizo ver que aquello era irrecuperable y se mediatizaron los comportamientos hacia el poblado. La falta de inversión alimentó la marginalidad y la marginalidad alimentó la falta de inversión (algo de control policial y asistencial, poco más). Los cambios de gobierno hicieron el resto, como siempre, apoyados, como siempre, en que no sabemos lo que aún nos falta, en lo Otro. En Las Barranquillas, paradójicamente, se hallaban las grietas del sistema (el horror real, frente al horror ficcional de las urbanizaciones irreales). Y la mujer del documental escaló con lucidez a través de la diaclasa de la ignominia y creyó que, en efecto, ya era libre (lo era, de verdad) y se despojó de su condición lacaniana, a pesar de saberse muerta.

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