VILLAVERDE. JOSÉ TOMÁS CASTILLO PÉREZ

Siempre hubo un sur intrigante y desconocido en la infancia, más allá del Parque Forestal de Entrevías. Este paraje inhóspito, del cual se decía (y nos creíamos) que estaba poblado por exconvictos y drogatas, suponía para “la vallecanada” la frontera de abajo, desde donde mirábamos al mundo, donde nos asomábamos dando un salto virtual hacia el pueblo, un horizonte lejano y deseado.

Después, cobrada la libertad que dan los primeros sueldos y vencidos los ritos de iniciación a la jungla de asfalto, supimos de los Sanfermines (los de Usera, no los navarros), y las Villaverdes (la alta y la baja, como Manhattan). Siempre tuvimos querencia por las partes bajas, cosa natural por otro lado, teniendo en cuenta la edad y la hormona, porque “subir a conocer el hielo” del norte de Madrid no nos llamó la atención casi nunca. Ese Macondo no esperaba nuestra visita, al contrario de lo que sucedía con el oeste, cosmopolita, bullicioso y nada pijo del Centro. Umbral siempre volvía, pensativo y derrotado, de sus andanzas por el extrarradio, a las pensiones de Atocha, como un mercenario que se guarda en la cueva para cicatrizar las heridas del trato humano. Lo narraba como nadie lo ha hecho hasta ahora en “Trilogía de Madrid” aunque nunca hablara de Villaverde de forma explícita.

Este barrio se quedaba extramuros de su mundo, también del nuestro, en esa ameba distensionada que se extiende hasta Getafe y más allá. El barrio oscuro que se quedaba a la izquierda cuando abandonábamos la capital, y que era un escaparate de aparcamientos industriales, siderometalúrgicos y también de rotondas con meretrices y polígonos complejos, con sus rectas secantes y sus canesúes.

Pero mira tú que el azar ha querido que el alma incógnita (Fernando Sánchez dixit) haya trasladado su triste figura y complicada mente al Paseo de los Talleres, en pleno centro de este Mordor obrero e intestinal, que lejos de vivir apegado a lo suburbial, a lo arrabalístico, sorprende al visitante con una calma chica acogedora, y templa los prejuicios de las habladurías con esas urbanizaciones, que son universos en sí mismos, y que miro, todavía con la curiosidad de un cotilla y el deseo de un burgués inadaptado.

Dejo el coche en el taller de Emilio, y su pericia búlgara con el gas me aconseja que vuelva dentro de un par de horas, quizá tres, para ver si ya ha terminado los “tacs” y las “resonancias” con el Mokka aragonés que me sirve de montura. Paso la mañana entre cafeterías, parques, calles impecables, edificios con solera proletaria, ventanas inocentes que me muestran sus cafeteras y los tetrabriks, las habitualesalmohadas suicidas de los alféizares y los rumores cósmicos de los portales insondables. Siempre hay en esos pasillos, tan lúgubres como cercanos, aureola de crímenes por descubrir y tensiones de entrepierna por liberar. El aroma a guisado y coliflor de otros tiempos ha cedido al relevo e inmediatez de las lasañas express y los yakisobas. Villaverde como un Chinatown castizo, con permiso de Useras y Cobos Calleja, de los que es casi frontera y portazgo.

Qué bien me vendría, ahora, una cita como las de Fernando, pero no me da la vida ni el conocimiento. Pagaría por una experiencia apegada al matrix extrarradial como las de mi hermano, pero mis escapadas son escasas. Intento sacarle al recuerdo de la visita a un taller el jugo de la vivencia de Hemingway, para honrar a los lectores, exprimiendo de cada paso y cada sorbo una sensación de pertenencia a barrio hermano, a un Vallecas adolescente que desembocó en un San Fernando de madurez, con estatua y fábrica incluidos. El café en el “Peña de Francia” me ha espabilado para el paseo por la calle Alcocer, donde rememoro la tiranía de los sótanos habitados y los geranios polvorientos. Mi amigo Antonio vivía en una casa parecida, y ver pasar por el cristal translúcido los tobillos de los viandantes me hacía sentir inseguro, como si la vida transcurriera y se hubieran olvidado de nosotros, presos en un secuestro donde no había culpables. Mi amigo y toda su familia ni se inmutaban, dejando discurrir ese escaparate de zapatos como el que se deja la tele puesta para acompañar. Qué cosas.

Atravesando esa calle, y en perpendicular a toda la manzana, permanece como una sutura antigua la vía del tren abandonada. Me siento atraído y le saco una foto a ras de suelo. La maleza y el detritus han invadido las traviesas.El sarro acumulado de los años y el abandono acompaña las piezas metálicas y las galvaniza con la abundante flora y la escasa fauna que lo circunda. Me imagino un tren que echa humo, y también ruedas disciplinadas que echan chispas, como las del vídeo de Obús por Entrevías. A lo mejor Paco Umbral regresó por ellos de algún viaje al sur, a su querido sur de madres manchegas y andaluzas. El sur de los giros postales, de los suspiros (verdaderos) de España. Levanto la mirada y creo vislumbrar un Atocha lejano pero cálido de llegadas, donde las fatigas del viaje se desvanecían. Cuando los viajeros atravesaban Villaverde no se imaginaban estar frente a un pelotón de fusilamiento, ni siquiera en el tren de Jorge Semprún y su largo viaje. Llegaron, como llegó mi mecánico un día, y se sintieron como en casa, porque ya se sabe aquí nadie es extranjero. Madrid es forastero de sí mismo porque con ocho apellidos castizos apenas quedan cuatro gatos, nunca mejor dicho.

Me llama Emilio, con ese soniquete búlgaro que yo interpreto en rumano, por deformación residencial, y me comenta que en media hora tiene preparado el Mokka. Me ha hecho despertar de la alienación visual de Atocha, y a la vez, aterrizar de nuevo en estas casas villaverdianas, donde ya no huele a cocido ni a repollo, como en las casas de antes, sino que flota, ululante, el aroma exótico del picapollo y del patacón pisao, maneras de vivir de ahora, donde cada barrio se desdobla en su réplica americana, mestiza, con todo lo que ello conlleva de lejanías y exotismos. Es paradójico porque a la vez es atrayente, hipnotizante, quizá porque el hombre es un ser de lejanías como dijo Umbral de un tal Heidegger. Veo colgada una camiseta de fútbol y me imagino ese nombre en la espalda como si fuera un defensa central alemán, recién fichado por el Villaverde fútbol club, o algún club parecido, de campo de tierra y espectadores apoyados en la valla con el bocata. Qué cosas tiene la abstracción.

En el regreso al taller, veo las espadañas de colores de La Nave, un nuevo edificio “de pensamiento único” como las urbanizaciones fernandiles, y cruzo por el rubicón del casco histórico. ¿Los Ángeles? No. Núcleo duro de Villaverde, aunque se llame Avenida Real de Pinto, que debe ser origen y destino de algo, donde este barrio juega el papel de bendito camino en el cual disfrutar del paisaje urbano, y por qué no, tomar algo, no sé, un vermut de grifo con sifón, que suena muy setentero. Con toreras o anchoa con pepinillo ya sería el acabose del integrismo extrabarrial y de suburbio. Se me abren las glándulas salivares, con cierto dolor, como las mandíbulas de Depredador, pero me contengo porque me corre prisa coger el coche. Cuando llego me dice el búlgaro que le da fallo, que espere otro poco, y yo con mi santa paciencia vallecana me resigno, y subo a un alteroncillo como aquél donde nos asomábamos a ese sur inhóspito y desconocido, pero ahora desde Villaverde y sin pasaporte. Miro al norte, a mi barrio, y observo que ya no queda hielo por conocer.

Una respuesta a «»

Replica a proyectolibrus Cancelar la respuesta