EL SUFRAGIO UNIVERSAL Y LOS ULTRACUERPOS (LA REVOLUCIÓN NO SERÁ TELEVISADA). FERNANDO SÁNCHEZ

A Pablo Contreras y Carlos Montero.

(Con todo mi amor).

Imagen de portada: comercio en la calle Betanzos (barrio del Pilar, Madrid). Elaboración propia.

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Hace unas semanas, leí un artículo de David Gallardo (infoLibre, 1/2026), que recogía unas declaraciones de Vicente Monroy a propósito de la “vigencia visionaria” de Pier Paolo Pasolini. Según Monroy, Pasolini recordaba nuestra aspiración “generalizada” a vivir como burgueses y a consumir. Y con esto, yo ya podría dar por terminado mi artículo, pero no. Existe una extraña obligación de tener dinero, playa y un centro comercial al lado. Entonces, a fuerza de repetir el discurso, silencian el cielo de la boca -debajo del manto de lo solidario, impulsan el egoísmo extremo como estadio último del capitalismo-. En realidad, se trata de la nueva casta de chacales antiposmodernos. El error, sin embargo, no viene determinado por la sucesión de esos carnívoros de carácter universal: el hombre en general procrastina (a todas horas) desde el momento en que delega en otro y se amamanta de sus ubres, hablamos del pánico a la responsabilidad, de la desyoización. Esa extraña alteridad es el resultado del doble filo de la iteración (consumista), que encierra en sí misma su propia autodestrucción. El mensaje más alucinante que he encontrado del híper yo (sin pretensiones de totalidad) se basa sin embargo en la repetición de una idea: The revolution will not be televised (tr. “la revolución no será televisada”) es un poema/tema perpetrado por un genio (Gil Scott Heron, Pieces of a man, 1971), un manifiesto entre jazz, soul y rap, en el que la expresión “The revolution” se dice 20 veces (“You will not be able to stay home, brother” es un comienzo extraordinario para esa criatura).

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Les hablo también sobre otro visionario, Edward Hopper, a fuerza de consumar el mismo argumento en sus cuadros, un autor que toma como punto de partida la materia para reinventar ese concepto de lo ideal. No parece ser un revolucionario man o un antisistema (al menos, reconocido). Sin embargo y desde entonces, la acracia se desenvolvió graciosamente a través del ministerio de una pintura (nunca ascética, menos aún teleológica) que concibió la ciudad como algo más que una insubstancial colección de momentos. Su metrópoli no deja de ser un entorno funcional, frío, desornamentado. Aun cuando está rodeado de otros, cualquiera de sus personajes se halla aislado/sometido por un ultracuerpo sin que este aparezca por ninguna parte. En consecuencia, tratamos con una pintura muy hardcore: una movida tan monocorde se alimenta de elementos externos (no hay en consecuencia una materialización de lo ideal). Por descontado que hago referencia al consumo de la cosa política y de los ultracuerpos de Kauffman. La revolución no será televisada.

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En el film La invasión de los ultracuerpos (Philip Kaufman, 1978), unos excepcionales microorganismos viajan hacia la Tierra e implementan su propia revolución. Florecen, se multiplican, sustituyen a los humanos por replicantes (copias asépticas, desalmadas) y destruyen los originales. De esta forma, señalan al no contaminado y por lo tanto eso es susceptible de exterminación. Al final de la película, el espectador contempla con (algo menos de) estupefacción que el funcionario de sanidad Matthew (Donald Sutherland), que había combatido contra el nuevo sistema, se ha transformado en un soldado alienígena. Su compañera Elizabeth (Brooke Adams) se topa con él y su amigo lanza un grito atronador para delatarla. La metamorfosis es inevitable. Ello nos remite indefectiblemente a la pérdida de unicidad, de individualidad, a la gestación de autómatas manipulados por un otro (no se sabe quién es, se desconoce quién puede traicionar en el contexto del silencio). La angustia de ser uno mismo no es sino la propia semilla del tiesto propio, la propiedad individual pasa a ser un apócrifo que germina su propia basura espacial (el San Francisco infectado es el mismo que el Madrid de ayer por la tarde, por ejemplo). Por ese motivo, cuando se dice “anarquismo”, los ultracuerpos devoran al interlocutor deseducado. La revolución no será televisada.

Fotograma de La invasión de los ultracuerpos (Matthew).

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Los ultracuerpos asimilan ese concepto tan vituperado como una caricatura extrema (del recurso al cóctel molotov), se adoctrina entonces para no tomarlo en serio, se le mete un viaje de exotismo impregnado de primitivismo/nihilismo y se genera por consiguiente una parálisis dialógica de manual. Sin embargo, en su brillante (y desdeñado) Dios y el Estado (obra maestra de 1882, Anagrama, 2021), Mijail Bakunin ya no es un asesino de masas ni un destructor de contenedores. No solo resiste a furibundas (e injustas) ofensivas, sus propuestas se muestran como la imagen en cinemascope de un demoledor ejercicio de honestidad ubicado en el anverso de la opresión y de la explotación, en alusión manifiesta a la corrupción/pudrición mediática/manipulación y a la dependencia/fiscalización (del Estado y de Dios). Por ese motivo, la arquitectura/contexto de Hopper debe percibirse como algo más que una mera planta orgánica de detritus. Atendiendo una lógica aplastante y siendo la suya una de las pinturas menos explícitas de todas (las que he visto), esconde no obstante el germen del rechazo y de la reconsideración anarquista de la cosa social: el americano retrata los jirones de la tragedia intangible con apenas 4 detalles, acompañada, como ya he manifestado, de una guarnición tipo rave al estilo de los ultracuerpos de Kaufman. La revolución no será televisada.

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Si nos referimos a la falacia del libre albedrío en términos bakuninistas, se puede colegir que dentro de los cuadros de Hopper se hallan y cohabitan individuos que creen que se desenvuelven por su propia voluntad. Se trata sin embargo de una truculenta y alegórica representación de desidentidades que bien vale para esta noche, de sujetos absortos que nadan en la sobreabundancia del objeto mitificado por el mismísimo signo (se consume este último en última instancia como en apnea), que desconocen que son moldeados en el odre de una falsa regularidad dentro de un local o en una calle mismo: el consumo de lo inverosímil se normativiza, se convierte en un tipo de violencia silenciosa y por ese motivo se normalizan las agresiones más violentas de todas hasta el punto de cocción de lo grotesco. Es entonces cuando los chacales se tragan a los normales en crudo, que se sustituyen no obstante a sí mismos. Me viene a la cabeza el magnífico y hopperiano artículo de Juan Manuel de Prada (Telediarios para las piaras, ABC, 29/12/2025), en los que hablaba de “negociados ideológicos”, de que todos los telediarios son “copias exactas” y que “promueven los mismos modelos de vida”, que “’postulan el mismo nihilismo psicótico embadurnado de almíbar”. De “masas cretinas”, del “’macguffin del régimen protervo que nos esclaviza”, de que –entre otras nociones- “hay que hacer creer a la pobre gente alienada que el régimen los protege, garantiza su seguridad y vela por sus vidas”. La revolución no será televisada.

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Al igual que en el experimento de ese film, ya no se distingue entre original y duplicado. A fin de cuentas, Hopper coloca en la pista de esa servidumbre voluntaria y propedéutica que tiene como objetivo la asimilación fraudulenta de que se van a recibir hostias como algo reglamentado. En su obra, el instante se congela en oposición a la celeridad de la gestión de la carroña. Lo normal en su pintura se convierte en consecuencia en un profundo alegato contra la coerción sigilosa, invisible, no necesariamente nacida de las leyes o de los aparatos de la administración o de la mismísima educación reglada (en manos de los políticos). La gestión diferencial del poder decide qué es lo prescindible y lo que no. Si tenemos en cuenta al individuo de Jacques Lacan, el “yo” termina por constituirse en una estructura binaria: el espectador que está condenado a consumir continuamente/automáticamente y que no es lo que cree ser (no es dueño de sí), que intenta encajar en la representación que de él se ha construido, aunque, en definitiva, no deja de ser una proyección de él mismo. El ya personaje no controla, por lo tanto, la teatralización (el deseo no es sino del Otro, traducido en lo que se espera de nosotros), no es otra cosa que “nuestra condición de espectadores”, que “se consuma en la espera de esa imagen imposible que no acaba de sucederse”, afirma Fernández Gonzalo –Guía perversa del viajero en el tiempo, Sans Soleil, 2016-). El futuro (apocalíptico) es, sin embargo, la gestación del presente. Como afirmó Bakunin y como demuestra Hopper, en los predios más inmediatos se han pulverizado los lazos de cooperación, se reprime invisiblemente a través de lo cotidiano y se educa para servir de alimento. Se llega en último término a la abyección de la democracia del sujeto votante, reeducado, timorato y engañado (de las dictaduras ni hablamos), de los procesos electorales víricos y teatralizados que obligan a consumir, de la exaltación de la estupidez (aplicable en buena parte a este puto país, como el lector puede deducir, un territorio que ya no se reconoce). Como cantaba/recitaba Scott Heron, la revolución no será televisada.

Noctámbulos, Edward Hopper (1942).

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En el interior del Babel posmoderno, accedí a la tienda de un chino, en la calle de Betanzos (barrio del Pilar, Madrid) y el hecho me pareció altamente significativo (de lo contrario, no lo hubiese llevado a cabo). El acceso/salida no fue sino la expresión palmaria del desencanto heterotópico alambicado, de la existencia de un resquicio (maximalista) para la intuición. Ante ustedes, la existencia de un comercio situado en las entrañas de un barrio, de un hombre que se gana el dinero, de los lazos que ha establecido con los demás, del post maoísmo -la “cárcel colectivista” a la que se refería Fernand Pelloutier, según Noam Chomsky (Sobre el anarquismo, C. Swing, 26, 2013)-. En consecuencia, medito sobre la represión explícita de su antiguo régimen y sobre la cadena perpetua al que le ha condenado el de ahora mismo (la Muerte del 78, hace mucho tiempo), en el que se halla completamente a dieta. Frente a la lobotomía y al manifiesto programático del monstruoso capital neoliberal (y del modelo centralizado dictatorial chino, hoy ultracapitalismo de Estado), el espacio urbano emerge como lugar de conflicto. No es baladí. El tipo de la tienda no deja de ser un sujeto hopperiano, al igual que el tipo que viene de la calle. Los objetos se consumen a velocidad de órdago sin importar sus ingredientes: ¿qué diferencias habrían de existir en definitiva entre votar a un partido político, entre consumir una pintura de Hopper en un museo y entre comprar una bolsa de Doritos dentro del local de ese chino? La revolución no será televisada.

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A propósito de ese órdago con red, piensa Chomsky que el obrero [añado: un comerciante, un profesor de secundaria] sigue siendo una máquina, una herramienta dirigida por una burocracia estatal o partido de “vanguardia” (p. 36). La relectura anarquista y fragmentaria de los elementos dentro/fuera implica entonces un uso lacaniano del lenguaje, herramienta indispensable para deglutir la inacción expresada. Max Stirner afirmó que la ideología del trabajo subordina al obrero (la “supremacía de una sociedad de trabajadores”, que no deja de suministrarle tarea). Así, en el proceso de construcción de ese cenotafio junto con el epígrafe del “verdadero bien” en cualquiera de sus vertientes, la cosa resulta ser una mezcla de autocomplacencia y de repetición desconsiderada y fraudulenta de esa carga alícuota de curro. El anti discurso pictórico de Hopper es entonces un lenitivo contra el metarrelato global. En consecuencia, el individuo debe perseguir el objeto que le causa el hedonismo para destruirlo como paso previo e innegociable a su propia emancipación. Para empezar, el sujeto tiene que pensar que se ha vuelto gilipollas. Y sobre esa movida reflexiono cuando estoy con el chino en el barrio del Pilar. Por ese motivo, la revolución no será televisada.

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El lenguaje de signos provoca la necesidad de engordar y de votar a cualquier precio, en los términos falocéntricos de la falacia del “bien universal” desprovisto de instituciones reales. Ángel Cappelleti (marzo de 2013, CNT de Bilbao) decía de la democracia representativa que “con ella el pueblo cree elegir a quienes quiere, pero elige a quienes le dicen que debe querer. El sistema cuida de que todo pluralismo no represente sino variantes de un único modelo aceptable. Las leyes se ocupan de fijar los límites de la disidencia y no permiten que ésta atente seriamente contra el poder económico y el privilegio social. Se trata de cambiar periódicamente de gobernantes para que nunca cambie el Gobierno, de que varíen los poderes para que permanezca el Poder […]. No sólo delego mi voluntad, sino que también abjuro de ella, mediante un acto de fe en la persona que elijo”. En última instancia, el autocuestionamiento se habría de mostrar como bálsamo contra el forofismo y el bufandismo militantes (financiados ambos por esos chacales de la totalidad). Como afirmaba el pensador americano, se trata, cuando menos, de “experimentar”. No es cuestión de impugnarlo todo, sino de gestionar de una puñetera vez ese silencio en esencia tan fúnebre y el pronóstico tan exclusivo de los ultracuerpos bien implantados en el espacio (ya) interior. La revolución no la puede ni la debe llevar el Estado, la revolución no será televisada.

Escaleras de la estación de Metro «Barrio del Pilar», línea 9, Madrid. Elaboración propia.

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En referencia a las asambleas constituyentes, incluso cuando ellas proceden del sufragio universal, Bakunin cree que “el sufragio puede renovar su composición […], lo que no impide que se cree en unos años un cuerpo de políticos, privilegiados de hecho, no de derecho, que, al consagrarse exclusivamente a la dirección de los asuntos públicos de un país, acaban formando una especie de aristocracia o de oligarquía política”. El pensador no reconoce “una autoridad infalible, ni siquiera en las cuestiones más especiales”, que le transformaría, dice, “en un instrumento de la voluntad de los intereses ajenos” (pp. 66-67). De esta forma, en un ecosistema tan extraordinariamente corrupto y perverso (como lo es el de este puto país), en el que se ha perdido el respeto a los que piensan diferente en base a una interesada y mercantilizada y sectaria hiperestimulación, la educación en hostias y en la humillación al prójimo han sustituido de forma furibunda al diálogo, al menos –como digo- a la vuelta de cualquier esquina de aquí. “La tradición anarquista, como yo la entiendo, gira en torno a la idea de que el poder es siempre ilegítimo, a menos que se demuestre lo contrario [afirma Chomsky] […]. Demostrar que el poder es legítimo, por la razón que sea, corresponde a quienes lo ejercen. Es tarea de ellos y de nadie más, porque en principio es ilegítima cualquier relación autoritaria que sitúe a un ser humano por encima de otro. Y a menos que se pueda demostrar con claridad que es una relación justa, habrá que abolirla” (p. 135). Y Chomsky por supuesto que hace referencia a esa oscura, tétrica profesión de fe: “Un partido no es otra cosa que un Estado dentro del Estado, y la <<paz>> debe reinar en ese pequeño enjambre de abejas como en el grande […]. Los miembros de todo partido que atiende a su existencia y a su conservación tienen tanta menos libertad, o más exactamente, tanta menos personalidad […]. Sus miembros deben creer en su principio y no ponerlo en duda ni discutirlo: debe ser para ellos un axioma cierto e indudable” (pp. 309-312). Por ese motivo, la gente se encoge de hombros, se somete como herbívoros al predador y se deja pensar (se sabe que no es tan difícil que germine la semilla). La revolución no será televisada.

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La liturgia de Hopper demuestra la idoneidad del mensaje luctuoso para obsesos de la brevedad y de la ausencia. Historias de individuos capados. Parece que no interesan a nadie, pero encierran con llave el substrato de la insubordinación. Les hablo de una pintura que puede leerse de pasada –tiene una extensión iconográfica muy corta-, aunque también se puede dedicar tiempo a su exégesis escrupulosa, con esos contextos urbanos que añaden ese plus entre nostálgico, abatido, cementoso y pseudodistópico. Hay en consecuencia una continuidad ética y estética muy interesante con fuerte predisposición a la elipsis, que demuestra no obstante el rechazo a las grandes soflamas, a los discursos vacíos, a las diarreas de carácter pseudoético en líneas generales. Dice Bakunin sobre el concepto “Dios”: “Al serlo todo Dios, el mundo real y el hombre no son nada. Al ser Dios la verdad, la justicia, la bondad, la belleza, el poder y la vida, el hombre es la mentira, la iniquidad, el mal, la fealdad, la impotencia y la muerte. Al ser Dios el señor, el hombre es el esclavo […] La idea de dios implica abdicar de la razón y de la justicia humanas, es la negación más decisiva de la humana libertad y desemboca necesariamente en la esclavitud de los hombres, tanto en teoría como en la práctica” (pp. 56-57). La revolución no será televisada.

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Les hablo asimismo de la cuestión sangrante del antiguo asentamiento de Las  Barranquillas (med. 70-2010 aprox.), que nos sirve de ejemplo. Con la gestación de estos poblados, el exterminio es un procedimiento lento, pero efectivo: con el apoyo de los medios serviles (todos), se presenta al adicto como un “yonki” (la imagen de la jeringuilla en suelos públicos, el inerte que merodea por esos lugares), un individuo al que diseñan como una amenaza social, desde el momento en el que se le asigna un propósito punible. Con el traslado a un descampado de las afueras (de Madrid, en este caso), se borran las huellas de la manipulación y se hace creer que estos (que fueron) humanos toman el control de su destino y que deben tomarlo. Ello viene a decir que si se quieren morir, es culpa suya, cuando lo que se está implementando en cambio es un suicidio asistido, aunque normalizado porque el sistema naturaliza lo que quiere y lo prepara en cápsulas de fácil digestión. El acomodado que contempla el espectáculo desarrolla el regusto por los muertos vivientes (de verse en el espejo de Jacques Lacan mencionado) porque percibe de primeras que él es el propio zombi, el que vive asustado, oprimido, estresado, y ello le genera la desconfianza suficiente para no pasar a la acción. No es otra cosa que la imagen simbólica predecible y repetida, que provoca indiferencia hacia el que la va a palmar, el comportamiento que se espera de ese espectador inane. La revolución, como digo, no será televisada.

Grafiti en la calle Chantada (Barrio del Pilar, Madrid). Elaboración propia.

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Las Barranquillas no equivalen a negligencia. En cambio, se generan categorías en cadena de forma calculada, que justifican el arbitraje por la razón de que no interesa eliminar esos espacios. Desde esa perspectiva por lo tanto, la exhibición de los poblados de la droga no solo no produce espanto, lo que realmente sugiere es una indisimulada satisfacción. Hay un pequeño documental de Las Barranquillas que circula en YouTube, de algo más de dos minutos, cuyo titular es “Víctor García León”, editado en junio de 2009. En él, una mujer de ese poblado dice: “Aquí venimos a morirnos, que lo sepáis”: Las Barranquillas no solo fueron un infierno (que lo eran), sino también la puesta en escena de falsos mitos que no escondían otra cosa que la intemperie humana, el teatro para el regocijo de las masas ufanas. La propiedad transitiva de la (des)igualdad se determina en tanto los políticos son votados por los votantes, los políticos programan la necrosis en estos poblados, los votantes aplauden como focas (y señalan como ultracuerpos). En consecuencia, la ultraviolencia gratuita, refinada y educada resulta ser la más abyecta de todas las posibles. Más allá de la emergencia del lumpen más degradado, Las Barranquillas no fueron sino el espejo de los habitantes del centro, transformados en el público VIP de su propia y exclusiva función. Lo lacaniano supone entender el caldo de cultivo de lo binario 0/1 y la recreación de antagónicos artificiales y ancestrales, reflejo de esa actitud del ciudadano medio a la expectativa, la misma violencia que se halla mismamente en la cena de Navidad más cara. El sistema miente porque tiene que sobrevivir. En definitiva, cenas y súper mercados de la droga resultan ser maneras de consumo exacerbado promovido por las instituciones que a unos y a otros tienen contentos. La necropolítica es en sí antiheterotópica y se manifiesta en el hecho de que el poder opta por la política de contención, que nada tiene que ver con asegurar los derechos básicos de esos seres que vagan y mueren en el inframundo. En consecuencia, la revolución no será televisada.

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Con independencia de que una persona crea en Dios o no, el argumento de Bakunin parece irrebatible ya que la palabra “Dios” puede ser sustituida por cualquier otro concepto de fe (una presidenta del gobierno, el coordinador de zona, un jefe de estudios). Sociedad e individuo son conceptos antagónicos. Por ese motivo, a esa comunidad no le interesa ese sujeto en tanto pueda alimentarse de los ultracuerpos, que solo le sirven con un fin reproductivo. En definitiva, a los matthews del sistema hay que aniquilarlos (a través de las leyes educativas, por ejemplo). El que dejó de ser individuo busca nuevos vínculos que llenen su vacío insoportable, se subordina al primero que encuentra, adopta las pautas que le marca el sistema, se pasa la vida satisfaciendo las expectativas del otro y busca su aprobación hasta que representa un papel, se ajusta al mandato que le imponen y se conforma bajo la representación ilusoria del que piensa que es dueño de su propia voluntad. Entonces, ya tenemos el duplicado listo para que consuma. Según Erich Fromm (El miedo a la libertad, 1947), subyace en todo ello un impulso sádico y masoquista. Y en Las Barranquillas, como paradigma de la antilinealidad, los cuerpos deambulaban sin rumbo y expresaban el apocalipsis sin apenas habernos dado cuenta. En aquel lugar, paradójicamente, se hallaban las grietas del sistema (el horror real, frente al horror ficcional de las urbanizaciones irreales). Y la mujer del documental escaló con lucidez a través de esa diaclasa de la ignominia y creyó que, en efecto, ya era libre (lo era, de verdad) y se despojó de su condición lacaniana, a pesar de saberse muerta.

Macarras interseculares (cómic): Las Barranquillas, Iñaki Domínguez/Marina Cochet, Ed. Astiberri, p. 92

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