El invierno ha terminado dando paso a una primavera interestelar con la llegada de un nuevo satélite a la Luna mientras otros paisajes y momentos viven en su propia luna ajenos a cuanto se cuece en el mundo real. Parece que los pinos, los buitres, las águilas, los jabalíes, los corzos, los ciervos, los zorros y demás fauna siguen sirviendo de parapeto para todo. Arrabal en su libro Hubo un animal arco-iris que despedía un aliento multicolor, del cual tomo esta metáfora pura del animalejo y el arco iris, desbrozaba con hermosura y acierto cómo a los bichos se les atribuyen pasiones y debilidades humanas. Es fácil reírse como una hiena de los errores pasados y difícil reconocer los de hoy. ¿Hay confusión? Donde no hay confusión alguna porque en nuestro recto cerebro hacemos lo correcto, ¿es una creencia que nace de nuestra propia confusión? Da lo mismo, señor magistrado, suma y sigue en mayo mes de las flores y de María, venid y vamos todos mejor por la puerta de atrás, no sea que nos vean y haya malentendidos. Hipervínculos, hipertextos de una intertextualidad malsana que campa a sus anchas de nuevo. ¿Quién le echará el lazo? El aire de la sierra que es muy sano y muy bueno para nuestros pulmones henchidos de cansancio, de estupor, de sorpresa… Prepotencia divina irrespirable que solo funciona bien si tomamos cervezas con un poeta en la mano leyendo a Bukowski. Presos de sus jaulas de oro érase una vez que era la desfachatez en primera persona, dando pábulo a las consortes enjoyadas de tules absurdos haciendo su agosto a la puerta de un colegio.

Lope de Vega ya decía que “a mis certidumbres voy / de mis certidumbres vengo / porque para andar errado / me bastan mis pensamientos”. Y lo aplicamos al pie de la letra, paseando, cantando, bailando, gritando y jugando al ping-pong. Continua el beatusille de esa vida retirada que el paisano de Belmonte expresa en requiebros en sus versos: huir de un mundanal ruido cuando solo me molesta el ruido de mis neuronas cuando conectan un poquito. Interrumpimos la conexión en directo para reclamar otras presencias extra corpóreas que nos ayuden a dilucidar qué sucede en el fondo de estos corazones sin freno y marcha atrás, al más puro estilo de Jardiel Poncela, con un estrabismo sin decencia ni pudor que nos deja ojipláticos. Muchas veces es necesario salir de la cueva platónica que habita nuestros deseos y comodidades ambientados por palos de incienso que fluyen en un flow suavecito. De esta forma se conoce de primera mano lo que está sucediendo a tu alrededor. Un olor multicolor de Arrabal, Jodorowski o Houellebecq que genera una generación que se autogenera generando no sabemos qué. No sabemos cuáles son nuestros límites cuando nos enfrentamos a una lucha de gigantes y no nos absorbe porque nos refugiamos en lo fronterizo, en el arrabal del banlieue.
Yo soy de los arrabales de Sur y del Este, el Norte limpio, inmaculado, pretencioso de aire puro no me identifica y ahora subo al Norte y bajo a mi Sur que sigue siendo Este. Un peine de los vientos en el suelo de la montaña ha perdido ya su Norte, hasta el oremus. Nada nos salva de un descalabro inminente. Soy como Bartleby, no quiero escribir ni empezar a hacer nada, como hijos de la procrastinación, pero soy como el capitán Acab, mi barco ha derivado, se ha hundido a proa, popa, babor y estibor. Si me buscas, me encontrarás agarrada a un tablón en el mar, en medio de una tempestad no deseada, una tempestad que todo lo barre, lo sacude, lo aplasta; solo nos falta un tifón, un tsunami o un tornado. Si fuese esto último, lo pasaríamos mejor como Dorothy, tenemos hasta secundarios para hacer de león, de espantapájaros y de señor de hojalata. Borrón y cuenta y nueva. Y sigue. Y sigue. Donde habita mi olvido, ahí quiero estar recuperándome del fragor de esta batalla ya perdida que solo se resolverá con una lobotomía o un nuevo cerebro a modo de Frankenstein.

Mientras, pululamos en un infinito descoyuntado de perlas chinas que, metidas en su concha, ansían salir fuera y brillar otorgando un nuevo esplendor a este mini mundo abyecto, indoloro, incoloro, inodoro e insípido. Paredes que continuarán cobijando año tras año esperanzas, ilusiones como una cárcel de barrotes de cristal. Sigamos soñando lo imposible y, aunque el mayo del 68 quedó lejos, da la casualidad de que estamos en mayo. Es el mes del apareamiento del ornitorrinco. Un animalillo raro como yo que soy un cruce de trucha y lobo, indefinible, poco delimitado en su conjunto y escurridizo en un eje cartesiano que me devora y que no soporta cierto caos. Que siga el happening primaveral de la Complutense (¡oh, qué tiempos aquellos!) como un San Canuto cualquiera en la Autónoma de Madrid, juerga y conmoción a partes iguales, diviértanse que las cervezas y el bar lo ponemos nosotros todos los días mañana sí y por la tarde, si eso, o sea, pues eso, que continuamos la fiesta. ¡A su salud, hermanos y residentes!

