Imagen de portada: Metro de Lisboa (elaboración propia, octubre de 2024).
Hace unos cuantos días, me senté durante un rato en un banco de una plaza cualquiera. Desde aquel asiento, andaba al tanto de un hombre de unos 65 años, enjuto, espigado y feo, sobre todo feo, un tipo que se había sentado con otro hombre en alguna grada de enfrente. Parecía un personaje del pintor Emiliano Lozano (1909-1995). Y entonces, me vi en la obligación (algo menos) de redactar un artículo que tuviese cono leitmotiv la inteligente geometría sexuada de César Fernández (1957). Ojo a esto: “Desde las profundidades del asco se me aparece como un castigo todo lo que es literatura […]. Briznas del instinto, empero, me obligan a agarrarme a las palabras. El silencio es insoportable: ¡qué fuerza hace falta para establecerse en la concisión de lo Indecible!”, afirma Emil Cioran(p. 91, La tentación de existir, ed. Taurus). Por supuesto que dentro de ese rodal, el retrato de la coyuntura del amor obedece a dar salida a lo que te sale de la polla y hacer lo que te sale de la polla, que está muy bien. Ahora bien, si todos hiciéramos todo lo que nos sale de la polla… ¿podría la polla hacer lo que le sale de su misma polla? Por ese motivo, redactar en soledad sobre la geometría de un cilindro o del negativo de ese mismo cilindro es la carta más adecuada al amor, desde el desencanto hasta la necesidad, pasando por la casilla de salida del rechazo absoluto al azúcar impune y a los dichosos edulcorantes añadidos.
Por ejemplo, en los textos de Charles Bukowski (1920-1994) se aman (y follan) personajes atormentados, pero no hace falta ser tan beligerantes con él –está feo- porque el amor también debe dar asco y provocar indiferencia, si es que este ya no lo hace (“encuentra aquello que amas y deja que te mate” es un aforismo que se atribuye al escritor norteamericano, un figura que lo podría haber parido perfectamente). Bukowski fue el exégeta de la nada, el que reivindicaba un espacio (geométrico, claro) para todos aquellos a los que todo les importaba una mierda “¿Dónde estará ese sitio?”, se preguntaba. Entonces –me pregunto yo- ¿No hay nadie que escriba sobre un guayabo al que no que le interese ni el amor ni el sexo ni tampoco usted? Yo, sí: “había un guayabo al que no le importaba ni el amor ni el sexo ni tampoco usted” (invito a César Fernández –en adelante, César- a que haga un soneto con acróstico sobre ello o sobre la polla del guayabo, recuerdo la impagable referencia de Juan Madrid al predominio del pene (erecto, inquieto), en uno de sus textos o al vaso de cubata -que es tan negativo y a la vez, positivo- de Montero Glez).
A través de su geometría rebelde y no convencional, en los caminos de las crónicas simbólicas de la exaltación de lo común, César, por ejemplo también, introdujo el Paxton/Marlboro mentolados en sus letras (hoy, están prohibidos, y los fumadores están prohibidos y señalados como los ultracuerpos de Sutherland). En Baricentro, César nos explicó que la virginidad puede repensarse desde la geometría como una condición espacial antes que ética. Sería en consecuencia una procelosa forma de relación fenomenológica con el ecosistema (una superficie que aún no ha sido atravesada, en cualquier caso). Por eso percibo los terrenos (no tan) vacíos de cualquier localidad como un abanico de posibilidades éticas y estéticas. Una mirada honesta, pues, es absolutamente válida para clausurar el ascetismo sexual dentro de una prolija red de significados, que funcionan como cebos muy jodidos. Entonces, César, ¿qué esperamos?
La pérdida de esa condición (la virginidad), tan personal como intransferible, se exhibe en los textos cesáreos como la (re)aparición de una línea descarriada. En la ciudad, una nueva calle/un nuevo individuo transforman todo lo que hay alrededor (el hombre espigado se sienta en un banco, como en línea repatriada, y el suceso tiene tanto de sutil como de flipante). La geometría urbana tiene mucho interés en ordenar el espacio y demuestra que no existe tal pureza. La virginidad, en cambio, se afana en ordenar experiencias humanas y expone que esta última puede ser una ficción espacial (rizomática). La corrección política –como ya sabemos- busca someter el lenguaje y hacernos idiotas. Los personajes de César raramente encajan en la corriente habitual y progresiva de la mierda. El hombre de Emiliano Lozano, el feo, el figura, daba la sensación de que hacía lo que le daba la gana. Un fuerte aplauso, entonces, para el hombre de Emiliano Lozano.
El amor almibarado e idealizado es como un teléfono móvil (se sacrifica la espeleología), resulta ser la visión distorsionada de las relaciones humanas (se han generado grotescos estereotipos), se transforma en la sucesión de emociones que ocultan la verdadera naturaleza de los vínculos afectivos. La obra de César, en cambio, es fecunda, pasmosa, rica en nutrientes y se deja querer sin pretenderlo. Y como dije que iba a dejar el tema de la polla, escribo que César escribe como le apetece. En uno de nuestros intercambios epistorales, en referencia a mi libro Estética Nostromo (2023), César me escribía: “Según palabras del propio autor, en referencia a una de las muchas obras que menciona en su nuevo libro, <<nos encontramos en un canal distinto en el que no estamos acostumbrados a chapotear>>. Para los que no se hayan atrevido todavía a sumergirse en las intrincadas páginas de Estética Nostromo, baste decir que autores como Marguerite Duras o Alain Robbe-Grillet (de quien se decía que era capaz de describir una comida familiar desde el punto de vista del tenedor) son meros escritores de literatura infantil al lado de Fernando Sánchez. Finalmente, una coincidencia intelectual, que no puedo de calificar más que de genética, dado el parentesco que une al que suscribe con el autor. A mí también me cuesta <<hacerle la digestión al Tractatus de Wittgenstein>>. Cuando, nada más empezar su lectura, me encontré con la proposición “El mundo es todo lo que es el caso” (sic), me di cuenta de que Ludwig y yo no nos íbamos a entender.”
César no se casa con nadie, ni siquiera con alguien llamado Wittgenstein, y ello resulta ser la forma más perfecta del amor real. Por lo menos, sus romances son honestos y de una lógica entrañable. Hasta hoy, sus entregas se dividen en dos grandes grupos: poesía y prosa en empate a dos. César fue el que me comentó también que mi escritura es “barrocobajera”, que lo es, pero sólo me lo dijo él. Primero, editó Veinte sonetos coquetos y un prólogo desesperado (2002). Después, El amor tiene sentido (2003). Más tarde, la citada Baricentro (2011). Y este año, nos arrojamos a los brazos de la segunda parte de aquellos primigenios sonetos, que lleva por título El retorno de los veinte sonetos coquetos, en los que parece dejar lo sexual, aunque a cambio –además de hacer referencia a sus viajes/experiencias- sexualiza la existencia a través de la necesaria, prospectiva, atinada, razonable, inmersiva, elegante, lúcida y descarada división entre gili-pollas y no gili-pollas, dos figuras que se aproximan en un plano, conservan su identidad pero procrean en su conjunto. Al igual que él lo perpetra en El amor, el movimiento tiene sentido, claro: dentro de ese planteamiento un tanto plebiscitario, la curva parece representar mejor los jirones de la verdadera imperfección humana.
A través de la analítica del ingeniero que ha sido siempre y con la precisión del bisturí de quien procede del barrio de Ventas (Madrid) y, en especial, porque le sale de la polla (y ya dejo la polla, créanme), le da muy bien a las tetas en uno de los capítulos de El amor tiene sentido. Leer las descripciones (a)simétricas, las valoraciones (in)tempestivas y las (des)estimaciones de “El tacto” se convierte de manera automática y sintomática en un acto de contrición: “Tetas, tetas, tetas […]. Las ves a cientos, a miles, por las calles, escondidas bajo camisetas y vestidos. Pero, ¿cuántas has visto?, ¿cuántas puedes tocar a lo largo de una vida?, ¿diez pares?, ¿treinta pares?, ¿cien pares? ¿Te has puesto a pensar que a un promedio de un minuto por cada par (lo que podría no ser tiempo suficiente, aunque sí aceptable), y descontando las horas de sueño, podrías llegar a tocar, en el transcurso de una existencia normal, más de dieciocho millones de pares? No me gusta la gente que se ríe cuando uno hace estas reflexiones. Enseguida se ponen a hacer chistes obscenos sobre el asunto. Son vulgares.”
Y luego va y te suelta lo del “poeta”: “En la tertulia del barrio le llamábamos <<el poeta>> por la sencilla razón de que era poeta”, un hallazgo significativo de alto voltaje, que posee toda la intención del mundo mundial. En definitiva, César no se siente obligado a agarrarse a las palabras, César en cambio cabalga sobre los lomos de lo indecible (las tetas, el poeta, el Paxton del capítulo titulado “El olfato”, el soneto de los progresistas y los “fachas”, el curso de geometría). La apariencia del hombre del otro banco me dio por pensar en esto de lo de indecible y de las líneas que te atraviesan y te empalan sin que te enteres, un elemento virgen en sí que me recordaba al Baricentro del autor como un martillo pilón. Dice el escritor en ese libro que anduvo dubitativo y que le costó unos meses hasta que tomó la decisión de “retomar el asunto <<geométrico-virginal>>”. En ese mismo prólogo, el autor escribe que “La geometría no explica el mundo, sino que lo crea porque es anterior a él. Así, el concepto de circunferencia no necesita de la materia creada ni tan siquiera de la voluntad de un Dios creador. Es en sí mismo creador: la circunferencia crea de forma incuestionable su propio centro al que deberá permanecer eternamente sometida”. Y luego, relata la relación virginal entre un profesor y tres de sus alumnas, de las quince que tiene en clase. Y se queda tan a gusto.

