DEPECHE MODE: MORAL, INCERTIDUMBRE Y DEPENDENCIA EN BLANCO Y NEGRO. FERNANDO SÁNCHEZ

A Deli, Carol, Ana, Maribel, Pili, Quique y Mayca, integrantes del chat “Depeche Mode 2024”.

(Siempre).

Imagen de portada: fotograma de Behind the wheel (Depeche Mode, Music for the masses, 1987).

Memento mori es el álbum número 15 de la banda Depeche mode (2023, producido por James Ford desde 2019, antes del COVID-19). Memento mori (“Recuerda que morirás”, en latín), ha traído consigo la implementación de una gira homónima y la gestación de un documental que lleva por título Depeche Mode: M (2025, dirigido por Fernando Frías). M está indudablemente inspirado en la muerte de Andy Fletcher (1961-2022), miembro fundador del grupo. M recoge asimismo material de México correspondiente a la gira de Memento. En el film, se abordan cuestiones existenciales del calado de la finitud y del comportamiento humano tras la pérdida de un ser querido. En las entrañas de ese documento y desde la perspectiva de la cultura mexicana, se entiende el óbito como un impulso para vivir y actuar en libertad, un viaje que de alguna manera recoge en sus asientos delanteros las ideas que ya habían sido planteadas por el director/fotógrafo neerlandés Anton Corbijn (1955) en algunos de los videoclips del álbum Music for the masses (1987): la valoración de los vínculos humanos en los temas Never let me down again y Behind the wheel, contextualizados en los términos de una exposición unitaria. La memoria compartida de Fletcher continúa influyendo en el presente -como es lógico-, así como la presencia de la modelo italiana que conduce la moto en “detrás de la rueda”. De igual manera, la invectiva hacia lo empresarial que subyace en Everything counts (Construction time again, 1983), cuatro años más joven por lo tanto, se concibe a fin de cuentas como un modelo de embestir la soledad en sí mismo (“The handshake seals the contract”/tr. “El apretón de manos sella el contrato”).

La construcción de la identidad a través del otro y haciendo uso de ese otro personalizado en el arte y en la música ya había sido intuida, asumida y valorada por Friedrich Nietzsche (1844-1900) como un medio de afirmar la mismísima vida que, según el pensador alemán, se halla conformada entre otros por el sufrimiento y por la incertidumbre. Por eso, el dolor –afirma- debe ser fuerza reveladora y, en consecuencia, debe erigirse como una espectacular oportunidad que por supuesto no se debe despreciar. Por lo tanto, dentro de este espectro tan dionisíaco como apolíneo, que se vincula con la (deseable) ambigüedad de las letras de la banda inglesa (d. 1980) y con los (muy sutiles) trayectos propuestos por Corbijn, que a la larga nos demuestran que ninguna decisión ni es ni debería ser moralmente neutra, hablamos sin miramientos de un planteamiento de carácter relativo y reactivo que daría como (un no tan incierto) resultado o bien la asunción del otro como trasunto ineludible y necesario o, por el contrario, la elusión de la responsabilidad que acarrearía de manera inmediata la eliminación de la creatividad. Es decir, se manejan dos formas de transformación que vienen determinadas por el concepto mismo de acumulación. Everything counts (compuesta por Martin Gore, miembro fundador), interpretado de forma magistral por cierto en el concierto de Madrid de 2024 (en el ahora Movistar Arena), habla en primera instancia de la mercantilización de la existencia, de la tendencia solapada a reducir el valor de las personas y de su propia naturaleza en aras de la obtención de un beneficio cualquiera. Sin embargo, como muestra palpable de ese dominio del margen, el autor contempla el mundo como depósito de recursos, que a su vez incluye al prójimo, al de al lado, entendido como sujeto y objeto calculable.

Fotograma de Never let me down again.

En el binomio Never let me down again/Behind the wheel, Corbijn no da puntadas sin hilo. Después de la concluyente revelación de la intimidad y de la melancolía, a muchos años luz felizmente de la pirotecnia barata y tan despreciable (que no supone en ningún caso la mera acumulación de imágenes), de la mano de las letras/pretensiones de Depeche Mode se investigan otras dimensiones: compatibles con cierta base marxista que se les atribuye y agarrados a una búsqueda de sentido, se plantean argumentos relativos a la moral humana y al propio concepto de moral. De nuevo, emerge con descaro y con firmeza la idea nietzschiana de antiuniversalidad y de la conceptualización de la misma moral como limitante. Un no idealizado e imperfecto David Gahan (miembro fundador) revisa sus propios valores junto a un anciano, en el sembrado, en el descampado, con una mujer en una moto, en una gasolinera, en un café. Todo ello no es otra cosa que el significado de la vida como impulso y ejemplo de superación, un hecho que cuestiona indefectiblemente los designios de la propia moral. Cuando la moral se impone, ello implica poder y sometimiento. Desde los presupuestos de Corbijn, desde la perspectiva de Depeche Mode y desde estas líneas, como es natural, la moral es entendida como un campo (reversible) de interpretación.

Fotograma de Never let me down again.

La mujer que aparece en las secuencias de Behind the wheel -la de la moto- es la modelo e intérprete italiana Ippolita Santarelli (no se encuentran datos sobre su nacimiento), la otra protagonista del videoclip, una actriz que apenas tuvo una carrera dilatada/llamativa, por lo que su presencia en el tema de Music for the masses se puede considerar como una aparición de auténtico culto. Santarelli conduce una Vespa y recoge a Gahan, que se halla en mitad de la nada, después de que su coche -averiado- haya sido remolcado (el vehículo no es otro que un modelo del mítico y diminuto BMW Isetta de los años 50). Como ya he mencionado, la historia de Corbijn en Behind the wheel (el trasunto de la exaltación del viaje nietzschiano vital) es la continuación de Never let me down again, por lo que hablamos de la existencia de una continuidad narrativa: el primero de los temas mencionados tiene su continuación en el lugar en el que lo ha dejado el segundo, después de las imágenes en las que ese coche está siendo retirado. En cualquier caso, se trata de una espléndida prolongación temática a través de un viaje moral a no sabemos dónde.

Fotograma de Behind the wheel.

A través de ambas propuestas y a través, bien de esa enajenación incierta, ya sea mediante ese sometimiento personalizado determinado por el binomio Santarelli/Gahan (el delicioso y sobre todo inquietante quién atrapa a quién), el grupo inglés consolida una imagen definitivamente más oscura y cinematográfica. Si nos atenemos a la falsa concepción del abandono de la vulnerabilidad, la consecuencia inmediata es la entrega de tu seguridad a otro con papel de regalo y eso supone alienación y la pérdida obscena de la propia identidad, a costa incluso de experimentar ese éxtasis de la inseguridad. Insuperable es, entonces, la erótica de la incertidumbre estética y moral planteada. La narrativa, como vemos, ha continuado su curso en las carreteras yermas de Behind the wheel, en tanto permanecen en los brazos de ese blanco y negro que exalta el mensaje por encima del adorno en espacios desolados primero e impersonales después, elogio por lo tanto del minimalismo más concluyente. El mensaje se refuerza en progresión geométrica y Gahan y Santarelli intercambian golpes y patadas en un auténtico documental -no sin cierta actividad al volante y pasividad en el asiento de atrás-. Por eso, les hablo a ustedes de un desplazamiento físico como requisito indispensable para la puesta en escena de un desplazamiento emocional, que sublima la propuesta de Never let me down again y se transforma en un auténtico referente musical y ético (que no absoluto ni determinante). El blanco y negro musical y estético de Corbijn me recuerda mucho a la propuesta del grupo musical también inglés The Prodigy en su videoclip No good (start the dance), un tema de 1994.

Fotograma de Behind the wheel.

Afirma el pensador esloveno Slavoj Žižek (1949) en referencia a unas ideas de Hubert Dreyfus (1929-2017) que, en relación al compromiso con la vida, esa responsabilidad siempre está abierta “a revocación [cuando se concibe como una partida/juego de la que te puedes largar], mientras que en un compromiso existencial sin reservas, si cometemos un error lo perdemos todo, no hay escapatoria”. Žižek habla del “caparazón”, como la necesidad “del refugio seguro de una casa que es específica de los seres humanos” -el cuerpo blando y viscoso de caracoles y crustáceos como “figura perfecta de lo Real”, que “es lo <<casi nada>> que soporta el desajuste que separa a una cosa de sí misma”– (Repetir Lenin, Akal, 2004). En la casa de No good, alguien le quita la chaqueta a Liam Howlett (miembro fundador de The Prodigy). El músico se queda sin ropa de cintura para arriba y accede a una habitación de una casa/almacén. Entonces, otro alguien le proporciona un martillo, con el que derriba uno de los muros. En la escena, únicamente se ven las manos de los cooperantes, que le acompañan en ese viaje, como el de Gahan/Santarelli. Howlett perpetra un recorrido de una dirección, aunque de doble sentido. Si no, la acción deja de tener sentido. En la (anti)moral depechiana, el viaje se prepara también, en efecto, para ser revocado. ¿Es posible imaginarse ese tránsito de vuelta del músico y de la modelo desde el final de Behind the wheel hasta el principio de Never let me down again?

Fotograma de It´s no good.

Josep María Esquirol (La resistencia íntima, Acantilado, 2025) cree que “la vida puede ser perfectamente profunda desde la marginalidad, porque lo que cuenta es poder ser inicio, que cada cual sea inicio”: el blanco y negro de Corbijn y, en su caso, el de No good (start the dance), dirigido a su vez por el cineasta inglés Walter Stern (1965), retratan los espectros de la propia inseguridad, definen los compañeros de traslado y nos indican que el tránsito puede (y debe) ser de ida y vuelta. Desechan por lo tanto la dichosa concepción teleológica en ecosistemas tan distintos y a la vez, tan opiáceos, símbolos ambos de la abundancia de recursos no obstante, un hecho decisivo que potencia la cuestión del arrojarte en brazos de alguien y a un destino tan deliciosamente incierto. En Never let me down again, la expresión “I´m taking a ride with my best friend” puede traducirse como “Me voy de viaje con mi mejor amigo”. ¿Sugieren el cineasta Corbijn y las letras de Depeche Mode la imperiosa necesidad de la existencia de alguien más a tu lado para avanzar en tu camino? Dentro de ese documental, siempre con un café en la mano, la incomunicación del comienzo durante largos segundos entre Gahan y el anciano es exactamente la misma que tendrá lugar en una cafetería cualquiera entre Gahan y la modelo Celeste Octavia –la camarera- a lo largo del también impresionante videoclip en blanco y negro de la propuesta It´s no good (Ultra, 1997, dirigida por supuesto por Corbijn). Es una cuestión de responsabilidad y disciplina. En Behind the wheel, Gahan se deshace de las muletas en mitad de la nada y se larga con Santarelli. La austeridad prepara la narración y supone también un paso importante en la redefinición de la imagen pública y poética del grupo, un objeto a fin de cuentas que debería mostrarse como un perfecto camarada en las carreteras o en los bares de un trayecto cualquiera.

A la memoria de Andy Fletcher.

Videoclip Never let me down again: https://youtu.be/snILjFUkk_A?si=lexqPq8-9RuqYTbO

Videoclip Behind the wheel: https://youtu.be/VEAuMiKqP-4?si=x0Vt-MhesrxzuL0G

Videoclip It`s no good: https://youtu.be/stpaq27-V70?si=oFthJv7Ch0w4D4ga

Otros artículos recientes de Fernando Sánchez que tratan sobre música, estética y filosofía:

El «acontecimiento» de Slavoj Žižek aplicado al concepto «Metropolis»: https://elurbano.org/2026/06/03/el-acontecimiento-de-slavoj-zizek-aplicado-al-concepto-metropolis-fernando-sanchez/

Hiperpoesía del residuo (materialismo punk): https://elurbano.org/2026/04/24/hiperpoesia-del-residuo-materialismo-punk-fernando-sanchez/

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