NOTA DE EL EDITOR: El ensayo Bar cutre (inestética posmarginal, aproximación “afterpop”) es una relectura/reinterpretación del artículo Bares raros, escrito por Fernando Sánchez, publicado en El urbano en 2024 y eliminado después.
A Herminio Lebrero con mucho cariño.
Le dijo a un adolescente el señor feudal de un bar (emblemático), un hombre llamado “José Luis” (no es su nombre real): “Ojalá te pillaras un huevo en el futbolín” y con ello estableció esa capacidad de poder bregar en el mismo acontecimiento de la discordancia, atendiendo a cada complemento semántico y normativizando lo excepcional en forma de un mero aunque soberbio arranque gramatical, que pudo pasar hasta inadvertido para el resto de la concurrencia. El propietario hizo magia por lo tanto. Por ese motivo, lo de “cutre” parece ser una creación social porque siempre pasa de todo donde nunca pasa nada. Michel Foucault (1926-1984) los hubiese definido como espacios autónomos de gestión a pequeña escala. En esencia, el bar normal, el de toda la vida, el cutre, aglutina en él algo de rebeldía y de unicidad, incluyendo ese punto paródico de (supuesto, no real) fracaso consumado. Hacen gala de esos retretes que tienden a la distopía, coinciden en todos ellos espacios, horarios, elementos y actitudes que difícilmente encajarían en la concentración parcelaria regulada de cualquier localidad y poseen sin embargo sus propios códigos (y mecanismos de defensa y exclusión, como veremos). Nada parece entonces aspirar a mejorar el medio ambiente preexistente porque no se necesita, la visión panóptica que ofrecen no deja de ser esplendorosa y equilibra las deficiencias de la percepción individual o colectiva.
Asociada al ensayista Eloy Fernández Porta y a sus complejos industriales de Homo sampler (2008), Afterpop/La literatura de la implosión mediática (2010) y Emociónese así (2012) –todos, de Ediciones Anagrama-, la noción “afterpop” hibridaría lo culto y lo popular/vulgar, la subjetividad y el algoritmo, la publicidad, la pornografía del consumo y el exceso de los medios con los resabios de un Vagón de tercera clase. Cuando se cruzan en esa vereda un spam (nos remitimos a propósito del bar a sus promociones/escenografías absurdas) y una pequeña muestra sample/el sampling (la gratuidad del acto/la cortesía del objeto que retiene al parroquiano), se consigue que alguien retorne al garito, representado hasta la náusea por una manoseada e ilusoria mediocridad, que ya no parece serlo en esencia. De esta forma, en estas entidades laboratorio que se parodian a sí mismas, se exacerba ese componente cómico que las hace irrepetibles. Sin embargo, existe un algo que va más allá de la sola comicidad y que tiene que ver con la gestación de una experiencia sublime. Entre otras, la aproximación “afterpop” pareció tener lugar cuando hace muchos años, un hombre que se hallaba dentro de un bar de El Pedernoso (no es su nombre real), comentó a sus amigos que él era capaz de bailar un aurresku delante de dos personas a las que no conocía de hecho, con la exclusiva condición de que esos colegas tocaran el txistu. Entonces, se ha producido ese desafío de reminiscencias atonales, que suscita una indefinición de carácter intelectual regada presuntamente por botellines/cubatas, que asimismo forman parte no menos capital de esa práctica docente de nostalgia de baja identidad, asociada mismamente a una decoración de calendarios de talleres de Villarrobledo, con un programa del corazón de Tele 5 como hilo musical de fondo, con la presencia del futbolín a solo tres metros de la danza ritual. Por consiguiente, lo “cutre” –esa capa de grasa honesta, al fin y al cabo- se transformó en una obra de arte involuntaria y mordaz.
Después del baile y de la estupefacción subsecuente, los hombres de la barra expresaron su gratitud no obstante, comentaron que la performance regional les había molado mucho y admitieron que la puesta en escena había sido una idea interesante. Por ese motivo, en la praxis, la interrelación de atributos puede (y debe) convertirse en material literario, como sedimento de un medio ambiente inconexo y fragmentado: es ahí, sin embargo, donde reside el vigor de las cosas presuntamente muertas ¿Es posible convertir una reflexión sobre los elementos y las motivaciones de un bar cualquiera (huevos, futbolín, aurresku, txistu, una letrina atascada y rebosante) en un conjunto de links? No es cuestión de bromear con la basura porque sí, sino entenderla como un conjunto de entidades no-lineales que reasignan significados: a través de esos samples, entonces, se implementa la intertextualidad y se favorece la creatividad de cara a la gestión del reciclaje, alejados estos locales de cualquier expectativa en principio, aunque de códigos bien constituidos.
En consecuencia, no parece factible redactar fuera del residuo, sino en las tripas de esos enlaces que suscitan pleitesía en el segmento de los márgenes propuestos. A la larga, un bar distinguido como “cutre” o uno como otro cualquiera habría de funcionar como un refugio inestético cuya pertenencia a una certeza descarada de software residual lo enfrenta a una sociedad debilitada y por supuesto orientada al éxito inmediato y a la gilipollez. Se puede contar por lo tanto la historia de un joven (basada en hechos reales), llamado “Marcelino” (no es su nombre real), un heavy bastante tostado unas horas antes de la cena de Nochebuena, que accede a un bar. Fernández Porta (Emociónese así, p. 31) afirma que “con las baladas heavy ocurre lo que señalaba Derrida a propósito de la noción de <<suplemento>>: lo suplementario, que siempre es sospechoso –las baladas suelen ser denostadas por los puristas del heavy- es lo que constituye la forma por medio del recorte. La actitud descreída, pues, es un señuelo que permite que el discurso personalista resulte más enfático y veraz”. Marcelino es el propio suplemento (sujeto ético y estético) de su misma historia (elementos relacionales y relacionados). La camiseta de Leño, las paredes curraditas y los elásticos se erigen como sus señas de identidad y por supuesto de amor. En el cómic Demasiada pasión por lo suyo (2014, Blacknie Books), Raúl Cimas dibuja un muchacho llamado Fliper Názarin, que comenta: “pídele a un heavy que sea heavy solo dos semanas al año”:
El de Leño regresó a su localidad en un coche cualquiera. Al llegar, Marcelino había drenado sus entrañas mediante la implementación de una raba policromada y muy consistente, como la de Brian (de Padre de familia): el estremecimiento gástrico había sido consensuado por la híper actividad una DANA de patatas ali oli, croquetas, boquerones en vinagre, algo de lacón, magro con tomate, pisto casero, cazón en adobo y gambas al ajillo.
Fiel a la segunda ley de la termodinámica, alardeando de una extraña enajenación conceptual, el hombre se fue danto tumbos y cayó en una zanja (sin embargo, ello no fue óbice para que se agregase a la superficie desde el infierno estratigráfico, se metiese en el bar más próximo e hiciese lo que le vino en gana).
¿Y si alguien bailaba dentro un aurresku dentro del local? Como ya comenté en mi artículo “Recepcionista behind” (celebro las cosas de Raúl Cimas), publicado en El urbano (30 de noviembre 2025), el personaje Marc Terracitas –correspondiente a la tira Orgullo Brutal (Blackie Books, 2015)- es sujeto y objeto afterpop: “La cerveza está caliente [dice], son lentísimos, no hay ningún feng-shui”: no deja de ser un revulsivo que tiene como base el absurdo elevado a lo cultural y la cultura rebajada a una terraza -vamos a decir- “cutre”.
El heavy entró en el local, arrastró la máquina de los helados y la colocó delante de la puerta del retrete, ante la aseada mirada de un personal que o bien no comentaba nada relevante o bien hablaba de Emil Cioran, prisionero en cualquier caso de una muy tenue respuesta equidistante entre el soliloquio de la inquietud y el regocijo latente.
Marcelino apenas atinaba a decir “Royne”. Crescencio (no es su nombre real), el dueño de la taberna, lo arrojó “¡a la puta calle, pero ya!”. “¡No, a la puta calle, no!”, balbuceaba el prenda con insistencia, aunque luego se largó en zigzag. Algo más tarde, de camino a no se sabe bien dónde, el hombre se encontró con un arcaico Land Rover en marcha con un remolque, en el que se introdujo entre un instrumental en esencia extraño y anémico y el estiércol para abonar unos tomates. El vehículo arrancó y recorrió un par de kilómetros hasta llegar a una enorme nave situada a las afueras del lugar, en la que estacionó.
Allí le descubrieron. Unos perros que allí había, 3 ejemplares de caza, se abalanzaron sobre el jabalí etílico (uno de ellos le metió un viaje en la pierna). Los del Land Rover los ahuyentaron y se lo llevaron de vuelta al pueblo, dentro del remolque, arropado con un par de mantos para coger aceituna. Lo dejaron en la puerta de su casa, pero se metió en la de al lado. La dueña le dijo “¡Otra vez! Mecagüen la puta, Antonio, qué mal hueles, joder, ¿te quieres ir a tu casa, hijo?”, dijo. “Que me dejes, Edelmira (el hombre ficticio de su madre). En la ventana, había un yogur de macedonia. En la mesita, había un libro de Ludwig Wittgenstein.
Como se puede colegir, tanto en el bar como fuera de él se había producido esa catarsis como resultado de una suma de spams que han pasado a ser links (la hibridación entre el vínculo personal –del que habla Fernández Porta (pp. 27-28): que tiene como objetivo “ser querido”- y el relacional, que consiste en la “gestión de la lejanía” o la “simpatía superficial” y que tiene como objetivo “ser reconocido”). El feng-shui añorado por el Terracitas de Cimas, se implementó en el local definitivamente. El bar de Crescencio –que tiende a ser raro en esencia por la propia predisposición general hacia ello- ya no lo sería tanto, ni siquiera habría de ser un simple escenario de precariedad. Se ha transformado en consecuencia en una entidad conceptual extrema muy interesante (al igual que ha ocurrido en la casa de la vecina de Edelmira) en tanto pueda dar la sensación de ser insípido y un tanto dejado, aunque la realidad objetual existe independientemente de nuestra interpretación. Lo otro es lo extravagante, los “cutres” ni siquiera pertenecen al ámbito de la contraculturalidad intelectualoide. Sin embargo, si nos detenemos en la cuestión de lo “raro”, parece que hablamos de locales abocados a la exaltación de sí mismos y de su simbología, como los personajes/las situaciones del propio Cimas, muy bien ancladas por cierto en la idea “afterpop” argumentada: un territorio no comanche donde conviven (no, coexisten) lo culto y lo meramente cotidiano. Lo puramente cómico es lo que nos permite discernir sobre los comportamientos del afuera (la estética tan simple –incluso, torpe- que Cimas propone adrede, contrasta con la significativa complejidad y riqueza de las asociaciones establecidas entre el Terracitas y su novia “irónica”). En ese bar cualquiera, el desplazamiento de roles supone la emergencia de un contexto inesperado que no se agota en sí mismo, en el que lo absurdo –por ejemplo- da lugar a una realidad (amorosa) que supera a la ficción (relacional).
Decía Juan Tallón (Mientras haya bares, 2016, Círculo de tiza) que “existen negocios que están más allá de la economía de mercado”, que “no precisan establecer intercambios comerciales. El silencio y el vacío bastan. Anida en ellos algo absolutamente fértil”. El panorama no habría de ser por consiguiente, tan infecundo, si entendemos la existencia de ciertos locales no como eslabones de un parque temático más, sino a través de un conglomerado de ingredientes absolutamente postpoéticos (el vacío basta, afirma Tallón). ¿En qué puede cambiar el devenir de la historia narrada, si nuestro Marcelino repite con insistencia “Wittgenstein” dentro del bar y en la mesita de noche hay una tarrina de Royne vacía? El acontecimiento de la tragaperras, del televisor sin espectadores, de los huesos de aceituna en el suelo, de los insectos de la trastienda y del Marca (o el As) en la barra cuestiona la perspectiva habitual y genera el espacio ulterior, y ahí reside el estado del análisis que nos retrotrae a la templanza y al susto de digerir la escenografía de una máquina de helados que impide el acceso al aseo del bar que no es “cutre” per se, cuando los objetos exceden su función, cuando existe algo más que un hasta explícito deterioro.
De la misma manera, se entiende que no es lo mismo un lugar que un espacio. El lugar se habita, mientras que hay bares que caminan indefectiblemente hacia la abstracción y se transforman en los espacios mencionados, en súper experiencias místicas como tales: ¿puede un bar “cutre” viajar más allá de lo meramente relacional para transformarse en espacios de amor, de afecto, de entrega mutua en ecosistemas supuestamente anómicos/vagones de tercera clase? En referencia a esas circunstancias tan impredecibles/indetectables asimismo, existe un interesante libro que lleva por título Espectropías (2022, El gallo de oro, Jorge Fernández Gonzalo), muy adecuado para la exégesis de garitos raros, insípidos, incoloros, etc., aunque nunca prescindibles. “Los espacios urbanos están fragmentados […]. El espacio heterogéneo de la urbe ya no puede ser representado, pues su pluralidad engendra formas de diferencia, términos sin relación, figuras imposibles que descomponen nuestra mirada en múltiples reflejos espejeantes”, afirma el ensayista. En consecuencia, hablamos de lugares que van a terminar en espacios y que malviven en la farfolla de la cautelar, en medio de las patatas a lo pobre, del Brandy Soberano, de las fichas de dominó. A través de la combinación de los conceptos “posmarginal” y “afterpop”, se comprende de una manera intuitiva la seriación habitual de bares llámense cutres, antros, garitos normales, escuetos, rancios, hasta guarros, sin atisbo de fuegos artificiales, en los que te tomas una Mahou con pipirrana, mientras echan el Grand Prix de Ramón García en la tele (¡es lunes!).
La expresión «me voy de bares raros» es un aforismo exuberante en esos “ámbitos objetuales”, que podrían ser medianamente definidos a través de este sudoku sintáctico: por regla general, un bar es un recinto donde puedes comer o tomarte algo a cambio del pago de una cantidad de dinero. De la palabra “raro” siempre nos van a comentar cosas como “inusual”, “extravagante”. Si ensamblamos el sustantivo y el adjetivo en la expresión “bar raro”, el resultado es algo raro e inquietante en sí y da la sensación de que ello está viciado desde el origen, pero ahora ya tenemos muchos más años que antes, aunque, eso sí, también hacemos gala de la misma predisposición un tanto áspera a todas estas proposiciones. Sin embargo, la idea de bar no debería verse intoxicada en principio por la cualidad “raro”, adjudicada por sistema y ajena al sujeto que describe (el bar cuando se contempla desde la perspectiva del realismo especulativo). La expresión habría de ser un epíteto necesariamente o un pleonasmo como “bajar abajo” o “bajar al bar de abajo”. Si la tesis es “bar” y la antítesis es “raro”, la consecuencia inmediata es la gestación de un algo de carácter espacial no sintético, un algo del todo infrecuente después de la interacción de dos opuestos aparentes (un potente oxímoron a fin de cuentas). Por lo tanto, si decimos “me voy a ir de bares raros”, la cosa ya se pone chunga.
Por otra parte, existe el muy agradable/ingenioso/afterpop relato del humorista, analista y youtuber Miquel Serrano, de cinco minutos de duración aproximadamente y que trata sobre los “bares de mierda” y sobre el bar más “de mierda” del mundo que, según él, se halla en la ciudad de Burgos, muy cerca por lo tanto de la gente normal (en ningún caso, de mierda). Serrano te explica que el calificativo “de mierda” no es en absoluto un desprecio, sino más bien un elogio y eso es absolutamente creíble. El bar raro/de mierda y sus links, de lo excepcionales que pueden llegar a ser, se constituyen como un aglomerado de versos libres que alguien ha escrito debajo de una servilleta con publicidad de Mirinda, pero resultan ser extremadamente apetecibles en los albores de esa deliciosa e injustificada inmundicia espectrópica (esa de la que Fernández Gonzalo afirma que no encaja “plenamente ante un aparato teórico de descodificación o conceptualización”, un espacio en el que una fantasía –o fantasma- permite “obturar la grieta”). De este modo, la subsistencia egoísta de un bar cualquiera nos hace calibrar nuestros rudimentos ilusorios a fin de cuentas. Tallón contaba que una vez vio a Paul Auster en un bar y que no tenía valor para acercarse a él, “aunque sí para bajar dos cubatas de whisky Dyc”. Desde aquel día de diciembre de 2001, “cuando distingo un bar de mala muerte [escribía], vacío y mugriento entro en plancha” (…). Hay que saber descender a los terrenos en donde nunca crees que se te pueda perder algo (…). Si tienes mucha suerte, coincides con alguien con peor reputación que tú, dispuesto a enseñarte algo de la vida”, afirma el escritor. Echemos un vistazo en este sentido a la gestación de una dialógica entre unos clientes y los dueños de un bar que en primera instancia da la sensación de ser rancio, a propósito de unas tapas que no existen. Los consumidores no conocen las reglas tácitas de la barra y son conscientes sin embargo de que su relación con el espacio cambia de manera repentina: su experiencia ha obturado la grieta y ha reventado las limitaciones de su propia percepción:
Manuel se apretó una vez con dos amigos 15 cochinillos en 26 días. Manuel es un incondicional del cine de Pajares, sobre todo el de primeros de los 80, cuando trabajaba junto a Esteso, hasta La lola nos lleva al huerto. Quien le conoce, asegura que posee una de las colecciones más completas de Castilla-La Mancha. Comentan también que es acérrimo seguidor de Joselito, que tiene un montón de sus películas. Y que El ruiseñor de las cumbres se la ha visto por lo menos nueve veces. Los otros eran un somarro llamado Calonge y un tipo de nombre Apolinar Brox, apocado, enfermizo, tal vez habsbúrguico (Manuel y Calonge le toleran y le llevan a tiempo parcial).
En definitiva, los jóvenes parecen “freaks” en el imaginario popular, desechados por no se sabe bien qué relación causa/efecto. Son -dicen de ellos- una Parada de los monstruos “de flipar”, la mítica y breve película que les surte de ignominia y desazón, no se sabe bien si reflejo del colectivo que les arropa y les da un besito de hasta mañana. Lo interesante es que los de los 15 cochinillos han decidido ir en búsqueda de un bar “cutre” (comentan ellos) para “echarse unas risas”. Los tipos ignoran en consecuencia esa situación de posmarginalidad generada. Sigamos la evolución ya sampleada de esos guayabos:
Los tres jóvenes entraron a un bar y observaron que no había tapas en la barra, que las bandejas estaban vacías. La dueña se acercó a sus inesperados clientes, que hablaban del tinglado aquel por lo bajini. La rectora del local se dio cuenta y endureció la modulación, que son paladas de hormigón de forma habitual, que vienen de serie. Calendario de una empresa de pozos y sondeos en la pared.
―¿Queréis algo, chatos?
―Ea, pues claro ―respondió Manuel, que progresaba adecuadamente. Dos botellines y un vaso de leche.
―Bájame el tonito, hermosón, que yo te pongo lo que quieras. Pero bájame el tono, cielo.
―¿Hermosón de qué? ¿Por qué me dices “hermosón”, tía?
―Para empezar, no ni tú ni yo compartimos una línea colateral ascendente/descendente de tercer grado por consanguinidad. Además, eres un payaso.
―¡Pero qué tonito! –insistió el portavoz- si yo te lo he dicho bien… ¿Hay tapas?
―Las mismas que cuando le he oído comentar a tu coleguita, este que tienes al lado [se refiere a Calonge], que me parezco a la que dice “¡Boquerones, sardinas, es mu rico!” en Torrente. ¡Ángel! ―llamó a su marido―, ven un momento.
―¡Voy volando, pichurri!
Apolinar estaba aterrado.
―Dime, cariño ―dijo.
―¿Hay tapas dentro?
―Las estoy haciendo ―respondió―. Hay cacahuetes ¿Os pongo algo o no, figuras?
Nadie respondió.
—¡Que si queréis algo, toláis!
—Oye —dijo Calonge— ¿eso que está sonando en el CD es Helmet?
A través de estas estructuras dialógicas, los bares cutresalteran la percepción saturada y despojan o mediatizan el concepto de lo Real y de lo figurado arropados por periferias bizarras, incrementando en definitiva esa poética de la ciudad desgarrada (y establecen sus mecanismos de exclusión, como puede intuirse y como pusimos de manifiesto al comienzo de este texto). Sabemos que Miquel Serrano solicitó una tapa de tortilla en aquel bar de “mierda” de Burgos, mientras prestaba atención –afirma- al truño de un perro en el suelo de ese local (el humorista/publicistanos habla entonces del concepto “mierda” con extraordinaria solvencia y nitidez, Serrano es extremadamente didáctico). Escribía Juan José Millás (Miedo, El País, 2017) que “hacia la mitad de la escalinata [del metro de Sol, Madrid]” imaginaba que una señora con carrito, a la que ayudó, “en vez de un bebé, llevaba una ametralladora”. Preguntó a esa señora si le “dejaba ver a la niña” a lo que ella respondió “¿es usted un perverso o qué? […] con una mirada de odio” que le “cortó el aliento”. “Desapareció por un túnel [concluía Millás]” y él se dio la vuelta: “¿dan o no dan ganas de quedarse en casa?”. Lo mismo que cuando el día quevas a un presunto bar/restaurante elegante de una localidad de “Puerto Rico” (no es su nombre real) y le pides al camarero que te ponga una copa de tinto y te echa solamente un dedo y le tienes que llamar la atención por esa puta mierda y te dice que es lo que echa el dosificador y le respondes con educación que te llene la copa en condiciones… ¿no dan ganas –como a Millás- de quedarse en casa?
Afirma Slavoj Žižek en referencia a unas ideas de Hubert Dreyfus (1929-2017) que, en relación al compromiso con la vida, esa responsabilidad siempre está abierta “a revocación [cuando se concibe como una partida/juego de la que te puedes largar], mientras que en un compromiso existencial sin reservas, si cometemos un error lo perdemos todo, no hay escapatoria”. Žižek habla del “caparazón”, como la necesidad “del refugio seguro de una casa que es específica de los seres humanos” -el cuerpo blando y viscoso de caracoles y crustáceos como “figura perfecta de lo Real”, que “es lo <<casi nada>> que soporta el desajuste que separa a una cosa de sí misma”– (Repetir Lenin, Akal, 2004). El bar denominado como “cutre” funciona como ese caparazón intertextual (no quita que uno se encuentre un puto dosificador o al más payaso que haya visto en su vida). Si no, la acción deja de tener sentido. Dicho de otro modo, el sentido es que nunca accedemos por completo a las múltiples realidades de un local de este tipo porque en él se multiplica la inmediatez y ello contradice al espectro de la percepción -el deterioro cognitivo, como puede deducirse, no sólo es exclusivo de ese recinto.
El bar al que llaman “cutre” no deja de ser de una erótica viscosa y explica esa desarticulación/distancia consigo mismo que lo hace irrepetible: la insignificancia de los elementos que alberga le ha aproximado a lo Real. A pesar del repliegue de facto, esa vivienda común no es insolidaria. Por lo tanto, después de la suma de sus sotanismos y desvanismos (los “desajustes” a los que Žižek hace referencia), el bar acaba por humanizarse/naturalizarse y recuerda que la vida de alrededor se deconstruye a través de los artículos de una normativa perversa de opiáceos/opioides: dentro hay un partido de fútbol, un vaso de vino, un calendario de una empresa de piensos. Si nos remitimos a la novela breve Carcoma (2021, Ed. Amor de Madre), escrita por Layla Martínez, el elemento casa, que se halla hasta arriba de escombros en forma de sombras, fantasmas, apariciones, presagios funestos e historias terribles –y, sobre todo, de odio, hay que recordarlo- no deja de ser para sus protagonistas el hogar más entrañable de todos (abuela y nieta coexisten en modo ángel exterminador, es, ante todo, su hogar, su zona de confort, su ámbito de proximidad que coquetea en cierto sentido con la opulencia). El bar raro/cutre/normal tiene ese punto buñueliano y genera ese tipo de warnings desde el momento en el que se accede hasta las entrañas de esa proscrita cochambre afterpop.
Josep María Esquirol (La resistencia íntima, Acantilado, 2025) convierte la casa en lugar (y a la vez en espacio) de resistencia, que lidera una revolución existencial que se despoja a su vez de la tentación dependentista. Explica Esquirol que lo único que hace tu habitación (aquí lo trasladamos al bar) es potenciar el aprendizaje de estar contigo mismo -lo viscoso- y de considerar que no estás disponible en todo momento. ¿Haces lo que te sale de los huevos en el bar o crees que haces lo que te sale de las pelotas dentro de ese local? Esquirol cree que “la vida puede ser perfectamente profunda desde la marginalidad, porque lo que cuenta es poder ser inicio, que cada cual sea inicio”. Llama poderosamente la atención la aparente austeridad de las cosas nuestras desde la perspectiva de los posmárgenes, que saltan sin embargo como los facehuggers de Alien. En este caso, Pepe el guarro no deja de ser un departamento de leyenda en el barrio del Pilar, de Madrid, y en el repertorio de los bares madrileños históricos, en líneas generales. En realidad, su nombre es “Casa Pepe” (nunca podría haberse llamado, por ejemplo, “El edén del sustento”), aunque en el imaginario popular se refieren a esa conocida tasca, como digo, como “Pepe el Guarro”.
El lugar que ha llegado a ser espacio está bien, se come bien, tiene clientela, jaleo, pero muchos hacen referencia a lo “guarro”, un calificativo que es la consecuencia inmediata (y deseable) de la existencia proverbial de uno de sus platos estrella, las alas de pollo, cuyos huesos encharcan y embarran el suelo del garito (por el mero hábito, se ha constituido en sí en una guarra y estable tradición). La gente regresa a ese bar de la calle Celanova, las alas de pollo se han convertido en un ámbito objetual por sí mismo, un intervalo que no necesita de esa atención disciplinaria. Decía Ludwig Feuerbach (1804-1872) que “el hombre está en servidumbre con aquello a lo que le gustaría dominar, venera o que en el fondo detesta, le suplica auxilio a aquello contra lo cual busca ayuda”. Ángel el Cholas es un morteruelo supuestamente incongruente y perjudicial de hombre encantador y de varios depósitos de aguas fecales de principios de septiembre. El ánade chapotea con estilo en las ciénagas del trapi, entre los manglares de la malquerencia, la bizarría y el éxtasis cotidiano. Es un tío con soltura. Dicen de él que es un entendido de Fernández Porta y de la Bauhaus. Afirman también que el rector de la infamia llegó a promover una pelea de perros en un corral que tiene al fondo del bar y que se llevó allí a una parva de individuos de diverso pelaje, con gradas y palcos VIP, aunque no está comprobado empíricamente. Luego, tiene clientela y la gente habla bien de las tapas y del jale (no así Manuel y sus colegas). “Me preocupan los necesitados”, comenta papá con frecuencia, aunque no se lo preguntes. Así, estamos de acuerdo en que cuesta bastante bajar al sótano, “pero todos necesitamos ayuda [escribe Fructuoso Bartol en El gilipollas, p. 9]. Y aquí viene cuando la matan, como se suele decir en mi pueblo. En la necesidad de unos se encuentra la oportunidad de otros, siendo los unos y los otros casi siempre los mismos”.
Desde la posmarginalidad (que hace hincapié en el límite y en la exclusión) se diluye la dicotomía sujeto/objeto, y dentro de esa dialógica afterpop se cuestionan las jerarquías. Así, en este ecosistema descentralizado de “criaturas urbanas a medio hacer” (Fernández Gonzalo) y por supuesto a medio interiorizar, hay un canario adormecido en una jaula, un “Estuve en Peñíscola y me acordé de ti”. Y se percibe la soledad, rodeado a lo mejor de la mejor compañía posible. En la tele, no te van a poner Perros de paja. Sin embargo, puedes hacer acopio con deleite mismo del apasionado Roberto Brasero que advierte de una borrasca que precede al Apocalipsis o de la atribulada Lydia Lozano, llorando con sus movidas, como casi siempre. Uno no va al cuarto de baño a mear, uno se entierra en esa sima para hacer espeleología por su cuenta y asumir la praxis del subsuelo (lo que mola contarlo después, ¿verdad?): Ramones compusieron I don’t wanna go down to the basement y decían que no querían bajar abajo porque había algo allí. Los terrenos de Tallón. Después de 50 años y los cuatro miembros originales de la banda, muertos ¿qué anomalía existía realmente en aquel sótano de una casa de Queens?

