
Ahora que duermes a mi lado, mi querida y pérfida Maibritt, tan sierva de nadie y dueña de ti misma, puedo decirte que yo también he gozado, algo que nunca te diría a los ojos por más que suplicases. Nunca fue esa la naturaleza de nuestro contrato. Duermes sometida al escrutinio de tu propia conciencia, que te permite triscar yerbas a un palmo de mi cara con esos ronquiditos paulatinos e insultantemente plácidos. Podría despertarte en este mismo momento y tomarte a mi antojo sin que pusieras objeción, mandándote hacer y aún haciendo en tu duermevela. ¡No, todavía más! Podría hacer que te despertases después de haberte vuelto a hacer, provocando tu estampida de risotadas ante las inevitables huellas, que podrían serlo de la calaña olorosa o táctil que me petase. Y tú tan contenta. Porque así soy yo, ¿no es verdad, mi adorable y profana Maibritt? Ese es mi mérito. El tuyo es conseguir que yo tenga méritos. Y no me contradigas, Maibritt, amor.
No sabes que yo sé. Y si supieras, no sabrías hasta cuánto sé. Bastaría, para dar crédito, con la sorpresa de la primera vez que lo supe al verlo, que fue de tal calibre que me dejó boquiabierto y postrado de hinojos en la penumbra como una gárgola de telebodrio. Aún no sé por qué no intervine, pero sí sé que la música fue mi aliada de principio a fin, apagando gemidos, atenuando espasmos, difuminando susurros (¿Quién sabe si también mis gemidos, mis espasmos y mis susurros?) y, en general, ayudándome a crear el mundo de nuevo desde el verbo al apocalipsis en sólo quince minutos. Dios tardó más, pero claro, Dios no estaba casado contigo, mi amada y viperina Maibritt, prodigio danés donde los haya.
Miro en tu cuello el latido del corazón, que sabe acompasarse con la cadencia de tu aliento, y decido que ese cuello de piel cetrina es lo que más amo de ti. Por él mandé mis barcos a tu encuentro, apréndelo ya, vikinga mía. Ese cuello que contiene toda la vida del universo y que ahora yo podría quebrar en un santiamén a sabiendas de que te encantaría. Da vértigo tenerte tan a mi merced, da miedo y además vértigo, pero también da miedo y vértigo y apetito, rubicundona, camastrona, demorona. ¿No sabías que lo que más nos atrae del precipicio no es que podamos caer sino que podamos llegar a desear tirarnos? Pues eso.
Fue la música sin más y fue la música en sí: el hecho de conocerla tan bien, vaya. Eso calmó mi mente y me impelió a seguir mirando durante toda la coda. Quiero creer que gracias al excelso adagio no cometí un pecado, pero ahora pienso que por culpa del puñetero adagio cometí otro pecado aún peor. Tú deberías saber entenderme, no pongas esa cara, mi delicada y malévola flor, que no pienso volver a explicártelo. Apelo a tu perspicacia, la misma que trajiste de Jutlandia con tu milagro de enseres, juguetitos y cachivaches diversos. Sí, bueno, y las películas de Dreyer, vale, me rindo. Hay que joderse con Maibritt, hoy todo me lo responde. Será cabrona.
Hace apenas unas horas te tomé como si fuera la última vez, como si no hubiese habido vez alguna antes. Toda esa lencería nórdica, sirenita mía, todo ese caudal de destrezas, todo ese oficio de amazona walkiria. Conseguimos escorzos apenas antes sospechados, ritmos novedosos e inquietantes que trajeron consigo zumos de sabores que ahora intento recordar. Pero lo que acaso más me sigue tocando es el catálogo de parla nativa que llegaste a verter en el instante del mutuo derrame. El chorro de palabras, digo, todas espetadas en tu vernácula lengua, Maibritt, niña mala. ¿Qué me decías, reina, mirándome a los ojos? ¿Qué significaba ese aluvión de palabras como síncopas? Parecía el pizzicato de un violín loco en medio de los redobles de un tambor. Puntillismo, impresionismo en el himen rasgado de un cuadro que podría haber sido yo. Te abriste en dos mitades como el mar Rojo para permitir el paso de mis ejércitos…que regresaron a casa con una hora más de sabiduría, pero con siglos agregados de tristeza.
Hace falta tan sólo una rendija para ver lo que vi aquella vez que vi lo que vi y saber para no dejar de comprender ya nunca más. Y era que tú, era que yo no, era que tú sin mí, era que yo conmigo mismo, era que tú a pesar de todo, era que yo, no obstante, era que tú y, además, era que yo y ademenos, era que el tiempo detenido y el peso de la eternidad, era que tu aleph y mi infierno. Sí, mi escandinava Maibritt, el infierno debe ser algo así como aquello que uno debe recordar aunque no quiera.
Ese fue mi pecado capital. Querer volver a verlo después. Por qué, dirás. Por la frase que te oía repetir una y otra vez, en mi prístina lengua castellana, en la farfulla de mis antepasados, al runrún de la música y de otras cadencias, y que ya nunca dejaría de retumbar en mis tímpanos como una marabunta bíblica. La frase, esa breve frase, la frase germinal. La frase.
Podría despertarte sin más con un azotito, porque sí, porque así soy yo. ¡Y menudo soy yo! O esperarte preparado bajo las mantas con un lacito colorado alrededor de papito y retirarlas de repente, las mantas, digo, cielo, gritando feliz cumpleaños. Ja, ja, ja. Sólo de pensarlo me entra la risa, Maibritt, ya sabes que se trata de mi broma preferida. ¡Yo soy así! Y nunca es tu cumpleaños, pero ni siquiera rechistas. Acudes dócilmente con ese jadeo juguetón de perrita faldera circense y te pones a deshacer con los afilados dientecitos el nudo marinero. El truco está en atarlo cada vez de una manera distinta, no necesariamente más fuerte pero sí más imaginativa. Al final nada se resiste a tu experta habilidad, ¡vaya con la europea!, y ya sabemos que la escena puede y debe continuar hasta que la cucaña, desprovista de su engorroso lacito, conceda su regalo natural, mejor cuanto más macerado en sí mismo. Siempre lloras de risa, rubiales. Por cierto, ¿Cuándo es tu cumpleaños?
Pero calla, que estoy hablando yo. No hace falta que saques a colación a tus hijos, sabes que me incomoda. Ellos siempre te felicitan, ya lo sé. Yo nunca me acuerdo, soy así, pero tampoco se me pasa enviarles cada mes su suministro a Christiania. Que tú no tengas tu regalito no significa que ellos, pobres criaturas, deban quedarse a la intemperie. No me soliviantes, que nuestro contrato no se hizo en esos términos. Pero tú, mi encantadora y mundana Maibritt, no entiendes de esas cosas. ¡En realidad, no entiendes de nada!
La frase, la única frase, la frase más verdadera del mundo. Y allí seguí, días, semanas, meses, aupado en mi propio aturdimiento. Hasta hoy. Comprendí al punto que me llevaría toda una vida comprender. Y ahora, una vida después, sé que lo comprendía todo desde el principio. Quizá antes.
Ahora que duermes a mi lado, mi querida y pérfida Maibritt, tan sierva de nadie y dueña de ti misma, tan ajena, puedo decirte que yo también he gozado, algo que no admitiría ni bajo tortura. Duermes el sueño de los justos, que no te impide brindarme el milagro bautismal de tu dulce babita a tan sólo un suspiro de distancia de mis labios insomnes. Podría tomarte a la aventura, como suelo, sin otra excusa que mi propio apetito y tu golosa merienda, alicatando tus ganas con mi palabreo de salón y mis truquillos de fontanero perito en humedades. ¡Yo no admito un no por respuesta! Podría sacarte los colores con toda la artillería seminal que aún me guardo, forzándote a la súplica, a la carantoña, al juramento y a las lágrimas. Y yo te diría que nunca he de abandonarte, tonta. Porque ese es mi mérito, mi tierna y caudalosa Maibritt, tenerte a mis pies. Y el tuyo, conseguir que yo tenga méritos. No me lleves la contraria, Maibritt, ni se te ocurra. Hoy no, amor mío, Maibritt, Maibritt, amor, mi amor.
Alberto González Martín, 23 de febrero de 2013.

