LA MÚSICA Y SUS LETRAS COMO FACTOR DE INFLUENCIA. MÚSICA DE BARRIO. FERNANDO CASTILLO

Vallecas, sin “k”. Porque los auténticos rebeldes nos negamos a acatar las directrices de aquellos que se arrogan la rebeldía, y la manipulan, amasan y deforman hasta convertirla en una gelatinosa plasta hedionda contraria incluso a su propia naturaleza semántica.

Un día leí un artículo, recomendado por un tal José Tomás, que se llamaba “La música en el barrio como elemento de afirmación identitaria”. De esto se habló escasamente en la web “Proyecto Librvs” de la cual adjunto el enlace correspondiente:

https://proyectolibrus.wordpress.com/2019/10/03/la-musica-en-el-barrio-como-elemento-de-afirmacion-identitaria-el-ejemplo-de-vallecas/

Más allá de lo bueno o lo malo de aquel artículo, se me plantearon varias dudas en el horizonte vallecano: ¿Es o fue Vallecas un reducto del flamenco, rumbas y del rock? Quizá lo fuese, por qué no, aunque la afirmación es demasiado simplista. Pero ¿Tienen o tuvieron que ver las letras de estos géneros musicales con cierta inclinación social o política? O fue al revés…

Sea como fuere, si uno escucha las letras de las canciones de los Chichos o de los Chunguitos, por poner dos ejemplos de grupos más conocidos y representativos, hablan de cárcel, de ajustes de cuentas, de drogas, de prostitución, de navajas… Pero todo ello queda amparado bajo el paraguas de “un mal tropiezo”. Las circunstancias de la vida llevan a los protagonistas a acabar entre rejas, siendo dichas circunstancias las malas de la canción y convirtiendo al delincuente, en cualquiera de sus múltiples facetas delictivas, en víctima humilde y hasta bondadosa.

Esta situación llega a hacerse simpática a ojos (a oídos) del público, que tiende a empatizar con el preso, entendiendo su pena, comprendiendo su canto y llanto por la ansiada libertad. En cualquiera de las situaciones que estas canciones evocan no hay rastro de la víctima y de su dolor. No es comercial. No mola. No vende.

Del mismo modo podría entenderse con el rock que despuntó en Madrid en general y en Vallecas en particular. Grupos como Asfalto (y su posterior escisión a Topo de dos de sus componentes) OBUS, Barón Rojo, Leño… entre muchos otros. En este caso observamos en sus letras la rebeldía (auténtica, no forzada, hortera y papelera como la de los grupos pseudo-punkis que vendían después), la denuncia social y la reivindicación de un modo de vida.

Pero entonces ¿Cuál es la reflexión a la que este humilde escribiente quiere llegar? Cierto es que para poder hacer llegar toda la sustancia que se necesita para paladear el sentido de este pequeño artículo sería necesaria una mayor extensión, lo cual podría llegar a ser aburrido para el lector.

Por tanto, podríamos concluir que la música (tomando como ejemplo el barrio de Vallecas como parangón de la rumba y el rock, hoy en día miserablemente sustituido por lo latino) hay que tomarla como música, y nada más. Las letras de las canciones no son más que un vehículo de expresión del artista hacia sus seguidores musicales, pero estos no han de convertir al ídolo musical en líder político o espiritual pues, además de otorgarle sabiduría y liderazgo social o político a alguien que por sus virtudes no corresponde, podría esto suponer muy profundas decepciones.

Ahora bien, alguien podría decir ¿está usted diciendo que una canción no tiene que llevar mensaje? No exactamente. Si lo tiene que llevar, que lo lleve. Pero en todo caso tendrá el mismo valor que un escrito en una hoja, en una pared o en un baño. Personalmente, he disfrutado hasta la saciedad con el rock inglés de los años ochenta y noventa. ¿Acaso tenía puta idea de lo que decían sus letras? Nada. Pero no cambiaría esas canciones por nada del mundo, y para ello no necesité entender qué me decían. Por eso la música es mucho más que el mensaje escrito de una canción, que puede y a menudo está escrito por distintas personas de las que las cantan. ¿A quién adoramos entonces? La música lleva su propio mensaje indescifrable, inescrutable e inefable. ¿O acaso debería dejar de gustarme una de esas canciones en inglés si ahora pudiese comprender que su mensaje no es afín a mis principios o valores? ¿Cambiaría ahora lo que en su día sentí? ¿Los punteos y solos de guitarra serían menos eléctricos y trepidantes si la semántica de las palabras que acompañan la canción significasen una u otra cosa? En mi caso no. Lo mismo pero al revés sería hacer que un mensaje tuviese más veracidad porque le acompañasen armónicos acordes. ¿Acaso el lema de una pancarta es más cierto por el hecho de que rime y se haga más pegadizo y molón? La respuesta debería ser no.

La música es música. Las letras son letras, y cualquier intento de validar un mensaje con fines sociales o políticos a través de unos acordes no es más que un intento de maniobra insidioso que va más allá del puro arte y se transforma, torticeramente y por la puerta de atrás, en una sibilina manipulación que nos cuelan, como distraída, por los oídos.

Por Fernando Castillo, autor del libro El gilipollas: pequeña reflexión sobre el gilipollas que otros ven en cada uno de nosotros, bajo seudónimo de Fructuoso Bartol.

Imagen de portada: la casa en la que vivieron Los Chunguitos (calle Juan Navarro, Vallecas, Madrid). Fuente: Fernando Castillo.

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