ERÓTICA RURAL: ADOLFO DESPUÉS DE LA MUERTE (O LA VIDA A TRAVÉS DE DATIVO DONATE). FERNANDO SÁNCHEZ

Félix Dativo Donate Aparicio (Madrid, 1965) es profesor de Lengua Castellana y Literatura en el I.E.S. San Juan del Castillo (Belmonte, Cuenca), escritor, dibujante y miembro fundador de Ediciones de La Discreta (*). Por esas cosas del tránsito, es especialista además en el andamiaje de la vida y obra de Adolfo Martínez (San Clemente, Cuenca, ¿1939?- Villaescusa de Haro, Cuenca, 2016) y, por ende, de la (terrible) agonía que precedió a su muerte. Dativo Donate firma sus obras como tal y se mueve en los predios literarios como tal, pero en adelante me referiré a tan eximio narrador y mejor persona como “Félix”, que es como me dirijo a él desde septiembre de 2005, en la gravedad y en los chascarrillos más o menos preceptivos y habituales, como cuando nos fuimos con David Bowie a la hoz del Júcar a pescar cangrejos con retel.

“Dijo el alcalde: “Joder, con los tontos de mi pueblo”. Erótica rural, p. 81.

Hace muchos años, le pedí a un compañero que me diera motivos para bucear en La metamorfosis, de Kafka, y para no hacerlo. El hombre me contestó “si te lees la primera página y te gusta, sigue hasta el final. Si no, déjalo”. En el caso que nos ocupa, yo no le voy a decir a usted que se desenvuelva de esa (tan categórica) manera a través de Erótica rural -la primera de Adolfo Martínez (1)-. En cambio, puede que le recomiende perseverar en un recorrido hasta cierto punto procedente. Si le interesa, métase hasta el hígado de esta obra menestral. Si no, haga apostasía y dedíquese a otras cosas (meta mano –yo qué sé- a La Metamorfosis, que no debe ser interina en ningún caso de la obra del autor sanclementino).

En su momento, expresé con algunas dudas y cierto desasosiego que “había calibrado los estertores de mi buen amigo” (2). El cáncer –el mismo que yo había padecido en 2003- “se había llevado sus entrañas a otra parte” (“Adolfo, no me jodas. No te mueras”, escribía José Ramón Fernández de Cano en un soneto). (3)

“Mi idea era hacer turrón sustituyendo la almendra por la bellota. Hice la experiencia años atrás y salió una pasta que, para mí, se dejaba comer”, p. 205.

Era invierno. Félix y yo salimos de Belmonte y nos dirigimos a la casa rural de Adolfo -de la que entonces él era propietario- en el coqueto Villaescusa. El hombre agonizaba en su cama, rodeado de algunos del pueblo, aunque aún había un poco de él o algo menos y tal coyuntura fue a lo que nos pudimos agarrar de mala manera, créame. En el dolor y la vida, el cáncer y Félix han sido las antípodas técnicas de buena parte de mi periplo existencial. Habiendo sido extirpado el bicho del ángulo hepático, el muy aconsejable y terapéutico “sufrir a Félix” (hemos trasegado la risa y el llanto, él fue el que me aproximó a la figura de Adolfo), ha sido lenitivo para la metástasis de la cotidianidad (y de la muerte). Tan celebérrima -y celebrada- figura y yo, en definitiva, seguimos siendo felices, en especial cuando nos juntamos en torno al pesebre de una tortilla de patatas con callos.

“El Woody se fue un día a un prostíbulo y le dijo a la madame que quería que le llevasen a la habitación dos pupilas para que le explicasen a Wittgenstein”, p. 237.

Años después de conocer al hombre que se fue (no recuerdo en qué momento sobrevino la presentación, tampoco importa en demasía), fuimos a decirle un adiós o a darle un no sé qué (aún no sé cómo llamar a aquello en realidad), en medio de una asfixiante y espectral “soledad infinita y concluyente” en los vacíos de La Mancha conquense, en los predios de la nada física y desagradecida (la nada no se puede imaginar, es una jodienda porque ya pensaríamos en algo -en esa oscuridad, quizá, de la planicie-). Hace poco, cuando le puse a Félix sobre la pista de este texto, me explicó que había estado alejado de la figura de Adolfo, que el dolor aún era excesivo, y que “ya limpia y restañada la herida de la mutilación”, era “hora de reencontrarlo”.

“Me parecía sorprendente que Ireneo, como mecánico, no creyese que el hombre haya estado en la Luna: al fin y al cabo es cosa de mecánicos más que de científicos”, p. 96.

Adolfo y yo, Félix mediante, nos hicimos amigos. Como ya expuse en Después del Pozo de las Nieves, un hombre tan instruido en diversas asignaturas de calado “se dedicó a escribir novelas (muy bien y muy mal)”. Editadas por La Discreta (fundada en un momento de los 80), Erótica rural (2004) es un texto de culto, es un novelón. La casa rural (2013) y la (póstuma) La sequía (2016) fueron buenas, fueron muy pulcras en sentido estricto, y Erótica urbana (2008), me disgustó (bastante, con perdón).

Félix (i) y Adolfo (d) en Villaescusa de Haro. Septiembre de 2013. Foto: David Torrejón. Por gentileza de Ediciones de La Discreta.

También se editó Los profetas cabreados, obra de 2011 que Félix me definió como “un volumen sorpresa” -publicado sin el consentimiento del autor-, que “le encantó” y que “contenía los restos de la Urbana y también unos cuentos escritos para una revista local”. El propio profesor afirma que su obra predilecta es La sequía, aunque para mí lo es la primera de ellas, la Rural, una suerte de Nostromo furibunda, perpetrada por un hombre que me sigue fascinando cinco años después de su desaparición por el cáncer de los cojones.

“Tiene culo de mujer de mayoral”, p. 160.

Félix y José Ramón presentaron La sequía en la Sala Función Lenguaje (Madrid, marzo de 2017) y también mi novela, Tú me has preguntado y no te he dicho nada (al propio José Ramón le había parecido un título “espantoso”). “Se ha dicho alguna vez que Adolfo dejó varias novelas, aunque no discípulos, por lo personalísimo de su estilo, su peculiar anarquía narradora y su humor a veces agrio y difícil. Fernando Sánchez […] se encuentra con Adolfo como si se topara con un lugareño que le indicase un camino útil para llegar hasta un rodal de setas. Lo sigue, pues, agradecido; pero a su aire y pensando en sus cosas. A veces nos encontramos con pasajes muy adolfescos, en las reflexiones y particulares relaciones entre cosas muy diversas […] La prosa de Adolfo discurría en pos de la armonía de las cosas, y en los diálogos esa armonía se propagaba entre los interlocutores; sin embargo, en la prosa callejera de Fernando Sánchez brotan los conflictos a las primeras de cambio”, escribía Félix (4) en referencia a esa presunta relación discipular. En cualquier caso, como ya he dicho alguna vez, yo nadaba con delectación en esa piscina.

“Montbello es un hermoso lugar para pasear de noche”, p. 223.

Adolfo es considerado el paradigma de una nueva tendencia literaria que ha sido denominada “tremendismo ilustrado”. Sobre lo hiperbólico y acerca de lo exagerado, de la turbiedad, del contexto lumpen y de la dureza narrativa del tremendismo en general se ha escrito ya lo suficiente y no voy a hacer más énfasis que lo estrictamente necesario. Sin embargo, se hace preceptivo elaborar una pequeña crónica de la cosa cuando sobreviene el adjetivo “ilustrado”.

«Tras las primeras alabanzas se impuso el silencio sólo entrecortado por un <<pásame el pan>> o un <<acerca el vino>>, p. 113.

En el estómago de Venus Venerada II (capítulo “Nobel versus Novel: revelación, afirmación y triunfo del tremendismo ilustrado en Erótica Rural de Adolfo M. Martínez”), en relación a este último, José Ramón hacía hincapié en “su particular aportación a la narrativa española de comienzos de siglo XXI” y  lo definía como una de las “grandes revelaciones de las letras hodiernas”. Me estoy refiriendo [escribía] […] al tratamiento de los temas procaces, las situaciones escabrosas, las aventuras de sórdida impudicia y, en general, de cualquier lance morboso o episodio truculento desde una perspectiva culta” (5).

“Hasta en las pinturas de Altamira hay malicia”, p. 262.

Félix escribió un artículo que lleva por título “Sobre La sequía”, que se halla en el anexo de la obra mencionada (6). En él, narra cómo ayudaron a Adolfo (o a lo que quedaba de él) a escribir, a ordenar, a estructurar (“en esa descomposición física”). Nos dice de él que “solía escribir sus novelas con ilegible caligrafía en papel de estraza –porque tenía mucho y no lo iba a desperdiciar-, y luego las mecanografiaba con paciencia monacal en un ordenador viejísimo”. Y sobre La sequía advierte que “más que una novela”, fue “una pelea”, en la que “se cuela de rondón otro elemento maligno: la enfermedad que devasta al escritor y simbólicamente la sequía insistente que destroza su mundo”.

“- ¿Y el Quijote? –le pregunté/ – Es un gran libro; pero tienes que ir siempre con Sancho al lado. Y eso no hay quien lo aguante; al menos yo”, p. 122.

Erotica rural, la primera de su impresionante factura, una novela total, despertó un maniqueísmo desbocado y sentimientos muy encontrados. En mi opinión […], es una novela brutal […], está muy bien escrita”, aunque desde otros puntos de vista, hubo “gente que se sintió agraviada, señalada, y también lo entiendo”, manifesté en “Los profetas cabreados de Adolfo (…)”. Sin embargo, al margen de la polémica, técnicamente es una partitura excelente. Sobre los sólidos (y atinados) principios decretados por José Ramón, me voy a permitir hablar asimismo de un tremendismo dialéctico (agarrados al aparato morfosintáctico del sanclementino, una a priori relación compleja se transforma a lo largo de las páginas del libro en una armónica correspondencia entre lo culto y lo burro, lo poético y lo prosaico, lo grotesco y lo elegante, lo ordinario y lo intelectual, en base también a un poderoso carácter dialógico, que complementa a la ya de por sí potente narración).  En el contexto de esta reflexión, “su visión de esa dualidad campo-ciudad es siempre sorprendente y divertida [afirma Félix], porque es sincera. El mundo urbano y el rural no se contraponen en un tópico. Confluyen porque son el mismo”.

[Sobre la suidad] “Bueno, viene a decir que habiendo sido el hombre dotado de razón gracias a la cual puede pensar la trascendencia, si ésta no existiera, sería una gran cabronada”, p. 132.

Adolfo escribía como pensaba. Cuando releo su prosa, aún parece reverberar en mi almendra la expresión de su acusada personalidad. Sus fecundas, delicadas, y sutiles charlas, sustentadas en una flema sin parangón (o al menos en alguno que yo no conozco), se transmutaban, en ocasiones, en interminables e insoportables letanías, aunque en esto (que quede entre usted y yo) residía gran parte de su atractivo como escritor y como hombre versado en muchas materias, en el medio ambiente tanto urbano como matemáticamente silvestre. Erótica rural es, por otra parte, un verdadero tratado de literatura, filosofía, costumbres, naturaleza, mecánica, sexología, psiquiatría, agricultura, ganadería y gastronomía (las autoridades sanitarias advierten de los efectos secundarios de la incursión de la obra en el incesto y la zoofilia).

“Se quedaron engavillados, lo mismo que los perros cuando hacen el nudo”, p. 19.

El libro es en esencia un conjunto de historias del pueblo y del campo. Sobre los núcleos de población, El Pedregoso, Montbello, Villadaro del Llano o Motalla son “geografía imaginaria que refleja su mundo real”, escribe Félix, aunque desde mi perspectiva (no voy a negar en absoluto esa muy cabal aseveración), cabría la posibilidad de establecer algún parentesco con ciertos lugares reales de La Mancha conquense en particular, al menos de forma parcial. “¿Es novelista Adolfo? Adolfo no escribe novelas en el sentido más aceptado de la palabra. Escribe diálogos con personajes que, al modo de los renacentistas, adoptan forma novelizada para que sean más amenos, o para que puedan llamarse novelas […]. Es raro que domine la arquitectura de una trama” (7).

Adolfo y yo. La fotografía fue tomada por Félix (Náufragos en tiempos ágrafos).

En el texto para la presentación de Erótica rural, Félix afirmaba que “su estilo es como él, sólido, directo y desaliñado. Quiero decir que escribe como esculpe, va al grano y a la forma, y sin más adornos que los que le salgan del alma”. Adolfo hacía lo que le salía “del alma” de las narices y eso está en la horquilla de lo muy malo y de lo buenísimo, y ello provoca también diversas certezas y alguna incertidumbre aún hoy, pasados cinco años desde que nos dejó.

[Al hilo de la fecundación de la abeja] “¡Joder con la erótica rural! –exclamó Antonio-”, p. 34.

En lo que a mí respecta, tengo una propensión cada vez mayor a desechar y, llegado el caso, a aborrecer –salvo honrosas excepciones- una buena parte de lo que voy escribiendo y publicando a lo largo de los años (tampoco es un albañal, quiero decir), y en el talud de esa praxis dudosa, se encuentra -como es natural- el artículo que lleva por nombre “Adolfitis”, que fue mi aportación para el anexo de La sequía. Mis cosas envejecen muy mal para mí. Ahora, como le digo, me parece inadecuado en el marco del objetivo que se planteó, que no era otro que el de glosar y honrar a un humanista de tal calibre. Mis tribulaciones aún permanecen, pero no es mi intención lograr la absolución de quien corresponda (probablemente, lo fuese del propio Adolfo). Por lo menos, con la redacción y edición de este artículo, me quedo más a gusto.

Para Félix, en Belmonte, y para Adolfo, donde esté (hablando de algo a alguien).

(*) Mi agradecimiento a Ediciones de La Discreta.

(1) MARTÍNEZ, Adolfo (2004): Erótica rural. Ediciones La Discreta, S.L.. Alpedrete (Madrid).

(2) Después del Pozo de las Nieves (2019). En el capítulo “Los profetas cabreados de Adolfo (in memoriam). Primera parte”. Fernando Sánchez.

(3) José Ramón Fernández de Cano (Madrid, 1965), licenciado en Filología Hispánica, es profesor de Secundaria, poeta, editor y miembro de la Asociación de Cervantistas. Es autor de la antología Los otros clásicos (2017), colección de sonetos y semblanzas de poetas áureos y desconocidos para la mayoría del gran público (fue libro del año en ABC). En “El cabreo” (anexo de La sequía) escribe “Dos sonetos admonitorios”, p. 166.

(4) Náufragos en tiempos ágrafos. “Fernando Sánchez. Tú me has preguntado y no te he dicho nada”. Dativo Donate. 4 de octubre de 2016 En http://naufragosentiemposagrafos.blogspot.com/2016/10/tu-me-has-preguntado-y-yo-no-te-he.html

(5) VV.AA (2007): Venus venerada II. Literatura erótica y modernidad en España. Editorial Complutense. Madrid, p. 267.

(6) MARTÍNEZ, Adolfo (2016): La sequía. Ediciones de La Discreta, S.L. Alpedrete. Madrid, pp. 200-206.

(7) MARTÍNEZ, Adolfo (2016): La sequía…, p. 203.

Una respuesta a «ERÓTICA RURAL: ADOLFO DESPUÉS DE LA MUERTE (O LA VIDA A TRAVÉS DE DATIVO DONATE). FERNANDO SÁNCHEZ»

  1. Asisto, una vez más, al trino de un rui(señor) de las letras, al que conozco bien, y al que siempre saco matices distintos, porque canta en nombre de muchos y muy considerables motivos de la vida. Fernando Sánchez, Adolfo, Félix, nombres que me traen recuerdos de otras eróticas rurales, sobre mascarillas de sandía y conducción con la punta de una zapatilla de esparto, en una tarde de verano, (casi siempre verano en la memoria).
    Pero ya fuera oropéndola, abubilla o «muino», yo siempre acudo presto, con el lápiz de campo, porque aparte de pájaro escritor, soy ornitólogo analista, y me gusta no solo gorjear, sino alabar o criticar los sonidos de la naturaleza, y en este caso, de uno que canta sobre lo que otro dejó, escrito en el viento con su garganta de tinta.
    Recuerdo aquella tarde literaria en Función Lenguaje, donde nos iniciaste en el mundo adolfiano y rubenesco, y donde presentaste «tu me has preguntado…» rodeado de amigos y conocidos, con un título que a mi me gusta, aparte de mi fascinación temporal por Rammstein, y todo lo que conlleva, porque creo que hace justicia al interior de la obra. Ese día hubo cierto aire de melancolía, pero también de surrealismo. Eso reconforta. La emisión de un video casero, hipercreativo y poético me reconcilió con tu mundo conquense y madrileño, al que yo era ajeno.
    Ese tremendismo, querido Fernando, al que aludes, no solo está conectado con el hilo rural que conocemos en nuestra pequeña Cimmeria alcobeña, tierra de nadie en medio de todo, sino que se fortalece en la sincronía de culos y protuberancias celulíticas, ya sea de mujer de mayoral, o de moza de Navalpino, cuya extraordinaria belleza reside en la autenticidad de la jara, el puchero y la caja de botellines que se tuesta en la parte de detrás del bar de pueblo (urbanidad inexplorada, la de todas esas traseras, corrales y casas abandonadas). Son Dulcineas de nuestra juventud, que se han galvanizado en los líquidos perdidos de los juegos onanistas, que han corrido y discurren por el intramundo del pasado. Culos marcados por la enea de los asientos rurales, por los «tajos» como cilicios que redimen la feminidad rural, como Venus de Willendorf, y a la que tu Adolfo seguro que tenía en mente.
    Ese tremendismo que has adoptado, y en cierto modo adaptado, para enriquecer con tu críptica prosa, laberíntica y barroca, que te confiere aroma y bouquet, y a la que las aves ornitólogas como yo, califican como «feronoma literaria». Esos párrafos separados que dispones como setos gramaticales, insalvables, que marcan el camino y nos hacen serpentear entre lo técnico y lo lírico. Señalítica germánica ( Adolfo te fustigaría) de paréntesis, corchetes y aperos de artesano doctorado. La necesidad de rendir homenaje cíclico al novelista de «Erótica rural» se antoja como una liturgia necesaria y purificadora. Lo buscas como el que alpinista que se pega su primera ducha después de escalar el Everest. Ese es un trino característico de tu repertorio.
    Fernando, tú señalas a la luna de Adolfo, pero los demás nos quedamos mirando la hipnótica danza de tu dedo y sus malabares armónicos, y a veces sincopados, y no puedo más que tomar notas para escribir estas palabras. Pájaro y ornitólogo. Político y politólogo. Escritor y analista. Esa es mi condena, mi destino, ser hombre y eterna duda. A veces me siento el escribiente que viaja con Jesse James, Wyatt Earp o Billy el Niño, pájaros de cuenta también, y reflejan sus hazañas y tremendismos, y luego por la noche, cuando nadie le ve, desenfunda torpemente su pistolita enfrente al espejo de su cuarto alquilado.
    Tu forma de hablar de él demuestra que, en algún momento, caíste en la marmita de Adolfo y ya no te hace falta ni leer ni escribir para ser literatura. Todo lo que tocas se convierte en letra digna, ya sea el impreso de solicitud de natación para tu hijo, o la hoja de reclamaciones del Carrefour del Mirador conquense. El tal Félix, que apunta maneras de maestro en ciernes, tu tendencia a aborrecer los textos ( desaparecerá. Umbral señalaba la fascinación de los escritores por sus propias heces. Fascinación fugaz, claro está), nos lleva al fin del canto del tordo que todo lo fue, y que envejece muy bien.
    … el pájaro ha volado, yo guardo mi libreta y cierro la mochila. La noche rural de verano es igual en todas partes, siempre que la mires con ojos de adolescente, en el cuerpo de un cincuentón con inquietudes y letras que impactan como perdigonazos en las señales de tráfico.

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