Imagen de portada: Times Square, Manhattan, New York. Elaboración propia.
A David Álamo, por compartir conmigo mi primer Metropolis en directo (Aqualung, Madrid, 2003) y por tantas otras cosas. Y por supuesto por ese “Me voy a comprar cuatro camisetas de Motörhead y ya tengo para toda la vida”.
La propuesta que les traigo hoy es la distancia entre dos puntos cualquiera y nada mejor para tratar sobre ello que los argumentos de uno de los temas legendarios de mis añorados Motörhead. Sobre la canción Metropolis, Lemmy, vocalista y líder de la banda, se abría en canal, como casi siempre: “Una noche fui a ver la película Metropolis, en el Electric Cinema de Portobello Road [escribía]. Al llegar a casa compuse la canción en cinco minutos. Eso sí, la letra no tiene el más mínimo sentido. Es un galimatías: Metrópolis, los mundos chocan/Nadie podría ponerse de tu parte/Me da igual/Metrópolis es algo nuevo/Nadie tiene ojos para mirarte/Me da igual (p. 135).
Hay muchos motivos por los cuales yo les recomendaría leer ese libro de Kilmister (Lemmy, la autobiografía), o por lo menos tenerlo un rato entre la mesa como invitado especial: un top de la incorrección política. Envidio la clarividencia del británico rebelde. En referencia explícita a su film Saló (1975) Pier Paolo Pasolini afirmaba: “ojalá mis películas fuesen eróticas” y he de reconocer (y no pasa nada) que hay un poco de esa mierda en mis propios arranques textuales (a vueltas con la cuestión de esa incorrección política), que ojalá tuvieran ese punto de irreverencia, aunque quedan sobrepasados por el binomio yo mismo/mis comportamientos erráticos más o menos consumados. O bien una propensión en este caso al quiero y no puedo, o por miedo declarado a un presunto panoptismo secular

Les hablo de la distancia, les comento. El original del tema de Motörhead, o al menos una parte de él, no es otro que “Metropolis, the worlds collide/Ain´t nobody could be on your side/I don´t care/I don´t care/Metropolis is something new/Ain´t nobody got their eyes on you/I don´t care/It´s nowhere”. En él, la expresión “I don´t care” de manea habitual me ha parecido igual de ambigua y desdibujada que el concepto que tratamos aquí, por eso -independientemente de la traducción de ese libro-, un me da lo mismo, no me interesa o todas aquellas políticamente súper incorrectas relativas al aparato reproductor masculino podrían aplicarse a esta praxis cromosómica. Normalmente, la persona que se pone a escribir se suele dejar cosas por ese camino tortuoso, que es cuando realmente decide parir esa distancia consigo misma (intente imaginarse la cosa después de una mala traducción).
Enrici y Espinosa ponen como ejemplo transestético la experiencia del guerrero Droctulf (de El Aleph, de Borges) que queda anonadado después de estar en una ciudad, algo que no ha visto jamás. Lo del cementerio/rizoma, en Estambul resultó muy de esa manera y fue ante todo una cuestión de xenomorfia. Tiene hasta un punto de comicidad. Si en esa ciudad te encuentras con un cementerio (Eyüp), con el café denominado Pierre Loti dentro de él y con un montón de familias con niños y niñas correteando por esa colina, ¿Qué (coño) es aquello realmente? ¿Cómo es posible que nódulos tan opuestos tengan la capacidad de originar ese modelo tan rizomático, esa abstracción metodológica? ¿Se origina acaso la misma correlación que la que habría de existir entre el nowhere de Lemmy y los “nowheres” de Augé en sus míticos No lugares, por poner un ejemplo de cojones?

No iba muy desencaminado Andrés Trapiello cuando en su (nuestro) Madrid argumentaba que las ciudades corrían el riesgo de transformarse en “parques temáticos”. Sabemos que, en palabras del profesor Eloy Navarro, el poeta Pedro Salinas fue capaz de sustraerse al apocalipsis neoyorkino en base a una muy perspicaz idea de movimiento. En lo que a mí respecta, a pesar de mi querencia hacia la elucubración distópica de rancio abolengo que no fue otra cosa que la inconmensurable Blade Runner de Scott (1982), tampoco termino de ver en Manhattan un urbanismo vertical excluyente. Manhattan es en cambio una ciudad incorpórea (más allá del músculo que exhibe), una localidad en cada edificio. Sin embargo, ese distrito de Nueva York no es una excepción temática ni mucho menos. En definitiva, no acertamos a percibir esa metrópolis porque parece hallarse en un lugar ignoto para nosotros, para el público en general.
Como ya he mencionado, el propio Ian Kilmister guardaba mucha, pero que mucha distancia con las historias de su contexto habitual, era un tipo muy inteligente a la vez que corrosivo y jodidamente honesto, aunque lo que más me asombraba de él era la distancia que establecía consigo mismo. Como en tantas otras cosas, en eso era un astro. Nunca le conocí en persona, le vi en dos conciertos en Madrid y sé que estuvo una noche con David y otros amigos en el barrio del Pilar, en un garito, pero no llegué a mantener un tête à tête con él (dos puntos que en la distancia se hallan tan cerca y tan lejos, qué historias más extrañas).

Y luego está esa distancia Metropolis. Metropolis es utopía y el acceso por la puerta de al lado (algo similar a esa hipercodificación de la que hablaba con mucho sentido el eximio Umberto Eco). Escuche el tema que le propongo y esa melodía exenta entre el rock y la psicodelia, que se despliega muy generosamente en una buena parte de los apenas más de tres minutos que dura esa canción. Por si fuera poco, Metropolis no es sólo lo que te dice, sino también lo que se calla, todo ello nos lleva de manera indefectible a una taumaturgia de la distancia topológica en cuarto creciente. Como en la saga Alien, el parásito de Overkill adopta la forma de su hospedante en un marco de ventanas emergentes indefinidas.
Nos falta querer un poco más a las cosas y en especial nos hace falta un poquito más de autocrítica y de amor propio: “Hacemos el amor de una manera/imperfecta, mezquina y temerosa/Nunca profundizamos. Nos quedamos/en la epidermis del instinto/Y el placer obtenido se nos mezcla/con una sensación de desagrado […]”, escribía el ínclito José María Fonollosa en el poema titulado “Waverly Place” (Ciudad del hombre, Nueva York). Y recuerdo por supuesto cuando yo jugaba con aquellos niños entre aquellas tumbas de Eyüp (marzo de 1993), entre la falta de respeto a los de abajo y el “I don´t care”, y sin embargo no reniego en absoluto de toda esa escenografía que aún recuerdo de la misma forma que cuando he comprado el pan esta mañana. “No hay nada bueno en ti. Por eso te amo”, sentenciaba el propio poeta en referencia a la mole neoyorkina.

Cuando eras joven, te emborrachabas y tocabas el “air” de Metropolis, el de la doble pletina. Cuando eras adulto, ibas a la Sala Riviera (Madrid, 2010) y te echabas a llorar con los primeros acordes de Metropolis (mi esposa, que estuvo allí, desde luego que me entiende de maravilla y que comprende lo que estoy diciendo). Y ahora, en las afueras de la senectud, te pones a escribir estas cosas de uno de los míticos de Overkill y yo intento explicárselo a usted, que no sé si me comprenderá también.
Metropolis es un arma de combate que corrige los errores de apreciación en el cálculo de escalas. La perspectiva Metropolis es una gran paradoja (acaso concibe su autor una apasionante no distancia), aunque es más que probable que a él le importase más de lo que realmente alardea, que para eso también era un fenómeno. El care resulta ser menos care al fin y al cabo. En ella se rompen las reglas espaciotemporales, en ella se conjugan esa especie de quimera con la puerta de tu casa –como ya he manifestado-, todo muy propio de un hombre excesivo y demasiado clarividente. En fin, que he escrito un montón de oraciones para no decir nada y me quedo muy lejos de usted. Tampoco me importa. Me mola mucho el ruack. Kilmister está muerto, pero su legado será inmortal, al menos hasta el óbito del último fan de Motörhead.


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