EL BAR DE FLORO, EL TELECLUB Y LA GESTIÓN DE LA METÁFORA DEL DENTRO/FUERA. FERNANDO SÁNCHEZ EN COLABORACIÓN CON FERNANDO CASTILLO, JOSÉ CASTILLO Y ESTEBAN FERNÁNDEZ

Todas las imágenes fueron tomadas en Alcoba de los Montes durante la Semana Santa de 2022.

A Custodia, Delfina, Jacinta, Leo, Luisa y María Dolores, madres de todos los que estaban con nosotros en el Sayma.

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“Hola, niño. Más que historias del Teleclub, lo que tengo son vagos recuerdos de los personajes y de los espacios de esos años de finales de los 70 y principios de los 80. Me acuerdo de que el bar era muy austero, con una puerta principal de madera a la altura del Sayma, y que tenía una de esas cortinas de canutillos hexagonales tan típica de la época y con más mierda que el palo de un gallinero. Una vez entrabas, al fondo, había una barra altísima y de cemento, donde apoyaban los codos los personajes que lo frecuentaban. A la derecha, la televisión, también muy alta, como a dos metros y medio de altura, y también dos puertas, una que conectaba con la biblioteca y otra, con la sala de cine.

Los personajes que iban, podían ser cualquiera del pueblo, pero los más asiduos eran los que vivían en la misma calle [Cervantes]: mi abuelo Emiliano, Marquitos, Federico (también tuvo su tienda, ¿no la recuerdas?), Paquillo el de la Cleofé, Diobi, Alfonso, etc., todos a tomar los chatos de vino Cardencha en esos vasos de aquella época, finos y de unos 8/10 cm. (¿los recuerdas?). Estos, en corrillo/sanedrín, se dedicaban a dar un repaso a la actualidad del pueblo. El barman era Meque. Poca cosa: aparte de vino, ponía botellines de cerveza Calatrava, copas de anís y coñac y fantas, pepsicolas y mirindas. Las tapas, nada elaboradas: sólo panchitos, garbanzos torraos, altramuces y aceitunas.

Nosotros solíamos entrar a la biblioteca (con una mesa larguísima en forma de tejado a dos aguas), pero más que a leer, a jugar a juegos de calle sobre todo en invierno. Y cuando llovía porque era el único lugar donde se podía jugar. Y cuando hacíamos mucho ruido, de vez en cuando Meque se asomaba a darnos la reprimenda. Y cuando la liábamos parda, nos echaba fuera, a la calle.

En la sala de cine, de allá para cuando nos ponía una película Primitivo (el padre de Güeri) con la máquina Súper 8. Había una puerta que conectaba con el patio de la escuela, cementado y circular, con una canasta, y que además era utilizado por el equipo de fútbol del Alcoba para hacer algún que otro entrenamiento: Y al lado, la panadería de la Cana, que la abría por la calleja (en los recreos íbamos a comprar las tortas de chocolate). Había una puerta secundaria que también estaba abierta y que debes de recordar porque daba a un rincón que se formó entre la biblioteca y el bar, enfrente de la carretera (una vez cerrado el Teleclub, montaron un kiosko de chuches y helados Royne).

Como ya te conté en una ocasión, en el año 84 o en el 85, se televisaba un partido entre España y Eire. Empezaba a las 15 horas, y como antes teníamos clase hasta las 17:00, tu tío Aureliano [el director del colegio] tuvo la genial idea de que fuésemos todos a ver ese partido y le debió de pedir la llave a Meque, y ahí fuimos todos en tropel, entrando por la puerta trasera y sacando sillas de la sala de cine. Creo que quedó en empate”.

Esteban, el mayor de la Custodia.

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Enseguida echo la boca a andar. Antes incluso de llegar de mi pueblo, me pareció muy correcto escribir para El urbano sobre aquel reducto incombustible. Mejor, en caliente y sin botellines de por medio. Las calles nos dieron y las calles (no) nos quitaron el manual de supervivencia para efebos sin remedio. La historia de la poética urbana y la poética de la historia urbana, arrojadas a la política de una nanoescala de apenas más de 500 habitantes, abusan de una acusada consanguinidad. Por eso, si usted está habituado a beberse 25 cl. en un vaso de agua, también se lo puede beber en el lugar en 5 chupitos o en una garrafa de plástico. O en un barreño de color rosa. Este pequeño espacio de la raña es así, el culto a la calle y a la antibarbarie de sesgo posturbano.

Sin mencionarlo explícitamente, en su libro Historias corrientes (2019) José Castillo, Jose –sin tilde- (el grande de la Luisa) hace referencia al poblado: “Desde que mis padres abandonaron el pueblo para irse a la ciudad, la raíz que nos unía a estas tierras quedó parcialmente marchita por el lado oculto del apego, y noto que el campo me mira con ojos extraños, como si se fueran avisando de mi presencia las ramas de las encinas, las jaras en flor o los tordos que a estas horas vuelan raso. Se van dando toques” (p. 120). Asimismo, en su Impasse (2021), Fernando Castillo, Nani (el pequeño de la Luisa) procedía de forma semejante con un lugar muy especial cercano a la localidad: “Esta noche dejaré mi cuerpo en la oscura habitación y volveré a la aldea” (p. 162). Qué necesidad hay de poner nombre a las cosas, de verdad. Que vengan ellas (el lenguaje no lo puede expresar todo, pero ya se las apaña él solo para remediarlo).

¿Por qué he elegido estas imágenes para este texto? El epítome de fachadas y de espacios yermos, desconocidos para el público en general, concretó la antítesis del parque temático, la hojarasca en descomposición y la épica circunstancial de la calle que fue y que había sido, y aquello se aproximó a nuestro hinterland con el nombre propio de Lo inhóspito y se nos presentó con suma cortesía con tintes incluso de psicodelia fantasmal. Después, por la tarde, te sientas en la terraza del bar Sayma como en acto de contrición, en un ritual en el que desconocíamos adónde queríamos llegar en puridad. En 2º de B.U.P., (algunos) forrábamos la carpeta con imágenes de Metallica, AC/DC, Yngwie Malmsteen, Iron Maiden, Ozzy, Kiss, Mötley Crüe, Whitesnake y un etcétera larguísimo y gordísimo. Hoy, la forraría toda entera con las imágenes de este texto: la casa de la tía Perpe, la calle Hernán Cortés, la calle de Los huertos… O de Lœh huertœh (con la hache final alargada y aspirada con matices de letra e, que sustituye a la ese del final de palabra, un endemismo del habla común de esta colectividad de los Montes).

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No tengo intención de que esto parezca un panegírico endiablado o una especie de martirologio en extinción, aunque la hipocondría me supure por los poros de la piel. Tampoco pretendo que se convierta en un inventario de cosas raras y sin sentido. Quizás llegue a ser un glosario que habría de reconciliarse con la sociedad de aquí y del otro lado en líneas generales. El pueblo que Jose no menciona de forma explícita es de los muy pocos lugares donde se me pasa un poco la inconsistencia y soy emocionalmente verdadero. Sentados en el Sayma, hablábamos  del Teleclub y del bar de Floro, por ejemplo, un local que dejó de existir hace muchísimos años. Y del de Asperilla, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid.

Floro reside ahora en la localidad de Ciudad Real. Floro era Floro y ni falta que hace que hubiese sido otro, porque si no, no hubiese sido Floro. Floro era auténtico. Floro beyond Floro. Eso es. Y el futbolín siderúrgico, el Petaco, los Daríos de la máquina, el Pie seco y por supuesto las tapas de conejo puro, que formaban parte de nuestro imaginario más abyecto y de aquel ecosistema tan entrañable y, a veces, tan deliciosamente febril. Cuando la bola de ese futbolín salía del bar como un misil, sometidos a la mirada implacable de nuestro querido bienhechor, un hombre bueno de actitud incorruptible y razonablemente cascarrabias, aquello no tenía precio. Y Jose, un florista convencido, hablaba asimismo del gotelé de las paredes del también inexistente bar de Asperilla. Como cuando cuenta Esteban, por ejemplo, “lo” de Meque echando a la cuadrilla del Teleclub. Casi nada, créame.

Ya sólo quedan por la calle Real las basílicas de Teo y de Nano/de Amparito, separadas por un legendario callejón. A veces, las terrazas se confunden en la calle más calle que ninguna otra calle del mundo (lo confieso: nosotros a veces nos hemos pedido botellines en un bar y nos hemos ido al otro a bebérnoslos, víctimas de nuestro éxtasis cotidiano y porque éramos –y seguimos siendo- unos niños consentidos por los dueños y las dueñas, a los que hemos venido venerando desde el pre Cámbrico aproximadamente). También nos gustaba irnos de bares raros, un oxímoron que analizo en mi artículo Eutrofización, performatividad y metalenguaje, por si se quieren meter un poco en ese cenagal.

Ser y estar con los hijos y las hijas de las madres citadas en la dedicatoria es un Trivium revisitado, un concentrado de un quehacer humano secular, lógico en buena lid y extraordinariamente retórico a todas horas y, sobre todo, la expresión fehaciente de nuestros sueños compartidos, que es lo más coherente del cosmos tan apetecible que nos rodea, del nuestro en femenino singular, de ella, de la urbe de los Montes. Y mientras tanto, yo prestaba muchísima atención a Javi el pequeño de la Jacinta, que daba una exhibición de afecto a mi hijo mayor. Brillante. Eso sí que es Educación para la ciudadanía.

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He tardado mucho tiempo en escribir sobre estas cosas –ruego me disculpen también por el retraso- y en el bar implementábamos esa extraña terribilitá medioambiental que nos da placer a palás y nos atormenta. A veces, como le digo a usted, mirábamos hacia aún no sabemos dónde a través de esas ventanas emergentes de nuestro hábitat interurbano. Y piensas en qué quieres ser al fin y al cabo, cuando te das cuenta de que en esa irrealidad a pequeña escala, estás regresando como un niño bien mandado a donde te dicen tus colegas. O al bar de Floro o al Teleclub. O a La Santa. A Laura la de María Dolores le encantan –me dice- las historias que tienen que ver con aquella pedanía cuyo nombre real es Santa Quiteria. Y cuando contábamos estas cosas en aquel bar, a lo mejor nos protegíamos mutuamente de la tristeza. Jose me escribe también sobre el Teleclub, que estaba –como dice Esteban- enfrente del Sayma:

“La vinoteca del post franquismo era el centro neurálgico del ocio en Alcoba. Teleclub. El Casino pobre de un pueblo colmenero y carbonero, sin brillo, en medio del lugar más discreto del mapa de España. Allí se asomaba el populacho a lo nuevo, a lo emocionante, una falda, un partido de la selección con Irlanda, una corrida en La Maestranza, cosas así. El Teleclub era una catedral pagana de bóveda alta, con la tele en la linterna, arribísima. La gente, desde la silla de enea, miraba hacia arriba con devoción de feligrés, rezando por lo bajini al Cordobés o a Arconada, con el humo del Celtas como incensario. Letras y vinos. Alguna cerveza, también sifón. A veces, cuando venía el señorito Abraham, pagaba la ronda, y el parroquiano se guardaba la peseta en el bolsillo, aliviado: “¡gracias!”.

Ese día se podría pedir una “banderilla” de pepinillo y anchoa ¡Como Dios! El sábado, Primitivo se ponía a entrenar el Súper 8 y había cine. Casi siempre Simbad, alguna de Pajares, Emmanuelle. Como Chicago en la Ley seca, alguna botella de coñac y anís, ponían el gusto canalla a la madrugada. A la una y media, el generador del “señorito” se apagaba, y el Teleclub echaba el cierre. El soltero se metía en la cama, con algo de cabaret en la mente y la lumbre del licor en el pecho”.

En fin. Parecía que nos hallábamos a nosotros mismos en aquella coyuntura y eso no es otra cosa que la demostración palpable del cosmopolitismo estructural por excelencia. La tarde fue más fugaz que de costumbre y fue refrescando en la profundidad de nuestros delirios moderados, como un flaneurismo en estático, recontextualizados y habiendo mitigado, incluso olvidado (fuera hipocresía) el sofoco de cualquier trastada sin castigo. Frente a mi obstinación por el mester de clerecía, Adolfo el de la Leo, me manifestaba sus preferencias por el de juglaría (y yo cuento lo que él me contó, pero hay cosas que Adolfo me cuenta que no puedo decir, ¡guiñísimo de WhatsApp!).

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Escribía el filósofo Gastón Bachelard (1) que “dentro y fuera constituyen una dialéctica de descuartizamiento y la geometría evidente de dicha dialéctica nos ciega en cuanto la aplicamos a terrenos metafóricos […]. La metafísica más profunda se ha enraizado así en una geometría implícita, en una geometría que –se quiera o no- espacializa el pensamiento”. En efecto, algunas paredes del pueblo no son sólo paredes de pueblo, no. Frente a ellas (o en ellas mismas) dejas de chapotear en tu zona de confort. En las antípodas del cartón piedra que con tanta brillantez especifica Trapiello en su Madrid en referencia a algunos monstruos urbanos de fantasía, a lo mejor retornas hasta con respeto a lugares que son diferentes a los muros de tu propia casa. Nani escribe unas notas sobre el bar de Floro:

“El bar de Floro no sólo era un bar, y no sólo era de Floro. El bar de Floro hoy se reiría de las tendencias actuales y urbanitas, del exceso de diseño e iluminación. Floro no sonreiría, pues no le hacía falta reír para ser feliz. No necesitaba de ese artificio del cual hoy se abusa para ocultar y ocultarse tenebrosos desengaños. Gafa cuadrada de pasta marrón, mirada hierática, buen pelo negro, palillo en boca. Sarcasmo en boca. Ironía en boca.

—Floro, danos unos botellines.

Rondaja de salchichón traslúcida por cabeza. Recuerdo que no valía la pena tratar de quitarle la piel. Aperos de labranza colgando del techo. Recuerdos de la vida del campo, de otras vidas, también de la suya, quizá, en tiempos más lozanos. Unas albarcas, un cencerro, un zurrón… una trilla o parte de ella… puede ser. Debí prestar más atención a esos detalles, pero era muy niño.

—Floro, danos otro golpe.

Posible aceituna de tapa en recipiente minúsculo de metal. Hay que tener mucho garbo para ser tacaño y a la vez adorable. Nunca faltaba la tapa correspondiente, de la misma manera que nunca podías esperar un exceso. Una unidad por cabeza y consumición. Como debe ser. Encima de la televisión, pequeña y con bombo trasero, el conejo de la Juliana. «¿Habéis visto el conejo de la Juliana?». Hay que tener mucho garbo para contar siempre el mismo chiste y seguir haciendo gracia.

Al frente la máquina de los marcianos. La de los zombis, la de las olimpiadas… Una de aviones que también era una pasada. Remolino de muchachos alrededor de la máquina.

—Floro, cámbiame para la máquina.

Disgusto en su cara. Eso no da rendimiento. Las monedas de veinticinco pesetas rodaban por la barra a pesar de su desánimo. Botones aporreados, estruendo de gritos y zarpazos a cualquier parte.

—Floro, cámbiame para el futbolín.

Nuevo disgusto. Zarpazo con la barra del futbolín. La bola no entró.

—Si te pillaras un huevo cada vez que haces eso…

—Floro, da la luz, aquí no se ve na.

—No sus enciendo la luz porque vis— responde su mujer.

Hay que tener mucho garbo para crear una frase que perdurará para toda la vida, entre las generaciones que dio cobijo aquel bar. Alguien se está cagando y abandona la partida del Double Dragon y parte en estampida al servicio. «Si sacas un poco los codos te das con las paredes» comenta cuando vuelve.

—Floro, cóbrate.

Moneda de una libra escondida debajo del casco del botellín, por si acaso cuela. No cuela.

—Alguien habrá puesto el botellín encima— dice cualquiera.

Mirada inquisidora y paternal. Palillo en boca, inteligencia en boca. Hace falta mucho garbo para crear un bar y dotarle de una personalidad. Sólo quienes pudimos estar en aquel bar podemos entender que hicieron falta muchas más cosas para lo que representaba ir al bar de Floro”.

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La verdad es que mola un huevo cuando regresas a tu ecosistema de siempre, y puede resultar hasta inquietante y con un punto de aridez sistémica, pero es muy diferente a lo que ves en la parte de al lado o de abajo todos los días y tan parecido al fin y al cabo por el simple hecho de serlo y de demostrarlo. Da la sensación de que del bar de Floro no hemos salido nunca. Los muros del Teleclub, que ya pasaron físicamente a la historia, dejan de existir por otra parte en nuestro tierno imaginario, con la nueva y deliciosa política del dentro/fuera, que admite la metáfora del intermedio irreverente.

Herzeleid es una canción de Rammstein que dice algo así como “protegeos mutuamente de la tristeza porque el tiempo en el que estaréis juntos, es corto”. En Alcoba de los Montes no conviene matizar, en sus calles conviene ser honesto. En realidad, en el Sayma no explorábamos nuestras vivencias de llióvenes, en el Sayma nos explorábamos a nosotros mismos.

Busquen en el fondo de las piedras de las imágenes. Busquen también la elocuencia en el fondo de los ojos de Javi el de la Delfina, que nos observaba, nos escuchaba y sonreía con nuestras tontás.

Como la vida misma.

Hoy, hace más frío.

NOTA:

(1) BACHELARD, Gastón (2018): La poética del espacio. Fondo de Cultura Económica de España S.L. Madrid, p. 250.

9 respuestas a «EL BAR DE FLORO, EL TELECLUB Y LA GESTIÓN DE LA METÁFORA DEL DENTRO/FUERA. FERNANDO SÁNCHEZ EN COLABORACIÓN CON FERNANDO CASTILLO, JOSÉ CASTILLO Y ESTEBAN FERNÁNDEZ»

  1. Da gusto oír hablar acerca de aquella época en aquella zona. La felicidad puede estar el la piedra más insignificante de la casa más ruinosa del pueblo más perdido. Yo allí la encontré. Gracias por el esfuerzo de esta iniciativa. Excelente.

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  2. Los sábados teníamos que ir a la escuela hasta las 12 de la mañana y a esa hora al teleclub, a ver los dibujos, sentados en los bancos de hierro con asiento de madera. Era el tío Macario su gestor. «Churche, Votorino, sus callais o sus echo a la calle». Todos lo libros de Axteris me leí en ese teleclub. Macario, Meque, Floro y Fidencio. Podría hablar y no parar.

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  3. MÜY BÜENNO!¡¡! & MÜY buenos recuerdos, mejores Tiempos; fLoro GRAMDE persona, Tambiém sé ponía eL paLiLLo én eL peLo dé Lá cabeza; recuerdo esos Libros dé axTeris, sín Tapas, dé TanTo uso; por cierTez, Lás siLLas dé Lá saLa dé TeLevisión (pocas TeLevisiones, MÜY pocas én hogares dé eL puebLo) deL TeLe~cLú, esTaban unidas por una variLLa soLdada én Linea; sí Lás piedras dé Lós muros habLasen ,,,

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  4. Enhorabuena chicos por el trabajo realizado. Desde dentro, como decís, a veces he intentado reflejar la atmósfera y el universo sentimental de esos años pasados (tan lejanos y distintos a los actuales) y me quedo paralizado… Gracias por acercarlos, recordarlos y mantenerlos vivos.

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  5. Qué buenos recuerdos de infancia y adolescencia, cuantas horas pasadas en esos lugares que ahora recordamos con cariño y nos damos cuenta de lo bien que lo pasábamos con tan poco, simplemente con amigos. Y que bonito Fernando poder recordarlo con las mismas personas con los que se vivieron.

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  6. Siendo yo pequeño aún lo recuerdo tal cual , floro no solo fue hostelero , también mi primer maestro electricista… Me encantaba ir con él a montar las luces tradicionales de las fiestas, fáciles de recordar con sus rasgos ornamentales realizados en la fragua de Darío y Rafa

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