CYBERDOG: UNA EXPERIENCIA ESTÉTICA. FERNANDO SÁNCHEZ

La ciudad te da (y te quita). En lo que a mí respecta, Londres me dio (y me sustrajo) una tienda a la que yo denominaría “de culto” sin miramientos ¿Qué diablos hago hablando de una tienda de culto por las buenas? Estaría bien tratar algún día, no obstante, de la metafísica de esos locales, que no estaría ni tan mal.

Cyberdog es un comercio habilitado en el barrio de Camden, en Londres como es natural. Es un mindfield zonal. Han pasado algo más de 6 años desde aquella visita a una de las pocas tiendas que me hacen pensar en algo (en realidad muy pocas me resultan verdaderamente atractivas), pero el antro se halla a muchos kilómetros de distancia de mi quely.

El perfume piranesiano -me recuerda mi mujer- era parte del encanto de un complejo de tres plantas. La primera -me dice- más sombría. La de abajo le pareció sin embargo más diáfana. Me llevó por sorpresa y en volandas hacia aquel tinglado entre rave, futurista, cibernético, con matices extra punk y por supuesto, con un poso de talante comercial auténtico. Ella esperaba moverse entre un surtido de parroquianos entregados a la causa, pero en realidad lo que allí cohabitaba era un conglomerado de todo tipo, pelaje y condición, atraído por las connotaciones del templo aquel del perro cibernético, de esa portada a caballo entre Abu Simbel y Tetsuo, película que es mejor no comentar, al menos de momento. En ese local no se alza la voz, allí se comulga en cada esquina.

Así, entre la distopía y el turisteo, nuestra visita se desarrolló en condiciones medianamente buenas. Y nuestras compras (conservo camiseta del perro, claro). Aquello nos gustó y a mi esposa le gustó que aquello me gustase, en la vesícula biliar de ese barrio tan particular que es Camden (en la “Wiki” lo definen por su mercado variopinto y su carácter laberíntico, alternativo y contracultural, a lo que habría que añadir que está petado de gente y que puede resultar en ocasiones insoportable, al menos durante aquel día de mayo de 2016). Pero mola. Vaya que si mola. La tienda, flanqueada por dos androides gigantes en la portada, viene presentada en su propia web como un espacio de ropa de fama universal. Al respecto de ese buque insignia que –dicen- es ese local, se habla de una miscelánea de ropa rave, dance y de calle en los brazos de una escenografía de una gama de neones y de colores flúor. Se insiste en la música potente e inspiradora durante más de dos décadas. A este tipo de garitos, le salen acólitos de debajo de las piedras, hasta el punto de llegar a una conmovedora y deseable balcanización de la movida. La distopía no habría de ser patrimonio de las élites, coñe.

El fluorescente, la puesta en escena, la antiutopía comercial y espectral… De Cyberdog se puede escribir un microrrelato mismamente: “Aquel hombre de aspecto contrariado entró en la tienda, se asustó y se fue” y el título de ese engendro tan localista podría ser asimismo Garbanzos con chorizo o Enterrado vivo con objetivos y competencias. En ese espacio, lo automático adquiere visos de presunción. Es, como ya he manifestado, una experiencia estética y esotérica en la que se puede ser indulgente con la transacción mercantil en un momento dado (no dejé de comprar y eso es cuestión de estética también y de univocidad, la que dan los propios años y los resabios consecuentes). Ante un panorama tan abierto, uno no sabe si reírse de su propia gracia o darse un toque, cuidado. En cualquier caso, la dualidad (en la totalidad) y la incoherencia nutren un extenso catálogo de enfermedades que recibes con alborozo. La imagen del interior que he sacado de la web de la tienda, no deja de ser un ideal adecentado y edulcorado, no creo que refleje en ningún caso nuestra vivencia personal. En realidad, pienso que no hay nada que la represente. No conservamos fotos y eso es un fastidio.

En los cumpleaños, el tiempo pasa lento. El tedio es interminable para algunos, y contrasta con la rapidez con la que se suceden muchas de las actitudes de los exégetas de turno, que ofrecen el cuestionario de rigor al de la onomástica con preguntas del tipo “¿Qué se siente con un año más?” o “¿Te han tirado de las orejas?”. La ciudad, a veces, no deja de ser una celebración incómoda y el mercadeo de Camden me lo pareció en algún instante vamos a dejarlo en fugaz (desde mi repulsa al circo desde edades tempranas, no he sido muy de aglomeraciones y tal), pero con descubrimientos de ese calibre uno puede sentirse receloso y ser empático a la vez. La ciudad me gusta solo, pero a veces es necesario salirse de guion, aunque sea para justificar la barbarie desintelectualizada.

Estas visitas me provocan mala leche porque el ecosistema me queda muy lejos. No me quiten las cosas tan pronto, por Dios. Era un lugar muy urbano y al menos me queda un recuerdo más o menos laxo (mi esposa tiene mucha más memoria que yo) y por supuesto que tengo algo que contar de manera más o menos leve, me queda ese retrogusto afrutado del encanto de aquel ambiente entre cibernético, fiestero, kitsch, catártico y digital.

Eso, te sales un poco de lo normal. Hoy, he sido más breve que de costumbre, pero me molaba compartirlo con usted.

Todas las imágenes han sido tomadas de la web de Cyberdog.

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