CRUCIFICCIÓN. ALBERTO GONZÁLEZ

NOTA DE EL URBANO: desde que amanece hasta que reposa, mi gran Alberto es ínterim entre lo bueno y lo mejor, maneras de jugar y de ser jugando, sustraendo y minuendo. Ante (y contra) usted, una colección de poemas titulada Crucificción, que él me concedió graciosamente según nota manuscrita el “2/7/11” (“frusleros los unos, cantarines los otros, hijastros o legítimos, amados todos”, me escribía, oye), que durmieron durante años y que reaparecieron a portagayola hace algunos días en algún rinconcete de mi hogar. Le propuse su edición y lo aprobó (y además me regaló Paliativo, redactado en aquellos tiempos en el palimpsesto de su alma). Los textos me sugieren algunas imágenes, que he tomado en la ciudad de Cuenca, y que coexisten con ellos todos en amor, compañía y con algo de insomnio descarriado.

(Perdón por la tardanza).

MIENTRAS ESPERO MI CÁNCER

Mientras espero mi cáncer

Palio bajo palio el tedium vitae

Con mucho doce far niente;

No es que uno sea irreverente,

Pero sabe bien lo que se trae

Entre manos, entre dientes.

Mientras espero mi cáncer

Espanto con canto a la Parca-Cerbera

Y, contigo, al destino;

Un higo a todos mis desatinos:

Ya estoy dentro, los de afuera

Cuidad que no se escape el minino.

Mientras espero mi cáncer

Tómate un bloody mary con poco tomate

Y un chorro de aquello;

Y pon, amor mío, tu cara en el sello

Si me escribes (¡qué dislate!)

Allá donde Dios me rebane el cuello.

Ubi cáncer, vae victis, sic transit…

LEVIATÁN

Heme aquí,

Trasunto de nadie,

Vagando por las esquinas de la palabra,

Más allá del turbión salobre de siete espasmos

Y del tráfago incesante de las caracolas,

Más acá del hálito y del vagido,

Maestro de simetrías,

Neófito en perfiles y núbiles arcanos.

He venido, cáliz de sangre, a beber de tu verbo.

Nunca hice un pacto en un cruce de caminos,

Ni herví flujos contrarios en un atanor,

No fui yo quien trajo el diente de raposa;

Apréndelo para siempre, cabrona: no fui yo.

Quedaron a salvo el pespunte, la doncella

Y el libro que en la hoguera no ardió,

Y el profeta tuerto que guiaba a la muchedumbre

De locos de atar, de ciegos de amor.

He venido, reloj de sombra, a palpar tu pálpito.

Me asomé a la cara oculta de la luna

Y escuché tu carcajada,

Me cantaste al oído una coplilla

Si cualquiera puede ser feliz

Qué sentido tiene serlo.

No conoces mi pecado,

Cáncer mimado desde la cuna,

Cacareado de salmo de síntomas y pronósticos,

Centón de ínfulas y adredes.

He venido, matriz de arena, a desbarrar en tu barro.

Desperté entre helechos y hojaldres,

Muerto de santa risa,

Mientras un gusano metálico con hambre de siglos

Roía el tuétano de mi alma.

MARISOL

Marisol (Versión A)

Vida que es vida porque existe Marisol. Vida vivida, vívida vida. Calles, parques y plazas que son dedos, que son manos, que son brazos: el cuerpo todo de Marisol. Y los besos robados de Marisol. Y la tácita sonrisa de Marisol. Y el mirar furtivo y elocuente de Marisol.

Su palabra en cada esquina, su pálpito sobre la hierba, su aliento en el mismo aire.

Anoche vino a verme Marisol.

Marisol (Versión B)

Vida que es vida porque existe Marisol.

Vida vivida, vívida vida.

Calles,

parques

y plazas que son dedos,

que son manos,

que son brazos: el cuerpo todo de Marisol.

Y los besos robados de Marisol.

Y la tácita sonrisa de Marisol.

Y el mirar furtivo y elocuente de Marisol.

Su palabra en cada esquina, su pálpito sobre la hierba, su aliento en el mismo aire.

Anoche vino a verme Marisol.

EL GAFE

Me transformé en una figura de libro por consejo de mi psicoanalista:

― Una vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir ―me dijo el pasado jueves―. El último paso de la terapia consiste en enfrentarlo a usted a la calle. Psicodramatice, señor mío. Elija su rol y así descubriremos su auténtico ser. Una personalidad se forma con un empujón, pero el espíritu hay que inventarlo.

Tuve una epifanía: quería seducir. Así pues, salí a la calle como don Juan, pero a la bella le dio un soponcio. Volví como marqués de Bradomín, pero en la tertulia me dieron bastonazos. Pasé a ser Calixto y acabé en el hospital. Cambié a todos por Álex tras ver La naranja mecánica y la cosa no pudo ir peor. Ahí me desengañé.

Y ahora, aquí en mi celda, pienso en Fausto y recuerdo las palabras que tantas veces me decía mi padre al amor de la correa empapada de sudores, mientras yo sollozaba, cárdeno y vaporoso como una res nueva, en el rincón más oscuro del establo:

― Llora, sabandija, y retuércete. A tu madre la ultimaste con tu ponzoña de malnacido. Tu primer vagido fue su último estertor. Así que llora, porque conmigo no has de poder, así dures cien años. Antes te moleré a palos. Eres el demonio en persona y siempre serás un pobre diablo.

Pienso en mi madre muerta, en mi padre muerto y en mi psicoanalista muerto. Todos muertos. Y me pregunto: ¿Por qué diablos, por qué demonios nunca funcionan mis terapias?

NOS AMAMOS

Nos amamos

A salvas y a mansalva

Una noche que duró años.

Nos mentimos

A degüello, hasta el mismo resuello

De las palabras, y lloramos

Mirándonos al potosí de los ojos.

¿Dónde estás, amor, que no te veo?

Muestra tu patita bajo la puerta y ya estás dentro

Juega conmigo, siquiera por última vez,

A cantar los sitios en los que ha pernoctado tu piel

Qué invierno tan ladrón, que embalsama, que entumece, que amortaja,

Que habla en pentámetro, dice la verdad y siempre tiene la última palabra.

Y, sin embargo, reímos, reímos, reímos.

PALIATIVO

Esta paz lechosa

En la antesala de los tránsitos,

Este blanco duermevela

A media hora del rigor,

Esta asepsia labrada de ecos,

Presagios y pronósticos,

Este amor reducido 

 A garabato de mueca,

Esta lejía quirúrgica

De niños amanecidos,

Este arrobo calcáreo

De vestigios, siglos, horas,

Esta fe transida y prensil

De umbral y postrimería,

Este acuartelado jazmín

Sin merced ni ventura,

Esta almena ajardinada

Con símiles y certezas,

Este canto cristalino

En el iris de la plegaria,

Esta nieve minuciosa

Por todos los rincones,

Este sueño azucarado y falaz

Que murmura, que pulula, que aguarda,

Esta dicha cremosa

En el amanecer del adiós.

Otro texto de Alberto González en El urbano: El predestinado.

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