HASTA PRONTO, PRÍNCIPE (PÍO). FERNANDO CASTILLO

Me chivan que la madrileña y algo legendaria estación Príncipe Pío va a cambiar su nombre. No han pasado muchas lunas desde que la todavía más madrileña estación de Atocha haya mutado a estación Almudena Grandes. De mujer a mujer, de advocación a advocación. El cambio no parece representar lo sustancioso. Los políticos pintan con sus dedos los nombres de nuestras calles, plazas, metros y trenes, al albur de sus colores. Para referirse a la misma cosa transforman un nombre en otro porque, supongo, les debe doler mencionar el primero. Como dijo Nietzsche a través de Zarathustra “¿Cuál es ese gran dragón a quien el espíritu no quiere seguir llamando Señor o Dios? Ese dragón no es otro que el tú debes

Los nombres nacen, crecen, se reproducen y mueren. Son seres vivos. La política se encarga de preñarlos, y, es por ello por lo que cuentan con varios padres. También hay nombres bastardos.

Vuelvo la vista atrás, hacía la estación de Príncipe Pío. Metro y tren comparten espacio. Vomitan, ambas, sudorosos viajeros por las mismas puertas del edificio que una vez llamaron Estación del Norte de Madrid. Ya nadie dice «Estación del Norte» aunque, curiosamente, es el nombre que aún se mantiene escrito en la fachada. Hoy se mira al móvil más que a las fachadas.

Busco y encuentro el nombre que ha de sustituir a quien un día fuese Marqués de Castel-Rodrigo. Con estupor, compruebo que la estación pasará a llamarse «The Music Station».

Reflexiono. Intento comprender el procedimiento de los expertos encargados de analizar las virtudes del nuevo nombre para la madrileña estación. Imagino las causas encaminadas a decantar la balanza por el idioma inglés. Quizá los artífices del cambio sean unos tales John, Michael o James ¿O habrá sido un Pepe, Manolo o Nacho? Supongo que, fuesen quienes fuesen, no han debido de encontrar en Madrid en particular, o en España en general, ningún nombre que pudiese adecuarse a sus pretenciosas necesidades. Quizá haya influido que, España en general y Madrid en particular, sean lugares sin historia, sin cultura, sin tradición, sin personajes ilustres… Es muy posible que estos gurús hayan caído en la cuenta de que, el español es un idioma marginal a nivel universal, limitado en recursos.

Ah, sí. Aquello de lo comercial… Ya. El márquetin y esas cosas. «La estación musical» les debe sonar a algunos como el dragón de Zarathustra. Si lo hubiesen explicado así, quizá hubiésemos podido entender que el Príncipe Pío fuese destronado por The Music Station.

Pero los juegos del lenguaje son caprichos, tanto como la propia historia. Uno rebusca en ella y comprueba que el propio Príncipe Pío, aquel a quien secuestraron el nombre en 1995 para calzarlo en la estación, era italiano. ¿Serían los progenitores de los actuales cambiadores de nombres? Qué curioso se me antoja todo… De un italiano al inglés, sin pasar por el español. Aquello de Estación del Norte… bueno. Dejémoslo dormir sobre la fachada del edificio, a buen recaudo de las miradas.

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