NOTAS AL PIE DE PERRO ASOMADO A LAS VENTANAS. FERNANDO SÁNCHEZ

A mi esposa y a mis hijos.

Los perros nos enseñan las cosas de la vida. Sin embargo, El perro de Goya (h. 1820, óleo sobre yeso) (1) nos muestra las grafías de la nada en Times New Roman 72, que es como la vida misma pero con las verdades y apariencias de una abstracción maximalista.

Goya detestaba a Francisco de, lo fagocitó y lo estranguló hasta morir. No se sabe bien si fue su sordera o la del inquilino anterior -el que se la vendió (un tal Pedro Marcelino)-, la que dio nombre a la casita de campo que el pintor pilló por banda allá por 1819. Hasta el momento de su demolición en 1909, la finca se hallaba en las afueras de Madrid, como un espectro semiclandestino, en lo que hoy se conoce como barrio de la Puerta del Ángel, entre la calle Caramuel, la calle doña Mencía y el río Manzanares. Ahora, en la Caramuel, hay un excelente mural que recuerda una de sus obras más paradigmáticas a la vez que enigmáticas y extremadamente nuestras, de la que se dice que estaba situada en la segunda planta de esa vivienda que tuvo el gusto de recibir ese encabezamiento tan poético y evocador de “Quinta del sordo”.

(1).

Después de esta sucinta recapitulación histórica, sujeta como es lógico a hipótesis y vaivenes interpretativos, les comento que ese enorme mural se encuentra ahí mismo por obra del muy recomendable artista Marco Prieto Sánchez, que de alguna manera recluta el papel de las ventanas en una nueva y singular peripecia.

Goya realizó las llamadas “Pinturas negras” en las paredes y muros de su casa, entre los huecos, en los dinteles. Y hoy, esos vanos son reconsiderados en esta realidad performativa, chapoteando en las tripas de un espacio diametralmente dialógico. Masas y vacíos flirtean de esta forma en una relectura personal que se traduce en un prototipo de “Perro asomado a las ventanas”, que recibe la mirada del caminante, del cauto urbanita, del vecino de al lado. Hogares voyeurizados e interiorizados, nexos un tanto subversivos y descarados entre residentes y visitantes en una mañana de invierno (o en una noche de verano). Con la llegada de Prieto Sánchez al término municipal de don Francisco de arriba, el hogar, el lienzo y la calle Caramuel han quedado incluidos en una unidad estética, propedéutica y casi, casi, panóptica (2)

(2).

Si usted se mete en Google y escribe “Perro semihundido”, tendría la maravillosa oportunidad de ver un montón de imágenes del Perro semihundido. Imagine las paredes de su casa decorada con láminas de ese lienzo (yo hago gala de una reproducción en la entrada de mi quel). Sin embargo, con El perro y con el mural de El perro, se rompe un poco la dicotomía maniquea habitual. Es una inversión/perversión cósmica en el seno de una mañana plácida, diáfana, muy fría. Y debajo del mural, unos chinos, una reproducción de El Quitasol (1777) y en un portal, un retrato de perfil del aragonés universal (3). Espacio sustrato. Un barrio muy acogedor, pero tuvimos que abandonar aquel prodigioso polinomio del oeste de la ciudad.

(3).

Lo de la calle Caramuel llama mucho la atención, es un trampantojo de narices, si no que se lo digan a los moradores de las ventanas que se proyectan hacia el mundo: se hizo necesario fotografiar en consecuencia la parte de atrás de aquel happening, que no es otra cosa que la avenida que hay enfrente, que es lo que ven todos aquellos vecinos todos los días (4). En aquella rúe, aún empeñados en el manoseo nauseabundo de la deriva apocalíptica, la vida es epifánica, una Viridiana de profanaciones recíprocas (algo, ese texto en la pared, quizás), hablamos de versos sueltos de profundidad topológica. Francisco de Goya describe la nada, la estira, nunca da de sí, la amasa, y Prieto Sánchez la hornea en un horizonte cercano, desmitifica lo estepario, descuartiza el conjunto vacío, enriquece las conciencias.

(4).

Me dejo intimidar por su terrible elocuencia y su descarnada amalgama de elementos breves: cómo fabricar un ciclópeo complejo de sencilla consistencia con unos barriles de pintura, unas ventanas y un Goya a los postres. En fin, que encontré en El perro de Goya los fundamentos básicos de lo inaprehensible y ahora, en el de Prieto Sánchez, una manera muy eficaz de corromper los hábitos más arraigados de la incomunicación. Y nos fuimos por Madrid como si nada, hacia el río Manzanares, donde estaba el Vicente Calderón.

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