MALAGÓ. JOSÉ TOMÁS CASTILLO PÉREZ

EL URBANO: INTRODUCCIÓN A MALAGÓ (O MEJOR, INTRODUCCIÓ A MALAGÓ)

Hacedor de prosas prístinas, Jose (sin tilde, colaborador habitual de El urbano), es más que un narrador omnisciente, Jose es todo lo que usted quisiera desear para sí en cualquier introducción habitual.

Lo ha vuelto a hacer con una factura tan decididamente honesta muy del gusto del área de los Montes de Toledo, muy dentro en cualquier caso del local de lo plausible. Lo mismo te cocina un libro a fuego lento que te fríe un relato exprés en el viejo papel de un garito. Es tan Julius como Arzak. A petición propia, Malagó fue rescatado de Tronks, grupo de WhatsApp del que él y yo formamos parte por estos azares y besos que te da la misma vida, amén del Síndrome de Estocolmo y de los asuntos de la permanencia en primera división.

Pues sí, lo ha vuelto a hacer el Jose. A lo largo de Malagó, el chamán de las cosas nuestras ha dirigido ese ojo clínico de gran hermano que tiene, hacia las tribulaciones de tres tipos muy auténticos durante una tarde de fiestas y tal en la localidad de Malagón, de Ciudad Real. Hace ya una espuerta de septiembres, Félix (Fáli Ch-tú, el Chitu), David (Dave) y servidor cogimos el legendario Ford Fiesta blanco del primero de esta Tríada de Micerinos hodierna, partimos de Alcoba sin complejos y nos arrojamos a los brazos de Malagó como a la teta de mamá. Todo eso, como digo, en el Fo del Feli, siempre en acortado de palabra.

Memorable, legendario, mítico, exuberante, apoteósico, «de cojone» no son siquiera adjetivos o expresiones que hagan justicia a lo que se perpetró durante aquella jornada de verano tardío, pero por fortuna, José y el complemento circunstancial arrecian sin mesura. En mi CV, sólo me faltaba transformarme en uno de los personajes de sus ensoñaciones siempre tan quirúrgicas, de la mano de los irrepetibles Félix y David, el caviar más caro del mundo.

En esencia, Jose es morfosintaxis aguda. Y el chef ha convertido los asuntos de los Montes en Patrimonio de la Humanidad.

Hale, disfruten con ello.

Fernando Sánchez

MALAGÓ

Hay lugares que tienen un magnetismo especial, por haber sido destino de lo esotérico o misterioso, o quizá por ser tierra de regreso (coming home) después de guerra, sangre o venganzas. Ítaca, de sierras amables que ondulan serenas hasta la playa, y sierras como alfombras de naturaleza, casi alcobeñas, supone el regreso del guerrero, del fiestero robledano o del superviviente del bar de Pitito. Es un ejemplo de ese regreso accidentado a casa, oliendo a los infiernos menores del DYC y del Fortuna.

El otro magnetismo, por lo insondable y místico, se refleja, creo yo, en el mito de «Malagó«, que como la Atlántida, solo es una teoría o un testimonio, pero basado en restos y mitos tartésicos, léase el testimonio verbal y romance de un tal Nando. Tierra de nuestros guardias civiles, fiestas de renombre y buena afición taurina, fue protagonista de un particular «erase una vez» en el que tres o cuatro personajes, no recuerdo, difuso queda el cuarto espectro, realizaron una Odisea, más o menos improvisada, una buena tarde del mes de septiembre, de cuyo año, por mucho que me esfuerce, no quiero acordarme. No fueron numerosas las naves que surcaron los «mares» de La Mancha, tan solo una, también fiestera en cuanto al modelo del utilitario, ya que era un Ford de aquellos de la jarana ochentera.

Y ahí que se juntaron, por los caprichos del destino y de Dionisos, Dios del vino, el ya mencionado profesor de instituto en ciernes, Dave -sobran las palabras y los epítetos- y un tal Fáli Ch-tú, arquetipo indescifrable, indescriptible, personaje inabarcable hasta para Valle Inclán, García Márquez o Baroja, y ese cuarto ectoplasma al que no logro identificar y que quizá sea solo la larga proyección de tanto talento, personalidad y originalidad, destilada por el triunvirato viajero.

Hete aquí que, por esa misteriosa casualidad que mencioné antes, citáronse los navegantes en la puerta de Adolfo (el guardia) y con la bendición del Cristo, cercano y siempre pendiente, partieron hacia «Malagó» como Ulises se fue a Troya, para tomar algo, supervisar las fiestas, poner a entrenar alguna hamburguesa, aunque fuera de día, y regresar por la tarde, de nuevo a Ítaca, más hombres, más griegos y por consiguiente, más cercanos al Olimpo de los Dioses alcobeños, de los que en algún relato hablaremos, con un «golum» particular y pendenciero, que si te descuidabas, te soltaba una colleja: Abulaga.

Lo primero que sorprendió a Ulises-Nando, fue la pericia de Fáli Ch-tú al manejo del timón y pedal de velas: ese estrechísimo volante del Fiesta, tan alejado del cuerpo que controlaba con el fiable pliegue de la primera falange, y el embrague accionado con la arruga prominente que bordeaba (gastadísima y expertísima) la chancla izquierda.
Los acelerones eran generosos, con toda naturalidad, y las bocanadas de humo también. El timonel llegó a la bocacalle del Sayma y con la uña larga de meñique guitarrista, puso la intermitencia hacia la izquierda, y a la vez hacia la aventura.

No habían coronado la «Loma», cuando maese Dave se trabajó un «poro» como el marinero que ata un cabo: con maestría y celeridad. No llegó al magisterio de Sísar en su famoso Cantar de Histerias del Sor, pero no le andaba a la zaga en pericia y papiroflexia porril. Chupó la punta como imprimiendo sello de calidad ISO 6000 a su obra, y la ofreció para su prendida. Nadie se ofreció como es debido, y el copiloto le dio candela a su obra con una bocanada profunda, alveolar, que llegó a las Tiñosillas del pulmón.

Pasado El Robledo, el ambiente dentro del habitáculo ya era parecido al de la Catedral de Santiago enlatada en un metro cuadrado, y con el botafumeiro a toda máquina y con el THC en porcentajes de Uranio 238. La llegada a «Malagó» fue apoteósica. Debieron de ser recibidos con mojiganga y bajo palio, con honores de autoridad y precedencia de Embajadores plenipotenciarios, o eso imaginaron ellos y lo deberían contar los libros de caballerías del siglo XX. Lo siguiente que recuerdan de ese momento fue la duda entre Cacique y Pampero, defendida una causa por Ch-tú y la otra por Dave, y en medio el profesor, que con un cubata se conformaba y conformará siempre. Theon, el del bar, siempre te pone lo que le sale de los huevos en ese momento.

Se sucedieron, idas, venidas, cervezas, vermuses, alguna tapa clandestina, risas por quintales y el contrapunto de Dave con algún cabreo momentáneo y pasajero de los suyos, pero siempre acertado para poner los puntos sobre las íes. El sol se resbalaba, borrachísimo ya, sobre las seis de la tarde, cuando llegaron al «barco» de nuevo, con la suerte de que acertaron a la primera, la playa en donde llegaron estos improvisados guerreros de los Montes. Mismo acelerón desproporcionado, misma punta de la zapatilla en la tangente del término municipal de Don Acelerador, mínimo contacto y máxima eficacia de empuje. Misterios de la humanidad.

A los cincuenta kilómetros,  en tierra de nadie, con el sopor de las sustancias iniciáticas y los licores, entraron las ganas de mear. A la entrada de una finca, perdida en algún Triángulo de las Miguelturras, salieron a mingitar, canturreando canciones inconexas y finalmente,  guardando la muestra de orín furtiva y descuidada en el calzoncillo. Con el sol en el horizonte, dibujando una línea naranja preciosa, como la del Cuantró, se quedaron los tres en silencio durante unos instantes, en lo que pudo parecer la portada de una película de Tarantino, rodada en la América profunda de Montana o Colorado, con los tres jinetes del Apocalipsis Crepuscular.

Subieron al coche más frescos, reconciliados con la vida y la camaradería, y al arrancar se miraron a la vez, como satisfechos del deber cumplido. Sonó un ruido en los bajos y un gruñido de perro, mezclado con el sonido «fordiano» de fondo. El Chitu miro a su izquierda, luego hacia atrás, y soltó una risotada de las suyas, extendida en el tiempo, como la de una hiena malévola, y salió a la carretera sin intermitente ni hostias. Las nebulosas de la tarde reinaban ya en el cielo y en las cabezas. Intentaron aclarar la mente, elaborando el enésimo «sigaro poro» echando más leña al fuego (Fight fire with fire, casualmente en el cassette).

Le despertó el frenazo en la puerta de la casa, la neblina que abruptamente escapaba, como un espíritu de película, por la ventanilla recién abierta, y la madre de Fáli preguntando: «Pero… ¿De dónde veníiiiisss?» Y los ojos del hijo pródigo, enrojecidos por los brebajes del Chamán, y rebosantes de dicha y felicidad, le dijeron tiernamente: «De por <<hay>>, máma«.

El regreso a Ítaca no estuvo exento de peligros, escalas necesarias, preciosas puestas de sol. Hay lugares que tienen un magnetismo especial, y lo que está claro es que no me puedes comparar nunca a Málaga con Malagó.

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