DECONSTRUIR LA COLONIA DE LA CONCEPCIÓN. FERNANDO SÁNCHEZ

Preámbulo a la deconstrucción

Uno: según la RAE, deconstruir es “deshacer analíticamente algo para darle una nueva estructura”.

Dos: el residencialismo a ultranza y el obrerismo puro adquirieron su máxima expresión en esta área tan monumental y conceptual del madrileño barrio de La Concepción, entre la M-30, la calle Alcalá, y las calles Virgen de Lourdes y Virgen de la Alegría, enfrente de la plaza de toros de Las Ventas.

1

Como arrojado a los brazos de un modelo Saturno devorando a su hijo urbanístico y ético, y con la impronta y el impacto emocional irreversible de los arquetipos del constructor José Banús, Ángel Urrutia Núñez describía la arquitectura madrileña de los años 50 :“La sociedad madrileña […] padecía no sólo los problemas inherentes a toda ciudad de masas, sino también un endeble y endémico contacto entre los profesionales de la arquitectura” (1)Asimismo, afirmaba que “el módulo económico asignado por obra fue muy reducido. Pero estos arquitectos, aun siendo verdad sus dificultades culturales entonces, pronto se dieron cuenta de que la manera más barata de construir era pensando en la línea recta y escueta como la distancia más corta entre dos puntos […]. Este racionalismo tan estricto, tan mediatizado por el dinero [concluía], devino pues en un racionalismo feroz capaz de devorar el propio bienestar del usuario” (2).

2

La incierta soberanía hiperlocal admite la existencia lógica de un prójimo físico que, sin embargo, puede hallarse a años luz. Aunque ello es discutible, la idea de construcción arquitectónica precede a la de construcción social (es infrecuente que una asamblea de vecinos se reúna para construir en un solar concreto). Sin embargo, es posible revertir ese principio (ello destruye el latente afán centrípeto que lleva indefectiblemente a la guetización).

Parafraseando a Ortega y Gasset, el barrio es el barrio y sus circunstancias o, lo que es igual, la gestión de la diferencia tiene lugar en virtud de la existencia de ese vecino aparente.

En el seno, pues, de este sistema-red abrumador, ¿es esta colonia de La Concepción la misma después de 60 años y de nuevos inquilinos y alquileres, y de un tangente solariego? “Cuanto más pulverizados estén [los barrios], cuanto más débiles y exiguas las unidades en las que estén divididos, tanto más disiparán su ira en la lucha contra sus vecinos de al lado, parecidamente impotentes, y menor será la posibilidad de que actúen conjuntamente alguna vez”, explica Bauman (3). “Quienes han elegido comunidades cerradas […] pueden experimentar como su hogar su <<seguridad de la mismidad>>” (4).

3

En los términos de una atroz dialéctica entre individuo y sistema, entre certidumbre y autonomía, da la sensación de que todo orbita en torno al binomio vida de barrio vs. “manuales de urbanidad” (5). De esta forma, se asiste a un proceso (tal vez evolutivo, quizás involutivo) de colmenización u hormiguerización (en el interior de esa libertad ficticia o de ese presunto gregarismo, los dogmas están para romperlos, lo que se convierte automáticamente en otro dogma).

4

Según Ada Nuño, “las colonias del barrio de La Concepción en Madrid […] son un ejemplo de que la alta densidad arquitectónica no comprende de países […]. El total de 10 bloques que […] dan a la M-30 […] <<no responden a ningún estilo arquitectónico concreto>>, explican las arquitectas Elena Cornejo y Teresa Castillo. <<Pueden recordar a la arquitectura brutalista, pero carecen de hormigón visto [material usado frecuentemente en este tipo de arquitectura]. La actuación y su morfología más bien responden a una inquietud política y económica>>” (6). Con el tiempo, en las fachadas, muchas de sus extrañas nanoterrazas han sido asumidas por los interiores, en su mayoría de 60 metros cuadrados habitables.

5

Las abejas se comportan como seres armónicos y colaborativos (dicen que tienen una capacidad muy alta de aprender, que reconocen símbolos y que se comunican de maravilla, que entienden matemáticas y hasta sueñan). Del mismo modo, las hormigas se caracterizan por su solidaridad, disciplina y empatía, y ponen su inteligencia al servicio de la colectividad.

Según Eva van den Berg, “esta forma de trabajo genera el clima idóneo para que el individuo, como parte del grupo, pueda encontrar respuestas mejores que las que tendrían por sí mismos. La razón del éxito de la inteligencia colectiva es que la multitud colectiva adquiere conocimiento real. Esto es posible gracias a un proceso basado en la continua búsqueda de consenso. De esta manera se puede validar las respuestas correctas y descartar aquellas ideas consideradas incorrectas o erróneas” (7).

6

La madre es ordenanza de un colegio de Arturo Soria (es hija de Pili y de Faustino, originarios del, por entonces, pueblo de La Ventilla). Papá trabaja en un taller mecánico en la calle Cyesa, cerca de metro El Carmen. La hija pequeña es profesora de inglés en una academia de Atocha, pero la mayor ha ganado mucho dinero con una inmobiliaria y pronto se irá del barrio a vivir con su chica a un piso de lujo en las afueras de Madrid.

Está nublado. El padre se asoma a la calle y observa a un hombre desde su nanoterraza acristalada.

7

“Ciudadano, en última instancia, es el que se adapta a las exigencias de la realidad y sabe convertirse en una auténtica pieza de ella. No es exagerado afirmar que, ciudadano es aquel que no es dueño de su propia vida, sino su esclavo. Evidentemente, esa conversión en unidad de movilización acaba con cualquier atisbo del nosotros”. (8)

8

La icónica colonia del barrio de La Concepción existe en riguroso directo o a través de la fotografía (Street style), de la publicidad o de alguna filmografía: Colegas (Eloy de la Iglesia, 1982), ¿Qué hecho yo para merecer esto? (Pedro Almodóvar, 1984) o más recientemente Torremolinos 73 (Pablo Berger, 2003). En cualquier caso, el conjunto es ultrarracionalista y ello es una idea muy intuitiva que (en cierta medida) hace justicia a todo el espectro de lo edificado desde los años 50 en este arquetípico lugar.

9

Erich Fromm (1900-1980) afirmaba que “un tipo de cortina de humo consiste en afirmar que los problemas son demasiado complejos para la comprensión del hombre común. Por el contrario, nos parecería que muchos de los problemas básicos de la vida individual y social son muy simples, tan simples que deberíamos suponer que todos se hallan en condiciones de comprenderlos. Hacerlos aparecer tan monstruosamente complicados que sólo un <<especialista>> puede entenderlos […] produce –a veces de manera intencionada- desconfianza en los individuos con respecto a su propia capacidad para pensar sobre aquellos problemas que realmente les interesan” (9).

Detrás, entonces, de esa capacidad gestora de esta supuesta abeja u hormiga reina metaforizada o personificada, y sobre la base de esa inquietante alienación extensible al hábitat urbano que no sabemos si cercena o proyecta, “hoy el barrio sigue siendo un hormiguero variopinto. Pese a la aplastante homogeneidad de los bloques, cada vecino ha acabado la arquitectura como si fuese un lienzo en blanco. Algunos han cerrado las terrazas, las hay con y sin toldo, llenas de trastos o primorosamente decoradas”, explica Patricia Gosálvez (10).

10

La vecina de abajo ha ganado mucho dinero y abandona la colonia de La Concepción.

El vecino de enfrente tiene mucha pasta, pero apenas tiene intención de irse a ninguna parte. La seguridad de los dígitos en su cuenta del banco, la experimenta por encima de su certidumbre existencial.

Una mujer del tercero vive con lo justo. El reconocible “yo vivo en ‘la Conce’” (frente a la distopía racionalista) ha creado esa suerte de utopía cotidiana que ofrece estabilidad a sus propios moradores. El denominado “fatalismo” nos lleva a la creencia en una libertad ficticia en la que se vive atrapado. Frente a ello, nos agarramos como un clavo ardiendo al libre albedrío, a la artificiosa o no vida de barrio o, si se prefiere, al anonimato (si es que ello es objetivamente posible). Y al racionalismo irracional bien entendido. Y por supuesto, a riesgo de pecar de ingenuo, a lo bueno de las hormigas y las abejas, como eximios habitantes de todos esos hormigueros y colmenas.

11

“Se habla de arquitectura racional, pero esto es casi una tautología, en la medida que la arquitectura es siempre racional y es siempre necesaria la razón para actuar en el medio físico. Sin embargo, el término racionalismo ha sido ampliamente utilizado para designar distintas tendencias arquitectónicas. Racionalismo es, ante todo, un concepto filosófico que ha sido comúnmente identificado con la arquitectura del periodo de entreguerras, el funcionalismo, el Movimiento Moderno o el Estilo Internacional en arquitectura. Tal ha sido el uso y abuso de este término que se ha vaciado semánticamente: se utiliza para todo y, por tanto, no significa nada […]. En filosofía el racionalismo representa una visión general del mundo y del conocimiento armoniosa, ordenada, geométrica y estable, sustentada en la claridad de ideas, en la creencia en su estabilidad y en su autonomía respecto a la experiencia” (11).

12

En una de sus acepciones, la RAE define colonia como “grupo de viviendas semejantes o construidas con una idea urbanística de conjunto”, pero todos sabemos que esa idea colonial ha declinado/derivado por regla general en lo barrial, suburbial e incluso marginal (nadie llama en Madrid a La Moraleja o al barrio de Salamanca  “la colonia de La Moraleja o del barrio de Salamanca”).

Al menos en la capital de España, Ciudad Pegaso, la colonia Marconi, la colonia del Pico del Pañuelo, Pan Bendito, las colonias de Vallecas y de Chamartín o San Cristóbal –enfrente de las ya “Cinco Torres”-, por poner algunos ejemplos, pueden dar fe de esta circunstancia. Alguien con poder adquisitivo o con mucha pasta elige su vivienda. A un colono se le realoja. Y un colono, por norma, busca cobijo o refugio y se desplaza de su lugar de origen con posibilidad de enriquecerse o de emponzoñarse en el de destino.

13

El rígido, riguroso y matemático ultrarracionalismo, sustentado en los cimientos de la iteración (más bien, un futurismo de andar por casa), barato y de fácil degradación, anidaba en una insatisfacción egoísta: “el egoísmo [selfishness] no es idéntico al amor a sí mismo [afirmaba Fromm], sino a su opuesto. El egoísmo es una forma de codicia. Como toda codicia, es insaciable y, por consiguiente, nunca puede alcanzar una satisfacción real” (12).

Sin embargo ese flujo antiurbanístico de compartimentos estanco anunciaba su propia muerte. Esta fábrica de estigmas groseros y de identidades a bajo coste estableció un proceso paralelo de sofisticación intelectual distintiva (otra interpretación es posible frente al exclusivismo).

14

Nuño ha asociado el modelo “colmena” a una cuestión de pura eficiencia, envolvencia y baratismo. Más a menor precio, en conclusión, lo que habría traído como corolario una sovietización de la existencia o, en términos más bien franquistas (estamos hablando de los años 50 de la dictadura), una fascistización de la cosa: ¿puede hablarse en consecuencia de una supresión de la diferencia y de la conciencia individual con este realojo masivo de costes abyectamente reducidos y, por lo tanto, en manos de un modelo que ofrecía pingües beneficios?

Si usted pregunta a alguno de de los habitantes de la colonia de La Concepción si le gusta vivir en una colmena ¿cuál cree que será la respuesta? Sin la necesidad perentoria de formular cualquier tipo de encuesta, es obvio que podrá encontrar de todo en el imaginario popular, pero el concepto “colmena” destila inevitablemente un poso cuando menos gregario y promueve la triste y actual idea de inmunidad de rebaño y, sobre todo, personifica el miedo a salirse de él.

Bauman (1925-2017) pensaba que la gente que pelea por la identidad, temía más por una victoria definitiva que por una concatenación de derrotas y que, por lo tanto, esa búsqueda se convertía automáticamente en un proceso inacabable e inconcluso. Si se busca la seguridad de la igualación y de la “mismidad”, la vida de barrio entonces, ¿florece o se recrudece?

15

Según Torres Cueco, “otra vía del racionalismo vendría determinada por las teorías del construccionismo y atomismo lógico de Bertrand Russell, por las que toda entidad se podía descomponer en unidades elementales, susceptibles de conocimiento científico y análisis elemental” (13), y ello permite enlazar con la cultura del matiz y con la interpretación fractal y rizomática de las realidades sociourbanas. Deconstruir, por lo tanto, para volver a construir no es otra cosa que la aplicación en la praxis de ese modelo rizoma (14).

Teniendo en cuenta la extraordinaria riqueza de matices del lugar, si desarrollamos nuestra capacidad analítica en el interior de esta realidad atómica de gran tonelaje, seríamos capaces de encontrar una historia y un significado detrás de cada objeto y, en especial, a espaldas de cada ser humano.

No es lo mismo entrar a la colonia de ‘la Conce’ con la banda sonora de Tiburón en los oídos, que con la de Grease o el sonido relajante del agua y de los pájaros en la almendra. Así, estaríamos hablando de la siempre preceptiva y necesariamente tópica liberación de prejuicios (recuerdo la visita del programa de RTVE Comando Actualidad a la (acogedora) casa (de 35 m2) de una mujer llamada Victoria, del barrio de toda la vida, “profesora de secundaria en un instituto” -según su testimonio-, que abrió sus puertas a todos urbanamente).

Bajo el supuesto de que todos llevamos (o tendríamos cierta obligación de llevar) una “Victoria” dentro, habríamos de llenar el depósito de ese racionalismo a posteriori vaciado/viciado a través de una nueva armonía entre carcasa e individuo. La fractalidad, que tan fenomenológica y hermosamente describió José Castillo, es un instrumento válido para repensar la colmena, la celda, el armario y lo que hay debajo de la cama: “dese usted cuenta, querido lector, de que todo aquello que se pueda percibir con los sentidos, que se pueda intuir, o incluso, que sea capaz de imaginarse, tiene naturaleza o apariencia fractal, subjetivamente reductible a un igual infinitésimo, y una sucesión de pequeños espejos que nos enseñan que aquello que el ojo ve, es una moneda de oro con dos caras: la convencional (la piel, el cemento, los alféizares, la violencia, el polen de la mediocridad, el reparto de la riqueza) y lo mágico (una mirada cómplice en la UCI, la música de las hojas en los álamos, el baile de la ropa tendida en los suburbios, la penúltima explosión de un cuásar)” (15).

Y, en el interior de esta fenomenología fractal, desde la avenida Donostiarra, me doy cuenta de que hay un hombre que me observa dentro de su nanoterraza acristalada. Con su mano y con gestos ostensibles, me dice adiós (urbanamente).

Imagen de portada: la gran colmena en y desde la calle Virgen de la Roca, barrio de La Concepción, Madrid.

Si usted desea conocer algo más sobre las arquitecturas del constructor José Banús y sobre el origen y el significado del barrio del Pilar, de Madrid, puede leer “El barrio del Pilar y el absolutismo del sílice” en elurbano.org (https://elurbano.org/2020/12/10/el-absolutismo-del-silice-fernando-sanchez/).

(1) Historia de la arquitectura española. Tomo 5. Arquitectura del siglo XIX, del modernismo a 1936 y de 1940 a 1980. Barcelona. Editorial Planeta. 1987. P. 1872.

(2) Historia de la arquitectura española…. P. 1886.

(3) BAUMAN, Zygmunt (2009): Comunidad. En busca de seguridad en un mundo hostil. Madrid. Siglo XXI Editores de España S.A., p. 101.

(4) BAUMAN, Zygmunt (2009): Comunidad…, p. 116.

(5) Juan Soto Ivars. En https://www.vozpopuli.com/altavoz/cultura/soto-ivars-movimientos-izquierda-puritanos.html

(6) NUÑO, Ada (2020): Banús sin puerto y con terrazas absurdas: la historia de las colmenas de ‘la Conce’. En https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2020-06-18/colmenas-barrio-concepcion-madrid-arquitectura_2640876/

(7) Eva van den Berg. En https://www.fundacionaquae.org/inteligencia-colectiva-de-hormigas-humanos-y-wikipedistas/

(8) LÓPEZ PETIT, Santiago (2011): ¿Y si dejáramos de ser ciudadanos? Manifiesto por la desocupación del orden. Revista Tenemos que hablar. Madrid. El Estado Mental S.L., p. 39.

(9) FROMM, Erich (1941): El miedo a la libertad (…), p. 240.

(10) GOSÁLVEZ, Patricia (2009): Sin miedo a la alta densidad. El País. En https://elpais.com/diario/2009/12/28/madrid/1262003063_850215.html

(11) TORRES CUECO, Jorge (2014): Arquitectura y racionalismo. En Revista de Libros de la Torre del Virrey Número 3 2014/1 ISSN 2255-2022. En https://riunet.upv.es/bitstream/handle/10251/82772/Torres%20-%20Una%20idea%20de%20raz%C3%B3n-%20Arquitectura%20y%20racionalismo.pdf?sequence=2&isAllowed=y

(12) FROMM, Erich (1941): El miedo a la libertad…, p. 124.

(13) TORRES CUECO (2014): Arquitectura y racionalismo…

(14) SÁNCHEZ, Fernando (2021): El Edificio Huécar y el modelo rizoma (tributo a Fernández Mallo). En https://elurbano.org/category/el-urbano/

(15) CASTILLO, José (2021): La realidad fractal y el origen de los universos mundanos. Elurbano.org. En https://elurbano.org/2021/04/04/la-realidad-fractal-y-el-origen-de-los-universos-mundanos-jose-castillo/

Una respuesta a «DECONSTRUIR LA COLONIA DE LA CONCEPCIÓN. FERNANDO SÁNCHEZ»

  1. Es un goce ético y estético para los sentidos, poder leer estas entradas. Yo me las dosifico como el que «condura» una tarta espectacular. Ético por lo que cuenta, y por lo que sugiere, para posterior estudio y ampliación. Estético por el orden en abordar las materias, la «germanidad» de su epistemología y la contemplación cartuja y devota, de los títulos de crédito en forma de rigurosa bibliografía. Amo esa forma de amueblar una cabeza y de crear elementos de juicio, y procuro día a día, acercarme a ese modelo. De momento, darte la enhorabuena y «seguir siguiéndote» es el camino

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